viernes, 24 de diciembre de 2010

Libro: Los Reinos del Perú. Apuntes sobre la monarquía peruana. Fernán Altuve-Fevres Lores y el “Derecho Indiano”.

Los Reinos del Perú. Apuntes sobre la monarquía peruana

Por: Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho y de las Instituciones. Universidad Complutense de Madrid.

La herencia hispánica sigue siendo objeto de estudio a ambos lados del Atlántico. La realidad incuestionable que conformó el llamado “Derecho Indiano”, concebido al modo omnicomprensivo de Santi Romano (normas jurídicas más instituciones político-administrativas) es hoy en día un atractivo elemento que contribuye a afianzar los lazos entre España, la antigua metrópoli, y las nuevas repúblicas hermanas surgidas en las procelosas aguas políticas y revolucionarias del siglo XIX. Porque su estudio no solamente sirve para poner de relieve un pasado común, sino también una serie de caracteres heredados, de herencias culturales comunes e indestructibles, en donde el Derecho juega un papel protagonista.

Es éste el objeto principal del trabajo elaborado por el profesor peruano Fernán Altuve-Febres Lores, en el cual efectúa una atractiva y sugerente disección de la vida jurídica en uno de los dos grandes polos administrativos de la América hispánica: el virreinato del Perú (el otro, obvia decirlo, es el de la Nueva España, actual México). Con un prólogo de Guillermo Lohmann Villena, acaso uno de los mejores historiadores del Derecho que ha dado el Perú, la obra se adentra en los entresijos del Derecho y la Administración durante la dominación española, combinando aspectos de reflexión teórica y realidades prácticas. El Perú es el escenario sobre el que se proyectan toda una serie de consideraciones jurídicas y políticas. A pesar de la reducción en lo geográfico y en lo temporal (siglos XVI a XIX), el excelente trabajo supera esas limitaciones. Comienza con una visión global sobre el problema del Estado y su nacimiento (Introducción, pp. 43-92), en donde esboza brevemente las principales corrientes doctrinales que se han ocupado del problema desde la Edad Media en adelante. Coincidimos con él en el origen europeo de la idea y en la dificultad de sus introducción en la España moderna. El profesor Altuve prefiere manejar, lo cual es muy respetable y sumamente prudente, el término “unidad política” para el período examinado por la dificultad de aplicación del concepto “Estado” y por la decadencia que experimentaba la idea de “Imperio” en el siglo XVI y en momentos posteriores. El aspecto lingüístico y terminológico es muy cuidado y respetado. Sin embargo, las referencias al Imperio, a mi parecer, son erróneas. Desde hace tiempo se viene defendiendo el empleo de una expresión aglutinante: “Monarquía Hispánica Universal”, porque Imperio solamente lo fue con Carlos V y era un Imperio europeo no expansivo, sino clásico y tradicional. La universalidad pone de manifiesto la pluralidad de mundos unidos bajo la dirección hispánica. Es una sugerencia escrupulosa, si se quiere, pero que refleja con mayor exactitud la realidad política que se encontraba detrás. El libro se divide en tres capítulos que brevemente paso a glosar. El primero (pp. 93-127) se ocupa de la llamada vocación universal de la monarquía española, contraponiendo el modelo de corte federalista o federalizante que encarnaron los Habsburgo, con un acentuado respeto a la diversidad de reinos y principados que conformaban sus posesiones, tolerancia de sus instituciones propias incluso de sus lenguas, frente al modelo borbónico francés, típicamente centralista, que acabó con esa idea de diversidad, sacrificada en aras de una uniformidad que no satisfizo a todo el mundo. Pero además lo que se reformó no fue solamente el modelo político territorial e institucional, sino que las importaciones francesas fueron más allá: el absolutismo frente a la tendencia pactista de ciertas regiones; la secularización frente a la confesionalidad de épocas anteriores; beligerancia de tipo religioso, que tuvo a los jesuitas como protagonistas de excepción, a pesar de la importante labor desempeñada en América; las reformas gubernativas con al figura de los intendentes que se superponen a las instituciones existentes; la ruptura de la idílica situación económico y su decidida vocación por la finalización de los monopolios, etc.. La crisis constitucional gaditana no hará más que acelerar las fuerzas centrífugas que se encarnarán en la Independencia.

El capítulo segundo (pp. 131-213) comienza narrando los inicios de la dominación hispánica en el continente americano y la famosa polémica de los justos títulos, magníficamente resuelta por Francisco de Vitoria y con cierto reflejo en la legislación posterior (Ordenanzas de Felipe II, 1573). El modo en que se procede a unir América a los restantes territorios de la Monarquía sigue siendo objeto de discusión (los maestros García-Gallo y Manzano han polemizado sobre esta ardua cuestión). El autor se limita a hacer constar, reiterando la opinión formulada por Levene, que las Indias no eran colonias, aunque tampoco se dio una plena integración política, ni tampoco una asociación, ni una unión personal. Fue una situación sui generis, acaso improvisada sobre la marcha, como sucede con buena parte de las instituciones indianas, que solamente el paso del tiempo pudo consolidar y convertir en definitivamente asentada. La hipótesis de los Reinos y de la Corona como entidad superior aglutinante, es atractiva porque permite poner de relieve la existencia de modos asimétricos de relación, es decir, que no todos los reinos se vinculaban de la misma forma con ese tronco común que constituía la Corona. La relación entre las Indias y Castilla fue así:

especial, sin llegar nunca a la fusión, porque eran territorios sumamente diferentes, dispersos y distantes, unidos en lo cultural, pero manteniendo una separación fáctica y jurídica por la conjunción de intereses, necesidades y circunstancias opuestas entre ambos. Cierto es que Castilla anexiona el territorio descubierto. Pero el paso del tiempo va originando una separación derivada, como decía Montesquieu a propósito de las leyes, de la propia naturaleza de las cosas, que termina con la creación de un ordenamiento específico para el territorio americano. La experiencia castellana fue, de todas formas, un grado y así se evitó la reproducción de aquellos errores que se habían producido durante la Baja Edad Media. Las Indias fueron vistas como tierras de realengo que además deberían pertenecer siempre al mismo, sin posibilidad de enajenación, venta o permuta. Tierras del rey, donde era éste la única autoridad con sus delegados. Tierras del rey donde no hubo lugar para los señores, al modo europeo. Tierras del rey en las que triunfó sin oposición el poder del rey y de sus delegados.

Los territorios americanos fueron calificados, en muchos caso, como reinos. Así sucede en México y en el Perú, pero también en Chile y en otras regiones. Esa declaración, nominal y meramente formalista, se efectuaba usualmente sobre la base de la existencia de culturas políticas previas que hubiesen adquirido un importante grado de desarrollo. Los aztecas y los incas eran ejemplos consumados de estos pueblos con un nivel de desarrollo superior al resto de la población indígena (no quiero decir con esto que mejores, ni peores; simplemente, distintos y con diferentes grados de cultura). Los españoles emplearon hábilmente esas herencias políticas para entroncar con la nueva realidad proporcionada por los monarcas españolas. El Perú, como se demuestra en este libro, prueba claramente la continuidad que se produce del Imperio Inca al Imperio Hispánico, con la utilización práctica precisamente de esos justos títulos alegados para defender la legitimidad de la dominación. Algunas láminas que ilustran la lectura ponen de manifiesto este entronque: los retratos de los incas son continuados, a modo de árboles genealógicos, por los retratos de los reyes españoles.

El capítulo tercero se ocupa de la morfología del poder y la organización del mismo (pp. 213-286), por donde van desfilando los principales aparatos de aquél: el rey y sus ministros, el Consejo de Indias, los Virreyes, las Audiencias, los Cabildos, etc. Estos instrumentos eran los encargados de llevar a la práctica las tres labores más importantes del gobierno, que nuestro autor para el caso peruano sintetiza en tres grandes bloques: la moneda (tanto explotación de los recursos mineros como dirección económica), los ejércitos (de lo que dan buena cuenta las numerosas fortificaciones existentes, de entre las que destaca Callao, puerto militar por excelencia) y la legislación (no sistemática u ordenada, sino casuística, pero sí atenta a las necesidades de la población). Todo este sistema político subsistió más allá de la Independencia, lo que muestra la capacidad del Derecho para adaptarse a los más variados ambientes. La herencia hispánica fue, además, elemento a combatir para algunas facciones nacidas en los nuevos Estados independientes como declaraban expresamente en sus programas, de la misma forma que sus rivales propugnaban los principios contrarios.

El libro concluye con un obligado apartado de bibliografía (pp. 289-303). Diversas láminas e ilustraciones pueblan el texto lo que sirve en muchos casos para verificar y sostener ciertas afirmaciones, así como para ayudar a la comprensión de los ejemplos narrados. Se trata, en suma, de una obra completa que permite estudiar el modo específico de realización del Derecho Indiano en el ejemplo del Perú. Tiene, por tanto, la virtud de combinar los elementos jurídicos relativos a ese orden especial que fue el Derecho Indiano, junto a los elementos históricos, que iluminan aspectos de lo anterior, proporcionados por la Historia peruana. Desde aquí no nos resta más que felicitar al autor y esperamos que en el futuro nos siga proporcionando obras que ayuden a conocer más la Historia del virreinato peruano.

Faustino Martínez Martínez
Departamento de Historia del Derecho y de las Instituciones
Universidad Complutense de Madrid
Recensión efectuada el 16 de junio de 2003.

Fuente: Revista Biblos

Revista de Bibliografía Histórico-Jurídica
Los Reinos del Perú. Apuntes sobre la monarquía peruana
Fernán Altuve-Fevres Lores.2ª edición
Dupla Editorial, Lima, 2001. 303 pp.

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Página de Fernán Altuve.