jueves, 9 de octubre de 2014

¿Electorado pragmático?


Electorado “pragmático” y voluntad popular

Eddy Romero Meza

“Pueblo bruto”, “gente ignorante”, “electarado”, “populacho”, “ingenuos” o “fáciles de manipular”, son expresiones recurrentes en nuestro medio frente a encuestas o resultados electorales. Ciertamente el acceso a la educación es algo poco democratizado en el país, pero en este caso se trata de estigmatizar la racionalidad del elector promedio en el Perú. Descalificar su decisión por falta o ausencia de criterio, sentido de realidad o sentido común.

Al respecto el politólogo Steve Levitsky, ha publicado un interesante artículo titulado: “Elecciones y tarados”, donde señala lo siguiente:

Los peruanos no son estúpidos. Ni en Cajamarca ni en San Juan de Lurigancho. Ni siquiera en San Isidro.  Pero lamentar la “ignorancia,” la “falta de memoria” y hasta la estupidez del electorado peruano se ha vuelto una práctica común.  El rey de los lamentos es Aldo Mariátegui, que saca del closet su concepto del “electarado” cada vez que se elige alguien que a él no le gusta (o sea, con frecuencia).   
Pero Mariátegui no está solo. Y el desprecio hacia el electorado peruano no se limita a la derecha.  Aunque sean más sutiles, muchos comentarios progresistas sobre los que votan por candidatos que “roban pero hacen obras” revelan el mismo desdén.  
Despreciar al electorado es poco democrático. Implica que algunos ciudadanos (casi siempre, de menores ingresos) no son competentes para votar –el argumento utilizado en siglos pasados para justificar las restricciones al sufragio.  Además, es poco liberal.  El liberalismo reconoce que siempre existirán diversos intereses y opiniones, y que estas diferencias son legítimas.
Puedo no compartir las preferencias electorales de un conservador de Texas, pero al llamarlo tarado estoy diciendo que hay una opción electoral objetivamente “correcta” (la mía), y que la de mi compatriota no es legítima.   
En vez de despreciar al electorado peruano, sería mejor estudiar por qué la gente vota como vota.  Como no ha habido mucha investigación sobre el comportamiento electoral peruano, sabemos muy poco.   Sin embargo, hay algunas características del voto peruano que vale la pena señalar. (La República, 05/10/14)

El autor pone en evidencia el desprecio que emana tanto de derecha como la izquierda sobre la capacidad de decisión de la población. Resalta lo antidemocrático que es autoproclamarse el poseedor de la “opción correcta” y desconocer el derecho de los demás a disentir y optar por otras propuestas (declararlas implícitamente ilegítimas).

Por otro lado, hace alusión acertadamente a como en el pasado se restringía el derecho a voto a la mayoría de la población al declararlos no competentes: analfabetos o de instrucción limitada. Esto nos recuerda las viejas polémicas decimonónicas entre los conservadores y liberales peruanos, donde en los primeros destacaba el clérigo Bartolomé Herrera quien defendía la tesis de la “soberanía de la inteligencia” en contraposición de la “soberanía popular” sostenida por los hermanos Gálvez.

Ahora bien, esta postura liberal de Levitsky ha sido cuestionada en su concepción, pues idealizaría la “voluntad popular” y la racionalidad de los sectores mayoritarios. Así pues, el escritor Gustavo Faverón, señala:

¿Qué cosa hace que los limeños elijan alcalde a Castañeda? Lo mismo que hace que conviertan al Trome en el diario más leído, a la Paisana Jacinta en un personaje popular, a Esto es guerra en un éxito televisivo, a Kenji Fujimori en nuestro congresista más votado, a Beto Ortiz o Magaly Medina en líderes de opinión, y a dos docenas de expresidiarios en los personajes más simpáticos de nuestra farándula. Vendrán los politólogos a decir que no es ni estupidez ni ignorancia ni nada de eso, sino que todo responde a una racionalidad diferente que uno no comprende porque está divorciado de las masas. El problema de los que dicen eso es que su racionalidad es deficitaria y la ejercen como una fe y no como una ciencia (y además no han comprendido lo obvio: que la lumpenización de la sociedad peruana se da simultáneamente en todas las clases sociales). Nadie dice que no haya explicaciones racionales para el hecho de que los peruanos prefiramos la basura diariamente; pero en esas explicaciones deben incluirse, de manera central, la ignorancia, la idiotez, la vacuidad, la aceptación pasiva y activa de la criminalidad y la concepción de la cosa pública como un botín. Si en vez de eso se evocan "racionalidades que no entendemos", entonces no se está haciendo análisis político sino magia, y de la mala. https://www.facebook.com/gustavo.patriau/posts/10152535369569635?fref=nf

Faverón se ubica al extremo opuesto de aquellos que suelen hablar retóricamente de “sabiduría popular” en estos contextos electorales. Algunos lo tildaran de aristocratizante y otros de sensato. Lo cierto es que va a contracorriente y nos plantea algo no muy “políticamente correcto”: la creciente “lumpenización de la sociedad peruana” y la necesidad de ubicar la ignorancia y pasividad, también como explicación de porqué la gente vota  como lo hace (a pesar de la evidencia de corrupción de sus candidatos).

Siguiendo la línea planteada por Faverón, el profesor de la PUPC, Daniel Salas ha publicado un interesante artículo titulado “La falacia del elector racional”, donde señala lo siguiente:

¿Se puede decir que la gente toma decisiones ineficientes? Claro que sí. De hecho, ocurre a cada rato. ¿Se puede decir que los electores votan sin tomar en cuenta criterios morales? Por supuesto. No hay nada de excluyente ni de soberbio en hacer ese tipo de apreciaciones. Hay muchísimos ejemplos en los que la mayoría está equivocada tanto en sus razonamientos como en sus juicios morales. Por ejemplo, en un linchamiento. Por ejemplo, cuando se justifica que, en nombre de la paz, se violen los derechos de algunos. O, con más frecuencia, cuando se rinde al pánico, a la desesperación y al miedo, armas atroces que se utilizan desde el poder para manipular su conducta.

Los electores pueden creer que Castañeda representa el pragmatismo y las obras que la ciudad necesita. Pero de ahí no se infiere que eso sea cierto. De hecho, la elección de Castañeda es lo que los economistas llaman un resultado “subóptimo”, por más que tenga una racionalidad.

Es curioso que muchas mentes progresistas, que reconocen que el mercado tiene fallas y puede producir resultados subóptimos, respondan que, en el análisis político, se debe omitir todo juicio sobre las racionalidades de los electores. Steve Levitsky ha sostenido, por ejemplo, que concuerda con Carlos Meléndez en cuanto a que “el votante peruano no es ni irracional ni estúpido. La gente vota por muchas razones, basado en diversas identidades, intereses, y expectativas. Podemos no compartir las preferencias del electorado en Cajamarca, Puno, o San Isidro, pero negar la legitimidad de estas preferencias choca con los principios básicos de la democracia”.

Ciertamente, no parece justo llamar a nadie “irracional y estúpido” (mucho menos “tarado”, como suele escribir Aldo Mariátegui). Pero no veo cómo de allí se infiere que las preferencias sean legítimas. En primer lugar, ¿en qué sentido las debemos considerar legítimas? Si queremos decir que implican efectos legales, es obvio que no se pueden cuestionar. En cambio, si las queremos considerar racional o moralmente legítimas mi posición cambia. No veo que lo sean y no puedo admitido que lo sean. Quienes votaron por Castañeda han aceptado premiar la corrupción, por un lado, y han elegido, contrariamente a sus creencias, a un pésimo gestor. En el análisis de Levistsky faltan al menos dos cosas: por un lado, el hecho de que la corrupción haya dejado de ser un estigma, de manera que puede ser practicada de modo descarado, y, por otro, el hecho de que los electores votan creyendo que van a obtener cierto resultado pero en realidad van a lograr un resultado muy inferior.

(…) Que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción resulta evidente y si es evidente no entiendo por qué no puede ser señalado. Es cierto que la gente no es estúpida pero sí puede estar tremendamente desinformada, sí puede estar saturada de prejuicios y sí puede, fácilmente, renunciar al razonamiento moral.

Lamentablemente, la ciencia política, al menos en el Perú, parece dedicarse a narrar un juego de ajedrez en donde los contendores son equivalentes. Y parece, desde su neutralidad metodológica, poner en un mismo nivel la astucia y la inteligencia. Una cosa es entender las racionalidades detrás de las acciones, otra es el pretender una neutralidad imposible en un contexto en el que se define el destino de una comunidad. Es demasiado simple repetir el mantra de toda elección es racional para quedarse estacionado en esa posición, sin atreverse a dar el salto hacia una crítica que revele los medios de poder y de construcción ideológica que propician las elecciones erradas y, a fin de cuentas, la erosión de valores tan elementales para una sociedad como son la honradez y la solidaridad. http://www.dedomedio.com/politica/la-falacia-del-elector-racional/   

Daniel Salas, indica algo que personalmente comparto sobre estas elecciones: el resultado es legal, pero no legítimo. Y resalta algo fundamental: la corrupción ha dejado de ser un estigma en la sociedad peruana. La anomia, la transgresión, la pendejada y achoramiento nos caracterizan desde hace mucho tiempo y parece observarse cierto acentuamiento de ello por momentos. Desde nuestra “cultura combi” hasta la política de “otorongo no come otorongo”. La “viveza” se celebra en el Perú aún cuando dañe a otros (en realidad esa es su esencia). Anecdóticamente, cuando fueron difundidos los vladivideos el año 2000, la primera respuesta de la gente fue de admiración ante Montesinos antes que de censura frente sus ilícitos actos.

Otro elemento interesante que introduce Salas a la discusión es el de “desarrollo moral”, tema de reflexión desde la filosofía clásica y estudiado hoy en día en el campo psicológico; lamentablemente poco abordado en nuestro medio, salvo excepciones importantes como la de Susana Frisancho de la Universidad Católica. Salas apunta que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción. Lo cual nos lleva al tema central: ¿Cuán trastocados están los valores en el Perú? Un país donde la retórica siempre suplanta a los hechos (“construir un país con valores”, “hacer una sociedad con valores”); donde se trata a miles o millones como ciudadanos de segunda clase; donde la educación es elitista y el racismo o discriminación son perpetuados por los medios de comunicación masivos; ciertamente no nos brinda una mirada optimista sobre su desarrollo moral.

Finalmente, me gustaría compartir el análisis del sociólogo Francisco Durand, sobre este asunto, quien en su artículo: La lógica del “roba pero hace”, señala:

Han terminado las elecciones pero todavía resuena aquello de “roba pero hace”. Encuentro cinco razones lógicas detrás del cuestionado dicho. Uno, es un reconocimiento que la política está muchas veces dirigida por bandidos, lo cual es fundamentalmente cierto.
Dos, la explicación que una parte significativa del electorado vote por alguien que “roba pero hace” refleja una opción preferible, una suerte de mal menor debido a que la peor opción es “no hacen pero roban”. Tres, el convencimiento de que “así funciona la política” en nuestro país es resultado no solo del cinismo de muchos electores, sino de  nuestro perverso sentido de competencia política. La mayoría de las denuncias por robo a las autoridades, a veces con pruebas contundentes, son proporcionadas por sus rivales, que difunden estas acusaciones para sacarlo del camino o como una forma de venganza, de ajuste de cuentas.
Cuarto, los medios de comunicación de masas difunden esta “verdad”  al aportar pruebas o indicios provenientes de los rivales sin haber realizado una indagación a fondo de los hechos. De modo que al explotar la noticia son cómplices de la popularidad de esta frase, pues ayudan a convencernos que buena parte de los políticos roban al hacer obras.
Quinto y último, existen varios tipos de intereses detrás de la práctica de hacer obras y robar: primero tenemos al bandido político, que encuentra en su cargo la forma más rápida de acrecentar su fortuna; segundo, está el constructor, que se beneficia de un contrato obtenido en forma ilícita (competencia desleal); tercero, tenemos a una población preocupada esencialmente que se hagan obras porque “por lo menos hacen algo”. De modo que el dicho tiene lógica para por los menos tres grupos sociales. 
Termino reconociendo que es un argumento un tanto retorcido, pero no debemos olvidar que vivimos en un país retorcido que desarrolla su propia lógica. (La República, 06/10/14)

En resumen, existe entre la población una lógica que aparenta ser “pragmática” (en realidad no lo es, sólo es inmediatista) y un peligroso acostumbramiento a formas negativas de convivencia: deshonestidad, permisividad, cinismo, etc. La política está más que devaluada y de ahí el recurrente: “la política es así”. Esta resignación frente a la cosa pública y el individualismo corrosivo nos llevan a este estado o situación que vivimos. La democratización no solo consiste en tener elecciones consecutivas (ausencia de golpe de estados), sino en garantizar la legitimidad y probidad de las autoridades que nos representan. Sigo meditando sobre estas recientes elecciones y no puedo soslayar el hecho de que el sesgo informativo es evidente en la prensa, y que nuestra democracia cada vez será más mediática. El resultado en las urnas dependerá también de la realidad que construyen o transmiten (selectivamente) los medios de comunicación, los cuales están virtualmente monopolizado en el país.

Algunos creen hallar la solución a esto, proponiendo el voto voluntario; idealizando este y declarándolo más democrático que el obligatorio. Desconocen que este tiende a elitizar la elección de autoridades, debido al ausentismo masivo a las urnas. Normalmente son los sectores más conservadores los que levantan las banderas del voto voluntario, igualándolo a “voto más inteligente” (tufillo herreriano). No se trata de adoptar estas posturas, sino de constatar que existe un malestar generalizado de los valores en el país, sin importar la condición social. Ciertamente una educación más auténtica es parte de la solución, pero no es asunto sólo de escuelas o universidades, sino de cultura ciudadana, donde la responsabilidad es compartida: sociedad civil y política. Por ahora, antes de seguir señalando responsables, sólo cabe hacerme una pregunta: ¿Qué puedo hacer yo, más allá de escribir esto?

domingo, 5 de octubre de 2014

Sobre el positivismo y anacronismo en la historia del Perú.


POSITIVISMO Y ANACRONISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ

El mal uso que la ideología suele hacer del pasado
se basa más en el anacronismo que en la mentira.
Eric Hobsbawm

Eddy Romero Meza

La historia oficial busca afianzar una idea de nación o comunidad imaginada, y coexiste con numerosos discursos históricos que desean legitimar posturas políticas o proyectos culturales: marxismo, indigenismo, hispanismo, etc. La historia se convierte así en  un campo de batalla ideológico, donde su escritura es una apuesta política además de epistemológica.

Entonces, cómo lograr una historia con mayores grados de objetividad, qué caminos seguir o evitar en este controvertido oficio. En tiempos de conmemoraciones por el bicentenario de la independencia en América, es imperativo reflexionar sobre la práctica historiográfica, y además sobre su enseñanza. Ello para evitar que esta disciplina sea reducida a mero instrumento ideológico o erudición vana. En esta ocasión quisiera detenerme en la influencia positivista en nuestra historia, así como en la recurrencia del anacronismo en la concepción de la historia peruana.

En su interesante libro Antimanual del mal historiador, Carlos Aguirre Rojas, dedica un capítulo a lo que él denomina “los siete pecados capitales del mal historiador”, dentro de los cuales figurarían:

  • El positivismo
  • El anacronismo
  • La noción de tiempo (única y homogénea)
  • La idea limitada de progreso
  • Actitud profundamente acrítica
  • Búsqueda de una “objetividad” y neutralidad” absoluta.
  • El postmodernismo en historia

El autor apunta también, que estos siete vicios historiográficos se manifiestan después de múltiples maneras. Naturalmente, el objetivo es explicitarlos para poder esquivarlos o contrarrestarlos, sólo así se lograría hacer y enseñar una historia diferente y muy superior a la hoy existente. (1)

Debido a la extensión que exige este texto, como ya lo adelantamos, solo nos limitaremos a los dos primeros “pecados”, quedando la tentación de abordar los otros en siguientes artículos.

Positivismo e historia peruana

Se ha afirmado que la en la base del positivismo existe una epistemología ingenua y acrítica, ya que: “el positivismo considera el objeto del conocimiento histórico como un dato ya construido y el conocimiento histórico como el registro o la fotografía de ese objeto. La objetividad del conocimiento histórico consiste en percibir el dato tal como es (wie es eigentlich gewesen), en registrar los hechos en estado bruto, en su verdad original, fuera de toda interpretación. El ideal del positivismo histórico es llegar a la exactitud fría, neutra, impersonal de las ciencias naturales, como la botánica, la biología, la química. Se mantiene rigurosamente en el nivel de los hechos, en su pura materialidad” (2).  O sea, como sostiene Carlos Aguirre, nos encontramos frente a una concepción histórica esencialmente renuente a la filosofía, teoría y metodología. Una historia que limita la labor del historiador a la revisión y clasificación de las fuentes escritas, y cuyo producto es una narración o descripción de lo contenido en los documentos. El positivismo histórico rechaza toda interpretación crítica y creativa de los hechos históricos.

Una historia además centrada en los grandes hechos políticos y militares del pasado. Una historia peligrosamente acrítica con los grupos de poder examinados; y además reducida a simple ejercicio de erudición (“colecciones de hechos muertos” al decir de Marx). Carlos Aguirre, apunta sobre esto:

… la verdadera historia solo se construye cuando, apoyados en esos resultados de trabajo erudito, accedemos al nivel de la interpretación histórica, a la explicación razonada y sistemática de los hechos, de los fenómenos y de los procesos y situaciones históricas que estudiamos. Porque solo transitamos desde esa erudición todavía limitada hasta la verdadera historia, si reconocemos la importancia fundamental de este trabajo de la interpretación y de la explicación históricas, que construyen modelos comprehensivos, que ordenan y dan sentido a los hechos y fenómenos históricos, integrando a estos últimos dentro de las grandes tendencias evolutivas del desarrollo histórico, y estableciendo de modo coherente y sintético, también los porqués y los cómos de los distintos problemas investigados. (3)

Hoy es inconcebible una historia que no sea crítica, una que se aproxime al pasado de forma dinámica y abierta a nuevos métodos de investigación. La historia positivista fue cuestionada durante todo el siglo XX, sin embargo su vigencia es notoria, sobre todo en el campo educativo donde la enseñanza a veces no difiere mucho de la practicada en el siglo XIX: énfasis en los datos, fechas e información. Una historia centrada en los grandes hombres (generales, políticos, virreyes, etc.); o sea la “historia desde arriba”. Finalmente, una didáctica que derivada del positivismo histórico, puede reducir una clase a “presidentes-obras”, “virreyes-obras” o colección de militares y batallas.

La herencia del positivismo histórico está fuertemente internalizada en la concepción de la historia de la sociedad en general (imaginarios, representaciones, mentalidades). Los medios de comunicación, especialmente la televisión y el cine, difunden esta visión simplista o reduccionista de la narrativa histórica. Ello sin menospreciar las fantásticas producciones históricas surgidas en los últimos años, pero que son la excepción y no la regla general.

Los libros y manuales de historia son numerosos en el país. El surgimiento de academias y colegios pre-universitarios, multiplicó aún más los textos, pero lamentablemente solo los oriento a fines directos de ingreso a la universidad. Un conglomerado de datos especialmente de carácter político-militar llena sus páginas, y se impone una enseñanza basada en el memorismo y no la comprensión. Muchos estudiantes arriban así a la universidad, y ello ha obligado en parte, a la aparición de textos que busquen superar estas pobres visiones de la historia peruana y mundial. Dentro de estos textos podría ubicarse el libro “Historia del Perú contemporáneo” de Carlos Contreras y Marcos Cueto, obra que tiene la virtud de abordar la historia peruana del siglo XIX y XX, tanto desde los aspectos políticos, como económicos y socio-culturales. Un texto de fácil lectura y que explica con cierta suficiencia los distintos fenómenos históricos que ha atravesado el Perú en el periodo que examina. Su aporte radica en ser una obra de síntesis histórica, que incluye una mirada crítica al desarrollo republicano. (4)

Resaltable también, es el reciente esfuerzo editorial de la Universidad Católica del Perú, de aproximar a los estudiantes a la historia del Perú y el mundo, a través de obras de visión panorámica del siglo XX, escritas por excelentes historiadores, quienes practican a su vez la docencia universitaria. Se trata de los libros: Un mundo incierto. Historia universal contemporánea de Antonio Zapata y El Perú del siglo XX de Juan Luis Orrego. Este último, explica claramente la intención de estas obras, al señalar en una reciente entrevista:

… la idea era interpretar el siglo XX, que no sea un texto con una hemorragia de datos, sino uno explicativo. Y traté de incorporar no solo la cuestión del desarrollo económico y político, sino también algo que le interesa mucho a los chicos: los cambios culturales, mentales, la vida cotidiana, el deporte. Y en la medida de lo posible, relacionar la historia del Perú con lo que pasa en América Latina y en el mundo. Entonces, la idea es dar una visión total del siglo XX. (5)

Superar el positivismo histórico, supone muchas variables. La primera, evidenciar las limitaciones de esta corriente teórica, y principalmente estimular una historia explicativa que llegue al gran público. Libros rigurosos que no prescindan de la visión crítica y mirada de largo alcance. Crear generaciones de estudiantes formados en una historia centrada en la interpretación-explicación, y no en la simple descripción vacía de los “grandes hechos históricos”.  Ello claro, sin dejar de entender que historia crítica no es igual a historia negra.

Anacronismo e historia peruana

El anacronismo, según Lucien Febvre es el “pecado de los pecados” del historiador. Este podemos definirlo como el: “Error que consiste en suponer acaecido un hecho antes o después del tiempo en que sucedió y, por extensión, incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde. Persona o cosa anacrónica” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

Sin embargo, un concepto más amplio e interesante lo hallamos en el historiador colombiano Renán Silva Olarte, quien afirma: “digamos que el anacronismo es una forma de pasar por encima de las dimensiones de tiempo, espacio y lenguaje específicos, que son constitutivas de una sociedad, lo que lleva al historiador (o al antropólogo o al sociólogo) a pasar por encima de lo que Baruch Spinoza llamaba la “diferencia específica”, introduciendo en el análisis objetos, procesos, actitudes y formas de percepción y representación que la historicidad misma de esa sociedad particular de la que se trata no autoriza, bien sea porque se encuentran por fuera del marco de posibilidades históricas que esa sociedad ha producido, o por el contrario, porque se localizan en un horizonte de expectativas que la sociedad ha superado” (6).

Leer artículo completo en: Hispanic American Historical Review. Duke University

Julio Octavio Reyes y las crónicas sobre Miguel Grau y el monitor Huáscar.

Foto tomada del archivo de Luis Cam

El cronista del Huáscar

El periodista Julio Octavio Reyes acompañó a Miguel Grau y al monitor Huáscar durante toda la campaña naval de la guerra con Chile. Aquí lo recordamos –en fecha intermedia entre el Día del Periodista y el Combate de Angamos– a propósito de un documental que se prepara sobre su vida.

Texto: Raúl Mendoza.
El 21 de mayo de 1879, poco antes de las seis de la mañana, en Iquique, el monitor Huáscar se preparaba para el inminente combate contra la corbeta chilena Esmeralda. Sobre la cubierta de la nave el almirante Miguel Grau dirigía una arenga a sus hombres formados en dos filas. Sus palabras finales fueron: “Tripulantes del Huáscar, ha llegado la hora de castigar al enemigo de la patria y espero que lo sabréis hacer, cosechando nuevos laureles y nuevas glorias dignas de brillar al lado de Junín, Ayacucho, Abtao y el 2 de Mayo. ¡Viva el Perú!”.
Ese instante emotivo tuvo un testigo de excepción: Julio Octavio Reyes, periodista del diario civilista limeño La Opinión Nacional, embarcado en el Huáscar, en el inicio de la campaña naval.
Él describe ese momento con detalle: “Los jefes, oficiales, tripulantes y guarnición, repitieron las últimas palabras con entusiasmo, agregando: ¡Viva el comandante del Huáscar!”. La banda de guerra tocó diana y se escuchó la señal de zafarrancho de combate. “Los oficiales, marineros, grumetes, soldados, [...] hasta los guardiamarinas de 15 a 16 años, casi niños, se abrazaban y corrían a sus puestos con entereza espartana”.
Ese día concluyó con sentimientos encontrados para Grau y los marinos peruanos: la victoria del Huáscar sobre la Esmeralda –a la que hundió usando su espolón– y la pérdida de la fragata blindada Independencia, nuestro mejor barco de guerra, que encalló persiguiendo a la nave chilena Covadonga. Podemos conocer lo que ocurrió, los sentimientos de los protagonistas y el ambiente que se vivía en aquellos lugares porque Julio Reyes estuvo ahí para contarlo. Gracias a él se sabe hasta los puestos que ocupaban habitualmente todos los oficiales del Huáscar cuando combatían.
Legado periodístico
Su pluma sirvió para contar las peripecias del monitor durante la campaña naval, pero también para conocer otro tipo de peligros a los que se enfrentó. Se conoce poco, por ejemplo, que el buque de guerra peruano estuvo a punto de sucumbir en el mar combatiendo contra las fuerzas de la naturaleza. Hay un magnífico relato de Reyes sobre un violento temporal que puso en jaque al Huáscar, el 5 de agosto de 1879. 
“El temporal se había desencadenado de un modo amenazante. [...] El viento soplaba furiosamente por entre el cordaje del buque, y formaba olas inmensas; montañas de agua que levantaban el buque hasta los cielos para sumergirlo después en un abismo profundo, negro, sombrío. [...] Hubo un instante en que el buque estaba completamente tumbado hacia babor, a tal extremo, que los botes de ese costado estaban dentro del agua, y vino una ola por ese mismo lado, inmensa, extraordinaria, como de 22 pies de altura, que pareció iba a darle el último golpe, la vuelta de campana, pero por fortuna salvamos".
Con ese detalle y esa emoción escribía Reyes. Y continúa el relato: "El comandante Grau, sobre su puente, con una serenidad digna y elevada, manifestó que si tenía valor y pericia para combatir a los enemigos de la patria, lo tenía también para combatir los elementos. Sus oficiales se manifestaron como siempre dignos de su jefe". La crónica es larga, plena de detalles.
Julio Octavio Reyes escribió diecinueve extensas crónicas sobre la campaña naval de la guerra del Pacífico entre los meses de mayo y setiembre de 1879. Por él es que hoy podemos conocer las correrías del Huáscar: los combates que protagonizó, las capturas que hizo, cómo logró romper los bloqueos, la personalidad de Miguel Grau, el carácter de sus oficiales y marinos, las veces que la población peruana lo recibió llena de patriotismo en los puertos que entonces todavía pertenecían al Perú.
El periodista, que nació en Huacho en 1850, contribuyó a que el pueblo peruano supiera de las proezas de Grau y del formidable monitor bajo su mando. Los libros de historia no lo mencionan mucho, salvo una investigación de Héctor López Martínez, y tampoco lo han hecho los medios de comunicación. Sólo hay breves referencias sobre él en investigaciones de Raúl Porras o José Agustín de la Puente. Por eso su legado busca ser rescatado por el documentalista Luis Enrique Cam en su próximo trabajo. Se llamará El Corresponsal del Huáscar. 
Reportero a bordo
Al estallar la guerra con Chile en 1879, Julio Octavio Reyes fue uno de los cuatro periodistas que cubrieron la guerra, destacados por igual número de diarios en barcos de la escuadra peruana. Lo hizo para La Opinión Nacional, diario fundado en 1873. Los otros tres cronistas de la guerra fueron: José Rodolfo del Campo por El Comercio, el uruguayo Benito Neto por La Patria, diario pierolista, y el portugués Manuel F. Horta por El Nacional.
El destino quiso que Reyes fuera corresponsal en el Huáscar. El comandante del monitor, Miguel Grau, era un excelente capitán de mar y tierra, pero pocos imaginaban el papel superlativo que cumpliría el pequeño buque de guerra en defensa del territorio peruano. "En los seis meses de campaña naval, Julio Octavio Reyes detalló día a día, incluso hora a hora, lo que sucedía en la guerra naval", cuenta Luis Enrique Cam. Él ha encontrado las 19 crónicas de JOR en los archivos de la Biblioteca Nacional. Ellas serán la columna vertebral del documental que presentará en octubre de 2015.
En alguna crónica, Julio Octavio Reyes presenta la carta de un padre a su hijo, tripulante del Huáscar, para dar cuenta del orgullo que los ciudadanos sentían por las hazañas de sus marinos: "Querido hijo: Te felicito y felicito a tu jefe, como también a todos los soberbios marinos del Huáscar. Ser del Huáscar es un título que no se compra sino con la sangre. [...] El comandante Grau y sus marinos subalternos no saben todavía lo que están ganando de instante en instante. Los corazones peruanos servirán de adoquines en las calles por donde ustedes pasen en Lima el día que nos traigan la última victoria, envuelta en nuestro pabellón nacional".
La cercanía que tenía con Grau y su tripulación le permitió conocerlo amistosamente. La última noche de Grau en Arica –a fines de setiembre de 1879– llegó a conversar con el almirante sobre su estado de ánimo. “Estoy muy triste, algo cuya causa ignoro, me tiene atormentado desde la mañana”, nos decía nuestro querido y respetado jefe y reclinando su cabeza sobre las manos, permanecía mudo y silencioso. [...] lo que pasaba con el comandante, pasaba también con la mayoría de los oficiales". Había una razón: los marinos peruanos sabían que sobre el papel la guerra naval estaba perdida por la enorme diferencia con Chile en naves y armamento 
"Reyes siempre tuvo una actitud responsable con la información. Nunca puso en sus crónicas información que pudiera beneficiar al enemigo", cuenta Luis Enrique Cam. El destino hizo que no estuviera en el combate de Angamos.

El 30 de setiembre, en Arica, bajó a dejar correspondencia y al volver sólo pudo ver al Huáscar alejándose: habían avisado de buques chilenos en las cercanías. No volvería a ver a Grau ni al monitor. Caerían el 8 de octubre en el combate de Angamos. Después, JOR cubrió la invasión chilena y más tarde peleó al lado de Andrés Avelino Cáceres. "Fue un héroe civil", dice Cam. Murió en Ecuador en 1903, pero su legado permanece: contó la historia de un barco y su comandante que durante cinco meses fueron "la patria sobre el mar".
Fuente: La República, suplemento "Domingo". 05 de octubre del 2014.

domingo, 17 de agosto de 2014

Libro: El Perú del siglo XX de Juan Luis Orrego.

“La historia que nos enseñan es heredera del siglo XIX”

El historiador Juan Luis Orrego interpreta los hechos sustanciales de un siglo lleno de peripecias y vicisitudes para el Perú.

José Miguel Silva

Acostumbrados a memorizar nombres de héroes, obras de presidentes y años de batallas, los escolares peruanos suelen complicarse al momento de tener que interpretar sucesos que marcaron la historia del país.
Conversamos con Juan Luis Orrego Penagos, historiador que ha publicado El Perú del siglo XX (PUCP, 2014), un libro que ayuda a comprender 100 años esenciales en la historia de nuestro país.
Sus páginas permiten conocer las características de los caudillismos, la dependencia sobre las materias primas, la fragilidad de nuestra democracia y, primordialmente, la identidad de una sociedad diversa.
-¿Considera usted que la historia que se le enseña a los jóvenes es algo monótona, línea y/o memorística?
La historia que se enseña en los colegios todavía es heredera del Siglo XIX. ¿En qué sentido? Primero, el positivismo, que ponía énfasis en los datos, las fechas y en la información. Por eso es que el alumno tenía que asimilar una serie de datos para poder aprobar. Esa es una de las herencias de dicho siglo. Por eso es que era una historia casi desde el poder. “Presidentes-obrasVirreyes-obras”. O sea, era la historia a partir de los hombres, los generales, los políticos, los reyes, etc. La historia desde arriba. Y la otra herencia del siglo XIX en la enseñanza de historia es el romanticismo.
-En el sentido del culto a los héroes.
Así es, pero eso tiene su razón de ser. Porque la historia que  se enseña en el colegio tiene como función no solo informar sobre la historia del país, sino también formar una conciencia nacional. Y una de las formas de construir esa identidad nacional, ese amor por la patria, es ver el ejemplo de los héroes, de los grandes personajes y, bueno, nosotros tenemos muchos héroes y la mayoría están concentrados en el siglo XIX tanto en el periodo de la Independencia como en la Guerra con Chile.
-En el siglo XX no hay muchos héroes que digamos. Tampoco hay muchas historias felices qué contar.
Afortunadamente, a lo largo del siglo XX no tuvimos esas guerras que significaron primero la Independencia y luego la construcción del Estado y la formación del territorio. Por eso es que la mayoría de los héroes en América Latina están en el XIX y no en el XX. En este último siglo se lograron fijar una serie de fronteras – a través de tratados internacionales – y un poco se apagó. Ahora, eso no quiere decir que la guerra como hecho haya desaparecido en el siglo XX. El Perú solamente tuvo una y relativamente corta, como fue la guerra con Ecuador en el año 41 y las dos “guerras” (Cenepa y la de la Cordillera del Cóndor), pero ahí no hubo grandes héroes como Grau y Bolognesi, que mueren de manera romántica. Eso no lo tenemos en el siglo XX. Salvo el caso de Quiñones.
-Si bien los partidos políticos del siglo XX que usted describe en su libro son diferentes a los actuales, se parecen mucho en algo: el caudillismo o personalismo del que dependen. ¿Siempre fue difícil crear una estructura de personas dentro de una organización política?
El caudillismo, para bien o para mal, es una tradición latinoamericana y el Perú no escapó de eso. El caudillismo está a todo nivel, no solo en la política. Y los partidos lamentablemente lo son y la mayoría en América Latina lo son. No tenemos partidos muy institucionalizados y con una dirigencia colegiada. Quizás el único partido que no fue caudillista fue el Partido Civil. Y gracias a la muerte de su líder. Porque nosotros sabemos que Manuel Pardo lo fundó en el siglo XIX, pero él murió asesinado en 1878. Entonces, el partido se quedó sin su fundador, sin su líder indiscutible. Entonces tuvieron que hacer un manejo más colegiado de la organización. Todos los demás sí lo fueron, y muchas veces muerto el líder, muerto el partido. Salvo en el caso del Apra que le encontraron un heredero al fundador del partido. El odriismo, el sanchezcerrismo, el leguiismo, el pradismo, el fujimorismo. Acción Popular también con Belaunde. Claro, ellos siguen pero ya no son el partido como cuando Belaunde estaba al frente.
"Traté de incorporar no solo la cuestión del desarrollo económico y político, sino también algo que le interesa mucho a los chicos: los cambios culturales, mentales, la vida cotidiana, el deporte, etc", menciona Orrego a El Comercio.
-Pero la gente es consciente de este caudillismo, de que las cosas se centralizan en una sola persona.
Es una herencia de la política latinoamericana, quizás del Rey, que siempre estamos buscando un rey, un monarca. El líder lo es todo. Uno deposita en la persona, no en la institución, sus esperanzas. El líder todo lo va a resolver, siempre se convierte en el gran salvador, en el personaje casi divino que en un momento aparece y lo va a resolver todo.
-Dentro del repaso que usted realiza está presente Leguía, un personaje con una historia casi cinematográfica de principio a fin pero con un saldo negativo.
Él tiene varios récords en la historia del Perú. Para empezar, es el presidente que más años gobernó el país: primero cuatro años y luego 11. Es decir, quince años como presidente. Hasta ahora nadie lo superó, hay por ahí alguien que lo quiere alcanzar, pero veremos si lo logra. Además, es el presidente que más tratados internacionales ha firmado. Prácticamente las fronteras terrestres, menos con Ecuador, fueron diseñadas en sus gobiernos. En tercer lugar, es el único presidente que ha muerto en la cárcel. Leguía es un personaje polémico porque de hecho hizo un gobierno autoritario. No creo que haya sido una dictadura, pero sí fue un gobierno autoritario. Leguía fue un maestro del cálculo político y gracias a ello pudo mantenerse tanto tiempo en el poder, comprando lealtades y fascinando personas. Por lo que he leído, él era un personaje de una personalidad bastante particular. Desde ese punto de vista creo que su legado no es muy positivo, porque justo en nuestros países queremos fortalecer las instituciones.
-Eso no lo consiguió.
Por su personalismo, por su tendencia al autoritarismo, no lo consiguió. Pero lo que sí hay que ver con él es que hay un Perú antes y otro después de Leguía. Él tuvo realmente una visión de país, muy tecnócrata, pragmática, empresarial y mirando siempre como ejemplo el desarrollo de Inglaterra y sobre todo de Estados Unidos. Al entrar en el año 19, sabe perfectamente que luego de la Primera Guerra Mundial, la nueva potencia en el mundo eran los Estados Unidos y el Perú tenía que seguir al remolque de dicha economía y de dicho modelo. Para él, el progreso no era posible si no definíamos las fronteras. Él dijo que arreglaría las fronteras sin disparar una sola bala, y lo consiguió. El país necesitaba carreteras, puertos, vías de penetración, irrigación y sobre todo obras de saneamiento. Durante eloncenio es impresionante la cantidad de obras públicas y principalmente en saneamiento. No solo en Lima, sino también en todo el país. Y eso le cambió la vida a muchos peruanos. Muchas ciudades de la costa eran demasiado insalubres, ciudades expuestas a las enfermedades. La esperanza de vida era muy baja.
-En varias partes del libro, además, recuerda que básicamente las olas modernizadoras en el Perú estuvieron ligadas al buen momento de las exportaciones.
Bueno sí, América Latina siempre apostó por la exportación. Incluso hoy. A pesar de que hubo un largo paréntesis, entre 1930 y los años setentas, en que varios países de la región intentaron realizar una industrialización para no depender tanto de las exportaciones. Esta famosa receta de la Cepal de sustituir las exportaciones. Hubo esfuerzos, pero básicamente AL siempre apostó por la exportación.
-Hoy se trata de buscar culpables en torno a la crisis de la educación superior y se menciona  a las medidas tomadas en los noventas pero se olvida un detalle: para 1950 había solo cinco universidades. Luego explotó todo.
Una de las grandes conquistas del siglo XX es la educación. Triunfó la idea de que sin educación no había progreso. Eso lo entendió no solo el Estado sino también las personas. La educación como herramienta de progreso y de ascenso social. No bastaba con terminar el colegio. Había que ser profesional. Entonces lógicamente a partir de los años cincuentas, con el crecimiento de la clase media y luego con la demanda de los propios migrantes, que querían que sus hijos también accedan a la universidad, en los años sesentas y setentas se fue multiplicando el número de universidades. Pero esto no significa que haya habido una liberalización, como hubo una época del noventa. No cualquiera podía poner una universidad. Hubo regulaciones.
-En la parte contemporánea. Usted menciona que el surgimiento de la música criolla en la capital tendría un trasfondo. Había una intención de refugiarse de la avalancha de migrantes y de sus costumbres.
Esa es una opinión personal. A partir de los años cincuenta, cuando Lima comienza  ser prácticamente invadida por los provincianos empieza a surgir en la elite, en las clases medias, un mito de la Lima ciudad jardín, Lima del Puente a la Alameda, una Lima que en realidad nunca existió. Empezaron a añorar una Lima que se inventaron ¿por qué?  Porque la ciudad estaba siendo ‘afeada’ y ‘maltratada’ por los migrantes. Por ahí viene el trasfondo. Había que reivindicar la cultura criolla. Y lo criollo está asociado a Lima, a lo blanco, lo costeño, lo occidental. La idea es que esta cultura debía presentarse como la cultura nacional y no la cultura andina que venía impuesta por los provincianos.
-¿Tiene el historiador la responsabilidad de no solo informar sino también opinar y analizar sobre situaciones determinadas?
Si tú lees el libro, la idea era interpretar el siglo XX, que no sea un texto con una hemorragia de datos, sino uno explicativo. Y traté de incorporar no solo la cuestión del desarrollo económico y político, sino también algo que le interesa mucho a los chicos: los cambios culturales, mentales, la vida cotidiana, el deporte. Y en la medida de lo posible, relacionar la historia del Perú con lo que pasa en América Latina y en el mundo. Entonces, la idea es dar una visión total del siglo XX.
Fuente: Diario El Comercio. 12 de agosto del 2014.

sábado, 16 de agosto de 2014

La independencia y la enseñanza escolar.

Reflexiones sobre la enseñanza de la historia de la independencia en la escuela.

Eddy Romero Meza

Las siguientes reflexiones nacen a partir del reciente evento “Las independencias antes de la independencia”, organizado en Lima; y que buscó visibilizar los diferentes movimientos a favor de la libertad producidos más allá de la famosa proclamación del general José San Martín en la capital. (1)

Desanmartinizar la independencia, es un punto clave en la comprensión de un largo y complejo proceso de lucha emancipatoria. Otro aspecto es “desnacionalizarla”, ya que fue un proceso continental en un momento en que aún no existen las naciones que hoy conocemos. Finalmente, cabe preguntarnos qué significó realmente la independencia para América y que cambios se operaron en este momento de ruptura.

Una cuestión inmediata surgida a partir de este coloquio es: ¿Cómo llevar estos debates a la escuela?, ¿Cómo aproximar a los estudiantes a estas nuevas miradas sobre la independencia?, o ¿Cómo contrarrestar la historia tradicional y oficial sobre esta etapa de nuestro pasado?. Considero que el primer paso es visibilizar que existen nuevos aportes, lograr su mayor difusión y generar estrategias para su mejor comprensión. Difundir lo complejo sin simplificarlo excesivamente es un reto para historiadores y docentes, un reto interesante y gratificante para quienes deseamos construir un imaginario histórico menos prejuicioso y anclado en lugares comunes.

Conviene por tanto analizar algunas cuestiones históricas y someterlas a consideraciones didácticas orientadas a la escuela.

La independencia americana y el contexto

Para el notable filósofo francés Edgar Morin, la capacidad de contextualizar, constituye uno de los saberes esenciales de una persona. Un hecho sólo se explica a partir de su contexto y no puede ser entendido de manera aislada. Uno de los errores de la historia tradicional era enfocar la independencia sólo desde los límites del actual territorio nacional, sin tomar en cuenta el carácter continental y la situación de España en Europa.

Los estudiantes deben aproximarse a las “otras historias”, pero más allá de eso, el descubrir que existió un orden político-jurídico distinto, donde las actuales barreras territoriales no eran tales.

Dentro de la comprensión del contexto, podríamos ubicar por ejemplo:

-          El proyecto modernizador de la dinastía borbónica (s XVIII)
-          Las revoluciones liberales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX.
-          El impacto de las nuevas ideas en las colonias americanas.
-          La crisis de la monarquía española a partir de la ocupación napoleónica.

Finalmente, contextualizar significa comprender que existieron mentalidades distintas en esta época. Mentalidades que obedecieron a la existencia de un orden social estamental y de privilegios, pero que a su vez coexistió con viejas reivindicaciones, así como la introducción de nuevas corrientes de pensamiento en la América española.

Independencia y multicausalidad

Sin duda, uno de los problemas fundamentales para la comprensión de la causalidad histórica, es el referido al manejo de la explicación multicausal. Como se sabe, los conceptos de causalidad histórica son complejos y no concitan unanimidad entre los historiadores. Un problema añadido a la causación histórica, es la dificultad para la comprensión de todas las interrelaciones y jerarquizaciones entre las distintas motivaciones. Se atribuye equivocadamente a todas un peso o importancia similar. Establecer la causalidad múltiple de un proceso, fenómeno o hecho, es de suma importancia, puesto que a partir de la explicación causal se puede proceder a la interpretación.

Es fundamental aprender a hacer preguntas sobre las causas que provocaron los cambios y también sobre los factores que los evitaron o los retrasaron. Así, en la independencia americana y peruana podemos citar numerosas, las cuales deben ser problematizadas, evaluadas y clasificadas, procurando no darlas como definitivas, sino como tentativas y complementarias.

Leer artículo completo en: Hispanic American Historical Review (Duke University)