sábado, 12 de abril de 2014

La utilización de la Historia para legitimar posturas políticas. Los nacionalismos en España.

Cuando éramos libres y felices

La retórica política sigue refiriéndose a un pasado paradisíaco, una época anterior mejor que la actual. Pero no hay el menor indicio de que fuera así. Sería preferible debatir sobre el presente sin recurrir a los mitos.


José Álvarez Junco (Historiador)
La utilización de la Historia para legitimar dominaciones políticas se basó, durante milenios, en la existencia de antecedentes remotos e ilustres. Nada justificaba más un poder político que tener una antigüedad de milenios. Y nada proporcionaba mayor autoestima colectiva que provenir —el pueblo entero o su casta dirigente— de héroes legendarios. De ahí las repetidas invenciones de reyes o personajes que habrían protagonizado hazañas sobrehumanas. Hoy, estas no pasan de ser cuentos infantiles, algunos muy fascinantes. Pero no sirven ya para justificar nuestras estructuras o propuestas políticas, algo que en la actualidad es producto del debate y de la voluntad popular.
Hay, sin embargo, aspectos en los que seguimos anclados en la leyenda. La retórica política sigue refiriéndose, por ejemplo, a un pasado paradisíaco, una época en la que las relaciones sociales fueron más naturales, armoniosas y felices de lo que lo son en la actualidad. Se trataría de una Edad de Oro, un mundo perfecto, anterior al surgimiento del mal.
Son tantos y tan constantes los ejemplos que podrían citarse de este tipo de nostalgia que se siente uno tentado de explicarlo, en términos psicoanalíticos, como un deseo universal de retorno al seno materno. Recordemos el Paraíso Terrenal, de la Biblia, o la “Edad de Oro” de los clásicos grecolatinos (un “reino de Saturno”, anterior al destronamiento de este dios por su hijo Júpiter, caracterizado por la abundancia y la comunidad de bienes, la inexistencia de enfermedades o de esclavitud). Los primeros teólogos cristianos recibieron la leyenda de la Edad de Oro a través de la filosofía estoica y la fundieron con la del Paraíso bíblico. Durante toda la Edad Media, la Iglesia siguió manteniendo que en una sociedad “natural” reinarían la igualdad y la comunidad de bienes. Era un mero recurso retórico, ya que de inmediato se justificaba la existencia de jerarquías sociales, propiedad privada y coacción gubernamental debido a que una naturaleza “caída” como la humana exigía estas instituciones imperfectas.
En parte por herencia cristiana, y en tiempos mucho más recientes, el socialismo clásico recurrió al “comunismo primitivo”, paraíso del que la humanidad habría salido tras el pecado originario de la apropiación privada. Engels, apoyándose en Morgan y Bachofen, idealizó aquella “antigua sociedad de las gens, sin clases” de la que se salió por una “degradación”, una “caída”, al instituirse la propiedad privada; a partir de entonces, dominaron la codicia, el egoísmo y “los intereses más viles”, impuestos por “los medios más vergonzosos” —la violencia, la perfidia, el robo—. Y el “abuelo” del anarquismo español, Anselmo Lorenzo, escribió que la futura sociedad sin autoridad, realización de “la felicidad humana, la igualdad, la libertad y la justicia”, sería “como el reingreso de la humanidad en aquel paraíso de la fábula genesiaca, enriquecido con los infinitos del progreso”.
Han sido sobre todo los nacionalismos los que han hecho del pasado una pieza esencial del discurso
Pero han sido sobre todo los nacionalismos los que han hecho del mito del pasado feliz pieza esencial de su discurso. Todos ellos han planteado su programa como una “recuperación del pasado nacional”, a partir de narraciones o “recuerdos” mitificados de antiguos reinos o imperios autóctonos que fueron periodos de esplendor para su comunidad. Los nacionalistas tienen, además, una ventaja sobre las religiones o las utopías sociales: que resuelven con más facilidad el problema teodiceico, el origen del mal. Porque, a decir verdad, si se cree en un Dios omnipotente y omnisciente es muy difícil explicar el origen de las desgracias humanas. Que exista un demonio no resuelve nada, porque ¿no ha sido Dios todopoderoso el creador de este personaje maléfico y no sabía él de antemano las consecuencias de su creación? En cuanto al socialismo, ¿qué explica que la humanidad abandonara aquella situación feliz de comunismo primitivo y optara por la propiedad privada? ¿Qué nos garantiza que no volverá a ocurrir lo mismo después de hacer esta revolución que tantas penalidades nos está costando? Los nacionalistas, en cambio, resuelven este problema con soltura, atribuyendo todos los males a las interferencias foráneas, esos malvados extranjeros que son los únicos culpables de las distorsiones que han perturbado nuestra idílica situación originaria.
Así, el mito ha complementado a la razón en los planteamientos políticos modernos. A partir de los enormes descubrimientos y novedades que ha vivido la humanidad en el último medio milenio, cuando en filosofía se ha ido imponiendo la razón sobre la fe y la tradición, pareció que la argumentación política también se basaría en principios tales como la libertad o la igualdad, y que solo recurrirían a la Historia los defensores del orden tradicional. Pero no fue así. También los revolucionarios se inventaron sus mitos históricos.
A finales del XVI, los monarcómacos franceses se rebelaron contra el absolutismo denunciando su “novedad” frente a un pasado de libertades. Algo parecido harían los revolucionarios ingleses en el XVII, reclamando el retorno (la “revolución”) a las libertades sajonas, a partir del mito del “inglés nacido libre”. Y aunque la Gran Revolución de 1789 se apoyó en la razón y decidió arrojar al cubo de la basura el recurso al pasado como justificación de los privilegios políticos, también algún revolucionario, como Sieyès, ancló sus demandas en antecedentes históricos (el pueblo galo frente a la nobleza celta).
Pese a que la razón se impuso sobre la tradición, también los revolucionarios apelaron a mitos históricos
En el caso español, los liberales gaditanos, que no podían acudir al racionalismo ni a la terminología revolucionaria para no parecerse al enemigo, se inventaron también un idílico pasado de libertades medievales que se supone restablecía la Constitución de 1812. El historiador Martínez Marina describió unas Cortes medievales que limitaban el poder del monarca, que elegían y destituían reyes y les hacían jurar los fueros y libertades, cosa que en realidad nunca ocurrió. La idea era que en la historia española había habido un feliz periodo de libertad, que además expresaba la verdadera “forma de ser” de los españoles, y que la propuesta de establecer un régimen político constitucional no era sino un retorno a aquella situación.
Pero este recurso a la Historia resultó un fiasco. Porque, siguiendo las huellas de los primeros liberales, también el romanticismo catalán idealizó sus glorias medievales: su imperio mediterráneo, su literatura, su lengua… y sus libertades. Y se empezaron a recuperar invenciones barrocas, muy sensatamente descartadas durante el siglo ilustrado. No serían verdad aquellas leyendas, argüían los románticos, pero qué hermosas eran. Y con la Renaixença empezó un culto al pasado que fue la base del posterior nacionalismo, enfrentado al final con el españolismo.
No menos idealizaron los vascos su paraíso perdido, pese a que esta identidad haya tendido a ser menos autoconmiserativa que la catalana. “Feliz vivía el pueblo vasco en sus montañas hasta que por las fronteras se nos entraron los hábitos emponzoñados de los liberales…”, escribiría, en pleno siglo XX, el tradicionalista, luego franquista, Esteban Bilbao. Los vascos, nunca derrotados ni invadidos, siempre fueron independientes. Se vincularon de forma pactada con el reino de Castilla, a condición de que se respetaran sus fueros y libertades. Y aquel mundo feliz desprovisto de tensiones y desgarramientos internos fue al fin perturbado por la “invasión” de los abyectos maketos o españoles.
Incluso en Andalucía, en el revival autonomista de los años setenta se publicaron estudios con pretensiones científicas que hablaban de los “soberbios avances de la Antigüedad y el Medievo”, de Tartessos o el Islam como espléndidas culturas basadas en el “modo de producción andalusí” (¡basado en el despilfarro!) y de sus “retrocesos” posteriores debidos a la “dominación de Castilla” sobre la nación andaluza.
No hay el menor indicio de que haya habido tiempos felices en el pasado humano. Lo que constatan los documentos existentes son constantes quejas de nuestros ancestros por los malos tiempos que les ha tocado vivir. Tampoco es cierto que los reinos peninsulares vivieran bajo un régimen “liberal” o “constitucional” en la Edad Media; ni que Cataluña fuera “independiente” antes de 1714; ni que los vascos lo hayan sido siempre (ni nunca)… Las propuestas políticas son legítimas en sí mismas, sin necesidad de apoyarlas en mitos. Debatámoslas, considerando simplemente sus ventajas e inconvenientes actuales. Quizás así nos entendamos mejor.
José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica)
Fuente: Diario El País. 12 de abril del 2014.

Reflexión sobre las mundializaciones por Jacques Le Goff.

Suerte y desgracia de las mundializaciones

Jacques Le Goff (Historiador)
El conocimiento de las formas anteriores de mundialización es necesario para comprender las que vivimos y para adoptar las posiciones que conviene tomar frente a este fenómeno. Dos obras escritas en los años setenta atañen a una noción que creo que es capital para el problema de la mundialización, y en particular de la actual: la de la economía-mundo. Estos dos libros son el del sociólogo norteamericano Immanuel Waller Stein The Modern World System (1974) y el del historiador francés Fernand Braudel en el tercer volumen de Le Temps du mondede su Civilisation materielle. Économie et capitalisme, Xème-XVIIIème siècle (1979). (...)
El fenómeno que se produce hoy día es que en el fenómeno de la mundialización hay una primacía de lo económico. Es una primacía relativamente reciente que surge en Occidente con el capitalismo de los siglos XVI y XVII, y que Sismondi definió muy bien a principios del siglo XIX en sus Nouveaux principes d'économie politique (1819): 'El género humano, o toda esta parte del género humano que comercia junta y que de alguna forma no constituye más que un solo mercado'. Como la principal señal de la mundialización son los precios, conviene reflexionar sobre el hecho de que el dinero (y los precios) es un fenómeno esencial en el corazón de la mundialización. Pero Fernand Braudel insiste con fuerza en el hecho de que pensar sólo en la economía sería no sólo un error, sino un peligro. 'La historia económica del mundo', escribe, 'es la historia entera del mundo, pero vista desde un solo observatorio: el observatorio económico. Elegir este observatorio es privilegiar de antemano una forma de explicación unilateral y peligrosa'.
Este autor subraya que en toda mundialización hay cuatro aspectos esenciales, que, según él, constituyen también órdenes: un aspecto económico, un aspecto social, un aspecto cultural y un aspecto político. Insiste también en el hecho de que estos órdenes, aunque son útiles para analizar el fenómeno, no funcionan y no deben considerarse por separado, sino que forman en cierto sentido un sistema y no se puede aislar la economía de los otros aspectos (es muy importante hoy día y las lecciones del pasado deben iluminarnos). (...) Las mundializaciones históricas señaladas por Braudel son: la antigua Fenicia, Cartago, Roma, la Europa cristiana, el Islam, Moscovia, China e India. Estas mundializaciones, que también adquieren forma de imperios -y esto plantea un problema si se quieren analizar históricamente-, se han presentado primero como construcciones esencialmente políticas: es el caso de Roma, de China y de la guirnalda de países dependientes de que se ha rodeado, de India.
El caso de Roma me parece especialmente interesante, porque los romanos tenían la impresión de que extendían su dominación sobre el conjunto del mundo habitado y proyectaban hacerlo. Por lo tanto, ahí había una verdadera intención mundializadora. Habían retomado el término griego para designar ese mundo habitado -la ecúmene- y el Imperio Romano se presentaba como el gobierno de la ecúmene.
Por otra parte, se podrían encontrar mundializaciones parciales; por ejemplo, la Hansa, que reagrupaba en la Edad Media a toda una serie de ciudades y corporaciones en Europa del norte. Aquí aparece otra noción importante cuando se habla de la mundialización: la noción de red. El fenómeno de la mundialización tiende a constituir redes y a apoyarse sobre estas redes. (...) La mundialización implica que hay un desarrollo. Es un término que significa una evolución, y la mundialización es un fenómeno que conquista espacios y sociedades. Hay una respiración de la historia entre los periodos de globalización / mundialización (hay que distinguir periodos de expansión de los imperios a pesar de los lazos entre los dos movimientos) y periodos de fragmentación. Pero hay un hilo conductor, más o menos continuo, de perseverancia de la mundialización como futuro de la historia. Esta tendencia está estimulada por los avances de la técnica y de los instrumentos de comunicación. (...) Fernand Braudel subrayaba que la mundialización capitalista moldeaba el espacio político-geográfico. Alrededor de un centro, de una ciudad, sede de un organismo de impulso, la Bolsa, funcionaban 'brillantes segundos' más o menos alejados, y la relación centro-periferia dominaba este sistema jerarquizado espacialmente. Fueron, sucesivamente, Amberes, Amsterdam, Londres, Nueva York. Yo creo más en la importancia de ciertos espacios y Estados económico-políticos. En la Antigüedad fue la Roma mediterránea; de la Edad Media al siglo XV, Europa; hoy día, Estados Unidos. El dominio de la mundialización exige una resistencia razonable y razonada a estas hegemonías. (...) En el fenómeno de la mundialización hay una idea de éxito, de conseguir algo; pero si hay progreso, al mismo tiempo, correlativamente, están las desgracias ligadas a las mundializaciones históricas y que ponen de relieve los peligros de la mundialización actual. ¿Qué aportó Roma a esta ecúmene que ella dominó durante siglos? Le aportó la paz; la pax romana es un elemento ligado a la mundialización. Por consiguiente, el espacio de la mundialización puede y debe considerarse un espacio pacífico. Evidentemente, hay que saber lo que significa esta pacificación, cómo se ha obtenido -desgraciadamente, a menudo se ha conseguido con la guerra- y qué representa la dominación, aunque sea pacífica, que ha aportado.
La mundialización romana aportó a los habitantes, o en todo caso a la capa superior de los habitantes de este espacio mundial, la sensación de una ciudadanía universal: ciudadanos del mundo. El ejemplo más conocido es Pablo de Tarso, San Pablo, ese judío que devino cristiano, que afirmaba con fuerza: 'Cives romanus sum' ('Soy ciudadano romano').
Por otra parte, la mundialización romana llevó a la formación de un espacio jurídico; por lo tanto, hay nociones y prácticas de derecho ligadas a esta pacificación y que deben acompañarla.
Por último (¿accesoriamente?), hay un problema que dura hasta hoy: el de la lengua, la unificación lingüística.
¿Qué hay que poner en la cuenta de esta mundialización? Al final de un periodo muy largo -varios siglos-, la mundialización romana se mostró incapaz de integrar o asimilar a los nuevos ciudadanos, a los que había llamado 'bárbaros', y que, al no poder integrarse en el espacio y el sistema romanos, se sublevaron contra él. En general, la mundialización llama, a largo o corto plazo, a la revuelta de aquellos para los que no supone un beneficio, sino una explotación e incluso una expulsión.
La colonización ligada a la expansión de Europa, y que acabó bajo las formas del capitalismo, comenzó en los siglos XV y XVI, y afectó sobre todo a África y América. Entre lo que se puede llamar progreso hay que decir que puso fin -me choca que se hable tan poco de ello- a la crueldad de las dominaciones y de las culturas precolombinas en América. Los Estados aztecas, incas e incluso mayas eran Estados de una gran crueldad interna, cuyo caso más llamativo eran los sacrificios humanos.
Un problema muy importante en lo que respecta a la mundialización es lo que ocurre desde el punto de vista de la salud, del estado biológico de las poblaciones. Ahí, el balance también es desigual. En América, el resultado fue un resultado globalmente catastrófico. Los colonizadores aportaron involuntariamente, excepto quizá indirectamente por la difusión del alcohol, sus enfermedades, sus microbios, sus bacilos, y perturbaron profundamente, o destruyeron, el equilibrio biológico de los pueblos mundializados. Pero también hay que ver cómo esta colonización aportó los avances de la higiene y de la medicina (más recientemente, esto es especialmente cierto en África).
Además, no creo ceder al mito de los colonizadores franceses, en particular del siglo XIX y la III República, si digo que la mundialización debe aportar, y aporta a menudo, la difusión de la escuela, del saber, del uso de la escritura y de la lectura.
Desde luego, en el otro platillo de la balanza, me aparecen dos grandes desgracias: lo que llamaría violación de las culturas anteriores de los pueblos con una auténtica destrucción de esas culturas. Aquí tiene que entrar en juego un componente importante de la mundialización: la religión. (...) Me gustaría hablar (...) de lo que podríamos llamar, aun a riesgo de resultar chocante, los peligros del monoteísmo. La mundialización ha adquirido un carácter universal con las religiones -dejando aparte el judaísmo, que sólo se dirige a una sociedad particular-, y el cristianismo o el islam, con el monoteísmo, han aportado una idea que se desliza fácilmente -la historia lo ha demostrado- hacia la intolerancia e incluso la persecución.
Por otra parte, (...) nos damos cuenta de que, sobre todo desde que el aspecto económico se ha vuelto primordial, la mundialización desarrolla, crea o en todo caso exacerba la oposición entre pobres y ricos o dominantes. El empobrecimiento es un mal hasta ahora casi inevitable de las mundializaciones. (...). Las mundializaciones no sólo han violado las culturas, sino también la historia. 'Pueblos sin historia': esta expresión, inventada a menudo por los colonizadores, ha herido a poblaciones que de hecho tenían una historia, a menudo oral, una historia particular, y que fueron realmente destruidas. La destrucción de la memoria, de la historia del pasado, es algo terrible para una sociedad.
Jacques Le Goff es historiador. Este texto recoge amplios fragmentos de su intervención en el Foro de la Academia Universal de las Culturas cebrado el 13 y 14 de noviembre en París (www.academie-universelle.org). © Le Monde.
Fuente: Diario El País. 24 de noviembre del 2001.

jueves, 10 de abril de 2014

Entrevista a Jacques Le Goff "el ogro historiador".

"Seguimos viviendo en la Edad Media", dice Jacques Le Goff

Fue una etapa brillante, dice el historiador.

Luisa Corradini

Discípulos y colegas llaman al francés Jacques Le Goff "el ogro historiador". Es una referencia al desaparecido Marc Bloch, cofundador de l'Ecole des Annales, quien afirmaba que un buen historiador "se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa".
De un ogro, Jacques Le Goff tiene la estatura y el apetito. También tiene una insaciable curiosidad que lo llevó a transformarse en una referencia mundial sobre la historia de la Edad Media, período al cual el hombre contemporáneo le debe muchas de sus conquistas, dice.
A los 82 años, Jacques Le Goff sigue trabajando, a pesar de la profunda tristeza que le provocó la reciente muerte de su esposa -después de casi 60 años de vida en común- y de una caída que desde 2003 lo mantiene recluido en su departamento de París.
Con cualquiera de sus libros -tantos que podrían formar una biblioteca- todo lector se siente inteligente y erudito.
Aún más que sus condiscípulos George Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie y François Furet, Le Goff recurrió a todas las disciplinas para estudiar la vida cotidiana, las mentalidades y los sueños de la Edad Media: antropología, etnología, arqueología, psicología? Sus obras mezclan conocimiento y perspectivas. Con ellas es posible introducirse en un medioevo fascinante, donde se estudiaba y se enseñaba a Aristóteles, Averroes y Avicenas, las ciudades comenzaban a forjarse una idea de la belleza y los burgueses financiaban catedrales que inspirarían a Gropius, Gaudi y Niemeyer. En esa Edad Media masculina, la mujer era respetada, las prostitutas, bien tratadas y hasta desposadas, y solía suceder que las jovencitas aprendieran a leer y a escribir.
-Los historiadores no consiguen ponerse de acuerdo sobre la cronología de la Edad Media. ¿Cuál es la correcta, a su juicio?
-Es verdad que no todos los historiadores coinciden en esa cronología. Para mí, la primera de sus etapas comienza en el siglo IV y termina en el VIII. Es el período de las invasiones, de la instalación de los bárbaros en el antiguo imperio romano occidental y de la expansión del cristianismo. Déjeme subrayar que Europa debe su cultura a la Iglesia. Sobre todo, a San Jerónimo, cuya traducción latina de la Biblia se impuso durante todo el medioevo, y a San Agustín, el más grande de los profesores de la época.
-Usted, gran anticlerical, jamás deja de destacar el papel de la Iglesia en los mayores logros de la Edad Media.
-¡Pero no es necesario ser un ferviente creyente para hablar bien de la Iglesia! También soy un convencido partidario del laicismo: principio admirable, establecido por el mismo Jesús cuando dijo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pero, volviendo a la cronología, la segunda etapa está delimitada por el período carolingio, del siglo VIII al X.
-El imperio de Carlomagno fue, para muchos, el primer intento verdadero de construcción europea?
-Falso. En realidad se trató del primer intento abortado de construcción europea. Un intento pervertido por la visión "nacionalista" de Carlomagno y su patriotismo franco. En vez de mirar al futuro, Carlomagno miraba hacia atrás, hacia el imperio romano. La Europa de Carlos V, de Napoleón y de Hitler fueron también proyectos antieuropeos. Ninguno de ellos buscaba la unidad continental en la diversidad. Todos perseguían un sueño imperial.
-Usted escribió que a partir del año 1000 apareció una Europa soñada y potencial, en la cual el mundo monástico tendría un papel social y cultural fundamental.
-Así es. Una nueva Europa llena de promesas, con la entrada del mundo eslavo en la cristiandad y la recuperación de la península hispánica, que estaba en manos de los musulmanes. Al desarrollo económico, factor de progreso, se asoció una intensa energía colectiva, religiosa y psicológica, así como un importante movimiento de paz promovido por la Iglesia. El mundo feudal occidental se puso en marcha entre los siglos XI y XII. Esa fue la Europa de la tierra, de la agricultura y de los campesinos. La vida se organizaba entre la señoría, el pueblo y la parroquia. Pero también entraron en escena las órdenes religiosas militares, debido a las Cruzadas y a las peregrinaciones que transformarían la imagen de la cristiandad. Entre los siglos XIII y XV, fue el turno de una Europa suntuosa de las universidades y las catedrales góticas.
-En todo caso, para usted, la Edad Media fue todo lo contrario del oscurantismo.
-Aquellos que hablan de oscurantismo no han comprendido nada. Esa es una idea falsa, legado del Siglo de las Luces y de los románticos. La era moderna nació en el medioevo. El combate por la laicidad del siglo XIX contribuyó a legitimar la idea de que la Edad Media, profundamente religiosa, era oscurantista. La verdad es que la Edad Media fue una época de fe, apasionada por la búsqueda de la razón. A ella le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa.
-Pero la Revolución Francesa fue en 1789. ¿No se considera que la Edad Media terminó con la llegada del Renacimiento, en el siglo XV?
-Para comprender verdaderamente el pasado, es necesario tener en cuenta que los hechos son sólo la espuma de la historia. Lo importante son los procesos subyacentes. Para mí, el humanismo no esperó la llegada del Renacimiento: ya existía en la Edad Media. Como existían también los principios que generaron la Revolución Francesa. Y hasta la Revolución Industrial. La verdad es que nuestras sociedades hiperdesarrolladas siguen estando profundamente influidas por estructuras nacidas en el medioevo.

-¿POR EJEMPLO?

-Tomemos el ejemplo de la conciencia. En 1215, el IV Concilio de Latran tomó decisiones que marcaron para siempre la evolución de nuestras sociedades. Entre ellas, instituyó la confesión obligatoria. Lo que después se llamó "examen de conciencia" contribuyó a liberar la palabra, pero también la ficción. Hasta ese momento, los parroquianos se reunían y confesaban públicamente que habían robado, matado o engañado a su mujer. Ahora se trataba de contar su vida espiritual, en secreto, a un sacerdote. Tanto para mí como para el filósofo Michel Foucault, ese momento fue esencial para el desarrollo de la introspección, que es una característica de la sociedad occidental. No hace falta que le haga notar que bastaría con hacer girar un confesionario para que se transformara en el diván de un psicoanalista.
-Usted habla de emancipación de la mujer en la Edad Media. ¿Pero aquella no fue una época de profunda misoginia?
-Eso dicen y, naturalmente, hay que poner las cosas en perspectiva. Yo sostengo, sin embargo, que se trató de una época de promoción de la mujer. Un ejemplo bastaría: el culto a la Virgen María. ¿Qué es lo que el cristianismo medieval inventó, entre otras cosas? La Santísima Trinidad, que, como los Tres Mosqueteros, eran, en realidad, cuatro: Dios, Jesús, el Espíritu Santo y María, madre de Dios. Convengamos en que no se puede pedir mucho más a una religión que fue capaz de dar estatus divino a una mujer. Pero también está el matrimonio: en 1215, la Iglesia exigió el consentimiento de la mujer, así como el del hombre, para unirlos en matrimonio. El hombre medieval no era tan misógino como se pretende.
-La invención del purgatorio, a mediados del siglo XII, parece haber sido también uno de los momentos clave para el desarrollo de nuestras sociedades actuales.
-Así es. Curiosamente, lo que comenzó como un intento suplementario de control por parte de la Iglesia, concluyó permitiendo el desarrollo de la economía occidental tal como la practicamos en nuestros días.

-¿CÓMO ES ESO?

-La invención del purgatorio se produjo en el momento de transición entre una Edad Media relativamente libre y un medioevo extremadamente rígido. En el siglo XII comenzó a instalarse la noción de cristiandad, que permitiría avanzar, pero también excluir y perseguir: a los herejes, los judíos, los homosexuales, los leprosos, los locos... Pero, como siempre sucedió en la Edad Media, cada vez que se hacían sentir las rigideces de la época los hombres conseguían inventar la forma de atenuarlas. Así, la invención de un espacio intermedio entre el cielo y el infierno, entre la condena eterna y la salvación, permitió a Occidente salir del maniqueísmo del bien y del mal absolutos. Podríamos decir también que, inventando el purgatorio, los hombres medievales se apoderaron del más allá, que hasta entonces estaba exclusivamente en manos de Dios. Ahora era la Iglesia la que decía qué categorías de pecadores podrían pagar sus culpas en ese espacio intermedio y lograr la salvación. Una toma de poder que, por ejemplo, permitiría a los usureros escapar al infierno y hacer avanzar la economía. También serían salvados de este modo los fornicadores.
-Pero hasta la aparición del sistema bancario reglamentado, en el siglo XVIII, tanto la Iglesia como las monarquías sobrevivieron gracias a los usureros. ¿Por qué condenarlos al infierno?
-Porque así lo establecían las escrituras, como en la mayoría de las religiones. En el universo cristiano medieval, la usura era un doble robo: contra el prójimo, a quien el usurero despojaba de parte de su bien, pero, sobre todo, contra Dios, porque el interés de un préstamo sólo es posible a través del tiempo. Y como el tiempo en el medioevo sólo pertenecía a Dios, comprar tiempo era robarle a Dios. Sin embargo, el usurero fue indispensable a partir del siglo XI, con el renacimiento de la economía monetaria. La sed de dinero era tan grande que hubo que recurrir a los prestamistas. Entonces la escolástica logró hallarles justificaciones. Surgió así el concepto de mecenas. También se aceptó que prestar dinero era un riesgo y que era normal que engendrara un beneficio. En todo caso, y sólo para los prestamistas considerados "de buena fe", el purgatorio resultó un buen negocio.
-La Edad Media también inventó el concepto de guerra justa, vigente hasta nuestros días, como lo demostraron los debates en la ONU sobre la guerra en Irak. Curioso, ya que el cristianismo es portador de un ideal de paz. Hasta se podría decir que es antimilitarista.
-Es verdad. Ordenándole a Pedro que enfundara su espada, Cristo dijo: "Quien a hierro mate, a hierro morirá". Los primeros grandes teóricos cristianos latinos eran pacifistas. Pero todo cambió a partir del siglo IV, cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado.
-En otras palabras, los cristianos se vieron obligados a cristianizar la guerra.
-En esa tarea tendrá un papel fundamental San Agustín, el gran pedagogo cristiano. Para él, la guerra es una consecuencia del pecado original. Como éste existirá hasta el fin de los tiempos, la guerra también existirá por siempre. San Agustín propuso, entonces, imponer límites a esa guerra. En vez de erradicarla, decidió confinarla, someterla a reglas. La primera de esas reglas es que sólo es legítima la guerra declarada por una persona autorizada por Dios. En la Edad Media, era el príncipe. Hoy es el Estado, el poder público. La segunda regla es que una guerra es justa sólo cuando no persigue la conquista. En otras palabras: las armas sólo se toman en defensa propia o para reparar una injusticia. Esas reglas siguen perfectamente vigentes en nuestros días.
-¿Se podría decir que el hombre medieval trataba de preservar la cristiandad de todo aquello que amenazaba su equilibrio?
-Constantemente. Déjeme evocar como ejemplo el que para mí fue el aspecto más negativo de la época: la condena absoluta del placer sexual, simbolizado por el llamado "pecado de la carne". La alta Edad Media asumió las prohibiciones del Antiguo Testamento. Desde entonces, el cuerpo fue diabolizado, a pesar de algunas excepciones, como Santo Tomás de Aquino, para quien era lícito el placer en el acto amoroso. Frente a la opresión moral, la sociedad medieval reaccionó con la risa, la comedia y la ironía. El universo medieval fue un mundo de música y de cantos, promovió el órgano e inventó la polifonía.
-Hace un momento hizo referencia a los fornicadores que tuvieron un lugar en el purgatorio. ¿Cómo fue esto posible en una época de tanta represión sexual?
-Hay una anécdota que ilustra perfectamente la dualidad medieval. El rey Luis IX de Francia, que después sería canonizado como San Luis, tenía una vitalidad sexual desbordante. En los períodos en que las relaciones carnales eran lícitas (fuera de las fiestas religiosas), el monarca no se contentaba con reunirse con su esposa por las noches. También lo hacía durante el día. Esto irritaba mucho a su madre, Blanca de Castilla, que en cuanto se enteraba de que su hijo estaba con la reina intentaba introducirse en la habitación para poner fin a sus efusiones. Luis IX decidió entonces poner un guardián ante su puerta, que debía prevenirlo y darle tiempo de disimular su desenfreno. Ese hombre lleno de ardor tuvo once hijos y cuando partió a la Cruzada, en 1248, llevó a su mujer, a fin de no privarse de sus placeres sexuales. ¡No imaginará usted que la Iglesia podía enviar a San Luis a arder en el fuego eterno del infierno!
-¿También podríamos decir que la Edad Media inventó el concepto de Occidente?
-La palabra "Occidente" no me gusta. Pronunciada por los occidentales, tiene un contenido de soberbia para el resto del planeta.
-Pero entonces, ¿cómo definir, por ejemplo, a América, heredera de Europa?
-América ha dejado de ser la heredera de Europa. Lo fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto Estados Unidos como el resto del continente dejaron de tener al hombre como centro de sus preocupaciones.
-Usted es un apasionado estudioso de la imaginación colectiva de la Edad Media. ¿Por qué eso es tan importante?
-Felizmente, las nuevas generaciones de historiadores siguen cada vez más esa tendencia. La imaginación colectiva se construye y se nutre de leyendas, de mitos. Se la podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, de una civilización. Un sistema capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales. Y esto es fundamental para comprender los procesos históricos. La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas.
-¿Y cómo era esa imaginación medieval?
-Estaba constituida por un mundo sin fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo terrenal y lo celestial, entre la realidad y la fantasía. Si bien los cimientos medievales de Europa subsistieron, sus héroes y leyendas fueron olvidados durante el Siglo de las Luces. El romanticismo los resucitó, cantando las leyendas doradas de la Edad Media. Hoy asistimos a un segundo renacimiento gracias a dos inventos del siglo XX: el cine y las historietas. El medioevo vuelve a estar de moda con "Harry Potter", "La guerra de las galaxias" y los videojuegos. En realidad, la Edad Media tiene una gran deuda con Hollywood. Y viceversa. Pensé alguna vez que provocaría un escándalo afirmando que el medioevo se había prolongado hasta la Revolución Industrial. La verdad es que ha llegado hasta nuestros días.
-¿Se podría decir entonces que seguimos viviendo en la Edad Media?
-Sí. Pero esto quiere decir todo lo contrario de que estamos en una época de hordas salvajes, ignorantes e incultas, sumergidos en pleno oscurantismo. Estamos en la Edad Media porque de ella heredamos la ciudad, las universidades, nuestros sistemas de pensamiento, el amor por el conocimiento y la cortesía. Aunque, pensándolo bien, esto último bien podría estar en vías de extinción. 
Fuente: Diario La Nación. 12 de octubre del 2005.

Claves de la Primera Guerra Mundial.

La Primera Guerra Mundial

Antonio Zapata (Historiador)
Este año se cumple el centenario de la Primera Guerra Mundial que causó unas diez millones de víctimas, constituyendo el conflicto más letal de la historia universal hasta ese entonces. Como es bien conocido, ella no resolvió las contradicciones que la habían provocado y veinte años después el mundo se sumergió en la Segunda Guerra, un conflicto aún más costoso en vidas humanas.
El tema de fondo era la contradicción por la supremacía mundial entre Gran Bretaña y Alemania. El poder establecido y relativamente declinante era Inglaterra y el ascenso alemán parecía imparable. Las tensiones fueron en aumento y se formaron bloques rivales que fueron al enfrentamiento.
Gran Bretaña logró aliados más firmes, en primer lugar contaba a Francia, deseosa de una revancha por haber sido derrotada por Prusia y perdido dos provincias: Alsacia y Lorena. A continuación, los británicos atrajeron a Rusia, obligando a Alemania a combatir en dos frentes.
Mientras que, Alemania fue aliada de Austria-Hungría y Turquía. Las batallas de la Primera Guerra fueron muy sangrientas y rápidamente se estancaron, formándose las famosas trincheras que caracterizaron este conflicto. Se trató de una matanza horrible que consumió a las juventudes europeas.
La lucha no estuvo definida hasta que Estados Unidos entró a la guerra apoyando a Francia e Inglaterra. Ya para aquel entonces el poderío industrial norteamericano era superior a cualquier otra potencia. Por ello, inclinó la balanza y Alemania fue derrotada. Pero, Gran Bretaña salió muy maltrecha y exhausta, sus recursos se fueron agotando.
Así, EEUU aprovechó la derrota alemana y el desgaste inglés para ascender a la hegemonía mundial sin haber confrontado con la anterior potencia líder, sino habiéndola ayudado a superar los retos de una tercera.
Ese patrón de ascenso al liderazgo mundial habría sido bien estudiado por China contemporánea. Al igual que antes hizo EEUU, la China de hoy observa como declina Norteamérica enfrascada en guerras contra el terrorismo y las drogas, que no gana sino que consumen sus recursos. Asimismo, China ayuda a EEUU y no lo confronta, comprándole bonos del tesoro y convirtiéndose en uno de sus primeros acreedores. De este modo, China contemporánea parece estar imitando el ascenso de EEUU sobre Inglaterra.
Retornando a la Primera Guerra, el invento militar decisivo fue el tanque y comparado con la bomba atómica, la criatura de la Segunda Guerra, se evidencia el enorme salto tecnológico entre el primer conflicto y el siguiente. El tanque fue un invento de los ingleses y permitió romper las líneas de trincheras, porque atravesaba ileso la tierra de nadie y era inmune ante las ametralladoras.
Los conocidos Atlas Akal han reeditado un famoso libro de mapas sobre la Primera Guerra Mundial, trabajado por el historiador británico Martin Gilbert. Mirando estas ilustraciones se aprende lo necesario sobre la guerra en aire, mar y tierra, porque apareció tanto el submarino como la aviación militar, que bombardeó y ametralló a civiles residentes en ciudades enemigas.
La clave de la Primera Guerra fue el involucramiento completo de las sociedades. No pelearon solamente las tropas, sino que el conjunto de las fuerzas productivas se reorganizaron para sostener el esfuerzo de guerra.
Pocos resistieron el llamamiento patriota para enfrentarse con sus vecinos. Los pacifistas fueron un puñado y sufrieron la represión de los patriotas de cada bando. Pero, fueron creciendo conforme se sucedían las masacres de este horrendo combate.
Al final ganaron los pacifistas, porque el desenlace fue la revolución bolchevique en Rusia. Aunque difícil de creer, en 1917 los comunistas se impusieron luchando por una paz inmediata y su consigna era dejar las armas.
De la Primera Guerra surgieron tanto la hegemonía norteamericana como el comunismo soviético, que protagonizaron el conflicto que caracterizó el “corto siglo XX”, según la conocida definición del historiador británico Eric Hobsbawn.
Fuente: Diario La República. 09 de abril del 2014.

domingo, 30 de marzo de 2014

Breve historia del Brasil. João Goulart y el fin de su régimen.

1964: ¿golpe o revolución?



El régimen surgido hace 50 años es considerado una ‘dictadura’ porque así lo quiere la sociedad.

Laurentino Gomes (Periodista y escritor brasileño)

Este lunes, 31 de marzo de 2014, Brasil recuerda —más que celebra— los 50 años del movimiento que derrocó al Gobierno del presidente João Goulart e instauró el régimen militar de 1964. Es un periodo de la historia que aún permanecerá mucho tiempo rodeado de controversias, empezando por la definición de qué pasó realmente en el país. Para los militares, en 1964 hubo una “revolución” en Brasil, cuyos principales objetivos serían la restauración del orden público, controlar la indisciplina en los cuarteles e impedir la toma del poder por parte de los comunistas. Según ese punto de vista, por lo tanto, se trató más de una “contrarrevolución” que de una “revolución”. Un concepto totalmente distinto puede observarse actualmente en las redes sociales, en la prensa y en los discursos de la sociedad civil, que por norma general definen 1964 como un “golpe militar” que instauró en Brasil una “dictadura”.
 
La Historia, como sabemos, no siempre está hecha de juicios imparciales y objetivos de los hechos y los personajes. La forma en la que miramos al pasado depende de valores, convicciones y necesidades del tiempo presente, que se refleja en la forma semántica en la que bautizamos a los eventos históricos. Ejemplos de ello son las fechas de 1889, 1930 y 1964. En 1889, tema de mi último libro, el mariscal Deodoro da Fonseca derrocó a la monarquía al frente de tropas del Ejército que sitiaron a los ministros del emperador Pedro II en el edificio del Ministerio de la Guerra, en Río de Janeiro. El vizconde de Ouro Preto, primer ministro, fue detenido y forzado a dimitir por la fuerza de las armas. En la apariencia y en el contenido, fue, en consecuencia, un “golpe militar” contra el Imperio, pero no es así como ha pasado a la historia. La misma situación ocurrió en 1930. En general, los libros de Historia se refieren al movimiento que derrocó al Gobierno del presidente Washington Luiz como la “revolución de 1930”, aunque sea, innegablemente, un “golpe militar” como lo fue del de 1964. Getúlio Vargas era un líder civil, pero llegó al poder a través de una auténtica cuartelada, como puede verificarse en la excelente biografía del personaje escrita por el periodista del Estado de Ceará Lira Neto, publicada por Companhia das Letras. ¿Por qué, entonces, nos referimos a 1889 como la “Proclamación de la República”, a 1930 como la “Revolución de 1930” y a 1964 como “golpe militar”?

 
La forma en la que miramos al pasado depende de valores, convicciones y necesidades del tiempo presente.

 
En puridad, lo que ocurrió en las tres fechas fueron auténticos golpes de Estado que utilizaron la fuerza para alejar del poder a los líderes civiles. En consecuencia, deberían merecer definiciones semejantes, pero no es así. Esos eventos también podrían definirse como “golpes civiles” en los que las fuerzas armadas sirvieron de instrumentos para que tomasen el poder líderes civiles que, en aquél momento, no veían otra solución posible en las vías institucionales existentes, como las urnas. Hasta 1889, por ejemplo, los civiles republicanos, pese al ruido que hacían en la prensa, no conseguían los votos suficientes como para cambiar el régimen a través de una mayoría parlamentaria, lo que los echó en brazos de los líderes militares y del movimiento golpista encabezado por Deodoro da Fonseca.
 
Creo que el principal motivo para esas diferencias semánticas está en la forma en la que la Historia —es decir, las generaciones futuras— sancionan o dejan de sancionar un determinado evento histórico. En resumen, 1889 pasó a la Historia como la “Proclamación” porque así lo quiso la sociedad, así como 1930 entró en los libros de texto como “Revolución” y 1964 como “golpe” y “dictadura”. De alguna manera, esas nomenclaturas también reflejan una cierta evolución política de la sociedad brasileña. En el pasado, las intervenciones violentas en las instituciones y en el proceso político tendían a ser aceptadas de una forma más natural —como ocurrió en 1889 y 1930—. Esto no ocurrió en 1964, un año en el que, pese a que una parte de la sociedad civil aceptó y hasta instrumentalizó a las fuerzas armadas para tomar el poder, otra parte, hoy mayoritaria, no sancionó esa intervención. En el momento en el que Brasil se empeña, por primera vez, en consolidar su joven democracia, eso es buena señal.

Fuente: Diario El País. 27 de marzo del 2014.

Nueva biografía de Karl Marx. Jonathan Sperber.

Luces y sombras de Karl Marx, ciudadano del siglo XIX

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Se publica en español una contundente biografía de Marx, a cargo de Jonathan Sperber.

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Pablo Marín
 
Karl Heinrich Marx murió a los 64 años en Londres, el 14 de marzo de 1883. Tres días más tarde fue enterrado en el cementerio de Highgate, junto al lugar en que yacía su esposa, Jenny von Westphalen, desde fines de 1881. La ceremonia fue modesta, con no más de una docena de asistentes.

Su amigo, discípulo, camarada y mecenas, Friedrich Engels, presidió la despedida. Se refirió a Marx como hombre de ciencia y lo comparó con un héroe científico de entonces: “Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, así Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”. Dos días antes, el obituario de un diario obrero de socialistas alemanes migrados a Chicago había sentenciado: “Lo que Darwin fue para las ciencias naturales (…) Marx lo fue para la ciencia de la economía política”.

Respondiendo a una de sus más clásicas admoniciones -el momento de la revolución se presenta al entrar en crisis el capitalismo-, el fantasma de Karl Marx ha vuelto a rondar tras el colapso subprime de 2008. Aunque no ya reivindicando la razón científica. Algunos se quedaron con el ícono motivador, otros publicaron libros dedicados a desmontar su teoría (como Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón). Pero hubo quien hurgó aún más profundo.

Profesor de la U. de Missouri y autor de una bibliografía con énfasis en los movimientos revolucionarios europeos de 1848, Jonathan Sperber vuelve a uno de los personajes más influyentes, venerados y abominados del siglo XX. Pero trata de inscribirlo en su tiempo, rescatando al Marx que compraba el pan en la esquina y, en el mismo gesto, el tejido complejo y polisémico de la historia en la que se inserta este hombre de múltiples intereses y un solo objetivo.

No es un libro escrito desde el repudio, mucho menos una apología. Es una biografía en toda la línea, que en calidad de tal se ve obligada a desacralizar (de ahí el entusiasmo del liberal inglés John Gray, quien tituló “El verdadero Karl Marx” su reseña del libro). Pero que no se queda ahí. Poner al personaje en su época, plantea Sperber, “significa recordar que lo que Marx quería decir con ‘capitalismo’ no es la versión contemporánea de éste, que la burguesía que disectó críticamente no es la actual clase de capitalistas globales”. Y varias cosas más.


IDEAS Y PENURIAS

La investigación conducente al libro no hace descubrimientos bombásticos, pero, por lo pronto, se realiza a partir de nuevas traducciones de los escritos marxianos, provistas por el autor, así como del acceso al mayor archivo relativo a su vida y obra. Hay la convicción, igualmente, de que entender sus ideas pasa por entender el conjunto de su vida. En lo último como en lo primero, la obra se prueba erudita y contundente, amén de narrada con nervio y cierto apremio.

En lo que toca a la historia de las ideas, dibuja la evolución político/intelectual del alguna vez joven hegeliano. Muestra, por ejemplo, a través de qué vías concilió el Espíritu Absoluto de Hegel con una clase social a la que no pertenecía (“La cabeza de la emancipación [alemana] es la filosofía y su corazón es el proletariado”). O cómo la Revolución Francesa, más allá de sus simpatías por los métodos jacobinos, debía ser sucedida por un movimiento en que los regímenes parlamentarios industrialmente desarrollados serían asaltados por el proletariado -no por la burguesía, como el 89-, que impondría su dictadura.

Igualmente, se retratan los conflictos de un personaje que busca un espacio en el movimiento revolucionario que no tiene en absoluto comprado. Así es como se trenza en polémicas que llegaron con frecuencia a la descalificación. Aun si con estilo. Un caso clásico es su controversia con Pierre-Joseph Proudhon, el mismo que acuñó la expresión “la propiedad es robo”, quien en La filosofía de la pobreza explicaba la economía política a partir de Hegel. Indignado, Marx publicó La pobreza de la filosofía, donde se mofa de las tesis proudhonianas tirando al aire palabras como “tesis, antítesis, síntesis”. Irónicamente, lo que era una burla se convirtió en un saber marxista adquirido.

Arrebatado, desconfiado y suspicaz, Karl Marx fue también un tipo orgulloso que no permitió que durante los durísimos primeros años en Londres los exiliados políticos alemanes le ayudaran con dinero. Para que sus adversarios no hablaran mal. Hijo de una familia acomodada, se había casado con una prominente miembro de la aristocracia prusiana con la que tuvo siete hijos, cuatro de los cuales murieron a corta o muy corta edad. Su endémica escasez de recursos lo obligó a arrendar, llegado a Inglaterra, en la entonces modesta área del Soho, en una casa de mínimas dimensiones, pero tanto allí como antes tuvo servicio doméstico (fue, por lo demás, el padre de un hijo de su mucama, que por amistad terminó reconociendo Engels). Por algunos años echó mano a un avance de su herencia familiar, así como a la generosidad de su viejo amigo, hijo de industriales.

Fue, asimismo, un judío que rehuyó el eje cultural y étnico que le ofrecían sus raíces y optó por asociar el judaísmo a la esfera del capital. También un político traicionado por sus instintos, que le hicieron confiar en un militante comunista que resultó ser un agente policial. Y también un prolífico periodista que colaboró con diarios de varios países. Alguien para quien el momento en que las colaboraciones se redujeron en 1857, que significaba menos dinero en casa, era el feliz síntoma del inicio de una crisis, preludio posible de la revolución. Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres, reza el proverbio. Acá parece haber un ejemplo.
 
Fuente: Diario La Tercera. 30 de marzo del 2014.

domingo, 23 de marzo de 2014

Las versiones de la historia peruana: primigenia, hispana, criolla, indigenista y crítica.

 
LAS VERSIONES DE LA HISTORIA DEL PERÚ
 
Eddy Romero Meza (investigador)

Toda narrativa histórica está sujeta a su tiempo. Los hombres que escribieron la historia no están exentos de deseos, proyecciones, prejuicios y experiencias. Así por ejemplo la primera narrativa histórica peruana, representada en la obra “Los Comentarios Reales de los Incas” de Garcilaso de la Vega, se produce en un contexto de régimen colonial, donde el autor encarna la fragmentaria identidad de ser mestizo y se autoconstituye como el mediador entre dos culturas. El especialista en literatura colonial, José A. Rodríguez señala que: la identidad de Garcilaso se manifiesta en sus textos de una manera mucho menos armónica de lo que se ha pensado, pero puede decirse que hay un eje que sostiene los distintos modos como se representa a sí mismo: su identificación con la historia y territorio de lo que, desde los años de la conquista, empezó a llamarse el Perú. Esta identificación se muestra de modo conflictivo en tanto que, de un lado, enfatiza con orgullo su pertenencia a la antigua elite indígena y, en tal medida, la historia que narra quiere ser la memoria autorizada de la antigua clase dirigente. De otro lado, sin embargo, subraya también el hecho de que escribe en un momento en que la cultura y el poder de los incas han sido sometidos por la conquista española, y, en ese sentido se expresa como un sujeto subordinado. (1)
 
En un momento histórico de profundos cambios, Garcilaso mira hacia el futuro a través del dialogo con el pasado. Contrapone su visión del Tahuantinsuyo a aquella que la reducía a simple reino tiránico (época del virrey Toledo). Su obra no será la mera idealización de los incas y su historia, como muchos han afirmado, sino la primera gran reflexión en torno al Perú.
 
Otra narrativa histórica es la surgida con los grupos criollos, cuyo discurso en el siglo XVIII habla directamente del Perú y empieza a cuestionar el régimen colonial hispano. Los criollos de la independencia, exaltaran la legitimidad histórica de los incas y sus herederos (no raciales sino legales). Todo ello tomando a Garcilaso como fuente histórica sustentadora del proyecto político emancipador y fundador de un nuevo Estado. A su vez se promueve el mestizaje como proyecto social y se edifica una identidad donde peruanidad equivale a mesticidad (2). El historiador Manuel Burga, señala que los representantes de este discurso histórico criollo serán: la Sociedad Amantes del País (s. XVIII), Riva Agüero, Raúl Porras Barrenechea, Luis A. Sánchez y Jorge Basadre (s. XX).
 
Esta narrativa histórica indesligable del discurso del mestizaje, pronto será cuestionada por la versión indigenista de nuestra historia nacional. La cual se erige sobre la exaltación del legado  pre-hispánico y la denuncia de los valores criollos-occidentales. Según Manuel Burga, actualmente existen  dos corrientes continuadoras de esta versión histórica: “El discurso indianista nacionalista, demagógico e ideologizado, ficticio y oportunista y el discurso antropológico de la etnohistoria, más objetivo, científico y aparentemente sin intencionalidad política” (3).  Julio C. Tello y Luis E. Valcárcel, serán los tempranos representantes de este discurso antropológico aludido, el cual naturalmente contiene una agenda reivindicativa (social y política), que mantiene vigencia hoy en la academia, ONGs y asociaciones culturales. El discurso indianista nacionalista del siglo pasado, por su parte, conservara su beligerancia y demagogia tanto en el magisterio como en proyectos políticos tales como el Etnocacerismo de Ollanta y Antauro Humala a inicios del presente siglo.