lunes, 18 de enero de 2016

Historia del tesoro del Galeón San José.

El galeón San José: Un tesoro real y maravilloso

El oro, la plata, las piedras preciosas y las joyas del galeón San José y el nacimiento de una leyenda.

Jorge Paredes Laos

Caía la noche del 8 de junio de 1708 y reflejado en el mar del Caribe debió haberse visto un gran resplandor. Un brillo intenso seguido de gritos y estruendos que sorprendieron incluso a los ingleses del Expedition, que en ese momento ya habían logrado emboscar al enorme galeón español y se preparaban para abordarlo. Lo habían perseguido por más de dos horas a fuego de cañón y bajo una persistente llovizna. En realidad, lo habían venido siguiendo desde diez días atrás cuando espías británicos lo vieron zarpar desde Portobelo —resguardado por una flota de mercantes— con su fabuloso cargamento de oro, plata y piedras preciosas. La nave debía llegar a Cartagena, donde iba a ser reparada, para luego emprender el trayecto hacia La Habana y de ahí, por el ancho mar, seguir hasta Cádiz. Sin embargo, su destino sería otro. En la península de Barú, cerca de la isla del Rosario y a pocas millas de su primera parada, cuatro navíos de línea ingleses —mucho más rápidos y mejor armados que los galeones españoles— le salieron al frente. Se produjo entonces una desigual pero intensa batalla. La flota española, con el apoyo de la fragata francesa Saint-Esprit, respondió a los cañonazos y resistió durante varias horas la embestida enemiga, pero la suerte parecía echada.

Los ingleses lograron romper el cerco que protegía al San José y se pusieron a 60 m de su objetivo. Dispararon contra el velamen y el timón tratando de inutilizar la nave para el abordaje, cuando sucedió lo impensado: una deflagración al interior del galeón hizo saltar los maderos por los aires. Todo sucedió deprisa. El fuego se propaló de inmediato y en solo minutos la enorme nave capitana de  más de 1.000 toneladas, y construida para ser el buque insignia de la flota de galeones de tierra firme, comenzó a hundirse. De sus 600 pasajeros solo se salvaron 11. Murieron su capitán, el viejo hombre de mar José Fernández de Santillán, conde de Casa Alegre; además de burócratas reales, comerciantes, aventureros y marinos. Más allá de las vidas humanas y de los cargamentos de cochinilla y cacao, y de algunos animales exóticos que llevaba a bordo, como monos, papagayos e iguanas, el San José se fue a pique con un tesoro a todas luces fabuloso. Varios millones de monedas de oro y plata recaudados en Potosí, Lima y Quito, además de objetos, piedras preciosas y obras de arte religioso. Una carga suculenta que estaba destinada al pago de impuestos al rey Felipe V y a la Iglesia, y que significaba una importante inyección económica a las maltrechas arcas reales. 

    
Desde entonces, este caudal ha servido para alimentar todo tipo de historias, especulaciones y leyendas que tres siglos después no han cesado de crecer. 

***
El último mensaje sobre el galeón hundido nos llegó el pasado 4 de diciembre vía Twitter. “Gran noticia. ¡Encontramos el galeón San José! Mañana daré los detalles en rueda de prensa desde Cartagena”, escribió entusiasmado el presidente colombiano Juan Manuel Santos en su cuenta de la red social. Y otra vez empezó a crecer la ola: ¿qué cantidad de oro y plata se encuentra sumergida en el mar del Caribe colombiano? ¿Este cuantioso patrimonio puede ser rescatado y usado comercialmente? De darse el caso, ¿a quién o a quiénes les pertenecería el tesoro? Santos ya adelantó opinión: “El pecio [nombre que reciben los restos de un barco hundido] del San José es patrimonio de todos los colombianos y protegerlo debe ser un propósito nacional”. Con esto ha tratado de frenar los reclamos españoles o de otras naciones que podrían surgir —el San José después de todo era un barco de guerra español y en su carga había patrimonio salido de los actuales Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá e inclusive México—. Más aun porque la prensa internacional se ha apurado en poner ‘precio’ a lo existente:

la fortuna bordearía los cinco mil millones de dólares. 


    El tema del galeón San José es sensible para los colombianos. A inicios de la década de 1980 la compañía estadounidense Sea Search anunció que había descubierto el lugar donde se encontraba sumergida la nave y reclamó para sí los derechos del hallazgo. La respuesta del Gobierno de Colombia no se hizo esperar y el litigio llegó hasta la Corte Federal de Estados Unidos, que recién en el 2011 falló a favor del país sudamericano. Todo esto motivó que en Colombia se alentara y promulgara una norma —la Ley 1675 de Patrimonio Sumergido, aprobada el 2013— que le permite al Estado “proteger, visibilizar y recuperar” toda riqueza subacuática hallada en sus aguas territoriales y “ejercer soberanía y generar conocimiento científico” sobre la misma.


En otras palabras, se buscó blindar el San José de apetitos foráneos. Una legislación que, según los especialistas, contraviene la convención de la Unesco del 2001 sobre este tema y que, obviamente, Colombia no ha suscrito. 

    
“La convención de la Unesco es el mejor instrumento para analizar estos casos y lo que dice básicamente es que el patrimonio subacuático es mundial y no de un Estado”, opina el peruano Carlos Ausejo Castillo, antropólogo y magíster en Arqueología Marítima y presidente del Centro Peruano de Arqueología Marítima y Subacuática. “La Unesco no trata de decir de quién es qué, sino qué no se debe hacer. Y lo primero que no se debe hacer es decir ‘vamos a recuperar el oro, la plata y las joyas, y las vamos a vender’.

Con lo que se da un manejo comercial del naufragio”, argumenta el especialista. Las dudas aumentan porque el Gobierno colombiano no ha querido revelar quiénes están detrás de las operaciones de búsqueda. Precisamente, un punto neurálgico de la ley colombiana establece que se podría pagar “hasta con el 50 % de las especies recuperadas que no constituyan patrimonio cultural de la Nación” al contratista encargado de realizar las labores de rescate.

     
La gran pregunta es si las monedas en serie —acuñadas a inicios del siglo XVIII y que estarían sumergidas en el San José— constituyen o no un patrimonio cultural.  


***

Las primeras imágenes difundidas por la agencia de noticias EFE no son muy vistosas. Muestran apenas algunos restos que serían cañones, vasijas y pequeños círculos brillantes atrapados en un fango espeso que podrían o no ser monedas de oro. Más allá de esto, la incógnita sobre la magnitud del tesoro hundido se mantiene.

    La estadounidense Carla Rahn Phillips es autora del libro "Los tesoros de San José" y una de las personas que más conoce acerca de la nave y su funesto destino. Ella declaró recientemente a la agencia española y dejó en claro que “el tesoro es mucho menos valioso de lo que la leyenda propone”. Según sus investigaciones el San José transportaba aquel 8 de junio de 1708 entre “nueve y diez millones de pesos de a ocho reales, incluyendo plata y oro”. Es más, agrega que del total “solo medio millón de pesos pertenecería a la Corona española y el resto sería de fortunas individuales y compañías mercantiles”.


    En estas semanas el diario español El Mundo ha publicado uno de los registros del San José, encontrado en el Archivo General de Indias: “Siete folios de apretada pluma escrita por los funcionarios españoles […] fechados y firmados el 20 de mayo de 1708”. Ahí se confirma que el famoso galeón transportaba los impuestos reales y los destinados a la “santa cruzada”; es decir, las contribuciones realizadas a la Iglesia católica, además de otros “aportes píos”, el “salario de los señores del Concejo” y los “bienes de difuntos”, que no eran otra cosa que las herencias llevadas a España de quienes no habían dejado descendencia en las colonias americanas. El medio español reproduce la cifra de “un millón quinientos y cincuenta y tres mil seiscientos nuevos pesos y reales y medio” destinados a Su Majestad. También especifica la existencia de “dos pozuelos de plata labrada con las piezas siguientes: una lámpara grande que pesa ciento cuarenta y ocho marcos, un pelícano grande, tres pequeños…”. 
    
Lo consignado, sin embargo, está lejos del total de riquezas que llevaba la nave.

No existen registros de los bienes privados y si los hubiesen es probable que estos se hayan ido al fondo del mar o se hayan quemado durante la explosión. Peor aún si pensamos que muchos particulares en los viajes ultramarinos escondían el oro y las joyas entre sus ropas, en los baúles, para evitar robos o ataques de piratas. Teniendo en cuenta todo esto, el mismo diario El Mundo señala que el total de la carga del San José rondaría los 15.000 millones de euros actuales. Una cifra fabulosa que abona más a la mitología. Y mientras algunos se frotan las manos y esperan que salga a flote el dinero, Carla Rahn Phillips trata de cerrar cualquier tipo de especulación y dice en su libro que el mayor tesoro que esconde el San José es cultural: ahí yace la memoria de las casi 600 personas que se ahogaron a inicios del siglo XVIII, lo que convirtió el casco del enorme galeón en una tumba eterna.


***
“Todo barco hundido es una cápsula del tiempo”, sentencia el historiador peruano especializado en temas marítimos Jorge Ortiz Sotelo. “Lo que está a bordo —explica— es la síntesis de una época y de una sociedad determinada. Un patrimonio que corresponde al lugar de origen de la embarcación y no al lugar del naufragio”. Por eso enfatiza que es equivocado centrar la discusión en el reparto del hipotético tesoro y en este caso prefiere ser cauto. “Habría que ver de quién es el circulante que existía en la nave. Si son impuestos al rey, corresponderían al Estado español; pero, si son de terceros, podrían existir herederos. Por otro lado, la nave tiene condición de buque de Estado y no pierde esa categoría así esté hundida en aguas de otro país”, dice. 

    ¿Podría el Perú reclamar algo en este enredo? “Contestar esto es prematuro si no conocemos aún el plan de gestión que se piensa ejecutar en Colombia sobre el hallazgo”, señala Rocío Villar, especialista en gestión de patrimonio cultural litoral, marítimo y subacuático. Y agrega: “Es pertinente que nuestras autoridades del Ministerio de Relaciones Exteriores inicien una conversación diplomática a fin de hacer conocer a los Estados colombiano, español y otros que el Perú tiene como objetivo proteger su patrimonio cultural”. Según Villar nuestro país debería tomar acciones para evitar la participación de cazatesoros y la comercialización de estos objetos. 


    “No creo que se pueda reclamar el tesoro por el tesoro”, responde a su vez Ortiz Sotelo. “Lo que sí podría haber en el San José son elementos originarios del Perú, que reflejan nuestra cultura y sobre los cuales sí tendríamos derecho”. Al respecto, pide aprender la lección de lo sucedido con la nave española Nuestra Señora de las Mercedes. Se refiere a la fragata que zarpó del Callao a inicios del siglo XIX y que fue hundida por los ingleses cerca de las costas de Portugal en 1804. Iba cargada con más de quinientas mil monedas de oro y plata acuñadas en Lima, además de lana de vicuña y quinina. 

Evidentemente se trataba de un patrimonio peruano. Los cazatesoros de Odyssey la encontraron en el 2007 y con robots subacuáticos cargaron con el ‘botín’ hasta Florida, Estados Unidos. Entonces se armó el escándalo. España reclamó como suyo el patrimonio descubierto y el Perú presentó un reclamo debido a que la carga había salido de nuestro territorio. El caso llegó a los tribunales de Estados Unidos y al final le dieron la razón al Estado español. Las 17 toneladas de oro y plata fueron devueltas por Odyssey y ahora se exhiben en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, en Murcia, España.

    ¿Se repetirá la historia con el San José? “Más allá del tesoro, lo que tenemos aquí es una ventana al pasado. Este barco hoy no representa necesariamente la cultura colombiana, española, peruana, ecuatoriana ni panameña, sino que se trata de un patrimonio cultural común. El diálogo debería empezar por ahí”, dice Ortiz Sotelo. 


    El 11 de diciembre pasado el diario El País de España editorializó sobre este tema con un titular elocuente: “Renunciar al San José”. Ahí se pregunta: “¿Cuál es el Estado de origen del San José? Desde luego no el Estado nación español tal como hoy lo entendemos, sino una estructura política desaparecida, la monarquía católica, de la que formaban parte tanto los reinos americanos como los europeos. Tan súbditos del rey católico eran los habitantes de Cartagena de Indias como Cádiz, y no resulta fácil argumentar por qué los descendientes de estos tienen más derechos que los de aquellos sobre un galeón construido con los impuestos de los antepasados de unos y otros”. 


    El texto concluye que, al margen de su mayor o menor valor económico, el San José es un bien patrimonial, “una parte fundamental de la historia y la memoria de las sociedades”.


    De la misma opinión es Michel Laguerre Kleimann, oficial de la Marina, historiador y jefe del Departamento de Patrimonio Cultural de la Dirección de Intereses Marítimos del Perú. “El contexto administrativo-político en el cual se hundió el San José ya no existe”, dice. “Por eso creo que los Estados involucrados deben llegar a un acuerdo para el estudio, restauración, conservación y puesta en valor de los objetos de este pecio.


En otras palabras, el tema se debe tratar de forma más académica y cultural que estrictamente jurídica y soberana”. 


    Mientras se dilucida qué hacer con este patrimonio, algunos han sugerido no olvidar a Florentino Ariza, el enamoradizo personaje de Gabriel García Márquez que estaba empeñado en rescatar para su amada Fermina Daza “el tesoro del galeón sumergido”. En "El amor en los tiempos del cólera" se narra que el San José estaba recostado en un fondo de corales, y que escondía “trescientos baúles con plata del Perú y Veracruz, y ciento diez baúles de perlas reunidas y contadas en la isla de Contadora”, además de “ciento dieciséis baúles de esmeraldas de Muzo y Somondoco y treinta millones de monedas de oro”. Un tesoro resguardado en el fondo marino por un pulpo de más de tres siglos de viejo y por el cuerpo inmóvil del capitán flotando en su alcázar. La verdad no está lejos de la ficción: estamos frente a un tesoro real y maravilloso atrapado en un casco sumergido que —dicen— podría romperse como una gigantesca cáscara de huevo a la menor intervención. 


Fuente: Suplemento Dominical. Diario El Comercio. 10 de enero del 2016. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

En fin de la Guerra Fría en tres actos.

Tres finales de la Guerra Fría

Antonio Zapata (Historiador)
La semana pasada terminó el último rezago de la Guerra Fría en América Latina, al reanudarse las relaciones diplomáticas entre Cuba y EEUU tras 53 años de ruptura. Este hecho evoca los otros dos finales que tuvo la prolongada batalla por el destino de las sociedades contemporáneas llamada “Guerra Fría”. Se trata de la reconciliación de EEUU con China en febrero de 1972 y del hundimiento de la URSS en diciembre de 1991. Veamos. 
EEUU tomó una ventaja decisiva cuando sorpresivamente el presidente Richard Nixon viajó a Beijing en febrero de 1972 y se entrevistó con el mandatario chino Mao Zedong. Hasta entonces enemigos irreconciliables, el viaje de Nixon permitió el reingreso de China a la comunidad internacional, aceptando que ocupe su puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y restableciendo relaciones diplomáticas. 

En esa ocasión, EEUU buscó aprovechar la espectacular ruptura entre la URSS y la China comunista, que había ocurrido durante la década anterior, dividiendo irremediablemente a la izquierda mundial. Por ello, la iniciativa norteamericana fue clave en la historia posterior.

El secretario de Estado era Kissinger, quien había apreciado a China como el coloso que podía debilitar a la URSS, reduciendo su influencia entre los países progresistas del Tercer Mundo. Aunque, EEUU venía de perder Vietnam y su liderazgo internacional estaba mellado, aprovechó una oportunidad política y dejó que la economía haga su trabajo. Décadas después, aunque gobernada por un partido comunista, China es una sólida economía de mercado capitalista.
La ventaja China fue que inició temprano y en forma pausada su transición. Muerto Mao en 1976, retornó al poder Deng Xiao Ping e inició el ricorsi. Comenzó por la agricultura, devolviendo la tierra a los campesinos y aumentando sus márgenes de venta en el mercado; buscaba asegurar la seguridad alimentaria para soltar la economía y llegar progresivamente al reino de la propiedad privada.  
Mientras que el caso de la URSS fue un derrumbe en toda la línea y no una negociación evolutiva como la china. El final de la URSS comenzó dos años atrás, al caer el Muro de Berlín en noviembre de 1989. Los países de Europa del Este se independizaron de Moscú, que perdió a sus satélites que había ganado al final de la II Guerra. La URSS quedó aislada y Occidente avanzó hasta sus fronteras. 
Para ese entonces, venían fracasando las iniciativas reformistas del líder soviético Mijail Gorbachov, quien había puesto en marcha la perestroika y la glasnost para intentar detener el declive del oso ruso. La perestroika era una reforma económica que intentaba introducir el mercado en una economía que Gorbachov deseaba siguiera siendo controlada por el Estado. El estancamiento económico llevaba muchos años y la perestroika no logró revertir el declive; por el contrario, la economía rusa se hundió. Ese desplome llevó a la crisis final de la URSS. Nada de ello había ocurrido en China, que inició su transición desde una posición de fuerza y no de colapso. 
Luego, la rebelión de las minorías nacionales disolvió la URSS. Empezando por los países bálticos y algunas repúblicas del Cáucaso, los estados miembros abandonaron la Unión. Incluso Rusia de Yeltsin dejó la URSS y le dio el puntillazo final, obligando a la dimisión de Gorbachov. Desde entonces, Rusia no se recupera, menos ahora que se halla en crisis, por depender excesivamente del petróleo en un momento de derrumbe de los precios mundiales. 
Así, ante Cuba de nuestros días se abren dos caminos: son las vías de transición del comunismo al capitalismo. Parece obvio que la ruta china luce más prometedora, mantiene en el poder al partido comunista y desarrolla la economía absorbiendo el capital. ¿Puede el PC cubano tomarla? No es asunto de voluntad, sino de condiciones objetivas difíciles de manejar. En todo caso, es evidente que la dirección cubana hace política y ello es clave para salir bien de este trance, los últimos días de los Castro.
Fuente: Diario La República. 24 de diciembre del 2014.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El final del comunismo por la suspensión de pagos de la Europa Oriental.

Ver la infografía ampliada aquí

Las 'revoluciones' de 1989


El final del comunismo se produjo por suspensión de pagos de los estados de la Europa oriental.

Josep Fontana (Historiador)

La conmemoración del 25º aniversario de la apertura del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, dará lugar sin duda a que se repitan las evocaciones de las supuestas revoluciones de 1989que habrían sido la causa del «fin del comunismo» en la Europa oriental. Lo que ocurre es que no hubo tales revoluciones, y que lo sucedido podría definirse mejor como un cierre del negocio por suspensión de pagos de los gobiernos de las llamadasdemocracias populares.Porque hay que tener en cuenta que el mantenimiento de los países de la Europa oriental tenía un alto coste para la Unión Soviética, que estaba financiando no solo el funcionamiento de sus gobiernos sino también su protección militar y en buena medida el nivel de vida de sus ciudadanos a través de unos créditos a bajo interés que no se devolvían y de precios especiales para los suministros de petróleo y de gas.
Este coste resultaba difícil de sostener para una economía soviética en crisis, de modo que, dentro de sus proyectos de transformación del sistema, Gorbachov quiso implantar nuevas reglas en las relaciones entre los países socialistas, a los que se les ofrecía el fin del control político -cada nación tiene el derecho a escoger su «propio camino de desarrollo social», sea el del socialismo o el del capitalismo, había manifestado en 1987- a cambio de unas nuevas relaciones económicas en las que los intercambios se harían en las condiciones y precios vigentes en el mercado mundial.
Gorbachov, que esperaba empujar a estos países por el camino de las reformas que él había emprendido en la Unión Soviética, que acabaron finalmente en el desastre, no se daba cuenta de que aquellos dirigentes, y en especial los de unos países que habían contraído grandes deudas con Occidente, como Polonia y Alemania del Este, no iban a poder subsistir en esas condiciones (la RDAestaba al borde de la quiebra, sin capacidad para hacer frente al pago de los intereses de su deuda exterior).
La noche del 9 de noviembre, cuando se produjo la apertura del muro, nadie pensó en Moscú que mereciera la pena despertar aGorbachov para comunicárselo. Al día siguiente los gobernantes del Kremlin, que ya habían pensado anteriormente en derribar el muro, se limitaron a aconsejar a los alemanes que no adoptasen medidas violentas de represión. No había motivo para sorprenderse, porque el desmantelamiento del sistema había comenzado antes. EnPolonia los soviéticos habían alentado las medidas reformistas del general Jaruzelski, quien contaba también con el apoyo del presidente estadounidense George H. W. Bush, que pasó por Polonia en julio de 1989, en un viaje por Europa. Bush, que desconfiaba de Walesa, explica en sus memorias que tuvo que convencer a Jaruzelski para que aceptase la presidencia de la república. «Era irónico -escribe- ver a un presidente norteamericano tratando de persuadir a un dirigente comunista de que aceptase un cargo».
En Hungría el comité central del Partido Comunista había elaborado ya en febrero de 1989 el proyecto de una constitución con elecciones libres y multipartidismo, e inició conversaciones con la oposición en una mesa redonda que fijó las bases para las elecciones de 1990. En Bulgaria, donde el movimiento reformista no empezó hasta fines de 1988, la embajada soviética colaboró en la tarea forzando a Todor Zhivkov, que llevaba 35 años como secretario del Partido Comunista, a dimitir el 10 de noviembre de 1989.
En Checoslovaquia fue la certeza de que los soviéticos no iban a prestarles ayuda si lo que hasta entonces eran simples manifestaciones estudiantiles se complicaba lo que decidió al partido a emprender unas negociaciones con el Foro Cívico, de las que salió un Gobierno de coalición.
Solo en Rumania, donde Ceausescu pretendió mantenerse en el poder por la fuerza, hubo episodios de violencia que asustaron a los norteamericanos, que temían que la agitación se extendiese por los Balcanes, de modo que no se les ocurrió otra cosa que pedir a los soviéticos que interviniesen con sus tropas para controlar la situación. Shevardnadze, ministro de Exteriores de la URSS, a quien el embajador norteamericano en Moscú le formuló esta petición, replicó que era una estupidez y se negó a mezclarse en estos asuntos.
Ni en Rumanía, donde el Consejo del Frente de Salvación Nacional estaba presidido por un antiguo miembro de la nomenklaturacomunista, ni en ninguno de los otros países de la Europa del este se puede hablar de revoluciones, aunque los acontecimientos estuvieron acompañados por grados diversos de agitación popular. La verdad es que fue el fracaso económico de la Unión Soviética lo que liquidó el sistema, obligando a sus dirigentes a pactar su desguace.
Fuente: http://www.elperiodico.com/ 02 de noviembre del 2014.

La Piratería y el Imperio Español.

Grabado de la época donde la Reina Isabel I nombra caballero al corsario Francis Drake
El mito de la piratería inglesa: menos del 1 % de los galeones españoles fue apresado

La literatura y la propaganda anglosajona han exagerado los episodios de una guerra que ganó España. Entre 1540 y 1650, de los 11.000 buques que hicieron el recorrido América-España solo se perdieron 107 a causa de los ataques piratas.


La historiografía inglesa ha insistido en repetir que la actividad pirata fue un constante quebradero de problemas, con corsarios de la bajeza moral de Francis Drake o John Hawkins a la cabeza, para el traslado del oro, plata y otras mercancías del Nuevo Mundo a España. Así, según la imagen todavía presente en el cine y en la literatura, Felipe IIy el resto de monarcas españoles de la dinastía Habsburgo terminaron desesperados ante los ataques auspiciados por la Monarquía Inglesay otros reinos europeos. Sin embargo, las cifras de barcos que llegaron a puerto español desdicen esta versión romántica y falseada de la historia.La Flota de Indias se reveló como un sólido sistema casi sin fisuras.
«El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo», aseguró el Rey francés Francisco I tras el tratado de Tordesillas, donde españoles y portugueses se repartieron el Nuevo Mundo con el beneplácito del Papa Alejandro VI. Y desde luego los dos imperios ibéricos –más tarde unidos por Felipe II– no estaban dispuestos a compartir su herencia. Es por ello que la Monarquía francesa y otros enemigos del imperio comenzaron a financiar la expediciones piratas contra los barcos que usaban los españoles para transportar las mercancías.
En 1521, piratas franceses a las órdenes deJuan Florin lograron capturar parte del conocido como «El Tesoro de Moctezuma», el grueso de las riquezas que Hernán Cortés envió a Carlos V tras la conquista de Tenochtitlan, abriendo toda una nueva vía para asaltos y abordajes. Sin embargo, los españoles aprendieron pronto a defenderse de los piratas franceses, a los que más tarde se unieron los ingleses y los holandeses, a través de impresionantes galeones, mucho más armados que los navíos piratas, y un sistema de convoys que, siglos después, serviría a las naciones aliadas en la Primera Guerra Mundial para vertebrar su defensa contra los submarinos alemanes.
Entre 1540 y 1650 –periodo de mayor flujo en el transporte de oro y plata– de los 11.000 buques que hicieron el recorrido América-España se perdieron 519 barcos, la mayoría por tormentas y otros motivos de índole natural. Solo 107 lo hicieron por ataques piratas, es decir menos del 1 %, según los cálculos de Fernando Martínez Laínez en su libro «Tercios de España: Una infantería legendaria». Un daño mínimo que se explica por la gran efectividad del sistema de convoys organizado por Felipe II.
Así, el Monarca estableció por Real Cédula nada más llegar al trono las condiciones para asegurar un sistema de defensa naval inmune a los ataques piratas. El viaje de la Flota de Indias se efectuaba dos veces al año. El punto de partida se emplazaba en Sanlúcar de Barrameda, donde la flota realizaba las últimas inspecciones, y desde allí partía hacia La Gomera, en las islas Canarias.
Tras la aguada –recoger agua en tierra–, la escuadra conformada por unas 30 naves navegaba entre veinte y treinta días, en función de las condiciones climáticas, hasta las islas Dominica o Martinica(Centroamérica) donde se reponían los suministros. Durante todo el trayecto el convoy era encabezado por la nave capitana y los galeones mejor artillados se situaban a barlovento –donde sopla el viento– para proporcionar escolta al grupo. El objetivo general era que ningún barco se perdiera de vista o se desviara del rumbo en solitario. Y por la noche, los bajeles encendían un enorme farol a popa para servir de referencia al que tenían detrás.
Pintura que a un galeón español defendiendose del ataque de dos galeras
El sistema de convoy español, cuyo teórico fue el capitán Menéndez de Avilés, sería copiado por Inglaterra y EE.UU. en las dos guerras mundiales. Pero la auténtica prueba de que cumplió con su proposito es que solo dos convoys fueron por completo apresados en toda su historia: la primera, en 1628, a la altura de Matanzas (Cuba), a manos del almirante holandés Piet Heyn; y una segunda vez en 1656.

¿Quedó herido el Imperio por la piratería?


Sin capacidad para atacar a la Flota de Indias o a los galeones de gran tamaño, la actividad de Francis Drake y de otros de su tallaje se limitó en la mayoría de casos a ataques contra indefensas poblaciones del Caribe. No en vano, el sistema defensivo de algunas poblaciones españolas era realmente deficiente y era fácil sacar partido de la incompetencia de los gobernadores locales. Por ejemplo, el 1 de enero de 1586, el citado Drake tomó la ciudad de Santo Domingodurante un mes y luego la incendio impúnemente.
Sin embargo, tras el desastre de la Armada Invencible Felipe II se tomó en serio el problema de la piratería y destinó ocho millones de ducados para nuevas naves y fortificaciones en el Caribe. Estas, como la inexpugnable Cartagena de Indias, fueron reforzadas por los mejores arquitectos del Imperio. Un esfuerzo logístico que aceleró la decadencia de este tipo de piratería, aquella financiada e impulsada en las sombras por países como Inglaterra, Francia o Holanda. Cabe recordar que, aunque personajes como Drake contaban con patente de corso, España no reconocía a estos piratas como consarios sino como piratas, puesto que actuaban en tiempos de paz.
Es por todas estas razones que el historiador Germán Vázquez Chamorro resta importancia a la influencia que pudo tener la piratería en el proceso de decandecia del Imperio español. En su opinión, los más famosos piratas encumbrado a la fama, sobre todo por la literatura y la propaganda inglesa, realmente atacaban barcos pesqueros o chalupas de escaso o nulo valor para la Corona española. De hecho, los enemigos de España prescindieron de aliarse con los piratas cuando descubrieron otros métodos para ganarle terreno a este imperio. Así, en los siglos XVII y XVIII, todas las naciones se conjuraron para perseguir y castigar sin piedad a los piratas.
Fuente: ABC (España). 09/11/14

jueves, 9 de octubre de 2014

¿Electorado pragmático?


Electorado “pragmático” y voluntad popular

Eddy Romero Meza

“Pueblo bruto”, “gente ignorante”, “electarado”, “populacho”, “ingenuos” o “fáciles de manipular”, son expresiones recurrentes en nuestro medio frente a encuestas o resultados electorales. Ciertamente el acceso a la educación es algo poco democratizado en el país, pero en este caso se trata de estigmatizar la racionalidad del elector promedio en el Perú. Descalificar su decisión por falta o ausencia de criterio, sentido de realidad o sentido común.

Al respecto el politólogo Steve Levitsky, ha publicado un interesante artículo titulado: “Elecciones y tarados”, donde señala lo siguiente:

Los peruanos no son estúpidos. Ni en Cajamarca ni en San Juan de Lurigancho. Ni siquiera en San Isidro.  Pero lamentar la “ignorancia,” la “falta de memoria” y hasta la estupidez del electorado peruano se ha vuelto una práctica común.  El rey de los lamentos es Aldo Mariátegui, que saca del closet su concepto del “electarado” cada vez que se elige alguien que a él no le gusta (o sea, con frecuencia).   
Pero Mariátegui no está solo. Y el desprecio hacia el electorado peruano no se limita a la derecha.  Aunque sean más sutiles, muchos comentarios progresistas sobre los que votan por candidatos que “roban pero hacen obras” revelan el mismo desdén.  
Despreciar al electorado es poco democrático. Implica que algunos ciudadanos (casi siempre, de menores ingresos) no son competentes para votar –el argumento utilizado en siglos pasados para justificar las restricciones al sufragio.  Además, es poco liberal.  El liberalismo reconoce que siempre existirán diversos intereses y opiniones, y que estas diferencias son legítimas.
Puedo no compartir las preferencias electorales de un conservador de Texas, pero al llamarlo tarado estoy diciendo que hay una opción electoral objetivamente “correcta” (la mía), y que la de mi compatriota no es legítima.   
En vez de despreciar al electorado peruano, sería mejor estudiar por qué la gente vota como vota.  Como no ha habido mucha investigación sobre el comportamiento electoral peruano, sabemos muy poco.   Sin embargo, hay algunas características del voto peruano que vale la pena señalar. (La República, 05/10/14)

El autor pone en evidencia el desprecio que emana tanto de derecha como la izquierda sobre la capacidad de decisión de la población. Resalta lo antidemocrático que es autoproclamarse el poseedor de la “opción correcta” y desconocer el derecho de los demás a disentir y optar por otras propuestas (declararlas implícitamente ilegítimas).

Por otro lado, hace alusión acertadamente a como en el pasado se restringía el derecho a voto a la mayoría de la población al declararlos no competentes: analfabetos o de instrucción limitada. Esto nos recuerda las viejas polémicas decimonónicas entre los conservadores y liberales peruanos, donde en los primeros destacaba el clérigo Bartolomé Herrera quien defendía la tesis de la “soberanía de la inteligencia” en contraposición de la “soberanía popular” sostenida por los hermanos Gálvez.

Ahora bien, esta postura liberal de Levitsky ha sido cuestionada en su concepción, pues idealizaría la “voluntad popular” y la racionalidad de los sectores mayoritarios. Así pues, el escritor Gustavo Faverón, señala:

¿Qué cosa hace que los limeños elijan alcalde a Castañeda? Lo mismo que hace que conviertan al Trome en el diario más leído, a la Paisana Jacinta en un personaje popular, a Esto es guerra en un éxito televisivo, a Kenji Fujimori en nuestro congresista más votado, a Beto Ortiz o Magaly Medina en líderes de opinión, y a dos docenas de expresidiarios en los personajes más simpáticos de nuestra farándula. Vendrán los politólogos a decir que no es ni estupidez ni ignorancia ni nada de eso, sino que todo responde a una racionalidad diferente que uno no comprende porque está divorciado de las masas. El problema de los que dicen eso es que su racionalidad es deficitaria y la ejercen como una fe y no como una ciencia (y además no han comprendido lo obvio: que la lumpenización de la sociedad peruana se da simultáneamente en todas las clases sociales). Nadie dice que no haya explicaciones racionales para el hecho de que los peruanos prefiramos la basura diariamente; pero en esas explicaciones deben incluirse, de manera central, la ignorancia, la idiotez, la vacuidad, la aceptación pasiva y activa de la criminalidad y la concepción de la cosa pública como un botín. Si en vez de eso se evocan "racionalidades que no entendemos", entonces no se está haciendo análisis político sino magia, y de la mala. https://www.facebook.com/gustavo.patriau/posts/10152535369569635?fref=nf

Faverón se ubica al extremo opuesto de aquellos que suelen hablar retóricamente de “sabiduría popular” en estos contextos electorales. Algunos lo tildaran de aristocratizante y otros de sensato. Lo cierto es que va a contracorriente y nos plantea algo no muy “políticamente correcto”: la creciente “lumpenización de la sociedad peruana” y la necesidad de ubicar la ignorancia y pasividad, también como explicación de porqué la gente vota  como lo hace (a pesar de la evidencia de corrupción de sus candidatos).

Siguiendo la línea planteada por Faverón, el profesor de la PUPC, Daniel Salas ha publicado un interesante artículo titulado “La falacia del elector racional”, donde señala lo siguiente:

¿Se puede decir que la gente toma decisiones ineficientes? Claro que sí. De hecho, ocurre a cada rato. ¿Se puede decir que los electores votan sin tomar en cuenta criterios morales? Por supuesto. No hay nada de excluyente ni de soberbio en hacer ese tipo de apreciaciones. Hay muchísimos ejemplos en los que la mayoría está equivocada tanto en sus razonamientos como en sus juicios morales. Por ejemplo, en un linchamiento. Por ejemplo, cuando se justifica que, en nombre de la paz, se violen los derechos de algunos. O, con más frecuencia, cuando se rinde al pánico, a la desesperación y al miedo, armas atroces que se utilizan desde el poder para manipular su conducta.

Los electores pueden creer que Castañeda representa el pragmatismo y las obras que la ciudad necesita. Pero de ahí no se infiere que eso sea cierto. De hecho, la elección de Castañeda es lo que los economistas llaman un resultado “subóptimo”, por más que tenga una racionalidad.

Es curioso que muchas mentes progresistas, que reconocen que el mercado tiene fallas y puede producir resultados subóptimos, respondan que, en el análisis político, se debe omitir todo juicio sobre las racionalidades de los electores. Steve Levitsky ha sostenido, por ejemplo, que concuerda con Carlos Meléndez en cuanto a que “el votante peruano no es ni irracional ni estúpido. La gente vota por muchas razones, basado en diversas identidades, intereses, y expectativas. Podemos no compartir las preferencias del electorado en Cajamarca, Puno, o San Isidro, pero negar la legitimidad de estas preferencias choca con los principios básicos de la democracia”.

Ciertamente, no parece justo llamar a nadie “irracional y estúpido” (mucho menos “tarado”, como suele escribir Aldo Mariátegui). Pero no veo cómo de allí se infiere que las preferencias sean legítimas. En primer lugar, ¿en qué sentido las debemos considerar legítimas? Si queremos decir que implican efectos legales, es obvio que no se pueden cuestionar. En cambio, si las queremos considerar racional o moralmente legítimas mi posición cambia. No veo que lo sean y no puedo admitido que lo sean. Quienes votaron por Castañeda han aceptado premiar la corrupción, por un lado, y han elegido, contrariamente a sus creencias, a un pésimo gestor. En el análisis de Levistsky faltan al menos dos cosas: por un lado, el hecho de que la corrupción haya dejado de ser un estigma, de manera que puede ser practicada de modo descarado, y, por otro, el hecho de que los electores votan creyendo que van a obtener cierto resultado pero en realidad van a lograr un resultado muy inferior.

(…) Que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción resulta evidente y si es evidente no entiendo por qué no puede ser señalado. Es cierto que la gente no es estúpida pero sí puede estar tremendamente desinformada, sí puede estar saturada de prejuicios y sí puede, fácilmente, renunciar al razonamiento moral.

Lamentablemente, la ciencia política, al menos en el Perú, parece dedicarse a narrar un juego de ajedrez en donde los contendores son equivalentes. Y parece, desde su neutralidad metodológica, poner en un mismo nivel la astucia y la inteligencia. Una cosa es entender las racionalidades detrás de las acciones, otra es el pretender una neutralidad imposible en un contexto en el que se define el destino de una comunidad. Es demasiado simple repetir el mantra de toda elección es racional para quedarse estacionado en esa posición, sin atreverse a dar el salto hacia una crítica que revele los medios de poder y de construcción ideológica que propician las elecciones erradas y, a fin de cuentas, la erosión de valores tan elementales para una sociedad como son la honradez y la solidaridad. http://www.dedomedio.com/politica/la-falacia-del-elector-racional/   

Daniel Salas, indica algo que personalmente comparto sobre estas elecciones: el resultado es legal, pero no legítimo. Y resalta algo fundamental: la corrupción ha dejado de ser un estigma en la sociedad peruana. La anomia, la transgresión, la pendejada y achoramiento nos caracterizan desde hace mucho tiempo y parece observarse cierto acentuamiento de ello por momentos. Desde nuestra “cultura combi” hasta la política de “otorongo no come otorongo”. La “viveza” se celebra en el Perú aún cuando dañe a otros (en realidad esa es su esencia). Anecdóticamente, cuando fueron difundidos los vladivideos el año 2000, la primera respuesta de la gente fue de admiración ante Montesinos antes que de censura frente sus ilícitos actos.

Otro elemento interesante que introduce Salas a la discusión es el de “desarrollo moral”, tema de reflexión desde la filosofía clásica y estudiado hoy en día en el campo psicológico; lamentablemente poco abordado en nuestro medio, salvo excepciones importantes como la de Susana Frisancho de la Universidad Católica. Salas apunta que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción. Lo cual nos lleva al tema central: ¿Cuán trastocados están los valores en el Perú? Un país donde la retórica siempre suplanta a los hechos (“construir un país con valores”, “hacer una sociedad con valores”); donde se trata a miles o millones como ciudadanos de segunda clase; donde la educación es elitista y el racismo o discriminación son perpetuados por los medios de comunicación masivos; ciertamente no nos brinda una mirada optimista sobre su desarrollo moral.

Finalmente, me gustaría compartir el análisis del sociólogo Francisco Durand, sobre este asunto, quien en su artículo: La lógica del “roba pero hace”, señala:

Han terminado las elecciones pero todavía resuena aquello de “roba pero hace”. Encuentro cinco razones lógicas detrás del cuestionado dicho. Uno, es un reconocimiento que la política está muchas veces dirigida por bandidos, lo cual es fundamentalmente cierto.
Dos, la explicación que una parte significativa del electorado vote por alguien que “roba pero hace” refleja una opción preferible, una suerte de mal menor debido a que la peor opción es “no hacen pero roban”. Tres, el convencimiento de que “así funciona la política” en nuestro país es resultado no solo del cinismo de muchos electores, sino de  nuestro perverso sentido de competencia política. La mayoría de las denuncias por robo a las autoridades, a veces con pruebas contundentes, son proporcionadas por sus rivales, que difunden estas acusaciones para sacarlo del camino o como una forma de venganza, de ajuste de cuentas.
Cuarto, los medios de comunicación de masas difunden esta “verdad”  al aportar pruebas o indicios provenientes de los rivales sin haber realizado una indagación a fondo de los hechos. De modo que al explotar la noticia son cómplices de la popularidad de esta frase, pues ayudan a convencernos que buena parte de los políticos roban al hacer obras.
Quinto y último, existen varios tipos de intereses detrás de la práctica de hacer obras y robar: primero tenemos al bandido político, que encuentra en su cargo la forma más rápida de acrecentar su fortuna; segundo, está el constructor, que se beneficia de un contrato obtenido en forma ilícita (competencia desleal); tercero, tenemos a una población preocupada esencialmente que se hagan obras porque “por lo menos hacen algo”. De modo que el dicho tiene lógica para por los menos tres grupos sociales. 
Termino reconociendo que es un argumento un tanto retorcido, pero no debemos olvidar que vivimos en un país retorcido que desarrolla su propia lógica. (La República, 06/10/14)

En resumen, existe entre la población una lógica que aparenta ser “pragmática” (en realidad no lo es, sólo es inmediatista) y un peligroso acostumbramiento a formas negativas de convivencia: deshonestidad, permisividad, cinismo, etc. La política está más que devaluada y de ahí el recurrente: “la política es así”. Esta resignación frente a la cosa pública y el individualismo corrosivo nos llevan a este estado o situación que vivimos. La democratización no solo consiste en tener elecciones consecutivas (ausencia de golpe de estados), sino en garantizar la legitimidad y probidad de las autoridades que nos representan. Sigo meditando sobre estas recientes elecciones y no puedo soslayar el hecho de que el sesgo informativo es evidente en la prensa, y que nuestra democracia cada vez será más mediática. El resultado en las urnas dependerá también de la realidad que construyen o transmiten (selectivamente) los medios de comunicación, los cuales están virtualmente monopolizado en el país.

Algunos creen hallar la solución a esto, proponiendo el voto voluntario; idealizando este y declarándolo más democrático que el obligatorio. Desconocen que este tiende a elitizar la elección de autoridades, debido al ausentismo masivo a las urnas. Normalmente son los sectores más conservadores los que levantan las banderas del voto voluntario, igualándolo a “voto más inteligente” (tufillo herreriano). No se trata de adoptar estas posturas, sino de constatar que existe un malestar generalizado de los valores en el país, sin importar la condición social. Ciertamente una educación más auténtica es parte de la solución, pero no es asunto sólo de escuelas o universidades, sino de cultura ciudadana, donde la responsabilidad es compartida: sociedad civil y política. Por ahora, antes de seguir señalando responsables, sólo cabe hacerme una pregunta: ¿Qué puedo hacer yo, más allá de escribir esto?

domingo, 5 de octubre de 2014

Sobre el positivismo y anacronismo en la historia del Perú.


POSITIVISMO Y ANACRONISMO EN LA HISTORIA DEL PERÚ

El mal uso que la ideología suele hacer del pasado
se basa más en el anacronismo que en la mentira.
Eric Hobsbawm

Eddy Romero Meza

La historia oficial busca afianzar una idea de nación o comunidad imaginada, y coexiste con numerosos discursos históricos que desean legitimar posturas políticas o proyectos culturales: marxismo, indigenismo, hispanismo, etc. La historia se convierte así en  un campo de batalla ideológico, donde su escritura es una apuesta política además de epistemológica.

Entonces, cómo lograr una historia con mayores grados de objetividad, qué caminos seguir o evitar en este controvertido oficio. En tiempos de conmemoraciones por el bicentenario de la independencia en América, es imperativo reflexionar sobre la práctica historiográfica, y además sobre su enseñanza. Ello para evitar que esta disciplina sea reducida a mero instrumento ideológico o erudición vana. En esta ocasión quisiera detenerme en la influencia positivista en nuestra historia, así como en la recurrencia del anacronismo en la concepción de la historia peruana.

En su interesante libro Antimanual del mal historiador, Carlos Aguirre Rojas, dedica un capítulo a lo que él denomina “los siete pecados capitales del mal historiador”, dentro de los cuales figurarían:

  • El positivismo
  • El anacronismo
  • La noción de tiempo (única y homogénea)
  • La idea limitada de progreso
  • Actitud profundamente acrítica
  • Búsqueda de una “objetividad” y neutralidad” absoluta.
  • El postmodernismo en historia

El autor apunta también, que estos siete vicios historiográficos se manifiestan después de múltiples maneras. Naturalmente, el objetivo es explicitarlos para poder esquivarlos o contrarrestarlos, sólo así se lograría hacer y enseñar una historia diferente y muy superior a la hoy existente. (1)

Debido a la extensión que exige este texto, como ya lo adelantamos, solo nos limitaremos a los dos primeros “pecados”, quedando la tentación de abordar los otros en siguientes artículos.

Positivismo e historia peruana

Se ha afirmado que la en la base del positivismo existe una epistemología ingenua y acrítica, ya que: “el positivismo considera el objeto del conocimiento histórico como un dato ya construido y el conocimiento histórico como el registro o la fotografía de ese objeto. La objetividad del conocimiento histórico consiste en percibir el dato tal como es (wie es eigentlich gewesen), en registrar los hechos en estado bruto, en su verdad original, fuera de toda interpretación. El ideal del positivismo histórico es llegar a la exactitud fría, neutra, impersonal de las ciencias naturales, como la botánica, la biología, la química. Se mantiene rigurosamente en el nivel de los hechos, en su pura materialidad” (2).  O sea, como sostiene Carlos Aguirre, nos encontramos frente a una concepción histórica esencialmente renuente a la filosofía, teoría y metodología. Una historia que limita la labor del historiador a la revisión y clasificación de las fuentes escritas, y cuyo producto es una narración o descripción de lo contenido en los documentos. El positivismo histórico rechaza toda interpretación crítica y creativa de los hechos históricos.

Una historia además centrada en los grandes hechos políticos y militares del pasado. Una historia peligrosamente acrítica con los grupos de poder examinados; y además reducida a simple ejercicio de erudición (“colecciones de hechos muertos” al decir de Marx). Carlos Aguirre, apunta sobre esto:

… la verdadera historia solo se construye cuando, apoyados en esos resultados de trabajo erudito, accedemos al nivel de la interpretación histórica, a la explicación razonada y sistemática de los hechos, de los fenómenos y de los procesos y situaciones históricas que estudiamos. Porque solo transitamos desde esa erudición todavía limitada hasta la verdadera historia, si reconocemos la importancia fundamental de este trabajo de la interpretación y de la explicación históricas, que construyen modelos comprehensivos, que ordenan y dan sentido a los hechos y fenómenos históricos, integrando a estos últimos dentro de las grandes tendencias evolutivas del desarrollo histórico, y estableciendo de modo coherente y sintético, también los porqués y los cómos de los distintos problemas investigados. (3)

Hoy es inconcebible una historia que no sea crítica, una que se aproxime al pasado de forma dinámica y abierta a nuevos métodos de investigación. La historia positivista fue cuestionada durante todo el siglo XX, sin embargo su vigencia es notoria, sobre todo en el campo educativo donde la enseñanza a veces no difiere mucho de la practicada en el siglo XIX: énfasis en los datos, fechas e información. Una historia centrada en los grandes hombres (generales, políticos, virreyes, etc.); o sea la “historia desde arriba”. Finalmente, una didáctica que derivada del positivismo histórico, puede reducir una clase a “presidentes-obras”, “virreyes-obras” o colección de militares y batallas.

La herencia del positivismo histórico está fuertemente internalizada en la concepción de la historia de la sociedad en general (imaginarios, representaciones, mentalidades). Los medios de comunicación, especialmente la televisión y el cine, difunden esta visión simplista o reduccionista de la narrativa histórica. Ello sin menospreciar las fantásticas producciones históricas surgidas en los últimos años, pero que son la excepción y no la regla general.

Los libros y manuales de historia son numerosos en el país. El surgimiento de academias y colegios pre-universitarios, multiplicó aún más los textos, pero lamentablemente solo los oriento a fines directos de ingreso a la universidad. Un conglomerado de datos especialmente de carácter político-militar llena sus páginas, y se impone una enseñanza basada en el memorismo y no la comprensión. Muchos estudiantes arriban así a la universidad, y ello ha obligado en parte, a la aparición de textos que busquen superar estas pobres visiones de la historia peruana y mundial. Dentro de estos textos podría ubicarse el libro “Historia del Perú contemporáneo” de Carlos Contreras y Marcos Cueto, obra que tiene la virtud de abordar la historia peruana del siglo XIX y XX, tanto desde los aspectos políticos, como económicos y socio-culturales. Un texto de fácil lectura y que explica con cierta suficiencia los distintos fenómenos históricos que ha atravesado el Perú en el periodo que examina. Su aporte radica en ser una obra de síntesis histórica, que incluye una mirada crítica al desarrollo republicano. (4)

Resaltable también, es el reciente esfuerzo editorial de la Universidad Católica del Perú, de aproximar a los estudiantes a la historia del Perú y el mundo, a través de obras de visión panorámica del siglo XX, escritas por excelentes historiadores, quienes practican a su vez la docencia universitaria. Se trata de los libros: Un mundo incierto. Historia universal contemporánea de Antonio Zapata y El Perú del siglo XX de Juan Luis Orrego. Este último, explica claramente la intención de estas obras, al señalar en una reciente entrevista:

… la idea era interpretar el siglo XX, que no sea un texto con una hemorragia de datos, sino uno explicativo. Y traté de incorporar no solo la cuestión del desarrollo económico y político, sino también algo que le interesa mucho a los chicos: los cambios culturales, mentales, la vida cotidiana, el deporte. Y en la medida de lo posible, relacionar la historia del Perú con lo que pasa en América Latina y en el mundo. Entonces, la idea es dar una visión total del siglo XX. (5)

Superar el positivismo histórico, supone muchas variables. La primera, evidenciar las limitaciones de esta corriente teórica, y principalmente estimular una historia explicativa que llegue al gran público. Libros rigurosos que no prescindan de la visión crítica y mirada de largo alcance. Crear generaciones de estudiantes formados en una historia centrada en la interpretación-explicación, y no en la simple descripción vacía de los “grandes hechos históricos”.  Ello claro, sin dejar de entender que historia crítica no es igual a historia negra.

Anacronismo e historia peruana

El anacronismo, según Lucien Febvre es el “pecado de los pecados” del historiador. Este podemos definirlo como el: “Error que consiste en suponer acaecido un hecho antes o después del tiempo en que sucedió y, por extensión, incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde. Persona o cosa anacrónica” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

Sin embargo, un concepto más amplio e interesante lo hallamos en el historiador colombiano Renán Silva Olarte, quien afirma: “digamos que el anacronismo es una forma de pasar por encima de las dimensiones de tiempo, espacio y lenguaje específicos, que son constitutivas de una sociedad, lo que lleva al historiador (o al antropólogo o al sociólogo) a pasar por encima de lo que Baruch Spinoza llamaba la “diferencia específica”, introduciendo en el análisis objetos, procesos, actitudes y formas de percepción y representación que la historicidad misma de esa sociedad particular de la que se trata no autoriza, bien sea porque se encuentran por fuera del marco de posibilidades históricas que esa sociedad ha producido, o por el contrario, porque se localizan en un horizonte de expectativas que la sociedad ha superado” (6).

Leer artículo completo en: Hispanic American Historical Review. Duke University