jueves, 9 de octubre de 2014

¿Electorado pragmático?


Electorado “pragmático” y voluntad popular

Eddy Romero Meza

“Pueblo bruto”, “gente ignorante”, “electarado”, “populacho”, “ingenuos” o “fáciles de manipular”, son expresiones recurrentes en nuestro medio frente a encuestas o resultados electorales. Ciertamente el acceso a la educación es algo poco democratizado en el país, pero en este caso se trata de estigmatizar la racionalidad del elector promedio en el Perú. Descalificar su decisión por falta o ausencia de criterio, sentido de realidad o sentido común.

Al respecto el politólogo Steve Levitsky, ha publicado un interesante artículo titulado: “Elecciones y tarados”, donde señala lo siguiente:

Los peruanos no son estúpidos. Ni en Cajamarca ni en San Juan de Lurigancho. Ni siquiera en San Isidro.  Pero lamentar la “ignorancia,” la “falta de memoria” y hasta la estupidez del electorado peruano se ha vuelto una práctica común.  El rey de los lamentos es Aldo Mariátegui, que saca del closet su concepto del “electarado” cada vez que se elige alguien que a él no le gusta (o sea, con frecuencia).   
Pero Mariátegui no está solo. Y el desprecio hacia el electorado peruano no se limita a la derecha.  Aunque sean más sutiles, muchos comentarios progresistas sobre los que votan por candidatos que “roban pero hacen obras” revelan el mismo desdén.  
Despreciar al electorado es poco democrático. Implica que algunos ciudadanos (casi siempre, de menores ingresos) no son competentes para votar –el argumento utilizado en siglos pasados para justificar las restricciones al sufragio.  Además, es poco liberal.  El liberalismo reconoce que siempre existirán diversos intereses y opiniones, y que estas diferencias son legítimas.
Puedo no compartir las preferencias electorales de un conservador de Texas, pero al llamarlo tarado estoy diciendo que hay una opción electoral objetivamente “correcta” (la mía), y que la de mi compatriota no es legítima.   
En vez de despreciar al electorado peruano, sería mejor estudiar por qué la gente vota como vota.  Como no ha habido mucha investigación sobre el comportamiento electoral peruano, sabemos muy poco.   Sin embargo, hay algunas características del voto peruano que vale la pena señalar. (La República, 05/10/14)

El autor pone en evidencia el desprecio que emana tanto de derecha como la izquierda sobre la capacidad de decisión de la población. Resalta lo antidemocrático que es autoproclamarse el poseedor de la “opción correcta” y desconocer el derecho de los demás a disentir y optar por otras propuestas (declararlas implícitamente ilegítimas).

Por otro lado, hace alusión acertadamente a como en el pasado se restringía el derecho a voto a la mayoría de la población al declararlos no competentes: analfabetos o de instrucción limitada. Esto nos recuerda las viejas polémicas decimonónicas entre los conservadores y liberales peruanos, donde en los primeros destacaba el clérigo Bartolomé Herrera quien defendía la tesis de la “soberanía de la inteligencia” en contraposición de la “soberanía popular” sostenida por los hermanos Gálvez.

Ahora bien, esta postura liberal de Levitsky ha sido cuestionada en su concepción, pues idealizaría la “voluntad popular” y la racionalidad de los sectores mayoritarios. Así pues, el escritor Gustavo Faverón, señala:

¿Qué cosa hace que los limeños elijan alcalde a Castañeda? Lo mismo que hace que conviertan al Trome en el diario más leído, a la Paisana Jacinta en un personaje popular, a Esto es guerra en un éxito televisivo, a Kenji Fujimori en nuestro congresista más votado, a Beto Ortiz o Magaly Medina en líderes de opinión, y a dos docenas de expresidiarios en los personajes más simpáticos de nuestra farándula. Vendrán los politólogos a decir que no es ni estupidez ni ignorancia ni nada de eso, sino que todo responde a una racionalidad diferente que uno no comprende porque está divorciado de las masas. El problema de los que dicen eso es que su racionalidad es deficitaria y la ejercen como una fe y no como una ciencia (y además no han comprendido lo obvio: que la lumpenización de la sociedad peruana se da simultáneamente en todas las clases sociales). Nadie dice que no haya explicaciones racionales para el hecho de que los peruanos prefiramos la basura diariamente; pero en esas explicaciones deben incluirse, de manera central, la ignorancia, la idiotez, la vacuidad, la aceptación pasiva y activa de la criminalidad y la concepción de la cosa pública como un botín. Si en vez de eso se evocan "racionalidades que no entendemos", entonces no se está haciendo análisis político sino magia, y de la mala. https://www.facebook.com/gustavo.patriau/posts/10152535369569635?fref=nf

Faverón se ubica al extremo opuesto de aquellos que suelen hablar retóricamente de “sabiduría popular” en estos contextos electorales. Algunos lo tildaran de aristocratizante y otros de sensato. Lo cierto es que va a contracorriente y nos plantea algo no muy “políticamente correcto”: la creciente “lumpenización de la sociedad peruana” y la necesidad de ubicar la ignorancia y pasividad, también como explicación de porqué la gente vota  como lo hace (a pesar de la evidencia de corrupción de sus candidatos).

Siguiendo la línea planteada por Faverón, el profesor de la PUPC, Daniel Salas ha publicado un interesante artículo titulado “La falacia del elector racional”, donde señala lo siguiente:

¿Se puede decir que la gente toma decisiones ineficientes? Claro que sí. De hecho, ocurre a cada rato. ¿Se puede decir que los electores votan sin tomar en cuenta criterios morales? Por supuesto. No hay nada de excluyente ni de soberbio en hacer ese tipo de apreciaciones. Hay muchísimos ejemplos en los que la mayoría está equivocada tanto en sus razonamientos como en sus juicios morales. Por ejemplo, en un linchamiento. Por ejemplo, cuando se justifica que, en nombre de la paz, se violen los derechos de algunos. O, con más frecuencia, cuando se rinde al pánico, a la desesperación y al miedo, armas atroces que se utilizan desde el poder para manipular su conducta.

Los electores pueden creer que Castañeda representa el pragmatismo y las obras que la ciudad necesita. Pero de ahí no se infiere que eso sea cierto. De hecho, la elección de Castañeda es lo que los economistas llaman un resultado “subóptimo”, por más que tenga una racionalidad.

Es curioso que muchas mentes progresistas, que reconocen que el mercado tiene fallas y puede producir resultados subóptimos, respondan que, en el análisis político, se debe omitir todo juicio sobre las racionalidades de los electores. Steve Levitsky ha sostenido, por ejemplo, que concuerda con Carlos Meléndez en cuanto a que “el votante peruano no es ni irracional ni estúpido. La gente vota por muchas razones, basado en diversas identidades, intereses, y expectativas. Podemos no compartir las preferencias del electorado en Cajamarca, Puno, o San Isidro, pero negar la legitimidad de estas preferencias choca con los principios básicos de la democracia”.

Ciertamente, no parece justo llamar a nadie “irracional y estúpido” (mucho menos “tarado”, como suele escribir Aldo Mariátegui). Pero no veo cómo de allí se infiere que las preferencias sean legítimas. En primer lugar, ¿en qué sentido las debemos considerar legítimas? Si queremos decir que implican efectos legales, es obvio que no se pueden cuestionar. En cambio, si las queremos considerar racional o moralmente legítimas mi posición cambia. No veo que lo sean y no puedo admitido que lo sean. Quienes votaron por Castañeda han aceptado premiar la corrupción, por un lado, y han elegido, contrariamente a sus creencias, a un pésimo gestor. En el análisis de Levistsky faltan al menos dos cosas: por un lado, el hecho de que la corrupción haya dejado de ser un estigma, de manera que puede ser practicada de modo descarado, y, por otro, el hecho de que los electores votan creyendo que van a obtener cierto resultado pero en realidad van a lograr un resultado muy inferior.

(…) Que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción resulta evidente y si es evidente no entiendo por qué no puede ser señalado. Es cierto que la gente no es estúpida pero sí puede estar tremendamente desinformada, sí puede estar saturada de prejuicios y sí puede, fácilmente, renunciar al razonamiento moral.

Lamentablemente, la ciencia política, al menos en el Perú, parece dedicarse a narrar un juego de ajedrez en donde los contendores son equivalentes. Y parece, desde su neutralidad metodológica, poner en un mismo nivel la astucia y la inteligencia. Una cosa es entender las racionalidades detrás de las acciones, otra es el pretender una neutralidad imposible en un contexto en el que se define el destino de una comunidad. Es demasiado simple repetir el mantra de toda elección es racional para quedarse estacionado en esa posición, sin atreverse a dar el salto hacia una crítica que revele los medios de poder y de construcción ideológica que propician las elecciones erradas y, a fin de cuentas, la erosión de valores tan elementales para una sociedad como son la honradez y la solidaridad. http://www.dedomedio.com/politica/la-falacia-del-elector-racional/   

Daniel Salas, indica algo que personalmente comparto sobre estas elecciones: el resultado es legal, pero no legítimo. Y resalta algo fundamental: la corrupción ha dejado de ser un estigma en la sociedad peruana. La anomia, la transgresión, la pendejada y achoramiento nos caracterizan desde hace mucho tiempo y parece observarse cierto acentuamiento de ello por momentos. Desde nuestra “cultura combi” hasta la política de “otorongo no come otorongo”. La “viveza” se celebra en el Perú aún cuando dañe a otros (en realidad esa es su esencia). Anecdóticamente, cuando fueron difundidos los vladivideos el año 2000, la primera respuesta de la gente fue de admiración ante Montesinos antes que de censura frente sus ilícitos actos.

Otro elemento interesante que introduce Salas a la discusión es el de “desarrollo moral”, tema de reflexión desde la filosofía clásica y estudiado hoy en día en el campo psicológico; lamentablemente poco abordado en nuestro medio, salvo excepciones importantes como la de Susana Frisancho de la Universidad Católica. Salas apunta que hay un declive moral en una comunidad de electores que avala la corrupción. Lo cual nos lleva al tema central: ¿Cuán trastocados están los valores en el Perú? Un país donde la retórica siempre suplanta a los hechos (“construir un país con valores”, “hacer una sociedad con valores”); donde se trata a miles o millones como ciudadanos de segunda clase; donde la educación es elitista y el racismo o discriminación son perpetuados por los medios de comunicación masivos; ciertamente no nos brinda una mirada optimista sobre su desarrollo moral.

Finalmente, me gustaría compartir el análisis del sociólogo Francisco Durand, sobre este asunto, quien en su artículo: La lógica del “roba pero hace”, señala:

Han terminado las elecciones pero todavía resuena aquello de “roba pero hace”. Encuentro cinco razones lógicas detrás del cuestionado dicho. Uno, es un reconocimiento que la política está muchas veces dirigida por bandidos, lo cual es fundamentalmente cierto.
Dos, la explicación que una parte significativa del electorado vote por alguien que “roba pero hace” refleja una opción preferible, una suerte de mal menor debido a que la peor opción es “no hacen pero roban”. Tres, el convencimiento de que “así funciona la política” en nuestro país es resultado no solo del cinismo de muchos electores, sino de  nuestro perverso sentido de competencia política. La mayoría de las denuncias por robo a las autoridades, a veces con pruebas contundentes, son proporcionadas por sus rivales, que difunden estas acusaciones para sacarlo del camino o como una forma de venganza, de ajuste de cuentas.
Cuarto, los medios de comunicación de masas difunden esta “verdad”  al aportar pruebas o indicios provenientes de los rivales sin haber realizado una indagación a fondo de los hechos. De modo que al explotar la noticia son cómplices de la popularidad de esta frase, pues ayudan a convencernos que buena parte de los políticos roban al hacer obras.
Quinto y último, existen varios tipos de intereses detrás de la práctica de hacer obras y robar: primero tenemos al bandido político, que encuentra en su cargo la forma más rápida de acrecentar su fortuna; segundo, está el constructor, que se beneficia de un contrato obtenido en forma ilícita (competencia desleal); tercero, tenemos a una población preocupada esencialmente que se hagan obras porque “por lo menos hacen algo”. De modo que el dicho tiene lógica para por los menos tres grupos sociales. 
Termino reconociendo que es un argumento un tanto retorcido, pero no debemos olvidar que vivimos en un país retorcido que desarrolla su propia lógica. (La República, 06/10/14)

En resumen, existe entre la población una lógica que aparenta ser “pragmática” (en realidad no lo es, sólo es inmediatista) y un peligroso acostumbramiento a formas negativas de convivencia: deshonestidad, permisividad, cinismo, etc. La política está más que devaluada y de ahí el recurrente: “la política es así”. Esta resignación frente a la cosa pública y el individualismo corrosivo nos llevan a este estado o situación que vivimos. La democratización no solo consiste en tener elecciones consecutivas (ausencia de golpe de estados), sino en garantizar la legitimidad y probidad de las autoridades que nos representan. Sigo meditando sobre estas recientes elecciones y no puedo soslayar el hecho de que el sesgo informativo es evidente en la prensa, y que nuestra democracia cada vez será más mediática. El resultado en las urnas dependerá también de la realidad que construyen o transmiten (selectivamente) los medios de comunicación, los cuales están virtualmente monopolizado en el país.

Algunos creen hallar la solución a esto, proponiendo el voto voluntario; idealizando este y declarándolo más democrático que el obligatorio. Desconocen que este tiende a elitizar la elección de autoridades, debido al ausentismo masivo a las urnas. Normalmente son los sectores más conservadores los que levantan las banderas del voto voluntario, igualándolo a “voto más inteligente” (tufillo herreriano). No se trata de adoptar estas posturas, sino de constatar que existe un malestar generalizado de los valores en el país, sin importar la condición social. Ciertamente una educación más auténtica es parte de la solución, pero no es asunto sólo de escuelas o universidades, sino de cultura ciudadana, donde la responsabilidad es compartida: sociedad civil y política. Por ahora, antes de seguir señalando responsables, sólo cabe hacerme una pregunta: ¿Qué puedo hacer yo, más allá de escribir esto?