lunes, 27 de diciembre de 2010

Historia de la firma del Acta de Brasilia (1998). Testimonios de diplomáticos peruanos y ecuatorianos.

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Recordando el camino de la paz
Varios diplomáticos que ayudaron a sellar la paz entre Perú y Ecuador a partir de 1995 comparten su alegría por la cooperación actual y recuerdan los momentos que marcaron la historia

Por: Juan Aurelio Arévalo

Hace un año, el presidente Alan García aseguró que nuestro país y Ecuador son hermanos que pueden darse las espaldas sin temor. Hace cinco meses, su homólogo ecuatoriano, Rafael Correa confesó que creció percibiendo al Perú como un rival y ahora siente que nada ni nadie podrá separarnos. Recientemente, los dos mandatarios llegaron a Loja vestidos iguales, cantaron juntos y dejaron volar una paloma blanca en señal de amistad. Y pensar que, poco más de una década atrás, ambas naciones estaban inmersas en un enfrentamiento bélico y el único sentimiento compartido era la desconfianza.

“Me parece mentira haber llegado a este nivel de integración. Más aun porque esta fue una victoria diplomática sin un triunfo militar. La coyuntura que viví fue lo suficientemente dramática como para pensar que no íbamos a alcanzar este final”, confiesa el embajador Eduardo Ponce, quien lideró las primeras negociaciones de Itamaraty, en febrero de 1995 , que concluyeron con el acuerdo de paz.

Cinco días después de estallar el conflicto, los representantes diplomáticos de los países garantes del Protocolo de Río y las delegaciones del Perú y Ecuador iniciaron una ronda de conversaciones en Río de Janeiro. Ponce recuerda que el viceministro ecuatoriano no lo quería ver oficialmente, porque pedía que suspendiéramos las acciones en el frente del Cenepa y eso era imposible. “Esos días no dormimos. Teníamos al presidente Fujimori al borde del teléfono permanentemente. Yo descansaba en el suelo de uno de los salones del palacio de Itamaraty, apoyando mi cabeza en un maletín”, afirma.

Su angustia quedó plasmada en el libro: “Nuestro problema con Ecuador” del embajador Antonio Belaunde Moreyra (integrante de aquella delegación): “Ponce tenía que hacer el esfuerzo de convencer a sus contrapartes de los extremos que le exigía el presidente (Fujimori) y por otro lado, procurar convencer al presidente de lo que era diplomáticamente posible [...] Había momentos en que llegaba de un lapso de negociación tan preocupado y tenso que pedía a gritos: ‘¡Necesito un chiste! ¡Cuéntenme uno por favor!’”.

La primera etapa fracasó, debido a que el Gobierno Ecuatoriano desautorizó las negociaciones de su vicecanciller. Las delegaciones se trasladaron a Brasilia y, tras varias jornadas aun más tensas, finalmente, a las tres de la madrugada del 17 de febrero se firmó el acuerdo que puso fin al conflicto bélico. Lo que siguió fueron 44 meses de intensas negociaciones que concluyeron el 26 de octubre de 1998, con la firma del acuerdo definitivo de paz.

“Yo estaba seguro de que íbamos a superar nuestras diferencias. Veía que nuestros países eran complementarios. En diciembre de 1996, llegué a Lima un sábado y el lunes presentaba mis cartas credenciales al presidente Fujimori. Le dije que mi misión era hacer la paz y él no me creyó”, recuerda el embajador ecuatoriano Horacio Sevilla, quien se encuentra destacado en Alemania.

El diplomático reconoce que la sospecha mutua fue el principal escollo a superar. “Nos conocíamos muy poco el uno al otro. En Ecuador, crecimos con falsedades históricas que nos enseñaban en el colegio”, afirma. El actual embajador norteño en Lima, Diego Ribadeneira, quien era vicecanciller durante los años de negociación, comparte esta apreciación. “Lo más difícil para los diplomáticos ecuatorianos no fue la negociación misma, sino el convencimiento interno. Tuvimos que crear conciencia ante personas que no querían voltear la página”.

Tal vez la mejor prueba de lo expresado por los diplomáticos ecuatorianos son las declaraciones del ex vicepresidente Gustavo Noboa, un día después de firmada la paz. “Nosotros hemos crecido pensando que Iquitos era nuestro [...] Ecuador nunca se animó a verse en el espejo y a decir ‘cuál es mi realidad’”, reconoció.

El ex canciller Eduardo Ferrero Costa confiesa que nunca perdió el optimismo y deja en claro que, a pesar de haber renunciado a su cargo por estar en desacuerdo con la entrega de Tiwinza, eso no resta mérito a todo el esfuerzo diplomático desplegado. “Recuerdo que en julio del 98 advertimos la intromisión de tropas ecuatorianas en nuestro territorio. Las negociaciones estaban en marcha y era un momento sumamente delicado. Los gobiernos contestaron positivamente y primó la tesis de la diplomacia sobre la guerra”, señala.

Ribadeneira también trae a la memoria aquel momento. “Las tropas de ambos países estaban frente a frente, amenazándose. El canciller argentino, Guido Di Tella, viajó a Lima y luego llegó a Quito con una propuesta de las FF.AA. del Perú. Conversó con el presidente, con el canciller y el ministro de Defensa, pero no logró convencerlos. A las 10 de la noche recibí una llamada del Ministerio de Defensa comunicándome que aceptaban los términos. Lo llamé a Di Tella y él, en su desesperación, había viajado a Lima. Cuando le di la noticia se le cortó la voz, se puso a llorar y no pudo seguir hablando”, confiesa.

Tras la renuncia de Ferrero en octubre de 1998, entró en su reemplazo Fernando de Trazegnies, quien desde julio del año anterior trabajaba como presidente de la Comisión Técnica Jurídica encargada de solucionar los desacuerdos. “El presidente Fujimori me convocó y me preguntó: ‘¿Está dispuesto a montar este caballo sabiendo que corre el riesgo de caerse?’. Le contesté: ‘Yo lo llevo a la meta’”. Al no ser diplomático de carrera, De Trazegnies rompió con las formalidades y decidió aplicar una estrategia poco explorada hasta entonces: volverse amigo de los ecuatorianos. “Los invitaba a salir, a comer. Les decía: ‘Yo no quiero hablar de la frontera, yo quiero hablar de ti’ y de a pocos les cambié la cara de desconfiados”.

Romper el hielo no fue fácil. En una ocasión, al redactar un documento, el Perú quería colocar el término “parecer”, pero Ecuador insistía con “opinión”. Tal fue la terquedad de las partes que ambos pensaron que había gato encerrado. “Verifiqué el diccionario y constaté que uno se define por el otro. Llamé a Fujimori y, después de una hora, me dijo que cambiáramos a ‘pareceres u opiniones’. No tenía sentido, pero lo pusimos igual”, cuenta el ex canciller.

Doce años después de haber alcanzado la paz, los protagonistas de esta historia coinciden en que hemos dado un ejemplo de integración al mundo. Más allá de los gestos que se producen en cada encuentro binacional, la amistad trasciende a los gobiernos. “No hay dos países en América Latina que se parezcan más que Perú y Ecuador. Finalmente, nos damos cuenta que somos hermanos”, concluye De Trazegnies.

Fuente: Diario El Comercio (Perú). Domingo 31 de Octubre del 2010.

Recomendado:

Documento, El Acta de Brasilia (RR.EE).