miércoles, 22 de diciembre de 2010

Historia de las clausuras y expropiaciones del diario "El Comercio".

Entre clausuras y confiscación

Por: Héctor López Martínez (Historiador)

Se cumplen 125 años desde que El Comercio fue clausurado por orden del presidente Piérola. En estas notas, el autor evoca una historia de clausuras sin omitir la expropiación de 1974.

Desde que se funda en 1839, gracias a los esfuerzos de don Manuel Amunátegui y don Alejandro Villota, El Comercio tuvo que sortear infinidad de problemas planteados por los caudillos militares que se disputaban el poder. El año 1842 los generales Juan Crisóstomo Torrico y Francisco de Vidal pugnaban por ocupar la silla de Pizarro. El 17 de agosto del año mencionado Torrico dispuso que ningún periódico de Lima se ocupara de la situación política del país. Los directores de El Comercio, en días posteriores, insertaron "remitidos". Ante lo que se consideraba un desacato, la Prefectura exigió al diario de la Rifa una fianza de 4 mil pesos. Amunátegui y Villota se negaron al pago arbitrario y, entonces, El Comercio se autoclausuró como protesta entre el 1º y el 5 de septiembre de 1842. Reapareció el día 6 al amparo de un decreto del prefecto de Lima, general Juan Bautista Lavalle.

Muchísimo más grave fue lo ocurrido en 1872. Las elecciones para elegir al sucesor del coronel José Balta en la presidencia de la República habían creado una crispación política pocas veces vista. El gobierno había clausurado el diario El Nacional (pardista) el 23 de septiembre de 1871 y sólo tuvo autorización para reaparecer a fines de mayo de 1872. Ya en el camino de la ilegalidad y la prepotencia, Balta, el 7 de junio de 1872, ordenó la clausura de El Comercio. Preparaba, obviamente, decisiones políticas de gran trascendencia que ningún órgano periodístico podía refutar o condenar.

LOS HERMANOS GUTIÉRREZ

Julio fue un mes angustioso, lleno de funestos presagios, cargado de tensión. Finalmente el día 22 estalló el motín acaudillado por los hermanos Tomás (ministro de Guerra), Marceliano, Marcelino y Silvestre Gutiérrez, coroneles del Ejército, con mando de tropa los tres últimos. Todo indica que Balta había aceptado llevar adelante -con los indicados Gutiérrez- un golpe de Estado, pero luego, atendiendo los consejos de Antonio Arenas, el general Echenique y Enrique Meiggs, se arrepintió. El Congreso pudo emitir una protesta poniendo fuera de la ley al usurpador Tomas Gutiérrez. Manuel Pardo, el candidato triunfante, alcanzó a refugiarse en casas amigas y luego abordaría la fragata Independencia, gracias a que la Marina de Guerra, en vibrante manifiesto, se negó a secundar el motín. Los días 26 y 27 de julio de 1872 el pueblo de Lima protagonizó una protesta popular sin antecedentes por su violencia, exasperación y hasta crueldad. Como consecuencia de esta reacción los coroneles Gutiérrez, con excepción de Marceliano, que logró fugar, fueron ultimados por las enfurecidas masas que recorrían las calles de la ciudad. El presidente Balta fue asesinado el día 26 en el cuartel de Santa Catalina y, pocas horas más tarde, los cadáveres desnudos, cubiertos de ultrajes de los hermanos Gutiérrez, aparecían colgados de las torres de la catedral para luego ser quemados en una gran hoguera que se prendió en la Plaza de Armas.

En ese marco de furia, terror, desborde incontrolable de pasiones, reapareció El Comercio el sábado 27 de julio de 1872. Don Manuel Amunátegui explicaba a sus lectores: "Después de un mes y diecinueve días de clausura vuelve a aparecer El Comercio. En las circunstancias enteramente anómalas que ayer hemos atravesado, sin esperar permiso de ninguna autoridad, fiados sólo de nuestros derechos imprescriptibles y deseosos, por otra parte, de servir a nuestros numerosos suscriptores y al público en general, hemos roto los sellos con que se habían cerrado nuestras oficinas y vuelve a la lid el viejo decano de la prensa. Firmes en la brecha, nuestras ideas no han cambiado, por supuesto: seremos lo que siempre fuimos".

El 18 de diciembre de 1879, en plena guerra con Chile, el presidente de la República, general Mariano Ignacio Prado, en forma inexplicable -aunque con permiso del Congreso- abandonaba el país para comprar armas en el extranjero. El estupor, el desconcierto, la condena, fueron unánimes. El 23 de dicho mes Nicolás de Piérola se proclamaba jefe supremo y dictaba un Estatuto Provisorio que, en su artículo sétimo, prohibía el anónimo en todas las publicaciones. Hasta la columna editorial debía estar firmada.

El 10 de enero de 1880 El Comercio publicó unos "acápites de carta", procedentes de París, donde se informaba que el agente financiero del depuesto régimen, doctor Francisco Rosas, estaba en negociaciones con el Crédit Industriel, para hacer un contrato sobre el guano cuyo producto permitiría la adquisición de importantes elementos bélicos. Sin embargo, ya Piérola había celebrado un contrato con la Casa Dreyfuss -que El Comercio censuró editorialmente- pues ésta exigía se le reconociera el carácter de acreedora del Perú por la suma de veintiún millones de soles, que fueron "rebajados" a trece millones. Es evidente que las cartas desde París y los editoriales que publicó El Comercio exasperaron a Piérola, quien debió reconocer en el diario de la Rifa al formidable adversario de sus anteriores empresas. Por eso el jefe supremo exigió que le fueran mostrados los originales de las cartas remitidas desde Europa.

Piérola, "que no era todavía el gobernante maduro que fue en 1895 -dice Aurelio Miro Quesada- sino el caudillo vehemente y arbitrario", insistió que el extracto de las cartas era falso. En vano el jefe de redacción, Guillermo Carrillo, llevó a Palacio las dos cartas para que las leyera el propio jefe supremo.

Piérola, "por razones políticas, insistió en su rechazo, prefirió librarse de un posible censor y resolvió clausurar El Comercio, para lo que expidió un decreto y envió guardias a la imprenta el 16 de enero de 1880". El mencionado instrumento legal, en su parte resolutiva, decía: "Primero: prohíbase la publicación del diario El Comercio, y de cualquier otro periódico en dicha imprenta; y segundo, declárese que sus directores- empresarios han perdido el ejercicio de un derecho que no han sabido usar sino en daño de los demás". El Comercio, por razones patrióticas, no se publicó durante los años de la ocupación chilena y sólo reapareció el 23 de octubre de 1883 cuando ya no quedaba en Lima ningún efectivo del ejército araucano.

LA CONFISCACIÓN

El 3 de octubre de 1968 un golpe militar autocalificado como institucionalista, derrocó al presidente constitucional de la República, arquitecto Fernando Belaunde Terry. Muy pronto el gobierno castrense mostró su índole socializante y dictatorial. El Comercio, como no podía ser de otra manera, defendió tenazmente la libertad de prensa y en uno de sus vibrantes editoriales preguntaba al gobierno "¿hacia dónde estaba llevando el país?"

La respuesta llegó en las primeras horas del 27 de julio de 1974, cuando elementos policiales tomaron por asalto los diarios limeños, obligando, por la fuerza, a salir de ellos a sus legítimos propietarios. Dos días antes del incalificable despojo, don Luis Miró Quesada fue sometido a detención domiciliaria. Consumado el atropello, don Luis Miró Quesada como director general y Aurelio Miró Quesada Sosa y Alejandro Miró Quesada Garland, como directores de El Comercio, enviaron una comunicación a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) describiendo el atentado del cual había sido víctima la libertad en el Perú.

"Nos dirigimos a la opinión pública del extranjero -expresaban los directores de El Comercio- pues en nuestro país se ha silenciado las voces de todos los diarios independientes, para protestar por el grave atentado cometido contra la libertad de prensa en el Perú y agradecer el multitudinario y valiente apoyo que en forma clara y terminante viene expresando el periodismo mundial".

En otro párrafo de la justamente indignada protesta se decía: "Todo ello constituye un hecho sin precedentes en la historia del periodismo peruano y posiblemente de América, al expropiarse la totalidad de los órganos de prensa independientes, cuando éstos se hallaban empeñados en una decidida campaña para impedir el avance del comunismo en el Perú".

Durante seis años los medios de comunicación, en general, sufrieron ominoso cautiverio. Finalmente, el 28 de julio de 1980, al asumir por segunda vez la jefatura del Estado el arquitecto Fernando Belaunde, su primer acto de gobierno fue devolver diarios, televisoras, radios, revistas, a sus legítimos dueños. El viejo decano de la Rifa retomaba sus limpias banderas, con más fuerza, entusiasmo y anhelo de modernidad. Nunca albergó sentimiento alguno de venganza, pero sí creemos necesario que sobre este nefasto episodio no caiga el cómplice manto del olvido.

Fuente: Diario El Comercio. Año 2005.