jueves, 14 de enero de 2010

Bicentenario peruano: Visión heroica, episódica, maniquea y elitista de la historia.

Reconstruyendo la independencia

Por: Juan Luis Orrego (Historiador)
Profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Para gran parte de los peruanos, los 200 años de nuestra independencia es todavía un episodio lejano. Sin embargo, en casi toda América Latina, el bicentenario se desborda en múltiples iniciativas y actividades. Se construyen desde estadios a bibliotecas, se publican cientos de libros y se programan encuentros. Este despliegue, que cuesta mucho dinero, está desdibujando un poco el sentido de la celebración. Y es que las formas de celebrar solo dan cuenta de una autopercepción coyuntural. Los monumentos y cualquier otra construcción conmemorativa, por grandiosa que sea, pueden, con el tiempo, perder o cambiar su significado. ¿Qué hacer en el Perú?

El centenario


Cuando llegó el centenario, en 1921 y 1924 (cien años de la Batalla de Junín), las celebraciones llevadas a cabo por Leguía fueron la ocasión para proyectar una imagen de orden y progreso. Fueron utilizadas por el leguiísmo como medio de propaganda. Hubo gran despliegue y Leguía supervisó los detalles de todos los acontecimientos. Fueron fiestas cívicas que evocaron la independencia y quisieron generar la unión del país, teniendo como testigos a las embajadas de los países amigos.

Lo singular del centenario fue que muchas de las obras (algunas de ellas ilustran estas páginas) no quedaron listas a tiempo y se inauguraron a lo largo del oncenio.

Los peruanos vivieron una década celebrando los 100 años de la independencia. Al final, la “Patria Nueva” de Augusto B. Leguía se derrumbó y el discurso que le dio vida quedó sin contenido. Como las obras del centenario estuvieron muy ligadas a la figura de Leguía, estas también perdieron su significado.

Una nueva historia

La vieja historia cumplió con su objetivo de canonizar el origen del estado nacional. La independencia encarnó el mito de origen de la nación. Buena parte del mensaje que se sigue divulgando sobre nuestra independencia no considera algunas cuestiones de fondo. No perdamos de vista, por ejemplo, que la presentación gloriosa y heroica de las batallas ha maquillado la traumática experiencia de aquella lucha, que en realidad fue una larga guerra civil, incluso una guerra de ocupación por la presencia de ejércitos extranjeros.

Asimismo, nuestra independencia debe ser vista desde una perspectiva iberoamericana y en el marco de una revolución civilizadora. Frente a eventos tan inesperados ¿los peruanos de hace 200 años supieron reaccionar de manera creativa? Una nueva historia debería explicar la participación de todos los actores sociales y los desafíos que tuvieron que enfrentar.

Para celebrar el 2021

Esta es la oportunidad para abrir un debate nacional no solo sobre la independencia, sino sobre el largo proceso de los grupos que han habitado este territorio, para entender la complejidad de nuestra sociedad y dibujar la construcción de una más dialogante y multicultural. Hay que buscar una nueva relación entre la historia nacional y las múltiples historias que se escriben desde las otras orillas, que reflejan la existencia de muchas memorias provenientes de una sociedad tan diversa. Conviene recordar el pasado, en sus grandezas y miserias. Hay que festejar, pero también hay que ser conscientes de cuánto nos ha costado mantener el país que hoy tenemos.

Composición diversa

La historia no solo pertenece a los historiadores. Por ello, la futura comisión debe tener una composición diversa y multidisciplinaria. Sus miembros deben entender que una verdadera celebración es una fiesta en que nadie debe sentirse excluido.

Se debe entender, además, que no es cierto que el Perú sea un espacio geográfico accidental, que no es cierto que el desarrollo de ninguna localidad o región se haya hecho —o pueda hacerse— sin el aporte de las demás y que no es cierto que la “diversidad” sea un problema sino una gran posibilidad de enriquecimiento mutuo.

Nuestro bicentenario tendrá lugar cuando ya varios países habrán celebrado el suyo. Tenemos la ventaja de conocer los aciertos y errores de los demás.

Para el 2021 no tratemos de resolver todos los problemas, pues al final podemos quedarnos sin abordar ni siquiera uno solo de ellos. Trabajemos desde ahora en aquellos que nos permitan vivir en comunidad y en plena democracia. ¿Nos sirve el pasado para ello? Sí, por ejemplo, recuperar la imaginación creativa de quienes, en tiempos de la Independencia, quisieron un país verdaderamente libre.

Tenemos que volver a esos valores para vivirlos y practicarlos, en vez de exaltarlos en términos puramente retóricos.

Desde lo académico

Doscientos años después, las nuevas investigaciones deben seguir desprendiéndose de la vieja visión heroica, episódica, maniquea y elitista. Heroica, en cuanto está destinada a mistificar a determinados personajes; episódica en la medida en que se descontextualizan los acontecimientos; maniquea porque representa a la sociedad segmentada entre patriotas y realistas; y elitista, pues privilegia la acción de un grupo hegemónico y relativiza la participación de sectores populares e incluso posibles proyectos políticos fallidos. Las nuevas investigaciones deben servir como insumos para emprender el gran debate sobre la memoria, en el que los peruanos decidamos qué elementos del pasado deben ser rescatados en función de un proyecto nacional inclusivo, democrático, diverso y descentralizado. Al Estado y a la futura comisión nacional del bicentenario le corresponden proponer la nueva política de la memoria nacional y evitar el uso inadecuado del pasado para fines particulares o proyectos políticos sectarios.

Fuente: Diario El Comercio. Domingo 10 de enero del 2010.