jueves, 6 de enero de 2011

La expedición de Hiram Bingham y el descubrimiento de Machu Picchu. Libro: "Lost city of the Incas" (1948).

Año de Machu Picchu

Por: Manuel Burga (Historiador)

Este año 2011 ha sido consagrado a Machu Picchu y la mayoría de peruanos seguramente aprobarán esta decisión gubernamental. La que es una buena manera de ennoblecer a un icono prehispánico, quizá el más importante monumento arquitectónico inca, que sinceramente no necesita mayor reconocimiento porque ya forma parte de nuestra compleja identidad nacional. Ya es de todos los peruanos y del mundo entero. Pero así también se celebra el regreso de las piezas arqueológicas, que fueron llevadas por la expedición de Hiram Bingham a Yale para estudiarlas en detalle, con el permiso del Estado peruano, como era usual en esa época.

No he leído desafortunadamente la tesis doctoral de Char Miller, Fathers and sons: The Bingham family and the American Misión, publicada por Temple University en 1982, para tener una idea más objetiva de este personaje, tan polémico, polifacético, elogiado y criticado a la vez. Nació en Honolulu (Hawái) en 1875 y murió en Washington (1956), de padres misioneros, fue conocido como académico, explorador, militar y político. Visitó en 1909, a pedido del prefecto de Apurímac, Choquequirao, probable residencia de la panaca de Huayna Cápac, al otro lado de Machu Picchu.

No fue arqueólogo, sino profesor de historia moderna de América Latina, pero desde entonces se interesó en ir más al Este, explorar el sitio que todos señalaban como importante, por eso hay que reconocer que mucha gente lo ayudó en Cusco, como el rector de la USAAC, Albert Giesecke, quien probablemente lo persuadió de la importancia de la expedición y lo ayudó a seleccionar a sus acompañantes. Quizá otros visitaron este lugar, en años o en siglos anteriores, como Agustín Lizárraga, por ejemplo, o como los campesinos de los alrededores que cultivaban en las terrazas aledañas y que participaron activamente en las expediciones posteriores de Bingham.

Los detalles, descritos con la sinceridad de los exploradores deslumbrados y orgullosos de sus hallazgos, los encontramos en su libro Lost city of the Incas de 1948, donde reúne sus artículos publicados en años anteriores con los cuales dio a conocer al mundo la importancia de Machu Picchu. Es cierto que lo confundió con Vitcos, el último refugio de los incas, pero respetó la toponimia local y llamó al sitio como la gente del lugar lo hacía: “Y esas ruinas tomaron entonces el nombre de la montaña, porque cuando las encontramos, nadie sabía en qué forma llamarlas“.

Expresa una indudable admiración por la sociedad inca “…que se caracterizó por el genio inventivo, la destreza artística y un conocimiento de la agricultura que no ha sido más tarde aventajado”. Tampoco oculta detalles que muestran que otros ya conocían la existencia de este importante sitio: “Entonces, Arteaga repuso que existían buenas ruinas en esta vecindad. ¡Desde luego, había unas excelentes en la ladera opuesta, llamada Huayna Picchu, y también en una cadena bautizada con el nombre de Machu Picchu”. Las cosas sucedieron así y así están registradas en este libro, así como también en los informes de los que participaron en estas expediciones, que no venían a extirpar creencias, culturas, ni saquear cementerios, sino a conocer.

Hubiera preferido que el 2011 sea el año del centenario del nacimiento de José María Arguedas, un auténtico icono nacional de carne y hueso, que encarna el dramático encuentro de hombres y culturas para formar el Perú moderno. Pero como esto no ha sucedido, ya no importan las razones, vayamos más allá de la maniobra política y hagamos realidad el gran Museo Inca en la ciudad de Cusco. Y, ya que estamos en eso, por qué no reeditar y discutir de nuevo La ciudad perdida de los Incas de Bingham para hacer justicia y no dar la espalda a la historia.


Fuente. Diario La República (Perú). Jue, 06/01/2011.
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