domingo, 18 de julio de 2010

Las guerras entre los caudillos militares: la legitimación de la violencia y la voluntad de preservar la República.

Batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824)

“Es inevitable preguntarse por qué entre tanta guerra no se balcanizó el Perú”

Historiadora y docente en Sewanee (Tennesse, EEUU), Carmen Mc Evoy se ha especializado en estudiar el Perú del siglo XIX. Soldados de la República, libro que acaba de publicar con José Luis Rénique, rescata los archivos de los presidentes Orbegoso y Nieto que se hallaban en Chile. Las guerras entre los caudillos militares, en los albores de la República, afloran con nitidez en estos manuscritos que darán mucho que hablar.

Por: Federico de Cárdenas

La primera pregunta es obvia: ¿cómo es que este archivo termina en Chile?

–Es la gran pregunta. ¿Cómo este epistolario –que no es uno cualquiera, sino de dos presidentes del Perú– termina en un archivo privado que la esposa de Benjamín Vicuña Mackenna vende al gobierno de Chile? Mi impresión es que estas cartas forman parte del tráfico de documentos que ocurre en los años de la ocupación (1881–84), cuando las fuerzas chilenas entran a Palacio. Allí funcionaban todos los ministerios peruanos, y es posible que se hallaran en algún lugar especial, de donde fueron tomadas. Narciso Castañeda, que fue secretario de Vicuña, estuvo en Lima y encontré una carta suya en la que le informa que le está recopilando papeles de diversos lugares. Un coleccionista requiere siempre de una contraparte que funcione de proveedora, y este fue el caso. Es posible que hubiera más, pues muchos generales también le enviaban libros y documentos. Era insaciable.

–En tu estudio planteas un doble rol de la correspondencia en una época en que todo se manejaba por carta: servían como fuente de información, pero podían convertirse en fuente de acusación si caían en manos enemigas.

–Es la paradoja de la carta. Las requieres para fines militares: tienes que escribir a tus proveedores, pero al mismo tiempo llevan a tus aliados parte de tu estrategia. Si esas cartas caen en manos de tu enemigo, puede saber con antelación cuáles serán tus movimientos. Por eso es que también habían cartas que desinformaban, con datos falsos.

–Y también existía el riesgo inmediato de que se publicaran.

–Claro, hay corresponsales que “escriben para la Historia” (Santa Cruz, por ej.) y otros que escriben desde la coyuntura, que es el caso de Castilla. Cuando Santa Cruz escribe a Nieto u Orbegoso siempre se está justificando, al punto de no querer cruzar la frontera con el Perú sin permiso del Congreso. Por eso sus cartas son tan interesantes, siempre hay argumentación en ellas.

–Leyendo el epistolario, queda la impresión de 15 años de increíble violencia. Basadre los denominó “años de anarquía”. ¿Este choque de caudillos tenía necesariamente que producirse o hubiera podido evitarse?

–Es una pregunta clave. Creo que estamos ante una suerte de parto violento que difícilmente hubiera podido evitarse porque nace en la guerra de la Independencia y dura hasta Castilla, el general victorioso que logra hacerse respetar por todos. El escenario de la Independencia es el Perú, por eso la portada del libro con la batalla de Ayacucho. Luego de leer estas cartas ha cambiado mi visión de la República –que siempre fue civilista–, pues he descubierto que estos caudillos también están pensando en ella. Claro, es una república que tiene un elemento de violencia en su matriz. Primero porque cada caudillo trata de imponer su propio proyecto, que considera el mejor; segundo, porque aún no estamos hablando de un ejército nacional. Son facciones que se disputan una legitimidad siempre elusiva. Ya no existe el poder del rey y se discute qué liderazgo lo reemplazará. Además, mientras se producen estas guerras intestinas hay muchos civiles que siguen en sus puestos.

–No hay que olvidar que estos generales se definen también como republicanos.

–Para ellos la dictadura es algo aceptado. Es la tradición romana del dictador como salvador cuando la república está en crisis. Actúan para salvar a la patria de la anarquía, y utilizan la violencia como regenerador. En cada revolución, la república se refunda.

–También manejan un ideal de orden, actúan por el bienestar de la República, aunque pocas veces se cumpla.

–Las cartas muestran la lógica de la anarquía. Por un lado, los generales van a la guerra en clave republicana y en defensa de la Constitución, aunque no sea así; por otro lado, hay la tensión que señalas entre el interés nacional y el interés personal, una frontera que aún no ha sido trazada y que entiende, por ej. que si has combatido en Ayacucho, el Estado tiene una deuda contigo (y aquí entra el tema de la corrupción y las redes clientelares). Los únicos que domestican su interés personal en aras del nacional son primero Gamarra y luego Castilla.

–¿Las rivalidades entre caudillos que se dan en este periodo son personales o producto de intereses de clanes, facciones o partidos?

–Creo que vienen de la guerra y lo que deja: un país fracturado. No hay que olvidar que muchos de ellos pertenecieron al ejército español (Gamarra, Santa Cruz), otros llegaron con San Martín y Bolívar y se quedaron, como Miller. Quien es el primer soldado de la república es Nieto. Orbegoso formó parte de la aristocracia colonial. Uno que fue institucionalista, pero lo sacaron, fue La Mar, y aquí es revelador que su edecán personal fuera Nieto. En cambio quien fue faccionalista y autoritario es Gamarra. Hubo tendencias al interior de la anarquía, y hasta regionalismos ligados a algunos caudillos, como la naciente Moquegua a Nieto.

El rol de los civiles

–¿Cuál fue el rol de los civiles en este período? Porque los civiles están ahí y además hay un Congreso que funciona. Mencionas que la ideología castrense incorpora elementos liberales. ¿Estos serían aportación civil?

–Nieto tenía tendencias liberales y en sus cartas habla de elecciones, soberanía, lo que demuestra que el ejército se se va nutriendo de ideología republicana. Escuchan las discusiones en el Congreso o al muy influyente Luna Pizarro. Sí hubo tendencias liberales, pero después se pierden. Es lo que hace también a ese momento tan interesante, pues se da una suerte de experimentación política.

Pero pasemos al tema de los asesores –Basadre los llama “hombres de traje negro”– que son los que hablan a los militares en clave republicana (el rol de un soldado es preservar la unidad de la república, etc). Es un rol ideólogico, pero no hay que olvidar otro: su intervención en la construcción del Estado. Hay burocracias regionales, prefectos que informan a Lima. En cuanto a nombres, Luna Pizarro es uno, Távara otro; también Pando, que fue ideólogo de los conservadores . Se construye un Estado, aunque sea por parches, y fue tarea civil.

–Es sabido que el Partido Civil vino mucho después, con Pardo, pero ¿hubo algún germen en este periodo, un club civilista?

–No. Aquí los que llevan el mando son los militares. Ellos han participado y ganado las grandes batallas y se sienten los únicos que deben dirigir. Es un momento en que sus rivales no fueron los civiles, sino otros militares. La gran tarea de estos jerarcas es imponer la unidad dentro del ejército. Los civiles no existían como grupos de poder, pues la infrastructura del país había quedado en ruinas. Recién conel gobierno de Castilla aparecen Elías y algunos clubes políticos.

Anti–Tocqueville

–Me interesó ese elemento”antitocquevilliano” que encuentras y que impidió que el Estado se centralizara y optara por la modernidad.

–Es un tema fascinante. En los orígenes de la República predomina lo corporativo sobre lo individual. Locke no habría tenido nada que hacer aquí. Gabriela Charamonti, en un trabajo apasionante, ve como fórmula política un pacto de los pueblos con el caudillo. Como estas guerras se desarrollan a nivel nacional, los pactos se renuevan y los pueblos le otorgan al caudillo no solo la legitimidad para pelear la guerra, sino lo proveen de su logística (mulas, comida, forraje, dinero). Si el gobernante rompe el pacto –que es una forma de distribución por medio de bienes y puestos públicos– la violencia es legítima. Esta ruptura era frecuente por la inestabilidad y la suerte de guerra permanente. La tendencia solo desaparece en el decenio del 70, con Pardo.

–También, pese al fraccionamiento, hay un reacomodo de la burocracia y de los liderazgos regionales en función del caudillo, porque saben que lo necesitan.

–Claro, es un mecanismo perverso que Castilla identifica cuando dice que estas revoluciones se dan básicamente por empleo. Castilla es un sobreviviente y un pragmático y se da cuenta de que debe encontrar un modo para detener la guerra, que es el guano, con cuyo dinero logra estabilizar la situación, pues paga a cada uno de los veteranos sus pensiones. Todos son recompensados y así se crea una estabilidad ficticia, porque el dinero se acaba y luego recomienza la guerra.

–¿Y no interviene aquí un elemento que hace que luego de tantos años de guerra, estos caudillos no toleraran la paz?

–Es cierto. Son soldados de un imperio que ya no existe, pero que han sido entrenados para la guerra y no saben vivir en paz. Son guerras de destrucción permanente en las que la palabra negociación no existe. Solo así podemos entender que una facción se vaya a Chile, se asocie con Portales y retorne para luchar contra la confederación. Hay aquí un “ethos” que no es moderno y que impide que estos soldados reflexionen tanto sobre sus alianzas. Chile en eso era más moderno, pues al intervenir tenía una visión geopolítica y defendía el predominio de Valparaíso sobre el Callao.

No nos balcanizamos

–En medio de estas guerras intestinas rescatas un elemento, que es la continuidad de la República, pues nadie atentó contra la unidad del país, que pudo acabar fraccionado.

–Es verdad. Es que si tú analizas este escenario de guerra civil, de invasión, de derrota, es inevitable preguntarte por qué el Perú no se balcanizó. Y creo que no ocurrió porque pese a la tendencia a la destrucción que hay en el caudillo había también en ellos una voluntad de preservar la República. Es una especie de esquizofrenia. Lo que más me sorprende en estas trayectorias es la voluntad de sobrevivir. Es un caso claro en Nieto, acaso el personaje menos conocido y más articulado, que aún en medio de la derrota puede reconstruirse. Para mí es un claro antecedente del tipo de soldado que fue Cáceres, que supo resistir, devolviéndonos de alguna manera el honor en medio de la derrota.

Fuente: Diario La República, suplemento "Domingo". 18 de julio del 2010.

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Soldados de la República. Guerra, correspondencia y memoria en el Perú (1830-1844).