sábado, 29 de mayo de 2010

Las noblezas indígenas del Cusco y los litigios por la sucesión en las jefaturas o cacicazgos.

Rebeldes en las sombras

Por: Manuel Burga (Historiador)

El libro del joven historiador David T. Garrett, Sombras del Imperio. La nobleza indígena del Cuzco, 1750-1825, publicado por el IEP, traducido por Javier Flores Espinoza, es un singular aporte al conocimiento de la nobleza inca, en realidad deberíamos decir realeza inca, que podríamos denominar Rebeldes en las sombras. El primero que llamó la atención sobre este hecho fue el recordado historiador de Berkeley, John H. Rowe, cuando habló, hacia 1955, del movimiento nacional inca, al referirse a la rebelión de Tupa
Amaro, que tan pronto se inició en Tinta el 4 de noviembre de 1780 exhibe símbolos prehispánicos y pronuncia mensajes que expresaban un orgullo étnico, una simpatía por el pasado y la voluntad de recuperar el poder perdido.

Este libro, bastante bien construido, con el apoyo de jóvenes historiadores cusqueños, que hurgaron en archivos locales, no va en esta dirección. No se interesa en las subjetividades, sensibilidades, ni el imaginario detrás de cualquier expectativa social dentro de un contexto colonial como el del siglo XVIII en los Andes. Vuelve a confirmar hechos que nosotros conocíamos muy bien desde las investigaciones de Rowe: a) Que la nobleza real Inca fue reconocida por la administración colonial y se les concedió una situación de privilegio, como a todas las noblezas en esa época; b) Que el gobierno colonial, y la legislación indiana, estableció dos realidades: “República de Españoles” y “República de Indios”, como una modalidad de administración colonial; c) Que las noblezas y jefaturas indígenas fueron puestas al servicio de la metrópoli y cumplieron una triste función fiscal.

El libro también exhibe un abundante análisis de casos donde las noblezas indígenas aparecen litigando por la sucesión en las jefaturas, donde incluso aparecen ilustres mujeres indígenas que ganan cacicazgos, mostrando más coraje y determinación que sus similares varones. Los caciques de Taray, Písac, Maras, Coporaque, San Sebastián, San Jerónimo, desnudan sus flaquezas y muestran sus ambiciones por las jefaturas étnicas, que daban prestigio, poder e ingresos económicos. Los descendientes de la nobleza inca prehispánica dominaban las parroquias de la ciudad del Cusco y las provincias cercanas, en un perímetro de 30 millas a la redonda. Como sucedió en la época inca, y de la misma manera, a medida que nos alejamos del núcleo urbano y marchamos hacia la periferia, los Incas anudan relaciones con familias no incas para conservar sus privilegios y poder.

Pero no hay lo que se esperaba: el análisis de la organización de las doce familias reales incas en la ciudad del Cusco. Las que estaban organizadas en un Ayuntamiento indio de los 24 alcaldes, residentes en las ocho parroquias de esta ciudad, descendientes de las doce panacas incas, que tenían un libro para registrar la elección anual del Alférez Real indio que juraba fidelidad y obediencia al Rey, en nombre de la República de Indios, cada 25 de julio, día del Patrón Santiago. En esta misma fecha las autoridades españolas hacían lo mismo y era el momento en que las dos repúblicas aparecían públicamente en todos los territorios coloniales.

¿Que este grupo indígena estuvo al servicio del sistema colonial y que la función principal de esta nobleza era la obediencia y lealtad al monarca? Son indudablemente las apariencias legales, todos los funcionarios del gobierno español lo sabían. No podían evitar esta intermediación y así crearon un mecanismo peligroso. Si no, miremos lo que sucedió luego de la rebelión de Túpac Amaru II, quien era un gran rebelde, pero no un buen político; porque olvidó ponerse a la cabeza de las noblezas dentro de ese perímetro de la muerte para la estabilidad colonial y se levantó desde fuera. Las consecuencias aún se sienten en el mismo siglo XX.

Fuente: Diario La República. Jue, 27/05/2010.

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