domingo, 15 de febrero de 2009

Charles Darwin y el Perù.

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Charles Darwin llegó a Lima en 1835

El Beagle ancló en el Callao el 19 de julio de ese año y el naturalista inglés —uno de los ocupantes— captó el ambiente: “Espesa capa de nubes cubre siempre las tierras…”

Héctor López Martínez (Historiador)

Este 12 de febrero se conmemoró 200 años del nacimiento de Charles Darwin cuyo libro principal, “El origen de las especies a través de la selección natural”, sigue teniendo vigencia y es motivo de encendidas polémicas. El pensamiento de Darwin trascendió el ámbito de las ciencias naturales y caló profundamente en la interpretación de la historia, la filosofía y la sociología, generando, no pocas veces, peligrosos desvíos o, mejor dicho, subproductos, tales como la eugenesia, el racismo y más recientemente una visión reduccionista y carente de sentido moral de la naturaleza humana. Por ello, dos centurias después de su nacimiento, debemos recordar a Darwin tal como fue, es decir, como un personaje de excepcional modestia y un científico moralmente comprometido con la idea de la unidad de la raza humana.

A BORDO DEL BEAGLE

El 27 de diciembre de 1831 zarpaba del puerto de Devonport la corbeta Beagle, de la Marina británica, al mando del capitán Robert Fitz-Roy. El mencionado marino deseaba llevar a bordo de su buque a un científico, a quien incluso ofrecía ceder parte de su camarote. La persona finalmente designada para el puesto fue un joven y acucioso investigador de la naturaleza, Charles Darwin (1809-1882), quien por entonces contaba con 22 años de edad. El objeto de la expedición era completar el estudio de la Patagonia y de la Tierra del Fuego, levantar las cartas marinas de las costas de Chile, del Perú y de algunas islas del Pacífico. El periplo del Beagle duró cinco años, entre 1831 y 1836, durante el cual Darwin demostró que poseía una inagotable capacidad para observar y estudiar todo lo concerniente a las plantas, animales, fósiles, fenómenos naturales, etc. Fruto de esta benedictina tarea y de muchos y variados estudios en su apacible casa ubicada en Down, cerca de Londres, fue el libro “El origen de las especies, a través de la selección natural”.

DARWIN EN LIMA

En su diario de viaje, verdadera joya de informaciones, Darwin anota que el Beagle echó el ancla en el Callao el 19 de julio de 1835 y permaneció en el puerto durante seis semanas. Eran días de caos y guerra en el marco de la Confederación Perú-Boliviana. El invierno se mostraba con toda su crudeza. “Espesa capa de nubes cubre siempre las tierras —observa Darwin— , de tal modo que durante los dieciséis primeros días no vimos más que una vez la Cordillera detrás de Lima. Vistas en lontananza estas montañas, elevándose unas detrás de otras a través de las nubes, presentan hermosísimo espectáculo”.

Darwin describe nuestra limeña garúa “que embarraba las calles y mojaba las ropas”, a la cual llama “rocío peruano”. Observa que una lluvia abundante crearía una catástrofe, “puesto que las techumbres de las casas son planas y hechas sencillamente de barro endurecido (adobes)”. Lima, en suma, no le gustó. Relata la abundancia de enfermos de fiebres palúdicas, que no distinguían entre naturales y extranjeros. Cree que esta enfermedad la causan las miasmas —efluvios o emanaciones nocivas del aire, suelo o agua— teoría muy difundida en ese tiempo, según recuerda el notable médico e historiador Henry E. Sigerist en su libro “Civilización y enfermedad”. Darwin anota que en la costa del Perú el calor no es excesivo y por eso las fiebres no son tan perniciosas.

Respecto de nuestra situación política, Darwin señala que “ningún Estado de Sudamerica ha sido castigado por la anarquía como el Perú desde la declaración de su independencia”. Desgraciadamente tenía razón. La lucha caudillesca entre Santa Cruz, Gamarra, Orbegoso y Salaverry parecía no tener fin. Este último, mediante decreto, le había declarado “guerra a muerte” a Santa Cruz y Darwin pudo ver que las tropas formadas en la plaza mayor durante el Te Deum de Fiestas Patrias no enarbolaban nuestra bandera bicolor sino los pabellones negros de Salaverry.

Darwin describe a Lima como una ciudad casi en ruinas. “No están pavimentadas las calles, y por todas partes se ven en ellas montones de inmundicias, arrojadas de las casas, en las cuales los gallinazos negros, tan domesticados como nuestras gallinas, buscan los pedazos de carne podrida”. Darwin opina que Lima, “en lo antiguo”, ha debido ser una ciudad espléndida. “El extraordinario número de iglesias con que cuenta —concluye el naturalista inglés— le da todavía hoy un carácter original, sobre todo cuando se la ve desde breve distancia”.

Darwin visitó y exploró también la isla San Lorenzo y algunas huacas que suponemos estaban en el actual Miraflores o en Maranga. Cuando las describe podemos percibir que nada escapa a su interés y, de inmediato, tomaba apuntes con el objeto de poder estudiar más detenidamente los detalles que llamaron su atención. Al momento de reanudar su viaje a bordo del Beagle, el joven naturalista da rienda suelta a su incomodidad y, como despedida, lanza duros epítetos contra el Callao y sus habitantes. Ciertamente Darwin no tuvo el menor interés de tomar contacto con nuestras gentes, conocer su carácter y costumbres. Era un científico que en ningún momento se apartó del objetivo de su largo y fructífero viaje.
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Fuente: Diario El Comercio. 15/02/09