miércoles, 18 de junio de 2014

Miradas críticas a la historia peruana.

EL PERÚ NACIÓ JODIDO I 


Daniel Parodi (Historiador)
Si tuviese que responderle a “Zavalita” cuándo se jodió el Perú, tendría que decirle que nació jodido y que nuestra fundación republicana el 28 de julio de 1821 (efemérides oficial) o el 9 de diciembre de 1824 (derrota final de los españoles en Ayacucho) supuso un parto muy doloroso, lleno de complicaciones, pero parto al fin y al cabo. Sin embargo, esta nota no persigue la intención de lamentarnos, sino de comprender las circunstancias de nuestro amanecer independiente para obtener de él una enseñanza y una reflexión.
Veamos primero la situación económica que es compleja, pero clave para comprender nuestros primeros días. A lo largo del siglo XVIII, debido a la revolución industrial y el impacto de las reformas borbónicas en nuestra región, el centro de gravitación de la economía mundial pasó del Océano Pacífico al Océano Atlántico, tanto como de España a Inglaterra. Por ello, inexorablemente, el Callao languideció en su tráfico comercial pues los barcos que partían de España ya no tenían que seguir la antigua ruta de los galeones que concluía en el puerto chalaco. En simultáneo, los textiles ingleses conquistaban el mundo y los barcos británicos potenciaban el intercambio de los puertos atlánticos como Buenos Aires y Maracaibo.
Esta razón, por encima de otras consideraciones, explica la mayoritaria renuencia de los comerciantes limeños a la Independencia. Ya desde el siglo XVIII, debido a su empobrecimiento como resultado de estas transformaciones, habían recurrido al abusivo reparto de mercaderías (venderle forzadamente a los indígenas a precios altos productos inútiles para ellos) para enfrentar el dramático descenso del tráfico chalaco. Al mismo tiempo, la conexión que aún mantenían con la economía europea se debía a sus viejos contactos con los comerciantes gaditanos y sevillanos por lo que un rompimiento político con la metrópoli española implicaría que al Callao no llegase “ni Dios”. No les faltó razón, al punto de que en tiempos de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), el Mariscal Santa Cruz sobornaba a los capitanes de los barcos para que desembarcasen en el Callao sin detenerse en Valparaíso.
Veamos el tema geográficamente. En tiempos coloniales, la flota comercial española llegaba al Callao a través de Panamá. Entonces no existía el canal por lo que los barcos desembarcaban en el lado Atlántico del itsmo, cruzaban a pie o a través de un lago que había en la región (Sagres), y volvían a embarcar en otros barcos que esperaban en las costas del Pacífico panameño. La ruta del Estrecho de Magallanes (extremo meridional del continente) no se usaba por alejada y peligrosa, pues la bravura del mar representaba un alto riesgo para los frágiles veleros de madera.
La situación descrita era completamente favorable a los comerciantes chalacos y limeños quienes tenían un tráfico asegurado pues la ruta oficial terminaba en el Callao. Sin embargo, dos acontecimientos cambiaron la situación; el primero es que en el siglo XVIII España desactivó dicha ruta y el segundo es que conforme entramos al siglo XIX los barcos se comenzaron a construir blindados, con motor a vapor, y en esas condiciones sí podían enfrentar las embravecidas aguas de Magallanes. Luego, al alcanzar las costas del Pacífico sudamericano desde su extremo sur, el puerto de Valparaíso les quedaba mucho más cerca que el Callao por lo cual eligieron al primero para desembarcar sus mercaderías, mientras que el segundo tuvo que resignarse a una posición muy secundaria y recibir navíos menores que hacían la ruta Valparaíso-Callao.
De esta manera, el Perú nace a su vida independiente en una posición económica básicamente periférica y subsidiaria; el tráfico marítimo era mínimo como lo era también nuestra conexión con la demanda y los centros de comercio mundiales. De allí que enderezar el timón de nuestra República Inicial resultase tan difícil considerando además los estragos que dejó la Guerra de la Independencia que duró más de tres años y albergó, en nuestro territorio, a soldados de casi todos los países sudamericanos.
No pensaba que las cuestiones económicas y geográficas que he referido ocupasen toda esta nota pero no ha resultado tan fácil explicar por qué “el Perú nació jodido”. Volveré sobre el tema la próxima semana.

Fuente: Diario 16. 03 de junio del 2014.

EL PERÚ NACIÓ JODIDO II


Daniel Parodi (Historiador)
Hace dos semanas publiqué ‘El Perú nació Jodido I’, nota en la que expliqué la complicada posición geoeconómica del Perú inicial. Nos toca hablar ahora de la situación interna del país en sus albores independientes. La quiebra económica no solo se debió a lo descolocado que quedó el puerto del Callao tras romperse el vínculo que aún mantenía con Cádiz y Sevilla.
Un aspecto fundamental es la Guerra de Independencia en sí misma, que fue muy larga y perniciosa, que se inició con el desembarco de San Martín en Paracas, el 8 de septiembre de 1820, y culminó con la capitulación del Virrey la Serna en Ayacucho, el 10 de diciembre de 1824.
Estamos hablando de una guerra que duró cuatro años y cuya secuela de destrucción tiene poco que envidiarle a la Guerra del Pacífico (1879-1883). Téngase en cuenta que durante la Independencia los españoles defendieron arduamente su último bastión y que, para vencerlos, coincidieron en el Perú tropas colombianas, venezolanas, chilenas, argentinas; además de las peruanas y españolas. Téngase en cuenta, también, que entonces fue reclutada la mano de obra campesina dejando sin brazos las tierras y que los ejércitos se abastecían de lo que encontraban a su paso, con lo que las cosechas, animales, armas y dinero de las haciendas cubrieron sus necesidades quedando muchas en bancarrota. Considérese, asimismo, que las minas que abandonaba un regimiento solían ser inundadas para no beneficiar al enemigo con sus recursos y que los puentes de los caminos eran dinamitados para retrasar el avance de la fuerza persecutora.
En otro orden de cosas, el régimen colonial no nos dejó una nación. Sé que algunos sostienen que la nación peruana germinó con el desembarco de Pizarro en Tumbes. Pero lo cierto es que la división estamental del Virreinato (República de españoles, de indios y castas) nos legó dos repúblicas separadas incluso por el lenguaje y que el miedo a la rebelión indígena, incorporado al discurso criollo tras la rebelión de Túpac Amaru II, hizo que los fundadores de la República la diseñasen excluyendo al indígena del proyecto. De allí que en tiempos republicanos la servidumbre a la que aquel fue sometido haya sido mayor que la de los tiempos coloniales y se haya prolongado hasta bien entrado el siglo XX. Sólo la transición demográfica y la reforma agraria de Velasco, 1969, acabaron con este lastre, aunque no con el racismo, su descendiente más directo.
¿Qué rabia no? Hasta ahora 500 palabras de lamentaciones, pero mi intención es que asumamos que desde el principio nos tocó vivir una situación difícil, realidad que debemos afrontar con madurez y civismo. He leído mucho acerca de quiénes son los “culpables de la historia”, esa pregunta viene de una visión tradicional del pasado, en la que tiene que haber culpables, inocentes, héroes y villanos. Pero el tema es más complejo por lo que deberíamos preguntarnos, más bien, si nuestra historia pudo ser diferente de lo que fue. Claro que aquí saldrán a especular qué hubiese pasado si Atahualpa derrotaba a Pizarro en Cajamarca y demás, pero lo que yo estoy proponiendo es una nueva mirada a nuestro pasado, una mirada que deje de lado enjuiciamientos y lamentaciones, y que priorice la comprensión de la historia y de sus actores en su respectivo contexto.
Siempre he señalado que nuestro relato republicano es demasiado doliente y autoflagelante. Creo que debe dejar de serlo. Pensaba recién en cómo durante la segunda mitad del siglo XX, millones de peruanos salieron de la pobreza extrema a través del comercio informal y alzaron ciudades sobre cerros y arenales; pensaba recién, en cómo durante 14 años mantuvimos una misma línea política en la cuestión de la delimitación marítima con Chile de lo que hemos obtenido, como resultado, 50.000 k2 de mar. El enjuiciamiento, entonces, debe dirigirse al presente, a nuestros políticos de ahora que tienen la responsabilidad de impulsar el desarrollo del país. Pero al pasado es mejor comprenderlo porque ya pasó y porque así nos comprenderemos mejora nosotros mismos. 
Fuente: Diario 16. 17 de junio del 2014.