sábado, 10 de noviembre de 2012

Libro "Historia del Poder" de Domingo Tamariz. Capítulo `Sí, mi general', acerca del gobierno del mariscal Benavides.

Historia de Domingo

Acuciosa y vigorosa mirada a los laberintos del poder nacional, llevada al libro por Domingo Tamariz, testigo de excepción y periodista de raza.

EN junio de 1936 -año en que se cumplía el período de Sánchez Cerro- Benavides convoca a elecciones generales. Uno de los primeros nombres que se menciona para la disputa electoral es el de Jorge Prado Ugarteche, amigo desde las mocedades de Benavides y, por lo tanto, el postulante de las simpatías del gobierno. Prado considera, entonces, que para tener éxito en las elecciones es importante contar con los votos apristas. Y en ese sentido orienta sus esfuerzos.

Desde Río de Janeiro -donde oficia de embajador-, busca contactarse con los desterrados apristas para sondear las posibilidades de que el Apra apoye su candidatura. Lo hace, eventualmente, a través de Alfredo González Prada -el hijo del autor de Pájinas Libres-, aprovechando que éste viaja a Santiago de Chile, donde se encuentra un numeroso grupo de exiliados. Pero al trasladarse su encargo a Lima -según reseña LAS en su Testimonio personal-, la candidatura de Prado no encuentra el respaldo de la alta dirigencia del PAP.

El candidato lógico del Apra es Haya de la Torre, a pesar de estar perseguido. Pero faltando veinte días para los comicios, el Jurado Nacional de Elecciones desecha su inscripción, por considerar que el partido que lo apoya, el Apra, es una organización internacional, y como tal está inhabilitado constitucionalmente. Los otros candidatos son: Manuel Vicente Villarán -al que respaldan, entre otros personajes, José de la Riva Agüero y Pedro Beltrán, desde entonces líder del sector agrario-; Luis A. Flores -jefe de la Unión Revolucionaria y uno de los más fogosos adversarios del régimen-, y, por cierto, Jorge Prado Ugarteche -al que apoyan partidos menores: entre otros, la facción que encabeza Amadeo de Piérola. El aprismo, al verse impedido de participar en la justa electoral con candidato propio, le ofrece su apoyo a Luis Antonio Eguiguren, el combativo ex presidente del Congreso Constituyente, quien acepta gustoso la propuesta. Su candidatura -que representa al Partido Social Demócrata, que él preside- se orquesta en menos de quince días. Al iniciarse los escrutinios, las cifras favorecen a Eguiguren. Y esa tendencia se mantiene inalterable durante más de una semana. Hay nerviosismo en Palacio. El Jurado, que no escapa a esa excitación, tras acoger algunos recursos que piden la anulación de los "votos apristas", suspende el escrutinio; lo cual era una insensatez, pues ninguna demanda, por más grave que sea, puede llevar a un jurado, en pocas horas, a una medida tan extrema. Eguiguren no era un candidato del partido aprista. Representaba a un partido distinto, con varios años de actividad. Si bien es verdad que era vox populi que los votos apristas iban a favorecerlo, ¿por qué, entonces, aceptó su candidatura? Era imposible, además, que el ciudadano aprista dejara de votar. Tenía que hacerlo, estaba en su derecho. El Jurado para en seco los escrutinios, esgrimiendo el argumento de que los sufragios provienen de un partido internacional -"como si pudiera distinguirse la filiación del voto secreto", como muy bien acota Enrique Chirinos Soto en su Historia de la República-. Días después el Jurado trasladaba el problema al Congreso, que, reunido en sesión extraordinaria, anulaba las elecciones, no sin antes capear un temporal que arrecia desde la oposición. Consumados los hechos, el 11 de noviembre, el Congreso prorrogaba por tres años el mandato del general Benavides.

Según el libro Benavides, su vida y su obra, donde todo ese acto se justifica, los cómputos, al momento de suspenderse, arrojaban las siguientes cifras: Luis Antonio Eguiguren, 74 185 votos; Jorge Prado Ugarteche, 50 162; Luis A. Flores, 46 803; Manuel Vicente Villarán, 29 166.

"El acierto con que el gobierno juzgaba la situación se puso de manifiesto muy pronto. Estando las cifras arrojadas por los escrutinios al ser suspendidos, la suma de los votos de Prado y Villarán daba un total de 79 328, superior a los 74 328 alcanzados por Eguiguren".

Esta versión de los resultados quizá no es correcta. En todo caso, no demuestra nada. El hecho es que la anulación de esas elecciones ha quedado registrada como uno de los más grandes legicidios de nuestra historia.

Consumado el atropello, Benavides inicia la segunda fase de su gobierno. El hombre, a pesar de sus realizaciones, no goza de la calidez del pueblo. Los partidos de mayor raigambre popular -el Apra y la Unión Revolucionaria- se ven acorralados. Haya sigue oculto y Flores en el exilio. Lo propio ocurre con parte de la prensa, principalmente El Comercio, que a raíz del bárbaro asesinato de su director y esposa ha endurecido su posición frente al gobierno. Pero, en cambio, tiene el respaldo de las fuerzas armadas y de sectores del comercio y la banca. Lo suficiente para seguir aferrado al poder.

Empezando el año 1939, arrogante y muy seguro, Benavides duda en convocar a elecciones. Aunque el poder lo ha desgastado, piensa prorrogar su mandato -valiéndose sabe Dios de qué triquiñuelas- hasta el año 1942. A pesar de su impopularidad, de la resistencia de la oposición y del persistente runrún de conjuraciones y alzamientos, el hombre, el militar que en 1914 derrocara a Billinghurst y al cual en 1933 el Congreso -tras una expeditiva sesión- eligiera Presidente en una de las horas más aflictivas de nuestra historia, pretendía -según algunos de sus colaboradores- seguir en el poder. Su cacareada política de paz, unidad y orden es pura ficción. Acaso consciente de su férreo gobierno, busca encubrir sus exabruptos con "pan y circo". Es decir, comida y entretenimiento como un medio de apaciguar al pueblo. En esos años Perú campeona en fútbol, basquet y box. En tanto, en persecución y cárcel Benavides se merecía otro título.

Los rumores de golpe, que eran una constante, cobran de pronto realidad al amanecer el 19 de febrero de 1939. Ese día, domingo de carnaval, el general Antonio Rodríguez Ramírez -ministro de Gobierno y hombre muy cercano al Apra- toma Palacio y se proclama Presidente Provisorio del Perú. Benavides, que el día anterior había decidido pasar los carnavales fuera de Lima, se encontraba en alta mar, frente a las costas de Chincha. El golpe había sido milimétricamente planeado, pero Rodríguez, en el punto culminante de su aventura, no tuvo la previsión de mandar a vigilar o detener al jefe de la guardia de asalto, mayor Luis Rizo Patrón, quien se entera en su casa de la insurrección y, poco después, en el mismo Palacio de Gobierno, aniquila a Rodríguez con una ráfaga de ametralladora. Esto es lo que reseñan algunos historiadores que se han ocupado del tema, pero hay una versión, poco difundida, que pinta los hechos con otro barniz.

Esa versión afirma que Rizo Patrón estuvo desde muy temprano en Palacio; que se plegó al golpe e incluso cumplió órdenes del general Rodríguez para que ocupara las torres de Santo Domingo y La Merced. Ordenes que acató enteramente. Pero cuando el capitán Ismodes -comandante de las ametralladoras de Palacio y autor de la acción contrarrevolucionaria- decide actuar contra los golpistas, se compromete a secundarlo. Acuerdan entonces esperar hasta las 8 de la mañana para, a esa hora, hacer una ráfaga de fuego de ametralladora al aire y tomar presos a los ocupantes de Palacio. El capitán Ismodes -que ignoraba el contenido y fines de la revolución en la que estaban involucrados altos jefes del Ejército, Marina y Aviación- sólo pretendía apresar a los líderes del golpe, mas no asesinarlos. Pero Rizo Patrón, al parecer, decide por su cuenta ultimar al jefe de la revolución, acribillándolo de dieciocho balazos. Caen también fulminados el alférez Lucio Valladares López y el guardia de asalto Serafín Salazar Céspedes, que trató de defender al general Rodríguez. Sostiene aquella versión que, de no actuar resueltamente el capitán Ismodes, el derramamiento de sangre pudo ser mayor.

"Teniendo en la mano derecha las copias del Estatuto Constitucional que debía jurarse a las 10 de la mañana, de su Manifiesto a la Nación, de su proclama al Ejército y de los decretos-leyes (derogación de la Ley de Emergencia y amnistía general), murió por la Constitución y por la Democracia el general Rodríguez Ramírez minutos después de haberse escuchado la Marcha de Banderas que saludó en Palacio al pabellón de la Patria que se izaba a las 8 de la mañana del domingo 19 de febrero de 1939".

La misma versión revela que el general Rodríguez le pidió a Haya de la Torre elaborar una lista para un nuevo gabinete, "rehusando aceptar la propuesta del general Martínez de constituir una Junta Militar". Finalmente, la conformación del Consejo de Ministros quedaría proyectada así: Presidente del gabinete y Ministro de Guerra, General Cirilo Ortega; Ministro de Relaciones Exteriores, Sr. Dr. José Gálvez; Ministro de Gobierno, Sr. Tnte. Coronel Gerardo Gamarra Huerta; Ministro de Hacienda, Dr. Manuel A. Vinelli; Ministro de Educación, Sr. Dr. José Antonio Encinas; Ministro de Justicia, Sr. Dr. Fernando León; Ministro de Marina, Comandante Ontaneda; Ministro de Fomento, Coronel Dianderas; Ministro de Trabajo y Previsión Social, Sr. Dr. Sergio Bernales; Secretario de la Presidencia, con el rango de ministro sin cartera, Sr. Dr. Raúl Porras Barrenechea.

Los integrantes de esta lista sólo iban a ser informados al triunfar la revolución. Se encontraban ausentes del país: José Antonio Encinas, Fernando León y Raúl Porras Barrenechea. El general Cirilo Ortega, nominado para presidir el gabinete, era un connotado dirigente de la Unión Revolucionaria. Dos horas antes que el general Rodríguez tomara Palacio, Ortega se había reunido con Haya de la Torre en su escondite.

Benavides retornaba esa misma tarde a Palacio. Pero ya todo estaba en su sitio, como si nada hubiese pasado: la guardia de Palacio en su puesto, como siempre enhiesta y sin pestañear; los corredores silentes... el despacho presidencial con su escritorio nuevamente ordenado y su gran retrato dominando el recinto. Todo seguía igual, pero minutos después el ambiente era ya otro, bullía de gente importante: ministros, funcionarios, parlamentarios y los consabidos áulicos que le renovaban melosamente su lealtad. Pero el rostro de Benavides no era precisamente el de un hombre victorioso. Urgido por las circunstancias, al mes siguiente convocaba a elecciones.

Fuente: Revista Caretas n° 1382

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