martes, 5 de mayo de 2009

Racismo, poder y dominación en el Perù.

El racismo y las mareas

Alberto Adrianzén (Sociòlogo)

Acaso lo más sorprendente de lo que hoy podemos llamar el “caso Supa” no sea tanto las columnas que escribe el director de Correo sino más bien el apoyo, directo e indirecto, que viene recibiendo. Y si bien se puede destacar como dato positivo la reacción contraria, mayoritaria por cierto, que este hecho ha suscitado en diversos medios y grupos, considero que es necesario continuar escribiendo sobre este tema.

Debatir (y condenar) los brotes de racismo es siempre un deber de todos aquellos que creemos en la democracia. Incluso se puede decir que es un deber cívico. La razón de ello es muy simple: el racismo o, mejor dicho, lo que se llama “raza”, como lo explicó hace unos días Aníbal Quijano en la presentación de la institución Otra Mirada, ha sido no solo el principal factor de legitimidad para seguir segregando y explotando a la mayoría de peruanos sino también el principal argumento de las clases dominantes para continuar en el poder. Racismo, poder, dominación y explotación son pues las claves para entender el pasado y presente tanto del país en su conjunto como de las elites.

Es cierto, como me dijo hace unos días la socióloga Marisa Remy, que el racismo es como la marea. Hay momentos en que sube como también hay épocas en que baja. Los años setenta bajo el gobierno de Velasco, por ejemplo, fueron tiempos en que el racismo bajó de nivel. Hoy estamos en tiempos de marea alta y, por ello, insisto, hay que continuar con el debate.
En este contexto la pregunta es la siguiente: por qué el racismo persiste en nuestra sociedad o, mejor dicho, por qué las prácticas y los discursos racistas son como las mareas: van y vienen.

Hace algunos años, Fernando de Trazegnies expuso en diversos trabajos –todos ellos de gran calidad– su tesis de la “modernización tradicionalista” para entender la historia del país. Esta idea, que bien se puede resumir en la metáfora que nos dice que las elites eran capitalistas (o modernas) en la sala de su casa pero feudales en la cocina, señala que el conservadurismo de estas elites era lo que dificultaba o impedía la modernidad en el país. Las ideas modernas (o los procesos de modernización y modernidad), al pasar por lo que este mismo autor llama “las aduanas ideológicas” de estos grupos, cambiaban de signo al ser absorbidas conservadoramente. Para emplear una frase de José Carlos Mariátegui: eran burgueses con espíritu feudal. Así, el liberalismo y su proclama de igualdad y libertad, por ejemplo, fue empleado –como también dice de Trazegnies– para defender la semiesclavitud de los llamados “coolíes” chinos. El fundamento era la libertad de contrato.

Sin embargo, lo que hay que decir es que en el país lo que existe no es un grupo social conservador que cada cierto tiempo se refuncionaliza ideológica y políticamente, es decir, que absorbe conservadoramente las ideas de la modernidad para seguir en el poder, sino más bien una cultura reaccionaria y elitista que perdura en el tiempo y que termina por impregnar y darles sentido a los procesos de modernización y a los diversos grupos que han ocupado en momentos distintos el poder.

Lo que quiero decir es que esta cultura reaccionaria –que tiene como expresión política el autoritarismo– tiene también como uno de sus fundamentos el racismo. Dicho en otros términos, es reaccionaria porque es racista y autoritaria, y no porque sea solamente conservadora; porque reacciona frente al otro racistamente, porque lo considera inferior o, simplemente, porque lo ignora o lo reprime. Por ello racismo, poder y violencia son parte de una misma cadena que busca legitimar la dominación de las elites en nuestro país. Y si el racismo persiste y se hace más público, como sucede hoy, es porque la desigualdad y la pobreza aumentan, lo mismo que la segregación social y los privilegios, y porque, además, existen guetos sociales en los cuales las elites se han “atrincherado”. Las murallas que hoy rodean a estos guetos y lo que está adentro son las mismas murallas (por no decir causas) que impiden reconocer al otro como igual.

Parafraseando a Mariátegui (José Carlos, por supuesto), se puede decir que el problema del racismo en el Perú no es solo el problema del indio sino también la ausencia de una sociedad y de una cultura democráticas, así como de una economía que tengan como objetivo principal la igualdad de todos. Por ello, la respuesta al racismo no puede ser la etnopolítica, que acaba muchas veces en una suerte de racismo invertido, sino más bien la construcción de una política que incluya a todos los dominados y excluidos de nuestra sociedad.

De lo que se trata, en realidad, es de impedir la construcción de una neo república aristocrática en pleno siglo XXI, así como de derrotar a un supuesto liberalismo que solo es una coartada discursiva para legitimar la desigualdad. Dicho en otros términos, construir una república y, también, una democracia y una economía para todos.

(*)
http://www.albertoadrianzen.org/


Fuente: Diario La Repùblica. Sàbado 2 de mayo del 2009.