jueves, 16 de abril de 2009

Memorias del presidente Augusto B. Leguìa.

Imagen: wordpress

Yo tirano, yo ladrón

Manuel Burga (Historiador)

Este es el título de un pequeño libro, en formato octavo, con el subtítulo, Memorias del Presidente Leguía, que me trae muchos recuerdos y que ahora he leído de nuevo. Jorge Basadre lo conoció muy bien, pero advertía en el segundo tomo de sus Bases Documentales de la República, “…con el nombre del presidente depuesto, cautivo e inhumanamente tratado, se publicó el libro Yo Tirano, Yo Ladrón, cuya autenticidad necesita ser investigada”. Un librito que debe de haber circulado profusamente en las regiones rurales luego de la muerte de Augusto B. Leguía. Evidentemente, ayer como hoy, en el caso de Leguía como en el de Fujimori, sus seguidores buscaban demostrar que no fue ni Tirano, ni Ladrón. La historia parecería repetirse.

Basadre parece expresar tres ideas en la cita anterior. La primera: “presidente depuesto”. Evidentemente Leguía fue depuesto por el levantamiento militar del comandante Sánchez Cerro en agosto de 1930. Intentó refugiarse en el crucero “Grau”, pero fue tomado prisionero, trasladado a San Lorenzo y finalmente confinado en el Panóptico. Una crisis, la Gran Depresión de 1929, preparó el camino del golpe militar de Sánchez Cerro. Habían ya transcurrido once años de importantes cambios, por los cuales Jorge Basadre nunca disimuló su simpatía. A fines del Oncenio, cuando se venía la noche, Leguía resumió en breves palabras su programa de gobierno: “…he procurado definir las fronteras del Perú, desarrollar su riqueza y aumentar el optimismo de su raza”.

Se refería indudablemente a la nueva Constitución de 1920, la Reforma Universitaria (que luego abandonó), las numerosas obras públicas, los tratados fronterizos con Colombia y Chile, su crítica al gamonalismo y el reconocimiento legal a la comunidad indígena.

No es posible explicar sus reelecciones sin las autorizaciones del Congreso a través de enmiendas constitucionales. Las leyes legalizaban sus reelecciones, pero nada impedía que su imagen de tirano se desarrollara a la misma velocidad que la represión, el clientelismo, la corrupción y la soledad del gobernante. Las condecoraciones venían de todas partes, del Congreso, de los estudiantes, los indígenas. Hasta el embajador de EE.UU., Alexander Moore, lo llamó “El gigante del Pacífico”. Los periódicos repetían, “Viracocha”, “Nuevo Mesías” o “Júpiter Presidente”.

Sin embargo, este aparentemente sólido gobierno se cayó como un castillo de naipes y aquí me detengo en la segunda idea de Basadre, “cautivo e inhumanamente tratado”. Se refiere a la dura carcelería en el Panóptico, junto a su hijo Juan, donde el cáncer de próstata lo redujo a un guiñapo humano. El 15 de enero, sacando fuerzas de flaqueza, dicta su testamento, para decir su verdad, y contrarrestar las acusaciones del Tribunal de Sanción Nacional formado para enjuiciarlo y sentenciarlo. El maltrato era propio de los tiempos que se vivían y contra el cual hasta Víctor Raúl Haya de la Torre protestó. Luego fue trasladado al Hospital Naval de Bellavista, donde falleció el 6 de febrero de 1932.

La tercera idea de Basadre, “… la autenticidad de las Memorias…”. Con este librito comencé mi biblioteca personal en 1959, me lo regaló mi abuelo Enrique, como un documento que según él decía la verdad y creo que así circuló profusa y clandestinamente en las regiones rurales. Este hecho me interesa más que su autenticidad, por el mensaje político que transmitía. No se consideraba ni Tirano, ni Ladrón. Culpaba más bien al civilismo de esta patraña y del golpe militar de Sánchez Cerro.

El mensaje: mostrar su inocencia y señalar a los verdaderos culpables de las desgracias del país. Para explicar mejor su caída señala como principal elemento la deslealtad de sus antiguos adulones. El partido de Leguía nunca levantó cabeza. Ni sus hermanos, ni sus seis hijos pudieron convertir el “Oncenio” en un dorado período a continuar. Nuevos tiempos se habían iniciado en el Perú, el de las clases medias, de los nuevos profesionales, de los nacientes sectores populares, del despertar indígena, que demandaban más democracia, más ciudadanía política y económica. Frente a ellos, como para contrarrestarlos, emergía el tercer militarismo.

Ahora, como entonces, se habla de un legado histórico, llámese el “Decenio” de Fujimori, que sus herederos supuestos, en particular su hija Keiko, reclaman como futuro. ¿Qué nos puede enseñar la historia? Quizá a preguntarnos adecuadamente, ¿estamos de nuevo –como en 1932– en el umbral de tiempos nuevos? Tengo la sensación que el país sale lentamente de un largo período de dificultades, un período en que los sectores populares fueron arrastrados a situaciones desesperadas, tanto por los movimientos extremistas, nacionalismos radicales, como por el pragmatismo neoliberal fujimorista. Todas las experiencias anteriores, cualesquiera sean los extremismos, por sus resultados negativos, deberían ser parte de una historia cancelada, superada, por eso es importante, quizá urgente saber si hemos comenzado realmente a vivir tiempos nuevos en nuestro país.

Fuente: Diario La Repùblica. Jueves 16 Abril del 2009

3 comentarios:

R. Torres dijo...

Parece que no aprendemos de lo vivido y la historia se repite

R.Torres

EDDY W. ROMERO MEZA dijo...

"Errar es humano, pero persistir en el error es estúpido o criminal". Para los griegos el tiempo era circular (eterno retorno), sin embargo hoy se concibe el tiempo de forma lineal. El hecho es que los mismos errores persisten en nuestra sociedad. Quizàs sòlo el conocimiento real de la historia pueda ayudarnos.

Saludos.

Maria Delfina Alvarez Calderon dijo...

Su tesis central está basada en reivindicar las acusaciones recibidas por los excesos, maltratos y atropellos que se le imputaron hasta su muerte.
También hace descargo del nepotismo y las malversaciones que le atribuyeron señalando que gracias a sus maniobras logró transformar al Per;u en épocas de crisis mundial. Asímismo, describe las crueldades de las que fue objeto desde que lo toman prisionero y critica a Sánchez Cerro, reconociendo como "datos curiosos"- en el capítulo dieciocho- que este lo felicitó y aplaudió por algunas de sus gestiones gubernativas mediante tres telegramas, que transcribe.