viernes, 3 de octubre de 2008

DESPUÉS DEL NEOLIBERALISMO

De esta crisis a la nueva socialdemocracia

Los Estados Unidos atraviesan su peor crisis financiera desde 1929.
Alfredo Barnechea (Analista político)

Mientras se desplegaba esta crisis, estaba releyendo los libros de Eric Hobsbawm sobre cómo se formó el mundo moderno (La edad de la Revolución, La edad del Capital, La edad del Imperio, La edad de los extremos). En esa portentosa tetralogía, el gran historiador británico, nacido en Egipto, menciona varias veces a Nicolai Kondriatev, el economista ruso asesinado en 1938 durante las purgas de Moscú, y que propuso que la economía se movía en grandes ciclos de 50 años. Para Hobsbawm, los periodos que observó en su gran narrativa de 1776 al fin del siglo XX, se correspondían con una onda de Kondriatev larga, o un subciclo: un cuarto de siglo de crecimiento dinámico, seguido por otro de recesión. Los ciclos de Kondriatev, concluyó, parecen existir, pero han desafiado cualquier explicación.

No sabemos aún la profundidad, la magnitud final de esta crisis.

Sí sabemos su origen: una expansión incontrolada del crédito, incubada en las políticas de la Federal Reserve bajo Greenspan, y que gente como Soros habían venido denunciando hacía ya varios años.

Esa burbuja infló el mercado de las hipotecas, financiando malas hipotecas o hipotecas sin parte de equity o capital (o ninguna diferencia entre activos y deuda). Esos créditos sin respaldo se empaquetaron con otros créditos, y los nuevos instrumentos, revendidos, se dispersaron en todo el sistema financiero, no sólo norteamericano sino internacional, y lo envenenaron. Por eso se habla ahora de activos tóxicos.

Nadie sabe tampoco cuánto costará a los Estados Unidos los rescates, ni si serán finalmente exitosos. La cifra más repetida es un trillón de millones de dólares, o aproximadamente 7 por ciento del producto norteamericano.

Todos aceptan ahora que faltó regulación, y súbitamente todos comienzan a valorar el Glass-Steagal Act de 1933, que frenó la especulación, y reguló el sistema bancario.

No había sido Marx, a mediados del siglo XIX, sino el mismo Adam Smith, el padre sacrosanto del liberalismo económico, en la segunda mitad del XVIII, quien había dicho que cada vez que miembros de un mismo oficio se reunían, era generalmente para conspirar contra el público. En otras palabras, los mercados requieren siempre previamente un marco jurídico. Un Estado. Política.

Qué novedad, en esta crisis los neoliberales redescubrieron al Leviatán, al Estado, a través de este gigantesco rescate para comprar de los bancos y compañías de seguros la masa de activos tóxicos, en una nacionalización de facto de una escala que el mundo no había visto nunca.

Esta crisis no se produjo en México, ni en Turquía, ni en Malasia, ni en ninguna de las economías emergentes sino en el centro del mundo.

No sabemos cómo esta crisis afectará al resto del mundo, si éste, o partes de éste, pueden haberse desenganchado de la locomotora principal. El desenganche (o decoupling en inglés) es un término tomado de la física, que indica el momento en que la interacción entre algunos objetos físicos desaparece.

Lo que sí podemos saber, creo, es que esta crisis marca el fin del largo periodo neoliberal. Es un término que siempre he usado con sentimientos mixtos, porque liberalismo quiere decir primordialmente Locke, o Tocqueville, y tantos de mis pensadores admirados, pero neoliberalismo ha terminado por expresar este periodo de idolatría del mercado.

Desde 1945, al fin de la II Guerra, el mundo ha conocido dos grandes ciclos. El primero duró hasta 1973. Jean Fourastié los llamó los treinta gloriosos. Tasas de crecimiento nunca vistas antes. Aumento del nivel de vida en todo el mundo, y fin de la edad Media en el Tercer Mundo, a medida que los campesinos dejaban la tierra para dirigirse a las ciudades modernas (fenómeno que China ha repetido desde 1978). Este fue el ciclo del gran Estado de Bienestar, una de las grandes construcciones civilizadoras de todos los tiempos.

Podría decirse por tanto que este fue un ciclo socialdemócrata.

El fin simbólico de este periodo fue la llegada al poder de Thatcher en 1979 y Reagan en 1980, pero su verdadero origen fue la crisis del petróleo de 1973. Antes, ya en los sesenta, había sido erosionado cuando en los países desarrollados los salarios crecieron más que la productividad.

Lo sucedió la desregulación. Las ondas privatizadoras. El libre comercio. Y en general, un efecto de desprotección social. El Capital le ganó al Trabajo.

Los economistas, como lo reconoció Rudiger Dornsbuch, se hicieron mayoritariamente conservadores.

¿Cuál ciclo fue mejor? En este último periodo, principalmente gracias a China, y quizá sólo gracias a China, centenares de millones de seres humanos salieron de la pobreza. Sin embargo, vistos los grandes números de crecimiento, y la difusión de la igualdad social, el periodo socialdemócrata todavía brilla a la distancia.

El mundo no volverá al proteccionismo (como volvió después del crac del 29), porque la tecnología ha puesto al mundo a un click de distancia (aquel fenómeno de flatening o achatamiento del mundo que difundió en su célebre libro Thomas Friedman). Pero volverá a formas de regulación. A búsquedas de ciertos niveles de fraternidad perdidos los últimos treinta años. A formas nuevas de Estados de Bienestar, que reconozcan que hay pisos de igualdad sin los cuales los contratos sociales no funcionan a largo plazo.

Esta es la política que falta en el Perú. Más todavía después de este terremoto norteamericano. Independientemente de los méritos del segundo gobierno de Alan García, lo que sí sabemos es que no es un gobierno socialdemócrata. Todas las incertidumbres políticas, aquellas asociadas con el 2011, giran alrededor de la ausencia de este espacio socialdemócrata, que históricamente representó el Apra.

En La Edad de la Revolución, Hobsbawm escribió: La introducción del liberalismo fue como una especie de bombardeo silencioso que sacudió la estructura social que siempre lo había habitado y no dejó en su lugar nada más que los ricos: una soledad denominada libertad.
Fuente: Diario Correo