martes, 15 de enero de 2013

Debate sobre la historia de la reforma neoliberal chilena (chicago boys) bajo la dictadura de Pinochet.

Liberalismo y pseudoliberalismo


Por: Nelson Manrique Gálvez (Historiador)
A muchos liberales les desagrada reconocer como parientes ideológicos a otros que reclaman para sí la misma denominación. Esto es normal, porque ahora es de buen tono proclamarse “liberal” –como lo era llamarse “marxista” en los años setenta–, y se puede suscribir idearios que van desde el anarquismo hasta el autoritarismo más extremo, todo en nombre del liberalismo.
Tampoco esto es nuevo, pues siempre que uno suscriba una ideología con cierto impacto social inevitablemente encontrará en el vecindario a fulanos impresentables, como Pol Pot y Abimael Guzmán para los marxistas, o Torquemada y sus epígonos nacionales para los católicos. De allí vienen las descalificaciones y el problema es siempre quién tiene la autoridad para calificar lo “auténtico” y lo “falso”.
Afirmé que, contra lo que muchos creen, ser liberal no es necesariamente ser amigo de la democracia política y social, pues hay liberales que asumen la desigualdad entre los humanos como natural y condenan como un atentado contra la libertad (especialmente la económica) cualquier intervención que intente combatirla. Por otra parte, no se suele distinguir entre el liberalismo económico y el liberalismo político, lo cual tiene importantes consecuencias.
Norberto Bobbio –uno de los más grandes teóricos del liberalismo– apuntaba agudamente que el liberalismo económico y el liberalismo político son distintos desde sus orígenes, porque sus objetivos son diferentes. El liberalismo económico nació asumiendo la defensa de la libertad de mercado. En cambio, el liberalismo político definió como su razón de ser la defensa del individuo, amenazado por el siempre creciente poder del Estado. Su objetivo fundamental fue entonces la defensa de los derechos de los ciudadanos.
Siendo sus objetivos claramente distintos, liberalismo económico y liberalismo político no siempre estuvieron juntos. Como Bobbio muestra, grandes liberales políticos, como Rousseau, eran profundamente hostiles al liberalismo económico (en esa época denominado librecambismo), porque al profundizar la desigualdad económica entre los individuos éste termina constituyendo una amenaza para la democracia.
A su vez, liberales económicos militantes, como Hobbes, eran profundamente autoritarios en lo político y se sentirían perfectamente cómodos obedeciendo a regímenes represivos capaces de arrasar los derechos ciudadanos que el liberalismo político defiende, siempre que la libertad de comercio estuviera asegurada. Se entiende entonces por qué hoy personajes que se llaman a sí mismos “liberales” defienden los regímenes de Alberto Fujimori y Augusto Pinochet.
Hoy es fácil constatar que muchos fanáticos liberales económicos, ardientes defensores de la libertad de mercado, son absolutamente autoritarios en lo político y se lucen como entusiastas promotores de las medidas represivas para imponer el libre mercado. Esto es parte de la historia mundial contemporánea. Los ajustes estructurales impulsados durante las tres últimas décadas por los liberales económicos (conocidos en la jerga política como “neoliberales”, e impuestos por organismos multilaterales bajo el control norteamericano, como el FMI y el Banco Mundial), como la privatización de las empresas públicas, la eliminación de los controles a los capitales extranjeros y la apertura de los mercados nacionales, suponen, entre otras cosas, destruir derechos fundamentales que los trabajadores conquistaron a costa de duras luchas durante el siglo XX: derecho al trabajo, jornada de 8 horas, salarios dignos, estabilidad laboral, seguridad social, etc. Como es natural, éstos no van a renunciar a sus conquistas sociales sin luchar. De allí que el neoliberalismo vea a la democracia como un enemigo del cual es necesario desembarazarse.
Una ideología muy extendida sostiene que el liberalismo económico y el político están indisolublemente asociados, porque la libertad de mercado da a los consumidores la posibilidad de elección, y la libertad es precisamente la capacidad de escoger. Esto es pura ideología, primero porque la vida es bastante más que la economía y en segundo lugar porque en la economía de mercado sólo disfrutan de la libertad de elegir quienes tienen dinero para comprar. Donde la mayoría de la población es pobre pocos pueden ejercen semejante libertad.
El mercado libre se ha impuesto en el mundo a través del autoritarismo y no extendiendo la democracia, como lo atestigua la imposición de los ajustes neoliberales. Esto es historia presente, hoy, en Europa.

A pesar de todo, un Muy Feliz 2013.

Fuente: Diario La República (Perú).  01 de enero del 2013.

Antiliberalismo panfletario

Por: Carlos Atocsa
Nelson Manrique ha publicado un artículo ("Neoliberalismo y capitalismo de shock") en donde, sin ningún pudor, falsea hechos sobre el proceso económico chileno. Que eventualmente sus afirmaciones las sustente sobre la base de una panfletaria publicación de Naomi Klein, popular periodista y activista antimercado, no lo exime de responsabilidades. A continuación, una somera refutación:
1. El convenio Universidad Católica de Chile/Universidad de Chicago (1955-1956) no tuvo el "padrinazgo intelectual" de Milton Friedman, sino el de Theodore W. Schultz y Arnold C. Harberger. Los primeros Chicago Boys se consideraban más discípulos de Harberger que de Friedman, quien se hizo muy conocido recién en la década de los sesenta. Tampoco Chile fue elegido como una especie de laboratorio del ahora mediático y denostado Friedman, pues en Chicago había como 300 estudiantes de toda América Latina.
2. El "Ladrillo" (el "Programa de Desarrollo Económico") se empezó a elaborar por varios catedráticos en 1969 y se presentó, en junio de 1970, al candidato Jorge Alessandri, cinco meses antes de la victoria de Allende (noviembre de 1970) y casi cuatro años antes del golpe militar. Por lo tanto, no fue apresuradamente impreso en 1973 en las rotativas de El Mercurio.
3. Es falso también que la CIA financió un 75% del "Ladrillo". En la cita que sin leer realiza Manrique, en ninguna parte dice eso. Esta es la transcripción literal: «La CIA también financió progresivamente la mayor parte -más del 75 por ciento en 1973- de la organización de las investigaciones contra el gobierno efectuadas por la oposición». Es decir, lo que el gobierno de Estados Unidos financió -y no estoy haciendo aquí un juicio de valor- fue la investigación de los trapos sucios (opposition research) del régimen de Allende.
4. El protagonismo y la responsabilidad de los Chicago Boys en el manejo económico de Chile se inició en 1975, con el ingreso de Jorge Cauas al Ministerio de Hacienda, y no el 11 de setiembre de 1973. Los primeros ministros de Economía del gobierno militar fueron un almirante (Gotuzzo), un planificador (Sáez) y un empresario (Léniz), ninguno formado en Chicago.
5. La crisis financiera chilena de 1982 no se resolvió con más nacionalizaciones. El gobierno intervino y se liquidaron varios bancos (que no es lo mismo que nacionalizarlos), pero no se socializaron las pérdidas. El proceso de privatización de las empresas públicas (CAP, Endesa, Entel, LAN) continuó y en diez años Chile duplicó su PBI. Esa fatídica crisis fue el punto de inflexión en que nuestros vecinos pusieron en marcha diversas transformaciones radicales, como el tipo de cambio libre, política fiscal y monetaria ordenada, apertura a los mercados internacionales, reforma previsional y la privatización de la mayoría de las empresas públicas.
6. Lo de Codelco ya es delirante. Manrique y Klein nos quieren hacer creer que una empresa estatal es la columna sobre la cual se sostiene todo el modelo de desarrollo chileno. Eso sí es puro cuento.
Fuente: Diario Correo (Perú). 12 de enero del 2013.

El experimento chileno y la “terapia de shock”

Por: Nelson Manrique Gálvez (Historiador)

Respondo la crítica de Carlos Atocsa (Correo 12/01, http://bit.ly/UHJoYW) a mi artículo de la semana pasada (http://bit.ly/VVqrp0).
Milton Friedman apadrinó intelectualmente a los Chicago Boys. Sacó la cara por ellos cuando al año y medio del asesinato de Allende el experimento neoliberal era un desastre señalado como “uno de los mayores fracasos de nuestra historia económica” por Orlando Sáenz, el presidente de la Sociedad de Fomento Fabril, un entusiasta del golpe.
Los crímenes de la junta militar, adicionalmente, habían provocado un repudio mundial y Chile estaba aislado. Entonces Friedman viajó a Santiago en marzo de 1975 para auxiliar a sus ahijados. Dio conferencias, la prensa de derecha (la única existente) lo convirtió en un héroe y se entrevistó con Pinochet. Los neoliberales, liquidada la democracia, tenían ahora la cancha libre. Friedman vendió su flamante “terapia de shock”, pero Pinochet tenía dudas, porque el desempleo crecía aterradoramente. Entonces Friedman le envió una carta, asegurándole que los cientos de miles de despedidos encontrarían trabajo en pocos meses en el sector privado y todo iría para arriba. Pero para 1982 el desempleo llegó al 30% (con Allende era del 3%), la industria retrocedió al nivel que tenía luego de la Segunda Guerra Mundial y Chile entró en su peor crisis económica desde el crack de 1929, con una caída del PBI de 14,3%. El experimento neoliberal sólo pudo sostenerse con la carnicería perpetrada por los militares.
También la Sociedad Mont Pelerin (maestros “partidarios de una sociedad libre y tolerante”) dio su aval a la dictadura, realizando su reunión regional de 1981 en Viña del Mar, la cuna del golpe de Pinochet. El otro soporte fue que Codelco, empresa minera estatal, aportaba el 85% del total de los ingresos de Chile por exportaciones. Codelco ha producido en promedio el 13.5% de los ingresos del fisco chileno durante los últimos 30 años y entre el 2004 y el 2011 le ha aportado 55 mil millones de dólares.
El verdadero milagro chileno fue concentrar la riqueza y convertir a Chile en uno de los países más desiguales del mundo. En 1976,  Orlando Letelier –el general constitucionalista asesinado por Pinochet– escribió que esto “no fue un accidente, sino la regla”. Tuvo razón: para el 2005 Chile ocupaba el puesto 160, sobre 180, entre los países más desiguales del planeta (el Perú ocupaba el puesto 127, http://bit.ly/UY3JuH).
Para Atocsa, la Escuela de Chicago no cumplió un papel especial con relación a Chile, porque allí “había como 300 estudiantes de toda América Latina”. En verdad, hasta 1965 sólo aceptaron a estudiantes chilenos y luego captaron especialmente a los de Argentina, Brasil y México, donde luego los chicos de Chicago impusieron ajustes neoliberales, con una brutal represión de por medio.
Según Atocsa, la CIA no financió la elaboración del programa económico preparado por los Chicago Boys para la junta militar. Comentando el informe del Senado de los EEUU sobre la participación de la CIA en el golpe contra Allende de 1975 dice Atocsa: “En ninguna parte dice eso. Esta es la transcripción literal: ‘La CIA también financió progresivamente la mayor parte –más del 75 por ciento en 1973– de la organización de las investigaciones contra el gobierno efectuadas por la oposición’”. Por honradez, Atocsa debiera transcribir la cita completa. Leamos el párrafo siguiente: “Otro de los objetivos … era ayudar al nuevo gobierno a organizar y poner en práctica nuevas políticas. Los archivos de proyecto registran eso. Colaboradores de la CIA estuvieron implicados en la preparación de un primer plan económico que ha servido de base para las decisiones económicas más importantes de la junta” (Covert Action in Chile 1963-1973, http://1.usa.gov/X75zYU).
Según Atocsa, los Chicago Boys entraron en acción recién en 1975 cuando ocuparon el ministerio de economía. Esto es similar a decir que como Vladimiro Montesinos no tuvo un cargo formal no gobernó con Fujimori. El poder tras el trono luego del golpe del 11 de setiembre de 1973 fue el equipo dirigido por Sergio de Castro, doctorado en Chicago y uno de los principales redactores de “el ladrillo”, el proyecto aludido líneas arriba. Este equipo asesoró a los ministros de economía de Pinochet y fue el responsable de sus principales decisiones. De Castro se sentiría muy ofendido si supiera que le retacean su papel (Patricia Arancibia Clavel y Francisco Balart: Sergio de Castro, el arquitecto del modelo económico chileno. Santiago: Biblioteca Americana, 2007).
Fuente: Diario La República (Perú).  15 de enero del 2013.