lunes, 15 de noviembre de 2010

Hipólito Unanue, el puente entre la etapa colonial y la repúblicana.

El hechizo de Unanue

Personaje. Vivió en el tránsito de dos mundos: el de la colonia y la república. Un nuevo libro (*) revela las luces y sombras de su vida.

Por: Jorge Paredes Laos

A finales del siglo XVIII, Lima era un albañal. La frase no es peyorativa sino describe lo que era la capital: una ciudad amurallada de 50 mil habitantes, donde no había agua a domicilio. Sus habitantes más pudientes la tomaban de surtidores públicos, como la fuente de la Plaza Mayor, o de los “aguadores”. No había de-sagües, solo acequias por donde discurrían las excretas y la basura. Y a los costados de las iglesias se pudrían los cadáveres, pues no había cementerio. Por eso, las aves más preciadas eran los gallinazos. Cumplían una función sanitaria. Y en los malolientes charcos proliferaban los zancudos. No es de extrañar entonces que el cólera y la malaria hayan sido las enfermedades que cobraban más vidas y que la mortalidad infantil haya sido tan alta, que si un niño pasaba los seis años se le hacía una gran fiesta, pues se decía que había sorteado a la muerte. En medio de este panorama, los médicos seguían creyendo en las teorías hipocráticas de los humores y muchos de ellos no eran más que charlatanes. José de Aguirre, protomédico general de Lima, creía que para diagnosticar una enfermedad bastaba con saber el signo zodiacal del paciente y la posición de los astros.

A esta ciudad llegó, desde Arica, Hipólito Unanue (1755-1833) al final de la década de 1770. Era un joven criollo, alto, delgado, de vivaces ojos azules y piel muy blanca, que había dejado los hábitos por la medicina. Su presencia no pasaría desapercibida en los círculos aristocráticos.

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El doctor Uriel García Cáceres (Cusco, 1922) ha reconstruido en “La magia de Unanue” (Fondo Editorial del Congreso del Perú) la vida de este prócer y médico, explorando las luces y sombras de un personaje que jugó un papel trascendental en el tránsito de la colonia hacia la república.

Aunque Unanue sabía muy poco de la medicina de su tiempo, por la escasa difusión que existía en España y en sus colonias de los avances científicos en Inglaterra o Francia (“estaba atrasado un siglo”, dice el Dr. García Cáceres), se las ingenió para hacerse de nombre y fortuna.

“Tenía un hechizo, un don personal, que lo hizo escalar posiciones. Tenía eso que se llama carisma”, agrega el autor.

En esa época no era usual que los médicos alternaran con la aristocracia. La medicina, por el contrario, era considerada como un servicio y no era muy bien visto eso de andar probando los orines para ver si eran dulces o salados, o poner enemas a los enfermos o hacer sangrías. Sin embargo, Unanue fue la excepción. “A los 24 o 25 años entró a una de las casas más acomodadas de Lima como protegido de la familia Landaburo Belzunce, cuya viuda (Mariana Belzunce) lo introdujo en los círculos sociales del virreinato”, explica Uriel García.

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Amigo del virrey Abascal y de los que le sucedieron, Hipólito Unanue terminó siendo heredero de la fortuna de Mariana Belzunce, y defensor de la corona española, incluso cuando las huestes de San Martín ya habían pisado suelo peruano. Una prueba de ello es una carta de su amigo y confidente, el doctor Félix Pascallis –citada en este libro–, quien responde a una misiva de Unanue con estas frases: “Recibí, vía Río de Janeiro, tu segunda y amigable carta del 3 de noviembre de 1820 que fue sin embargo amargada por lo que me cuentas sobre la calamitosa invasión y guerra en las que ha caído tu ciudad de Lima y que han causado la devastación de tu hacienda y tu mansión”. Como destaca Uriel García, la comprensible desazón inicial de Unanue a la causa independentista era la del hombre acaudalado que veía saqueada su fortuna por ejércitos foráneos. Pero las cosas cambiaron rápidamente: “Resulta risible –dice García– que esta respuesta llegara a Unanue (en setiembre de 1821), cuando él ya era ministro de Hacienda de San Martín.

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¿Por qué Unanue cambió tan rápidamente de opinión? “No tengo pruebas, pero lo dejo al criterio de los lectores”, responde el Dr. Uriel García. “O él creía que era un hombre indispensable para servir de puente entre la etapa colonial y la repúblicana o al revés lo que estaba defendiendo era su enorme patrimonio. “Era tanto su dinero, que su hijo José viajó a Europa una vez muerto su padre y le gustó tanto un castillo que decidió comprarlo. Pagó una fortuna para que se lo trajeran ladrillo por ladrillo hasta Cañete”.

Objeto de panegíricos que lo ensalzan como prócer y autor de notables contribuciones, como la creación de un cementerio o de la Escuela de Medicina de San Fernando, y de críticos que lo acusan de apegarse demasiado a Bolívar, la figura de Unanue es clave para entender una época de cambios y transformaciones, cuando en vez de héroes se necesitaban hombres que estuvieran a la altura de las circunstancias. Unanue fue uno de ellos.

Aportes

Sus aportes han quedado impresos en “El Mercurio Peruano”.

Fue el pionero del periodismo científico en el Perú. En la primera parte de su ensayo “Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias en los seres organizados, en especial el hombre” hace un interesante estudio sobre la naturaleza del valle de Lima, su fauna y su flora.

En Cañete, el 25 de diciembre de 1790, vio un extraño objeto revoloteando en el cielo y lo dio a conocer en el Mercurio Peruano. Según Uriel García debe ser acreditado como pionero en la descripción de los ovnis, pues hasta hoy se cree que la primera mención de estos objetos fue hecha recién en 1947 por Kenneth Arnold.

En el “Mercurio” también escribe sobre la hoja de coca y describe con precisión una enfermedad actual: la colitis ulcerosa crónica.

Fuente: Diario El Comercio, suplemento cultural "El Dominical". 14 de Noviembre del 2010.