viernes, 26 de diciembre de 2008

Mao, Stalin y el abuso del poder.

Las máscaras de Mao
Cèsar Lèvano (Periodista)

El 26 de diciembre de 1893 nació Mao Zedong, el líder comunista chino que encarnó, con Stalin, una época de lucha revolucionaria y también de abuso del poder.

Mao, como Stalin, no sólo atentó contra su pueblo. Su autoritarismo encontró discípulos que copiaron al pie de la letra sus ideas simplistas y sus métodos de culto a la personalidad y eliminación física de opositores.

Pol Pot en Kampuchea y Abimael Guzmán en el Perú son vivo ejemplo. Este último ideó una “guerra popular” que dirigía desde una cómoda residencia limeña, mientras cientos de jóvenes daban su vida por el “Presidente Gonzalo”.

Jung Chang, escritora china, ha escrito una documentada biografía de Mao que toda persona de izquierda debería leer: Mao, la historia desconocida.

Los crímenes y los abusos de la era stalinista, minaron el socialismo en el inmenso país donde los bolcheviques encabezaron, en 1917, el asalto al Palacio de Invierno.

Después, el furor represivo contra otros países socialistas, a los que se invadió para deponer a gobernantes revolucionarios pero que no aceptaban el sometimiento a Moscú, resultó inútil y contraproducente.

Chang cita un párrafo del discurso que pronunció Mao en Moscú, en noviembre de 1957, en una reunión de 64 partidos comunistas:

“Veamos cuánta gente moriría si estallara la guerra. Hay 2,700 millones de personas en el mundo. Tal vez desaparecería una tercera parte o tal vez algo más, puede que la mitad (…) lo que quiero decir es que, en la situación más extrema, la mitad viviría y la mitad moriría, pero el imperialismo quedaría borrado de la faz de la tierra y el mundo entero se convertiría en socialista”.

No es lo mismo la violencia revolucionaria, que puede ser inevitable en momentos cruciales, que el sueño de matanza masiva.

Tengo a la vista la llamada “Entrevista del siglo” en la edición de El Diario senderista del 24 de julio de 1988. Allí se lee, página 19:

“Frente al uso de mesnadas y la acción militar reaccionaria le respondimos con una acción: Lucanamarca”.

Fue un crimen en que los senderistas mataron a 80 ancianos, mujeres y niños.

“Ahí hubo exceso, pero toda cosa en la vida tiene dos aspectos”, continuó Guzmán. “Fue la propia Dirección Central la que planificó la acción y dispuso las cosas”.

Así que, porque todo en la vida tiene dos aspectos, se puede matar a inocentes. Crímenes como éste hicieron que, al final, los campesinos derrotaran a Sendero.

Alguien me dijo: “El camarada Abimael no podía saber todo lo que hacían sus militantes”.

Con ese mismo argumento se puede defender, y se defiende, a Fujimori. En todo caso, lo de Lucanamarca demuestra hasta dónde pueden llevar el violentismo, el endiosamiento del líder, la intolerancia.

Contra eso estoy, estuve y estaré. Así como contra los crímenes del otro lado.
Fuente: Diario La Primera. 26/12/08