domingo, 13 de octubre de 2013

Andrés Avelino Cáceres Dorregaray, el héroe de la Campaña de la Breña.

Cáceres 90 Años


Carlos Cabanillas

Él solo hizo la tarea de muchos hombres”, sentenció el historiador Jorge Basadre. “Y hubo momentos en que pudo decirse que en el Perú no relucía oro de más quilates que la espada de Cáceres”. Eso fue Andrés Avelino Cáceres Dorregaray, el héroe de la Campaña de la Breña. Luego se hablaría del otro Cáceres, el ayacuchano que fue dos veces presidente del Perú. Esta dualidad define el legado de un héroe indiscutible que sobrevivió lo suficiente como para convertirse en político, con todo lo que aquello implicó. Otro hubiese sido el balance de no haber tenido consigo a su caballo El Elegante en Huamachuco.

A pesar de ello, los enemigos de Cáceres –que los tuvo, y muchos– jamás pudieron minimizar su rol en la resistencia. Las críticas fueron “lodo resbalando sobre granito”, en palabras del propio Basadre. La Breña fue solo la cima de una larga carrera militar que pasó por la batalla de La Palma, el combate del 2 de mayo de 1866 en el Callao y su lucha al mando de Ramón Castilla.

Su tan mentado enfrentamiento con Miguel Iglesias, por ejemplo, resultó en una Junta de Gobierno y, finalmente, en elecciones, las que ganó. Cuentan los biógrafos que su entrada a Lima escoltado por indios con quepis rojos fue apoteósica. Aquel 28 de julio de 1886 leyó su célebre mensaje presidencial de apenas una página y media. Sintomáticamente, hoy se busca ensalzar la figura de Iglesias, quien hizo la paz con Chile. De Cáceres solo hablan algunos etnocaceristas.

Revisar la biografía cacerista es también comprender la admiración humalista. Como descendiente de terratenientes, vivió su infancia entre campesinos ayacuchanos, aprendiendo el quechua que –a decir de Alberto Tauro del Pino– años después le ayudaría a construir sus estrategias. “Fue como un abrazo fugaz, aunque muy significativo, entre el Estado peruano –encarnado en Cáceres y en el Ejército del Centro– y el viejo trasfondo rural del país”, reflexiona Pereyra. Quizás por eso el discurso humalista es pródigo en referencias geográficas e históricas, trufadas con alusiones a Cáceres y Charles Darwin.

En su libro Andrés A. Cáceres y la Campaña de la Breña (1882-1883), el historiador Hugo Pereyra Plasencia sostiene que ‘Taita’ Cáceres se ubicó “casi al centro del espectro de clases”, lo que ayudó a forjar su figura política. “Cáceres fue un serrano blanco de origen terrateniente (…), un hombre de élite, un oficial del ejército, pero que no pertenecía a las familias más encumbradas del país ni tampoco a algún linaje antiguo de renombre que se haya mantenido a lo largo de varias generaciones”. Su apellido, dice Pereyra, “comenzará a brillar con él, y terminará con él, por ausencia de descendencia masculina”.

Su rol en la reconstrucción nacional también fue clave. Formó el Partido Constitucional en 1885 y durante su primer gobierno (1886-1890) creó nuevos impuestos, instauró la educación primaria obligatoria, retiró la devaluada moneda y firmó el polémico Contrato Grace a cambio del pago de la deuda externa, quizás su acto más cuestionable e incomprendido. Fue allí que se ganó la rivalidad de Manuel González Prada. Volvería a la presidencia en 1894 luego de unas elecciones amañadas. Su autoritarismo y la ausencia de legitimidad popular desató la guerra civil. La Coalición Nacional encabezada por Nicolás de Piérola (fundador del Partido Demócrata) unió a demócratas y civilistas en alzas. Derrotado, Cáceres partió al exilio en 1895. Como escribió el poeta Alberto Hidalgo, “por sus campañas de Huamachuco merece un Homero que le cante; por sus gracias de mandatario, un bufón que le apostrofe con carcajadas. Él hizo en tierra lo que Grau en el mar: peleó hasta el último momento con un santo coraje que llega a los límites de la alucinación. A estos dos leones nadie los igualará”.

Cáceres residió en Buenos Aires y Tacna, fue ministro plenipotenciario en Italia y Alemania y continuó representando un rol político, por ejemplo, apoyando el golpe de Leguía de 1919. Vivió sus últimos años en Ancón. Sus restos están en el Cementerio Presbítero Maestro.

Fuente: Revista Caretas n° 2304. 10 de octubre del 2013.