domingo, 26 de julio de 2009

Origen del reinado de Juan Carlos de Borbón. De príncipe de España a sucesor en la jefatura del Estado Franquista.

ESPECIAL. ANIVERSARIO EN ESPAÑA

Rey por orden de Franco

Yolanda Vaccaro (Corresponsal)

MADRID. El 22 de julio de hace 40 años Juan Carlos de Borbón fue nombrado príncipe de España y sucesor en la jefatura del Estado. Pero seguramente no es un hecho que el rey quiera precisamente recordar. Porque su nombramiento fue decidido por el entonces dictador Francisco Franco. Así, por designación del dictador, Juan Carlos I, de rodillas sobre un cojín de terciopelo guinda, juró su investidura con uniforme de capitán de infantería y llevando el Toisón de Oro y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. Juró “en nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios, lealtad al jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del reino”. El Movimiento Nacional era el brazo político de la dictadura.

Juan Carlos de Borbón fue proclamado príncipe de España y sucesor a título de rey en la jefatura del Estado. Dos días después, por decreto, fue ascendido a general de brigada de los Ejércitos de Tierra y Aire, y contraalmirante de la Armada, atribuyéndosele los honores de capitán general. A partir de entonces ocupó en todos los actos oficiales el puesto inmediato al del jefe del Estado, que era Franco. La Ley de Sucesión, publicada el 23 de julio de 1969, establecía que “al producirse la vacante en la jefatura del Estado, se instaurará la corona en la persona del príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón”.

ERROR DE CÁLCULO

De esta forma Juan Carlos I consiguió que los Borbones volvieran al trono pese a que ello le costó un disgusto familiar con su padre, Juan de Borbón, legítimo sucesor de Alfonso XIII (depuesto en 1931), a quien el dictador odiaba. Franco prefirió a Juan Carlos, a quien conocía bien pues incluso había hecho que de niño viviese en el Palacio de El Pardo, residencia de los Franco.

El dictador pensó que de esta forma se perpetuaría el franquismo después de su muerte. Así lo afirmó en las cortes el día de la proclamación, donde indicó que Juan Carlos había dado “claras muestras de lealtad a los principios e instituciones del régimen”. Por si quedaban dudas, en su juramento el entonces príncipe llegó a decir que aceptaba el nombramiento por una “legitimidad” emanada del 18 de julio de 1936. Una fecha marcada a fuego en el calendario de las efemérides españolas porque ese día Franco cometió el golpe de Estado que le llevaría a gobernar España con mano de hierro.

Se iniciaba así un periplo que continuaría con la proclamación de Juan Carlos de Borbón como rey de España y jefe del Estado, a la muerte del dictador, el 22 de noviembre de 1975.

La forma como llegó al trono y el contexto histórico y político de aquellos años no permitían presagiar un camino de rosas para el nuevo jefe del Estado. Así, el monarca fue calificado rápido como “Juan Carlos el Breve”, en la creencia de que su reinado sería efímero. Cuarenta años después Juan Carlos I encabeza una monarquía considerada austera y correcta, más allá de los debates sobre la legitimidad de su designación.

Y es que Juan Carlos de Borbón, lejos de lo que esperaba Franco, hizo todo lo posible por erradicar los remanentes de la dictadura. En estas cuatro décadas ha tratado que quede en un segundo plano el hecho de haber sido designado por el dictador que mantuvo en un puño a España durante cuatro décadas. Y lo ha logrado mediante acciones determinantes a favor de la transición y de la consolidación democráticas.

Todo indica que no lo ha hecho mal. Si se pregunta a los españoles hoy por hoy, seguramente la mayoría dirá que el rey tiene mucho más a favor que en contra por sus actos. De allí que a una buena parte de los españoles les guste decir que son juancarlistas más que monárquicos o republicanos.

PUNTO DE INFLEXIÓN

¿En qué momento los españoles dejan de pensar en Juan Carlos de Borbón como un jefe del Estado designado por el dictador Franco? En este punto hay coincidencia en todos los flancos. El rey se ganó el respeto y el cariño de su gente el 23 de febrero de 1981. Ese día un grupo de militares y guardias civiles, descontentos porque perdían los privilegios exorbitantes que disfrutaron durante la dictadura, secuestraron el Congreso, con sus parlamentarios dentro. La asonada no prosperó porque a las pocas horas del intento de golpe de Estado el rey Juan Carlos, en su calidad de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, emitió por Televisión Española un mensaje que obligaba a los golpistas a retractarse. Y así lo hicieron.

Esos momentos fueron cruciales porque España vivía el período que sería recordado como la Transición, el paso de la dictadura a la democracia sin que se derramara una gota de sangre. Y el rey fue una figura clave en este proceso.

Hoy lo que prevalece en el imaginario colectivo, con las lógicas excepciones a la regla, es que Juan Carlos I lidera una monarquía considerada austera y carismática dentro y fuera del país.

En estos cuarenta años España ha pasado de ser un país con grandes déficits de desarrollo a convertirse en la octava economía mundial por producto bruto interno. Un país sobre el que quienes visitan después de décadas afirman que ha pegado un vuelco espectacular en su salto a la modernidad y a la democracia. El rey hizo mucho por ello aunque solo sea por haber evitado entrar en escena como un monarca continuista del franquismo.

Franco nombró a Juan Carlos I. Pero el monarca se ha encargado de difuminar esa sombra con las luces de su reinado.

OTRA COSA ES EL PRÍNCIPE FELIPE

Monárquicos o republicanos, conservadores o progresistas, la mayor parte de españoles se declara juancarlistas. Otra cosa es lo que piensan de Felipe de Borbón y Grecia, el príncipe de Asturias, el sucesor a la corona. Así como al rey se le reconoce su entrega incluso eligiendo por esposa a una mujer preparada desde niña para ser reina, doña Sofía, hija de los reyes Pablo y Federica de Grecia, al príncipe Felipe se le achaca pensar antes en sí mismo que en la responsabilidad que tiene encomendada.

Es verdad que en estos días se recuerda que Juan Carlos I fue designado por Franco. Pero sobre todo los medios de comunicación y las tertulias, cada vez que se tiene que hablar de la corona, no dejan de señalar que la elección de Letizia como esposa por parte de Felipe no encaja con el modelo de entrega y responsabilidad que se espera del futuro rey y jefe del Estado. Y es que no se olvida que Letizia era una mujer divorciada y carente de conocimiento de las esferas monárquicas y de la élite mundial cuando fue elegida por el príncipe. Una crítica que, cómo no, lanzan principalmente los monárquicos más rancios del reino.

Así como pocos dudan de que la monarquía juancarlista es sólida, pocos creen que la monarquía felipista —si llega a tener lugar— sea duradera. El tiempo tiene la palabra.

Fuente: Diario El Comercio. Domingo 26 de julio del 2009.