miércoles, 15 de septiembre de 2010

Significado histórico del gobierno de Lula da Silva.

“Lula o analfabeto”

Por: Guillermo Giacosa (Periodista)

Este texto del profesor Pedro J. Lima lo he traducido porque vale la pena. “FHC –el ex presidente de Brasil–, sociólogo, entiende tanto de sociología como el ex gobernador de São Paulo y candidato, José Serra, entiende de economía. Lula, que no sabe de sociología, elevó a la condición de consumidores a más de 50 millones de pobres, y sin entender de economía, pagó las cuentas de FHC, llevó a cero la deuda con el FMI y todavía le prestó plata a algunos ricos. Lula “o analfabeto”, como le llamaban sus enemigos políticos, no privatizó las empresas estatales como hizo FHC, sino que las fortaleció tanto que hoy Petrobrás es la segunda mayor empresa de petróleo del mundo y va camino de ser la primera. Lula “o analfabeto”, que no entiende de educación, construyó más escuelas y universidades que todos sus antecesores y creó PRO-UNI, que permite a los hijos de los pobres asistir a la universidad. Lula, que no entiende de finanzas y cuentas públicas, elevó el salario mínimo de 64 a casi 300 dólares, y no quebró el Sistema de Previsión como anunciaba FHC. Lula, que no entiende de psicología, elevó con esto la moral de la nación, aunque la prensa golpista diga lo contrario. Lula, que no entiende de ingeniería ni de mecánica –ni de nada–, rehabilitó el 'proalcool’, dio empuje al biodiesel y llevó al país a liderar en el campo de los combustibles renovables. Lula, que no entiende de política, cambió los paradigmas mundiales, colocó a Brasil en una situación de liderazgo entre los países emergentes y contribuyó al entierro del G-8. Lula, que no entiende de política externa ni de conciliación, pues solo fue un pobre sindicalista, mandó al cuerno el ALCA, se alió a sus vecinos del sur y hoy ejerce un liderazgo sin pretensiones imperialistas. Lula, que no entiende de mujer ni de negro, puso al primer negro en el Supremo Tribunal Federal, y a una mujer, que puede ser su sucesora, en el cargo de primera ministra.

Pedro J. Lima continúa: “Lula, que no entiende de desarrollo y nunca oyó hablar de Keynes, creó los mecanismos para que la crisis mundial no golpeara al Brasil. Lula, que no entiende de crisis, mandó reducir algunos impuestos y condujo a la industria automovilística a batir el récord en producción y ventas. Lula, que no entiende portugués ni otras lenguas, tiene mucho peso entre los líderes mundiales y es respetado y citado como una de las personas más poderosas e influyentes del mundo actual, al punto que podría ganar el Premio Nobel de la Paz 2010”.

El texto finaliza así: “Lula, que no entiende de respeto a sus pares, logró empatizar con Bush y ahora lo ha hecho con Obama. Lula, que no entiende de geografía –pues no sabe interpretar un mapa–, es actor principal de los cambios geopolíticos que se están produciendo. Lula, que no entiende nada de diplomacia internacional –pues nunca se preparó para ello–, actúa con una sabiduría natural en todas las ocasiones y siempre es buscado como interlocutor universal. Lula, que no entiende nada, ha dejado un gran legado. Qué hubiese pasado si entendiese algo”.

Fuente: Diario Perú 21. Mié. 15 sep '10.

Recomendado:

Lula da Silva, "un ejemplo exitoso de socialdemocracia en América latina".

domingo, 12 de septiembre de 2010

Historia del impacto de la malaria y la fiebre amarilla en el Caribe.

El señor del Caribe

Desde el siglo XVII al XX los mosquitos que propagan la malaria y la fiebre amarilla han sido los verdaderos hacedores de la historia, más que conquistadores, piratas, misioneros y negreros.

Por: Mario Vargas Llosa (Escritor)

El abuelo Pedro viajó mucho en su juventud por la cordillera y las selvas del Perú y Bolivia y oírlo contar las aventuras y desventuras que vivió en sus recorridos, en la casona familiar de la calle cochabambina de Ladislao Cabrera, era tan entretenido como leer las novelas de Salgari, Miguel Zévaco o Julio Verne. Mis primas y yo lo escuchábamos extasiados. En uno de sus viajes, a orillas del Urubamba, se encontró con la expedición que dirigía Hiram Bingham y que poco después redescubriría el santuario-fortaleza de Machu Picchu, hasta entonces sólo conocido por los campesinos de la región. Pernoctó con los expedicionarios y recordaba muy bien la madrugada que se despidieron, "ese gringo larguirucho hacia la fama y yo hacia las tercianas".

El abuelo Pedro llamaba "tercianas" a las fiebres palúdicas o malaria, que por entonces infestaban toda América Latina, pues, aunque ya se usaba la quinina para combatirla, no existía, ni existe todavía, una vacuna que sirviera para frenar eficazmente los estragos que causa la picadura del siniestro anofeles. La curación era larga y elemental, poner a sudar al enfermo envolviéndolo en mantas como una momia y haciéndole tragar infusiones ardientes para bajarle las altísimas fiebres que lo hacían delirar y temblar como atacado por el mal de San Vito. Muchos sucumbían a las fiebres o al tratamiento. Pero, peor todavía que la malaria, era la fiebre amarilla, transmitida por otro mosquito, hembra en este caso, peste para la que simplemente no había curación posible: sus víctimas adquirían un color verdoso amarillento y se iban escurriendo hasta perecer sacudidas por el vómito negro. Las historias del abuelo Pedro hicieron que yo contrajera precozmente un odio visceral contra los mosquitos y zancudos, que éstos me han devuelto con creces, sobre todo en mis viajes por la Amazonía, de los que he salido siempre rascándome, devorado por las picaduras.

Me ha hecho recordar las historias del abuelo Pedro que encandilaron mi infancia un artículo de Gabriel Paquette, que acabo de leer en el Times Literary Supplement (Julio 30, 2010). Reseña un libro recién aparecido en Inglaterra, Mosquito Empires, cuyo autor, J. R. McNeill, es un historiador empeñado en dar a la ecología y el medio ambiente un protagonismo en la historia de la que tradicionalmente han sido excluidos y que, según él, en buena parte han modelado y orientado con tanto (y a veces más) vigor que los seres humanos. El subtítulo del libro, "Ecología y guerra en el Gran Caribe", indica que su investigación se centra en este territorio. Abarca unos 300 años, desde la llegada de los europeos a la región hasta la I Guerra Mundial. El héroe de la historia es el maldito mosquito, tanto el que propaga la malaria como la hembra que inocula la fiebre amarilla, y, si el profesor McNeill ha acertado en sus investigaciones, esta pareja ha hecho más para fraguar la historia de esa encrucijada de culturas, razas, lenguas y tradiciones que es el Caribe, que todos los indígenas, conquistadores, piratas, misioneros, contrabandistas, negreros e inmigrantes instalados en esas islas, costas y selvas bañadas por ese mar esmeralda e iluminadas por esos cielos color lapislázuli.

El Caribe que aparece en el libro de J. R. McNeill, según Gabriel Paquette, no es el paraíso turístico de las playas de arenas doradas y los cócteles de recio ron y palmeritas de plástico, sino un mundo al que, en los barcos de esclavos procedentes del África, llegan en algún momento las hembras del Aedes Aegypti y se domicilian felizmente en las selvas desarboladas y convertidas por los colonos en haciendas cañeras. Al parecer, esta deforestación y erosión del suelo creó unas condiciones muy propicias para la supervivencia y reproducción de mosquitos y virus. Su alimento estaba garantizado con la gran abundancia de material humano, en especial los braceros de las plantaciones, los soldados de las guarniciones y los marineros de los barcos militares, cargueros y piratas.

Tanto Francia como Inglaterra hicieron múltiples intentos para erradicar del Caribe al imperio español, enviando expediciones militares e instalando colonias de inmigrantes en las islas y cabeceras de playa que conquistaron. Según McNeill la razón primordial de que todos estos esfuerzos fracasaran no fue la resistencia que opusieron los soldados del Rey de España sino la labor silenciosa y corrosiva de los inesperados aliados volantes con que contaron -el anofeles y la Aedes Aegypti- cuyos picotazos diezmaron y a veces desaparecieron a los invasores. Por lo visto, quienes ya estaban instalados allí y sobrevivieron a las plagas, habían adquirido inmunidad, a diferencia de los recién llegados cuyos organismos eran pasto veloz de las fiebres mortíferas.

Algunas de las cifras que cita Paquette producen vértigo. A fines del siglo XVII, Inglaterra logró instalar en las selvas del Darién, en una zona que es hoy la frontera entre Colombia y Panamá, una colonia de escoceses que fue íntegramente exterminada por los microbios. En lo que es ahora la Guayana Francesa, entre 1764 y 1765 desaparecieron en el curso de sólo un año 11.000 de los 12.000 europeos que el Gobierno francés había instalado en Kourou, víctimas de la malaria, la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales. Una de las expediciones militares lanzadas por Gran Bretaña contra España en el Caribe fue la dirigida por el almirante Vernon en 1741, cuyas fuerzas militares pusieron sitio a las ciudades de Cartagena (Colombia) y Santiago (Cuba). Los mosquitos liquidaron a 22.000 de los 29.000 sitiadores en pocos meses, en tanto que sólo un millar de los soldados británicos murieron combatiendo.

En 1762, el conde de Albemarle consiguió cercar con su ejército a la ciudad de La Habana. Ésta parecía condenada a caer en poder de los británicos. Pero los sitiados consiguieron resistir hasta la llegada de la estación de las lluvias, con sus nubes de mosquitos, que en poco tiempo dieron cuenta de unos 10.000 sitiadores. En los combates militares, en cambio, apenas 700 soldados ingleses murieron. Estas cifras indican de manera inequívoca que el mosquito venenoso fue el verdadero conquistador de América y también factor decisivo de que prevalecieran su emancipación e independencia, pues, según McNeill, de los 16.000 soldados que Fernando VII envió a América en afanes de reconquista, el 90% perecieron por las enfermedades tropicales ante las que sus organismos forasteros eran absolutamente indefensos.

Una de las mortandades más terribles de las guerras caribeñas ocurrió entre las fuerzas francesas y británicas que trataron de reconquistar Haití, luego de que esta colonia se emancipara en medio de las guerras de la Revolución Francesa. Aunque en este caso los cálculos estadísticos parecen más inciertos que en los ejemplos anteriores, el profesor McNeill cree posible asegurar que unas tres cuartas partes de los 50.000 muertos que hubo entre aquellos expedicionarios antes de 1800 no murieron de bala ni espada sino entre los delirios de las fiebres y temblores de la malaria y los vómitos incontenibles de la fiebre amarilla.

Gabriel Paquette relata, como colofón de su reseña, que los estragos de aquellos bichos homicidas continuaron prácticamente hasta comienzos del siglo XX. Sólo en 1900, una comisión médica del Ejército norteamericano que ocupaba Cuba estableció una relación de causa-efecto entre el mosquito y la fiebre amarilla. Los medios científicos se mostraron al principio escépticos y The Washington Post, incluso, editorializó en contra de "esa estúpida y absurda chacota". Sin embargo, el Gobierno de Washington se dejó convencer y emprendió una campaña de erradicación de mosquitos en tierra cubana. Dos años más tarde, la fiebre amarilla había desaparecido junto con sus alados transmisores. Pero sólo 30 años más tarde se pudo elaborar la vacuna que lograría reducir drásticamente en todo el mundo aquel virus que, según J. R. McNeill, ha causado más sufrimiento y atrocidades que la codicia y los fanatismos que llevan a los hombres a entre matarse desde el principio de los tiempos.

Habrá que escribir de nuevo las historias, pues. Aunque la responsabilidad moral de todos los grandes acontecimientos de la historia humana incumbe únicamente a los bípedos que ordenaron y libraron las guerras, las conquistas, los genocidios, las inquisiciones, etcétera, no hay duda que los hombres no pudieron nunca, ni en el pasado ni el presente, tener el control absoluto de las secuelas de las aventuras a que empujaron a la humanidad ni estuvieron en condiciones de hacer frente a los imprevistos que surgían en el camino y les imprimían casi siempre una orientación distinta de la prevista y, a veces, las desnaturalizaron hasta convertirlas exactamente en las antípodas de lo que se esperaba que fueran. Nadie hubiera imaginado antes de ahora -en nuestros tiempos de preocupación por la ecología y el medio ambiente- que el invisible mosquito zumbón hubiera podido ser, entre los siglos XVII y XX, el verdadero hacedor de la historia del Caribe.

Fuente: Diario El País (España). 05/09/2010.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Historia del Brasil: Reino, Imperio y República. De Pedro I a Lula da Silva.

Independência ou Morte: 7 de setembro de 1822 - quadro de Pedro Américo
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“Viva a independência e a separação do Brasil. Pelo meu sangue, pela minha honra, pelo meu Deus, juro promover a liberdade do Brasil. Independência ou Morte!”.
D. Pedro I, em 7 de setembro de 1822
Brasil: 188 años

Por: Isaac Bigio (Internacionalista)
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El 7 de setiembre de 1822 Brasil se separó de Portugal. El proceso de independencia de quien, entonces, era el mayor país americano, tuvo muchas diferencias en relación al resto del continente.

La creación de las primeras repúblicas americanas como las de Estados Unidos (1776), Haití (1804) y las hispanoamericanas después de 1810 se caracterizaron por cruentas guerras para expulsar a la monarquía foránea e instaurar nuevos Estados que postulaban distintas formas de democracia.

En cambio, Brasil fue el único país de su hemisferio en el cual se asentó una casa real europea. En 1808, cuando Francia ocupó Portugal toda la élite real se trasladó a su mayor dependencia. Esto condujo a que Brasil adquiriese el status de reino y que en 1815-22 se diese el Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve.

El 26 de abril de 1821 el emperador portugués Juan VI decidió trasladarse desde Río a Lisboa, pero su hijo Pedro de Alcántara prefirió quedarse y unos 17 meses más tarde se autoproclamó como soberano del Brasil, título que Lisboa sólo reconoció el 19 de agosto de 1825.

El coloso amazónico se convirtió así en el mayor imperio monárquico que haya tenido las Américas. Pedro I incluso llegó a ser también rey de Portugal y de sus otras colonias por pocos días en 1826. Su hijo Pedro II (1825-1890) fue coronado Emperador del Brasil el 7 de abril de 1831 (cuando aún sólo tenía 6 años), cargo en el que estuvo hasta el 15 de noviembre de 1889.

Ninguna persona no electa ha gobernado a un Estado americano tan grande como los dos Pedros y ningún mandatario americano ha durado tanto en su puesto como el último rey del Brasil.

Brasil abolió la esclavitud y devino en república sólo al filo de los 1890, varias décadas después del resto de la Latinoamérica continental.

Mientras que Haití y la mayor parte de las demás repúblicas hispanoamericanas se dividieron, Brasil logró repeler toda secesión. Mientras hoy los americanos de lengua inglesa, francesa, española u holandesa están repartidos en múltiples Estados, todos los 26 Estados federados y 5,565 municipios de lengua oficial portuguesa conforman el país donde reside más del 50% de los sudamericanos.

Poco antes de su nacimiento, Brasil llegó a gobernar el imperio transoceánico más antiguo de todos los tiempos: aquel que Portugal empezó a crear en el siglo XV y que llegó a expandirse por el Atlántico y el Índico.

Hoy el 85% de quienes hablan el portugués como su primera lengua viven en Brasil. Hoy el portugués se unifica en torno a las nuevas normas brasileras. En los hechos el portugués se torna brasilero y Brasil es el único país iberoamericano que pueda entrar permanentemente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Si hasta hace un cuarto de siglo la izquierda consideraba al Brasil como un "sub-imperialismo" que seguía a EE.UU., hoy Lula se ha atrevido a desafiar a Bush y Obama en muchos puntos. Brasil, Rusia, India y China forman el bloque de las 4 nuevas economías emergentes (BRIC). Brasil ha logrado estructurar en torno a sí a la Unión Sudamericana de Naciones y rivaliza con México en ser el líder de la nueva comunidad de estados latinos y caribeños.

Fuente: Diario Correo (Perú). 07 de Setiembre del 2010.
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jueves, 9 de septiembre de 2010

Historia del monitor Huáscar. Polémica sobre la devolución del histórico barco peruano.

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¿Dónde debe estar el Huáscar?

Es el símbolo supremo de una victoria bélica, un trofeo de guerra que se exhibe al mundo como museo flotante. En Chile, más de una voz autorizada se ha pronunciado a favor de la devolución del navío al Perú. Se trataría de un gesto con una intencionalidad específica: buscar una reconciliación que deje en el camino la controversia marítima que hoy separa a ambos países. ¿Qué pensamos los peruanos al respecto? Una lección de historia resulta más que pertinente en esta circunstancia.

Por: María Isabel Gonzales

9 de octubre de 1879. Nos acabamos de enterar de una terrible noticia: el Huáscar fue capturado esta mañana en el combate de Angamos. Estamos haciendo todo lo posible por levantar la moral de nuestras tropas. Que Dios nos asista en esta hora tan difícil.

(Fragmento de una carta escrita por un boliviano durante la Guerra del Pacífico).

La guerra con Chile tiene una historia que parece interminable: el desenlace, hace 131 años, ya lo conocemos y sin embargo siempre habrá algo de qué hablar, escribir o reclamar. Así lo comprobó Renzo Babilonia, fotógrafo y docente universitario, al descubrir el texto que encabeza esta nota mientras buscaba información sobre una vieja fotografía. “Era una del Huáscar capturado en Valparaíso”, cuenta. El testimonio de aquel boliviano lo transportó por un momento y vio a dos naciones, Perú y Bolivia, de luto, devastadas al perder el buque que comandaba Miguel Grau. Sus quince años de servicio en la Armada Peruana acabaron el 8 de octubre de 1879, en el Combate de Angamos. Y los vecinos no perdieron tiempo y celebraron en Valparaíso. Según la historiadora Carmen McEvoy, hubo hasta circo gratis. Pero no es todo. El Huáscar se convierte así en trofeo de guerra, pero no va a un museo marítimo. Navegó con bandera chilena y con sus colores ganó la guerra del Pacífico.

Allí nace la polémica, dice Babilonia, porque cada país le atribuye un significado a la nave. Aquí coincidimos en que el Huáscar está asociado a Miguel Grau, el padre ideal de los peruanos, y verlo de vuelta –si Chile quiere devolverlo– sería el retorno de un símbolo admirado. Del lado chileno, dos de sus mayores héroes, Arturo Prat y Manuel Thomson, murieron en el Huáscar. Vaya dilema. Mártires de un lado y del otro. Por eso es que sorprendió tanto que el ministro de Defensa de Chile, Jaime Ravinet, dijera que se tendrá que conversar sobre la devolución del buque. Y sorprendió más la acogida que tuvo esta iniciativa. Primero fue el ex presidente Patricio Alwyn, luego el líder opositor Marco Enríquez Ominami y después la ex ministra Carolina Tohá, hoy presidenta del Partido Por la Democracia (PPD). Todos coincidieron: A devolver el Huáscar. En Lima nadie se entusiasmó. “Que lo devuelvan si quieren, pero el Perú no debe mover un dedo”.

Desde Inglaterra

El peruano Jorge Ortiz Sotelo y el chileno Carlos López Urrutia son los autores del libro Monitor Huáscar: una historia compartida. En él dan cuenta de la travesía de la nave, desde que en 1864 fue ordenada por el Perú a los astilleros ingleses de los hermanos Laird hasta su restauración y puesta en valor como museo flotante en Talcahuano, Chile. Su compra obedecía a una estrategia de defensa frente a España que en 1866 pretendía recobrar sus colonias en Sudamérica. El Perú, aliado de Chile, Ecuador y Bolivia, le hizo frente a la escuadra española y esperaba que el Huáscar se sumara a la guerra. Sin embargo, el 2 de mayo de 1866, poco antes de su llegada a las costas del Pacífico, los aliados vencieron a España en el Callao. El Huáscar permaneció en Valparaíso junto a la escuadra aliada hasta 1868. Ese año volvió al Callao. Al empezar la guerra la nave había cumplido quince años de fabricación; era un modesto buque con limitaciones. Para cargar sus dos cañones era necesario que dos tripulantes salgan a cubierta a cumplir la tarea; estos quedaban expuestos al enemigo. El blindaje no era suficiente. Su única ventaja frente a otros buques era su velocidad. Podía virar 180 grados en dos minutos.

La guerra inicia

El 5 de abril de 1879, cuando Chile declaró la guerra al Perú, el Huáscar estaba en reparación en el Callao. Y a contrapelo de las visiones románticas, que presentaban en óleos y grabados a un Huáscar gigante y poderoso, el contralmirante y director del Museo Naval del Perú, Fernando Casaretto precisa que el Huáscar era un buque pequeño, de 1,130 toneladas, dos cañones y una sola hélice. Debía enfrentar a unos ‘monstruos’ chilenos de 3,560 toneladas, que iban mucho más rápido porque tenían dos hélices y estaban más protegidos porque tenían doble blindaje y poseían seis cañones que podían hacer trizas a la escuadra peruana. Los blindados de Chile, el Cochrane y el Blanco Encalada, fueron comprados en 1872. Era tecnología mucho más avanzada que la nuestra, de 1865.

Tal era la superioridad de la armada chilena que, en opinión de Casaretto, Miguel Grau podía haberse rendido. Pero, en Angamos, Grau no se rindió. Quién sabe en qué momento exacto del combate murió despedazado, en medio de los fuegos combinados del Cochrane, el Blanco Encalada y la Covadonga. Setenta y seis disparos de cañón impactaron en el Huáscar. Casaretto, quien fue agregado militar en Chile, cuenta que allá, cada vez que un periodista le preguntaba: ¿Le gustaría que les devuelvan el Huáscar?, él respondía con la historia: Señor, en mitad de la campaña, cuando Grau regresó al Callao para reparar el Huáscar, le hicieron un agasajo en Lima. Allí, tras agradecer el gesto que tenían con él, Grau dijo: ‘Lo único que puedo prometer es que si el Huáscar no regresa triunfante al Callao, tampoco yo regresaré’. “Entonces, si Grau no volvió, ¿por qué debemos esperar al Huáscar? Hay que entender que es un trofeo de guerra, y que estos solo se ganan o se recuperan en guerra”.

¿Botín o trofeo?

En 1864, tres países sudamericanos, Uruguay, Brasil y Argentina, se unieron en contra de Paraguay. Esta alianza desató una confrontación armada que duró seis años, y en medio de ella la alianza vencedora se fue repartiendo trofeos de guerra mientras la sangre corría a mares. Desmembraron un país y devastaron el autoestima de su gente. Con la intención de reparar el daño, desde 1954 estos tres países devuelven trofeos de guerra. No es mucho pero, como parte de una política de reconciliación, Paraguay lo ha aceptado de buena gana. Tras la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles obligó a Alemania a devolver una serie de bienes que habían sido robados de Francia. “Ojo, esos eran bienes, no trofeos. Era un botín de guerra. Y Alemania, lejos de entender la lección, durante la Segunda Guerra Mundial convirtió el saqueo y la confiscación de bienes culturales en una política de Estado”, refiere el historiador Antonio Zapata.

El Huáscar es un trofeo de guerra. En cambio los documentos y monumentos históricos que Chile robó durante su ocupación sí son un botín. Finalmente, volvamos a la pregunta: ¿debería regresar el Huáscar a nuestras costas? Zapata dice que no. “¿Queremos un trofeo de guerra? Saquemos la Covadonga del mar de Chancay, ese fue nuestro trofeo, obtenido por apenas tres peruanos tras una estratégica explosión. Justo cuando estábamos en lo peor de la guerra. La hundieron tres valientes, a quienes nadie recuerda, y a los que no rendimos ningún honor pensando en un buque que nos ganaron”.

Fuente: Diario La República, suplemento "Domingo". 05 / 09 / 2010.
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domingo, 5 de septiembre de 2010

Max Uhle, pionero de los estudios arqueológicos en América.

El legado de Uhle

Sabio alemán. Acaba de aparecer “Max Uhle: 1856-1944”, un volumen que evalúa a la luz de los nuevos tiempos los aportes del investigador alemán en América. Un hombre que recogió el espíritu de su época y se lanzó a la conquista del Nuevo Mundo.

Por: Jorge Paredes Laos (Escritor)

Vivió en un tiempo en que la palabra descubrimiento estaba asociada a los largos viajes científicos por los mares del sur, y a los hallazgos de culturas lejanas y exóticas. Max Uhle (Dresden 1856–Loben, 1944) se dejó llevar por esa corriente. Desde muy joven tuvo al parecer un espíritu aventurero –según confiesa en su tesis doctoral, abandonó la casa de sus padres a los 11 años–. Su interés por las lenguas orientales lo llevó a la lingüística, lo que le permitió conseguir en 1881 un puesto en el Museo Etnográfico Real de Dresden. Entonces, recorre los museos europeos, conoce a Adolf Bastian, el padre de la etnología alemana, y a Alphons Stubel, un coleccionista que lo cautiva con sus fotografías y piezas recogidas en sus viajes por los países andinos. Stubel lo ayuda a ingresar al Museo de Berlín, donde Uhle ve las colecciones de Ancón, y lo seduce cada vez más la idea de venir a América.

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Llega al Perú en el último lustro del siglo XIX. Gracias al patrocinio de universidades de Estados Unidos (Filadelfia y Berkeley), Uhle inicia sus excavaciones en Pachacámac en 1896 y, aunque todavía no tiene una vocación definida, se inclina por la arqueología en un tiempo en que esta disciplina recién se iba consolidando. En una carta fechada en 1900 le dice a una tía que se siente como “el conductor de un aerostático sin rumbo fijo”.

Sus apuros económicos y su falta de tacto diplomático hacen que algunos de sus contemporáneos lo vean solo como un agente de museos extranjeros y expoliador de antigüedades. Una leyenda negra que Peter Kaulicke, uno de los editores de este volumen se apura en corregir: “No es tanto así. Más bien Uhle, cuando se desliga de las universidades norteamericanas, dirige sus esfuerzos a inculcar a los peruanos la protección de su patrimonio. Llegó a escribir un artículo donde reclamaba una legislación para toda América, porque creía que todas las naciones debían trabajar de manera conjunta”.

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A los 50 años, Uhle llega a ser designado director del Museo de Historia Nacional de Lima. Antes, a sus excavaciones y publicaciones sobre Pachacámac, se habían sumado sus trabajos en las huacas de la Luna y del Sol en Moche; sus excavaciones en Ica, Pueblo Nuevo, Pisco y Huaitará; además, de Ancón, la isla de San Lorenzo, el valle de Supe y la sierra de Lima. A esto se agregan sus visitas al Cusco y al Altiplano, donde hizo importantes observaciones etnográficas sobre las festividades, la medicina tradicional y la etnobotánica. Tomó miles de fotografías y documentó canciones y cuentos quechuas y aimaras. Este libro enfatiza en todos estos aportes, y citando a John Rowe, el arqueólogo Peter Kaulicke sostiene que Uhle llevó a cabo más trabajo de campo en la parte occidental de América del Sur que cualquier otro investigador antes y después de él.

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Por cuarenta años, Uhle recorrió seis países americanos y fue pionero en los estudios arqueológicos en varios de ellos. En 1939, ya viejo, retorna al Perú a un congreso de americanistas, pero al poco tiempo estalla la Segunda Guerra Mundial y el Perú le declara la guerra a Alemania. Varios ciudadanos alemanes –entre ellos Uhle– son detenidos en Chosica.

Cuando regresa a Alemania (en 1942), su salud está ya deteriorada. Es internado en un sanatorio, donde morirá dos años después. “Pero nadie conoce su tumba”, asegura Kaulicke, “porque parece que lo enterraron en una fosa común”. Resulta increíble que hasta hoy los investigadores no se hayan interesado en analizar las 2.153 cartas que el sabio dejó en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Ahí, entre miles de fotos, permanece oculto parte de su legado.

Fuente: Diario El Comercio, suplemento cultural "El Dominical". 5 de Setiembre del 2010.

Recomendado:

MAX UHLE (1856-1944). EVALUACIONES DE SUS INVESTIGACIONES Y OBRAS.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Debate histórico entre conservadores y liberales: del Perú colonial al Perú republicano.

Conservadores vs. Liberales

Por: Juan Gargurevich (Periodista)

Todos somos o conservadores o liberales. Hasta dicen que Adán era un conservador porque no quería moverse de la comodidad del Paraíso; en contraste Eva, movediza, liberal, quería ver qué había más allá, el fruto prohibido…

El periodismo no ha estado ajeno nunca a esa división y en nuestra historia la primera polémica la inauguró el “Semanario Crítico” de un cura intolerante, Olavarrieta, que abrió fuego contra los liberales del “Mercurio Peruano” en el lejano año de 1791. Se sorprendieron seguramente los soñolientos limeños de fines del siglo XVIII de la violencia con que zahería a quienes divulgaban la Idea del Perú y que para muchos era subversiva.

Lo que comenzó como intercambio de pullas leves se convirtió en batalla campal. Y los legendarios mercuriales llegaron a decir, en aquel 1791:

“….miraríamos ahora con la mayor indiferencia los sarcasmos groseros del Semanario Crítico. Su autor el Padre Fr. Antonio de Olavarrieta, de la Orden de San Francisco, lleno del más negro veneno, ha vomitado mil ironías amargas contra nuestra obra, mendigando para ello unas frases que no son de su instituto, ni como religioso, ni como literato”.

Olavarrieta no se quedó atrás y replicó con frases duras pero el ambiente no era propicio para su ácido Semanario que sólo alcanzó las 16 ediciones. Y se marchó a España.

Pero inauguró la intolerancia periodística en el Perú, dando lecciones a quienes vendrían después, en la siguiente discusión que se inaugura en 1811 cuando las Cortes, el parlamento de Cádiz decretan la Libertad de Imprenta y ordenan por tanto que la censura queda prohibida.

Era Virrey en Lima el astuto Abascal, monárquico duro, que no tuvo más remedio que ordenar que se pregone en las plazas limeñas, a principios de 1811, que cualquiera podía publicar sin pedirle permiso a nadie. Y nuevamente surgió la polémica: conservadores eran los que estaban a favor de la monarquía de poder absoluto; y liberales quienes también apoyaban a la monarquía pero con parlamento, Cortes, para equilibrar el ejercicio del poder.

Todo el periodismo sin censura que circuló en aquella etapa conocida también como la “Primavera de Cádiz” estuvo impregnado de la discusión que evidenciaba que los limeños estaban separados entre… conservadores y liberales.

Triunfó en España monarquía absoluta y el liberalismo allá y aquí fue perseguido con dureza y se suspendió la libertad de imprenta, retornándose a la hoja oficial. Pero ya había surgido otro debate entre los conservadores que deseaban permanecer como colonia y los liberales, que reclamaban la independencia.

Así pues, no hay que sorprenderse que frente al reclamo de cambio surjan las voces periodísticas conservadoras a las que hay que observar más allá de los insultos para establecer qué es lo que defienden.

Fuente: Diario La Primera (Perú). 04 de setiembre del 2010.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La herencia árabe en el Perú: historia y personajes actuales.

Moros en esta Costa

Desde el ministro Mufarech hasta la bella actriz Vanessa Saba: Herencias de un siglo de migración.

Con gran intuición en los negocios, celosos, afectivos, a veces vehementes, jocosos, muy trabajadores y excelentes padres, así ellos mismos se describen. Los árabes llegaron en varias oleadas durante todo el siglo y hoy los "paisanos" ocupan un lugar importante dentro de la sociedad peruana.

Escribe
FRANCISCO CENTURION A.

La noche del jueves 4, sólo faltaron los camellos en el Club Unión Arabe Palestino, en Surco. Un centenar de importantes personajes de la colonia árabe en el Perú, libaneses y palestinos, hijos y nietos de los primeros inmigrantes que llegaron a principios de siglo buscando oportunidades de trabajo, se reunieron en una suerte de homenaje al "paisano" Jorge Mufarech, ministro de Trabajo.

Pero "Coco", como le dicen, no es el primer descendiente de árabe que tiene a cargo un ministerio. Quien lo precedió fue César Atala, ex presidente del BID, ex ministro de Industrias y ex embajador del Perú en Washington, y que en algún momento fuera denominado como el factótum económico del gobierno aprista.

Pero existen también otras figuras políticas provenientes de esta colonia asociada al mundo de los negocios, como el ex senador, Miguel Angel Mufarech, y el alcalde del Callao, Alex Kouri.

Si no en el cogollo de la política, en otros dominios de la vida pública hay también figuras de la colonia como Salvador Majluf y Eduardo Farah, ex presidentes de la Sociedad Nacional de Industrias; Javier Abugattas, Roberto Abusada y Alfredo Jalilie, altos asesores del ministerio de Economía. Y en otros campos, menos agitados, el filósofo Juan Abugattas, el olímpico Juan Giha, el ex seleccionado y entrenador Juan Carlos Oblitas Saba y la modelo y actriz Vanessa Saba .

Detrás de la mayoría de todos estos personajes hay un pasado común que se remonta a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, cuando el imperio Otomano dominaba todo el Oriente medio.

Entonces muchas familias de Líbano y de Palestina, principalmente de los pueblos cristianos de Beit Jala y Belén, se sentían presionadas por el poder turco musulmán. La discriminación que sufrían los cristianos y los altos impuestos que cobraban, así como la escasez de tierras, fueron algunos de los motivos que actuaron como acicate de nuevos horizontes.

Así llegaron a América, en varias oleadas, familias libanesas como Mufarech, Kouri, Yapur, Succar, Bugosen, y palestinas, como Abusada, Said, Abugattas, Farah, Jalilie, Majluf, Saba, Sedan, Atala, entre otros. Muchos vinieron con pasaportes de Turquía, de ahí el inexacto apelativo de "turcos" que se utilizaba por igual para referirse a libaneses, palestinos, sirios, armenios e incluso judíos.

Farah Chehade Masso (91), uno de aquellos migrantes, cuenta que en Beit Jala "no había trabajo, eran parcelas pequeñas en donde se podía sembrar mínimas cantidades de uva, aceituna o damasco, que luego había que intentar venderlas para poder vivir". Chehade partió desde Belén al puerto de Haifa, a unos 50 kilómetros. Ahí fue de donde se embarcó en un vapor italiano hasta el puerto francés de Marsella, un viaje en el mar Mediterráneo de una semana. Ya en Marsella viajó en tren hasta Rochel, puerto a orillas del Atlántico, en donde zarpaban barcos ingleses hasta América por 55 libras peruanas. "Fueron 22 largos días cruzando el Atlántico para llegar, bajando por el cabo de Hornos, al Callao", señala Chehade.

Pero no todos tenían un destino fijo. "Uno iba al puerto de Beirut y lo único que se pedía era llegar a América, es por eso que el destino era muchas veces fortuito", señala el cónsul honorario de Líbano en el Perú, Elías Chalouhi. A veces los barcos los dejaban en cualquier puerto. Así llegaron, también, a las Antillas, a Dakar en Africa, otros a Cuba. Una vez desembarcados, muchos no tenían la alternativa para trasladarse a otro lugar de América así que se quedaban a trabajar como comerciantes, que es un oficio que llevan en la sangre. Y es que, como dice Eduardo Farah, el lema del éxito de la colonia árabe se basó en tres elementos "trabajo, disciplina y ahorro".

Del análisis de las colonias árabes en América Latina se desprende que el Perú no fue un destino principal. Según Benjamín Jarufe, secretario de la junta directiva del Club Unión Arabe Palestino, actualmente la colonia árabe en Brasil sería de siete millones; en Argentina, de alrededor de dos millones; en Chile, 350 mil; en Bolivia, cerca de 35 mil; y en el Perú, de tan sólo siete mil. La explicación es que los países con puertos atlánticos fueron los que en realidad acogieron a la primera gran ola migratoria, a fines del siglo pasado y a principios de éste, cuando el canal de Panamá aún no existía. Algo que resalta la importancia de la migración en la región, es que en América Latina ya fueron elegidos cuatro presidentes de la república con ascendencia árabe. El primero fue el colombiano Julio César Turbay Ayala, luego el ecuatoriano Abdalá Bucaram y los actuales presidentes de Ecuador y Argentina, Jamil Mahuad y Carlos Menem, respectivamente.

Así, los árabes que llegaron al Perú por esas épocas tuvieron que desembarcar en el puerto de Buenos Aires y cruzar la pampa argentina y la cordillera de los Andes, donde se bifurcaron hacia Chile en gran cantidad y, en menor número, a Bolivia. De Bolivia y Chile es que algunas familias decidieron probar suerte en el Perú, gran productor de lana en la región.

Los primeros árabes que llegaron al Perú por el sur, se asentaron principalmente en Arequipa, una ciudad muy mercantil y con oportunidades para negociar, Cuzco, Sicuani y Abancay. Muchos de los árabes que comercializaban telas, incluso a lomo de burro, fueron clientes de la conocida casa Ricketts de Arequipa. Poco a poco fueron ganándose la confianza de las grandes firmas y haciéndose fama de buenos pagadores, es el caso, por ejemplo, de las familias Kabhar y Abugattas en Arequipa. De este modo muchos dejaron de ser comerciantes ambulantes, y alquilaron locales que los convertían en verdaderos bazares, en donde se encontraba desde botones hasta trajes para novios.

Años después, ya en la segunda y tercera década del siglo, empezaron a llegar libaneses por el norte del país, quienes se asentaron en Chiclayo. Es el caso del padre del ministro Mufarech, que llegó a los dieciséis años a esta ciudad y tuvo que ingeniárselas vendiendo mercadería en las antiguas haciendas norteñas, y de la familia Kouri. Así muchas familias llegaron a surgir, consolidándose en el sector industrial. Si la primera generación de hijos de inmigrantes siguió el camino de sus padres, es decir en el comercio, la segunda generación empezó ya a acceder a las universidades. De este modo, como otras colonias, los árabes han podido contribuir al desarrollo económico, cultural y profesional del país que los acogió.

Herencia Cultural
En la arquitectura, la filosofía y la cocina persiste la huella árabe.

Juan Abugattas, profesor de filosofía en la Universidad de San Marcos y en la de Lima, nos recuerda que las huellas de la cultura árabe están presentes por todas partes en el Perú: en los balcones, la filosofía, la mazamorra y el turrón, por ejemplo.

Conocido es el papel de Averroes, el filósofo, en el pensamiento occidental. En el siglo XIII, el averroísmo conquistó centros culturales de Europa occidental. Aristóteles llegó a Santo Tomás a través de las ideas del pensador árabe. Los clásicos griegos comenzaron entonces a ser traducidos del latín y del árabe.

Gran parte de la herencia árabe vino, por supuesto, a través de los españoles. En el Perú, por otra parte, la influencia directa ha sido pequeña debido al escaso número de inmigrantes de esa procedencia. "Distinto es el caso de Brasil. Si pienso en Jorge Amado, veo que muchos de sus personajes son árabes y recuerdo que incluso él ha escrito La conquista de América por los árabes, una novela de amor pero cuyo tema es la masiva migración árabe al noroeste brasileño".

Abugattas alude al prejuicio que considera que árabe es igual a musulmán. "Musulmán", explica, "es el que profesa la religión del Islam. Pero muchos árabes son cristianos. Existe, además, una visión confusa del Medio Oriente, una visión crecientemente prejuiciosa. Se asocia la cultura de Oriente con el fanatismo".

Señala que en Europa y en Estados Unidos ha surgido un movimiento de comprensión de la historia y las ideas de los árabes. En Francia, descuella el profesor Maxime Rodinson. En Estados Unidos Noham Chomski, con su libro The Faithful Triangle, El Triángulo del Destino. Por otra parte, Edwar Said, nacido en Palestina, profesor de la literatura inglesa en la Universidad de Columbia, ha escrito Orientalismo, que es una crítica exhaustiva a los prejuicios de la academia occidental en su lectura del Oriente. Hay peruanos que están tratando de hacer lo mismo respecto a la cultura andina".

Fuente: Revista Caretas n° 1555 (Perú).

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