lunes, 11 de noviembre de 2013

De la república aristocrática y el régimen populista a la república democrática. Fernán Altuve y la democracia fuerte en el Perú.


LA FATALIDAD REPUBLICANA II

Fernán Altuve-Febres Lores

La República Aristocrática (1895-1930) se fundó gracias a la coalición mercantil conformada por la opulencia agroexportadora del patriciado costeño y la riqueza de los gamonales andinos que se enfrentaron contra la visión romana de los patriotas.
III
Víctor Andrés Belaunde, que sigue en su análisis a Joaquín Costa, observó que la nueva realidad originó tres fuerzas socio-políticas: la plutocracia costeña, la burocracia militar y el caciquismo serrano. La conformación tripartita de estos poderes fácticos respondió a la necesidad señorial de domesticar a la multitud para convertirla en una clase ausente, en una clientela electoral de los patricios. Logrado esto, el caudillaje quedaba huérfano de apoyo popular y así desvanecía la clásica dialéctica donde el cesarismo se enfrentaba al patriciado rampante.

Para un venerable Jorge Basadre, historiador de las Thursday, October 17, 2013elitesThursday, October 17, 2013, esta etapa constituyó un “Estado en forma” con una fuerte institucionalidad que podía servir de modelo arquetípico para el Perú independiente, pero, contrariamente a esta pretensión, un análisis detallado nos demuestra que este fue un régimen sumamente débil, debido a la lucha interminable de las facciones políticas. Esto fue claro hasta para un personero de la opulencia, como el intelectual Javier Prado Ugarteche, quien entendió lo grave del problema del faccionalismo afirmando que los partidos:
“ponen en pugna las fuerzas y las clases sociales, militares, letrados, señores y plebeyos, pobres y ricos, conducen a la división de los elementos nacionales, al odio irreconciliable entre las clases, a la anarquía y al despotismo, a la debilidad interna y lo que es peor, a la debilidad externa”.
Oswald Spengler, autor de la Decadencia de Occidente y creador del concepto de “Estado en forma” nos explica, en su libro Prusianismo y Socialismo, que esta noción no se debe confundir con la de “partidos en forma” que son aquellos grupos de interés que actuaban como mini-estados dentro de un seudo-Estado que no logra tener una forma propia. El mismo Spengler nos dice que en este tipo de países es común encontrar tres tipos de partidos. Uno que se identifica con el capitalismo, que es la fórmula del “socialismo inglés”, otro partido que se acerca al militarismo, que es la forma del “socialismo prusiano” y un tercer partido jesuita que es la forma del “socialismo español”.

En el Perú el Partido Civil del capitalista Pardo fue inglés, mientras que era prusiano el Partido Constitucional del General Cáceres, como jesuita fue el Partido Demócrata del exseminarista Piérola. El civilismo fenicio había logrado dividir al espíritu romano en dos partidos antagónicos, el de los legionarios de Cáceres y el de los montoneros de Piérola. He ahí la razón de la hegemonía del partido civil durante estos años.

Pero estos partidos señoriales con sus feroces pugnas públicas y sus convenientes acuerdos de gabinete tampoco pudieron crear la institucionalidad deseada y, por tanto, siempre vivieron en la fragilidad que produce una guerra política perpetua que solo era atemperada por cortos armisticios. El poeta Santos Chocano criticó la hipocresía de este tipo de régimen al que consideraba inferior al cesarismo, diciéndonos:
“Solo hay dos formas de gobierno, el gobierno de la fuerza o el gobierno de la farsa. En nuestra América tropical se tiene que escoger entre el gobierno de la fuerza organizadora o el gobierno de la farsa organizada”.

El sucesivo carrusel de facciones en el poder ya estaba gastado para 1919; por eso un astuto aristócrata provinciano, formado en el cálculo del partido inglés, terminó encarnando la irrupción de la pequeña burguesía contra el viejo patriciado mercantil. Abjuró del espíritu fenicio y trató de recrear un régimen de constitucionalidad fuerte como el que había buscado el General Cáceres. Se llamaba Augusto B. Leguía y gobernaría por once años.
Víctor Andrés Belaunde califica a esta etapa agónica de la vieja república de partidos como un Cesarismo Burocrático por haberse sostenido en la milicia y el caciquismo parlamentario. En realidad el cesarismo civil que impuso Leguía trató de superar los defectos del faccionalismo aristocrático con una continuidad personal que no sería posible tras la irrupción de las masas en la escena política y el consecuente establecimiento de una República Democrática.

IV
La República Democrática fue prefigurada por un joven Basadre en 1929 cuando pronunció su discurso. La multitud, la ciudad y el campo en la inauguración del año académico de la Universidad de San Marcos ante el mismo Presidente Leguía. Un año después a la caída de este gobernante, el 22 de agosto de 1930, la multitud, las masas en vías de organización, se hicieron presentes. Ahora bien, la acepción de “Democracia” que aquí damos es sociológica y no responde a la idea burguesa de un mero deporte electoral.

La nueva irrupción plebeya reintrodujo a la multitud en el escenario político y con ello quedó abierto el camino de la revitalización de la dialéctica César-patriciado. El liberado espíritu fenicio que había sido limitado por el cesarismo civil de Leguía tenía que impedir a toda costa que aquella “Hora de la Espada” augurada espléndidamente por el poeta argentino Leopoldo Lugones durante el centenario de la batalla de Ayacucho (1924) se hiciera realidad.

Hasta aquel momento el Perú había conocido a la muchedumbre, “tumultum” que de cuando en cuando se enrolaba tras un caudillo carismático, pero aquella quería dejar de ser multitud para convertirse en pueblo, “populus”. Fue entonces que una oligarquía unánime se disfrazó de patriotismo para enfrentar al pueblo de trabajadores con el pueblo en armas.

La necesidad por representar a ese pueblo en formación generó la rivalidad entre el partido de las armas que inauguró Sánchez Cerro y el ejército de las masas que fundó Víctor Raúl Haya de La Torre y lo convirtió en un verdadero “espartaquismo” criollo.

En ese sentido, es interesante observar cómo el esperado “Espartaco andino”, que intuía el historiador Luis E. Valcárcel para que tornase en realidad el socialismo de Mariátegui no prosperó políticamente. Es posible que ello se debiese a que  a esa multitud ansiosa de ser pueblo, el indigenismo solo le ofrecía un ideal de raza que la volvía a convertir en tribu. Años después, la utopía andina seguía “buscando un Inca”, en palabras de Alberto Flores Galindo, para que aquel hiciera la taumaturgia de convertir un gastado discurso en realidad.

La lucha entre el pretorianismo de un Ejército que marchaba al compás de “la Madelon” y el jacobinismo de un partido que cantaba “la Marsellesa”, dividió al espíritu latino y permitió que la adinerada Oligarquía se convirtiera en el árbitro indiscutible de esta disputa.

Precisamente, en el momento de mayor poder oligárquico, surgió la voluntad de algunos intelectuales de hacer de la burguesía criolla una auténtica “elite” responsable. Por ello José de la Riva Agüero, en una carta escrita el 6 de mayo de 1934 a Víctor Andrés Belaunde, criticaba duramente el: ”funestísimo espíritu fenicio que ha animado casi siempre a las clases adineradas”.

Autor en su juventud de Paisajes Peruanos, relación del viaje iniciático de un aristócrata limeño que quiso superar la histórica dicotomía entre lo andino y lo criollo con la idea de una nación mestiza, Riva Agüero, por ser un verdadero noble, fracasó en su intento de bautizar a los mercaderes con las virtudes del catolicismo romano. Años más tarde, el terrateniente Pedro Beltrán Espantoso le devolvió su sentido fenicio y la condujo hasta su ocaso en 1968.
Tres décadas de conspiraciones, golpes de Estado y elecciones estériles fueron el saldo del poco estable Régimen Oligárquico (1930-1962) que orientó el espíritu fenicio. La oligarquía, inflexible ante las aspiraciones populares, usó el lenguaje del nacionalismo para encumbrar a Generales como Manuel Odría, para traicionarlos cuando apreciaba que su caudillaje se hacía expresión del pueblo. Es por esto mismo que el sociólogo francés Henry Favre dijo certeramente que: “Si bien, Odría nunca fue tan lejos como Perón o Rojas Pinilla, es innegable que hubo en el odriísmo gérmenes de peronismo, cuyo desarrollo la oligarquía solo podía temer”.

El régimen oligárquico duró hasta 1962 cuando una acción reformista instó al Ejército a cambiar el cesarismo nacionalista por el nacionalismo populista. El golpe de Estado de 1962 inauguró el Régimen Populista (1962-1992) rompiendo el clientelaje de la vieja oligarquía e iniciando su desalojo del poder. La unión del pueblo con los militares -en esa inspiradora fórmula que conocemos con el nombre de binomio Pueblo-Fuerza Armada- encarnaba una nueva confrontación entre los guerreros y los mercaderes.

Lamentablemente, con la llegada de los militares al poder en 1968, se confundió el problema secular de la oligarquía, pues no se la entendió a ésta como una realidad socio-política sino que se creyó que ella era solo un degenerado sistema económico de producción feudal que tenía que ser corregido por una profundización de la revolución burguesa. Esta débil interpretación, tomada de la intelectualidad socialista, dio como resultado la creación de una nueva oligarquía financiera, menos arraigada que los terratenientes, y más voraz que ellos. Esa ha sido la paradoja del pretorianismo burocrático, habernos dejado en 1980, por impericia política, un espíritu fenicio potenciado y silenciosamente victorioso.

Aquí es importante señalar que la fractura del viejo modelo oligárquico ha reproducido nuevamente la dialéctica “cesarismo- patriciado”, pero con características menos flexibles que en otros tiempos. Así, por un lado aparece una tecnocracia fenicia como vanguardia de un empresariado egoísta, muy poco realista y absolutamente ajena a las necesidades de una nueva multitud, desbordada desde los campos hacia las ciudades. Multitud que no logró hacerse pueblo y que de tiempo en tiempo busca un providencial “outsider” que encarne sus crecientes aspiraciones y en algunos casos sus desesperaciones.

El grave problema del Perú es que cada día está más debilitado, pues “el desborde popular” supera las formas clásicas de la democracia y ésta no encuentra un espíritu que la oriente. Dando cuenta de los efectos de un primer desborde demográfico, José Matos Mar escribía en 1984:

“La multitud, hasta hace unos años clientela del poder, se encuentra ahora abandonada a su propia suerte. Lima se convierte así en el crisol en que se crea, al margen del mundo oficial, un nuevo sistema de formas inéditas en el pasado nacional”.

El segundo desborde, de carácter económico, fue prefigurado por Hernando de Soto en “El Otro Sendero” (1986) y se materializó en el gobierno de Reconstrucción Nacional iniciado en 1990 en el cual las Fuerzas Armadas tuvieron un rol fundamental.

Ahora bien, las multitudes, tras su desborde demográfico y económico, han logrado romper el cerco de la exclusión y la marginación, creando un poder paralelo, omnipresente, por lo que es probable que de una manera similar a otros casos del continente -donde se ha conocido el fenómeno de las masas golpistas- se presente el caso extremo de un desborde político cuando las formas actuales se hayan agotado.

Como hemos explicado, nuestra experiencia independiente ha sido la de regímenes frágiles: la República Autocrática estuvo siempre debilitada por el personalismo, la República Aristocrática permanentemente debilitada por el faccionalismo y la República Democrática adoleciendo de una debilidad congénita: la violencia, la marginación de masas y el desborde popular.

Un verdadero proceso de democratización política debe ser consciente de que el desorden y la debilidad han sido los orígenes de nuestros males y de nuestros vicios públicos durante casi doscientos años. Necesitamos de manera imperiosa un orden virtuoso que supere nuestras taras. Virtud deriva de Vir, “fuerza” en latín, por eso pensamos en una Democracia Fuerte que busque hacer del Perú un pueblo “en forma” que culmine la inconclusa revolución de la multitud y nos permita iniciar una nueva y aún no explorada revolución, la del espacio.

* Publicado en  La Democracia Fuerte. Lima, 2005

Fuente. Diario La Razón. 18 de octubre del 2013.