domingo, 26 de septiembre de 2010

La Doctrina Monroe: la no colonización por las potencias europeas y la doctrina de las “dos esferas”.

Una doctrina sin aplicación práctica

James Monroe. El presidente de Estados Unidos marcó con su proclama teórica gran parte del siglo XIX.

Por: Rosa Garibaldi (Historiadora y diplomática peruana)

El 2 de diciembre de 1823 el quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe (1758-1831), enunció lo que pasó a conocerse como la Doctrina Monroe. Su propuesta se basó en dos principios fundamentales de política exterior: la no colonización por las potencias europeas y la doctrina de las “dos esferas”. En primer término, sostuvo que “[…] los continentes americanos, por la libre e independiente condición que han asumido y mantienen, no pueden ser en adelante considerados como sujetos para la futura colonización por cualquiera potencia europea”. Y, en segundo, que “[…] Estados Unidos considera todo intento por parte de Europa de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad […] y de una manifestación inamistosa con Estados Unidos”.

Congreso de Panamá

En 1826, tres años después de que se enunciara la doctrina, Bolívar organizó el Congreso de Panamá. No estuvo en sus planes invitar a Estados Unidos, pero Colombia, México y América Central lo hicieron. Fue el sexto presidente, John Quincy Adams (1767-1848), quien aceptó la invitación y designó a los comisionados Richard C. Anderson, de Kentucky, y John Sergeant, de Pensilvania, aclarando que el propósito “no era contraer alianzas ni comprometerse en ninguna empresa o proyecto que implicara hostilidad contra cualquier otra nación”.

Propuestas dispares

Para Monroe la propuesta era que cada país impidiera –por sus propios medios– que cualquier colonia europea se estableciera dentro de sus límites. Un sistema de autoprotección unilateral, distinto al perfilado por Simón Bolívar, convencido de la necesidad de una defensa colectiva. Los congresistas opuestos a la misión, replicaron que la mera presencia de los delegados era cobeligerante y dañaría las buenas relaciones estadounidenses con España. Así se suscitó la lucha más dura registrada en la historia congresal de ese país.

Permisos tardíos

Los parlamentarios demoraron tanto en ratificar los nombramientos de los delegados que ninguno llegó a Panamá: Anderson murió en pleno viaje, y Sergeant arribó cuando la asamblea se había traslado a Tacubaya, México, huyendo de la epidemia de fiebre amarilla y del ‘vómito negro’, esfuerzo inútil pues ya los objetivos del congreso –tratados de confederación, de contingentes de fuerza y subsidios, y de organización y movimiento de los ejércitos y escuadra– habían sido alcanzados. Sin la participación de Estados Unidos se frustró la oportunidad de darle a la Doctrina Monroe un vínculo más permanente y se perdió la ocasión para que ese país explicara su verdadero alcance y desengañar a las naciones sudamericanas sobre sus ilusiones infundadas.

Un rey para Ecuador

En 1846 Juan José Flores –fundador y primer presidente del Ecuador, por quince años hasta su derrocamiento– organizó en España y Gran Bretaña una expedición para instalar una monarquía en su país. Contaba, entre otros, con el apoyo y financiamiento de la reina María Cristina de Borbón para colocar a su hijo –Agustín Muñoz y Borbón– en el nuevo trono ecuatoriano. Ante tamaño despropósito, el presidente peruano Ramón Castilla solicitó a Estados Unidos la venta de dos buques para enfrentar a Flores. No obtuvo respuesta pues ese país estaba en plena guerra con México e ignoró la violación a la Doctrina Monroe. La expedición de Flores fue disuelta con el apoyo de las misiones diplomáticas hispanoamericanas en Londres, lideradas por la peruana.

(Des) integración

Pese a la guerra con México, los estados sudamericanos anhelaban comprometer a Estados Unidos con la defensa hemisférica. El canciller José Gregorio Paz Soldán invitó a ese país a nombrar delegado al I Congreso Americano de Lima de 1848. El Gobierno Estadounidense no participó y se opuso a la unión hemisférica.

Dexter Perkins, máxima autoridad sobre la Doctrina Monroe, aclara que el objetivo era reservar para Estados Unidos el privilegio de conquista en el Nuevo Mundo, y deshacerse de toda intervención europea: era el arma del imperialismo estadounidense. Un ejemplo de esta vocación expansionista fue la del secretario de estado Daniel Webster, quien en 1852 determinó que las islas guaneras de Lobos (al norte del Perú) habían sido descubiertas por el marino mercante norteamericano Morrell, en 1833, y por tanto no pertenecían al Perú. El eficiente servicio diplomático de Ramón Castilla logró el reconocimiento de la soberanía peruana.

Defensa hemisférica

Dos hechos renacieron el ideal de defensa hemisférica, en 1856. El primero fue el intento del presidente ecuatoriano José María Urbina de establecer un protectorado estadounidense en las islas Galápagos –donde se suponía había guano de mejor calidad que el peruano–, y en la costa ecuatoriana. Estados Unidos desechó el tratado al descubrir la ausencia de guano en esas islas. El segundo hecho fue la invasión a Nicaragua del filibustero norteamericano William Walker. Esto con el apoyo encubierto de su gobierno. Los centroamericanos, liderados por Costa Rica, libraron una exitosa batalla contra Walker, que contó con la campaña de apoyo del diplomático peruano José Gálvez. El filibustero norteamericano fue capturado por la marina británica y ejecutado en Honduras. Estados Unidos estaba convencido de que el Tratado Continental de 1856 –firmado inicialmente por el Perú, Chile y Ecuador– tenía la finalidad de crear una alianza continental contra la “ambición e intervención de Estados Unidos”. En realidad ese tratado organizaba, principalmente, la defensa hemisférica contra futuras expediciones de filibusteros, pero el gran país del norte quería estar tranquilo y presionó, sin éxito, al Gobierno Peruano para que desistiera.

Francos intentos

Entre 1861/62, el presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno pretendió incorporar a su país al imperio francés. La intención gala fracasó en Ecuador, pues estaban más abocados a consolidar su imperio en México, instalándose allí en 1862. Una misión diplomática peruana, encabezada por Manuel Nicolás Corpancho, prestó invalorables servicios al gobierno de Benito Juárez. Mientras que Estados Unidos se limitó a pronunciamientos sin resultados: su única preocupación era apaciguar a Napoleón III para evitar que reconociera la independencia de los estados confederados rebeldes.

¿Y la doctrina?

En todo este intento europeo de restablecer colonias en las Américas, no se invocó la Doctrina Monroe. Es más el “New York Daily Times” del 27 de agosto de 1860 denunció que esta había sido totalmente abandonada, y el 7 de noviembre de 1861, invocaba editorialmente a que su gobierno se uniese a la política de defensa continental, liderada por el Perú, en defensa de México. El 31 de marzo de 1866 una escuadra española bombardeó el indefenso puerto de Valparaíso. La guerra del reino contra el Perú y Chile estaba declarada. Ante estos hechos, el secretario de estado William Seward comunicó a España que su gobierno no permitiría una nueva ocupación de las islas de Chincha ni tampoco del territorio de los aliados.

El canciller peruano Toribio Pacheco respondió al ministro estadounidense en Lima que: “es de sentir que [Seward] no los hubiese manifestado [esos conceptos] luego que fueron ocupadas las islas de Chincha en 1864”. Pacheco ya había expresado su profundo malestar cuando la escuadra norteamericana no hizo intento alguno por impedir el bombardeo. La Doctrina Monroe era una proclamación teórica sin aplicación práctica.

Fuente: Diario El Comercio, suplemento cultural "El Dominical". 26 de Setiembre del 2010.

Recomendado:

Ruptura de las relaciones diplomáticas Perú-Estados Unidos (1860). Federico L. Barreda, agente confidencial en Washington.