viernes, 2 de agosto de 2013

Libro “Leguía” de Carlos Alzamora.

Historia El círculo de poder de Augusto B. Leguía, a 81 años de su trágica muerte.

Leguía en Perspectiva


Entre los títulos calientes de la Feria del Libro, destaca “Leguía” de Carlos Alzamora. El diplomático peruano, 84, supo de los detalles del martirio y humillaciones a las que fue sometido Augusto B. Leguía en prisión, relatadas a su padre por el médico Jorge Guillermo Leguía, hijo del “Tigre”, y sobrino del Presidente, “escondido entre los pliegues de la cortina del comedor”, durante los agónicos meses que precedieron a su muerte, el 6 de febrero de 1932. Leguía gobernó el Perú quince años pero murió “preso, pobre y martirizado”. Desde entonces, según Alzamora, la trayectoria política de Leguía fue víctima de “una gran conspiración mediática, que dura ya 81 años, para denigrarlo”. Alzamora recuerda que Leguía delimitó cuatro de las cinco fronteras terrestres del país –“le he dado su piel al Perú”–, entre ellas, con Chile; transformó el trazo urbano de Lima, y “le devolvió la fe a los peruanos perdida durante la guerra con Chile”. “Leguía” es un ágil y furioso registro del “Oncenio” (1919 – 1930), de intrigas y traición política que culminó en innoble magnicidio. 

Extractos: 

ENCENDIDO CENTENARIO

El 28 de julio de 1921 se cumplían los primeros cien años del nacimiento del Perú como país independiente y soberano. Leguía, a menos de dos años en el gobierno, había advertido la necesidad de hacer de la celebración del Centenario un acontecimiento que devolviera al Perú el sitial que había perdido entre las naciones del mundo y restaurara en el pueblo peruano el orgullo nacional y la fe en su futuro.

Leguía se empeñó en hacer del Centenario una celebración majestuosa que contara con la presencia de las principales potencias del mundo y que se desarrollara en la suntuosidad y el boato, consciente de que esa consagración nacional e internacional del Perú consolidaría también a su gobierno y reforzaría su potencial de acción.
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Pero también lo sabían sus enemigos y, tres semanas antes de la celebración, cuando ya llegaban a Lima las primeras delegaciones extranjeras, estalló un incendio en el Palacio de Gobierno, provocado por una explosión que detonó bajo el despacho presidencial y destruyó gran parte del Palacio, incluyendo los salones donde iban a tener lugar la recepción de las misiones especiales y las principales ceremonias y agasajos.

El gobierno responsabilizó del siniestro a los civilistas y a su intención de arruinar el programa y deslucir la conmemoración, y el Presidente en un discurso ante el Congreso culpó a los “incendiarios criminales”, aunque advirtiéndoles que no conseguirían sus fines. En efecto, el Palacio quedó reconstruido en tres semanas, con una celeridad y una eficiencia asombrosas.

El Jueves Negro, 24 de octubre de 1929, colapsa la Bolsa de Nueva York. La maltrecha economía norteamericana no puede ya renovar ni extender los empréstitos al Perú y, por la consiguiente pérdida de créditos e inversiones, el Perú no puede seguir pagándolos, a lo que se añade la caída del valor y el volumen de sus exportaciones. Las empresas agrícolas y mineras despiden a la mitad de sus trabajadores y los salarios se reducen en igual proporción, mientras los fundos algodoneros anulan el enganche de 4,000 campesinos.

OTRO COMPLOT

En el cuadro de esa inevitable y grave crisis económica y fiscal, los peligros y amenazas del año 1930 se hacen más patentes cuando la Policía descubre y aborta un atentado para asesinar al presidente Leguía. Según las informaciones oficiales y de prensa, estaba comprometido en el mismo el poderoso terrateniente lambayecano Enrique de la Piedra, dueño de las haciendas Pomalca, Pucalá y Pátapo. De acuerdo con la versión de La Prensa del 25 de abril de ese año, la ejecución del atentado estaba a cargo del famoso bandolero de la época Gregorio Avellaneda, quien al término de la ceremonia religiosa del Viernes Santo, en la Catedral de Lima, debía victimar a balazos al mandatario, mientras diversos cómplices protegían su fuga.


El discurso de Leguía conserva el fuego de su credo original cuando dice: “¿Puede acaso suprimirse una patria suprimiendo a un hombre?” No podía presagiar Leguía que solo cuatro meses más tarde su supresión política, que antecedería dieciocho meses a su supresión física, iba a lograr esos resultados.

EL FIN


El fin llega a las 2:39 de la madrugada del 6 de febrero de 1932, cuando el cuerpo de Leguía, martirizado durante 18 meses, no resiste el trauma de la intervención y sufre un paro cardiaco que los médicos no pueden ya controlar. Solo a la hora de haber expirado en absoluta soledad, sus hermanos María Teresa y Eduardo –que aguardaban en la pieza contigua, prohibidos de acompañarlo en su agonía y que escuchan sus últimas palabras: “¡Olmos, Olmos!”, “¡Mis hijas, mis pobres hijas!”– son autorizados a ingresar, porque hasta el último instante de su existencia los civilistas han temido que fuera a revelar a sus hermanos sus oscuros secretos.


Encuentran al cadáver en el suelo, cubierto con una frazada y con cuatro velas encendidas pegadas al piso. Llegan amigos y partidarios y se improvisa de inmediato entre ellos una colecta para cubrir el costo de un sencillo ataúd de madera, de 80 soles, en que se deposita su cadáver. Leguía está tan acabado por su extrema delgadez que no hay terno que le quede, y será enterrado con el que ofrece uno de sus exministros, de uno de sus hijos.

ANTE SU TUMBA


A su muerte, el legendario periodista Federico More, severo crítico en vida de Leguía, le rindió el más fulgurante de los homenajes cuando lo recordó así: “Desdichado como Salaverry, audaz como Piérola, vivaz como Castilla, es el único que supo darnos la sensación de que éramos grandes y fuertes. Ante Leguía vivo, temblaron todos los peruanos. Los unos para adorarlo, los otros para cubrirlo de infamia. Ante su tumba es preciso que serenemos los ánimos. No incurramos en la vulgaridad pueril y malvada de cubrirlo de adjetivos deshonestos.

Fuente: Revista Caretas n° 2294. 01 de agosto del 2013.