jueves, 9 de febrero de 2012

Trayectoria de Augusto B. Leguía. Luces y sombras del presidente más importante de la primera mitad del siglo XX.

Augusto Bernardino Leguía Salcedo ingresando al Salón de Actos de la Universidad San Marcos en 1919. (Hacer clic en la imagen para ampliar)

Leguía

Por: Agustín Haya de la Torre (Sociólogo)

Mirko Lauer ha propuesto que Olmos se denomine Augusto Bernardino Leguía, en homenaje a quien empezó la irrigación hace nueve décadas. Iniciativa interesante pues va junto con la idea de juzgar con ecuanimidad a quien fue en cuatro periodos presidente del Perú.

Como sabemos murió en prisión, en las peores condiciones. Víctima del odio de sus enemigos, su figura fue denostada y marginada del homenaje oficial. Actor discutible sin duda, fue el representante de una burguesía que quiso modernizar al país y enlazarse con el capitalismo internacional. Militante y hombre de negocios, fue uno de los adalides del resurgimiento del Partido Civil durante la “república aristocrática”. También un dinámico empresario que hizo fortuna en los Seguros y la exportación de azúcar.

Acostumbrado a transitar de Londres a Nueva York, palpaba una agitada modernidad preñada de convulsiones. Su espíritu inquieto no fue ajeno a un mundo que alumbraba revoluciones y se hundía en el abismo de la guerra mundial. Le tocó vivir una época de cambios profundos y su poderosa voluntad política lo encumbró en el poder.

Si su primer gobierno sirvió para marcar la consolidación del civilismo en el nuevo siglo, en su segundo y contradictorio periodo, acabó con su propio partido. Reformista, modificó la Constitución de 1860 para introducir cierto sesgo social, aunque poco tardó en usarla como instrumento de su ambición caudillista. Demostró carácter y mano de hierro para dominar a sus enemigos y emprendió con audacia la obra pública.

Su ruptura con la tradición civilista y la oligarquía en 1919, le ganó la simpatía de las nuevas generaciones que lo proclamaron maestro de la juventud. A quien de esos jóvenes le sublevaba a las masas, acabó por deportarlo sin miramientos, como hizo con Víctor Raúl Haya de la Torre. Fue en cambio sutil con la crítica periodística, como la beca concedida para el tour europeo de José Carlos Mariátegui.

Modificó dos veces su constitución. Cuando lo hizo para reelegirse indefinidamente se cruzó con el crack de la bolsa de 1929 y acabó derrocado por el golpe de Luis M. Sánchez Cerro. Sus áulicos se convirtieron en sus carceleros y el enorme poder que había forjado se volvió en su contra para encerrarlo moribundo en una celda infame.

Sus obras fueron paralizadas, su nombre desapareció del espacio público y su partido quedó reducido a un puñado de fieles. Como reclama Lauer, es necesario juzgar con ecuanimidad a este hombre de luces y sombras. Su espíritu constructor urbanizó Lima y otras ciudades y previó inversiones de envergadura como lo demostró con Olmos. Obra vital para el progreso del país, la venganza la postergó hasta el siglo XXI.

Quizás cuando los textos escolares critiquen su falta de respeto por las instituciones y al mismo tiempo reconozcan la proyección de una gran obra, propuesta con visión de estadista y pospuesta por la mezquindad, podamos dar un paso a la madurez como sociedad.

Fuente: Diario La Primera (Perú). Jueves 02 de febrero del 2012.

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