lunes, 28 de noviembre de 2011

Historiador chileno Manuel Vicuña. Comentario al libro Guerreros civilizadores, de la historiadora peruana Carmen Mc Evoy.

Vencedor. Modesto Molina, soldado chileno retratado en 1881, en un estudio fotográfico de Lima durante la ocupación.

Ínfulas de grandeza

Por: Manuel Vicuña. Doctor en Historia, Universidad de Cambridge.

Descendiente del historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, el autor de este texto sostiene que el libro Guerreros civilizadores, de la historiadora peruana Carmen Mc Evoy, “se convertirá en un texto imprescindible para comprender las dimensiones cultural, política y social de la Guerra del Pacífico, fiel reflejo del nacionalismo chileno”.

Habría que escribir la historia del sentimiento de superioridad de los chilenos, rastrear las fuentes de nuestro orgullo y su degradación en prepotencia colectiva. Esa historia del ego nacional debiese abordar las cuestiones que han alentado los aires de grandeza del país desde el siglo XIX. Ahora, al vuelo, diría que esas cuestiones son la estabilidad institucional y el desarrollo económico. Ambas se sintetizan en una idea de la civilización como privilegio nacional en la región, al menos en comparación con Bolivia y Perú. Si hay una encrucijada del pasado decisiva en este proceso de cristalización del nacionalismo chileno, esa es la Guerra del Pacífico.

La historia de esa guerra ha sido contada varias veces, con reiterado énfasis en lo militar y en lo diplomático. Autores como Benjamín Vicuña Mackenna empezaron a narrarla en caliente, casi al instante de verificarse, transformando a sus sucesos y personajes en referencias clave de un imaginario colectivo y una opinión pública ilusionada con la posibilidad de trascender las fronteras de clase, las divisiones ideológicas y las distancias territoriales de un Chile todavía precario. En la década del Centenario, Gonzalo Bulnes publicó una contundente narrativa sobre el conflicto, un súbito clásico historiográfico cuya lectura se convirtió en una forma de devoción para los nacionalistas de la época. Hace unas semanas apareció el último libro sobre el asunto, Guerreros civilizadores, el fruto de diez años de investigación de la historiadora peruana Carmen Mc Evoy. Se convertirá en un texto imprescindible para comprender las dimensiones cultural, política y social de esa guerra expansionista.

Mc Evoy reconstruye, con minuciosidad documental y sofisticación analítica, el proceso mediante el cual se fragua la imagen de Chile como una vanguardia de la civilización occidental, cuya misión es regenerar a sociedades corrompidas por los residuos de la barbarie y del colonialismo. Es notable cómo pesquisa el origen del desarrollo de este sentido de superioridad nacional, al cual contribuyeron no solo los líderes políticos, los cabecillas militares o la elite económica con intereses en la industria del salitre, sino además el clero chileno, que resucita las ideas de “guerra santa” y de pueblo elegido en beneficio de sus connacionales, violentando el universalismo católico digitado desde el Vaticano; los soldados que registran en sus cartas y diarios de vida el avance en territorio enemigo, y en sus victorias a veces vislumbran la voluntad de Dios; y la prensa de Santiago y regiones, que mantenía en vilo a una opinión pública aleccionada a diario sobre la dignidad cultural de la guerra emprendida por Chile. Todos, diferencias aparte, aportaron al caudal del nacionalismo chileno, que incurrió, para ganar fuerza, en la degradación sistemática de los países rivales. La “nación en armas” desfila por las páginas de este libro, y en ese tránsito, plagado de citas documentales dignas de antología, va dejando un testimonio macizo sobre la implicancia emocional e intelectual de la sociedad civil en la aventura bélica.

Entonces se ajustaron la maquinaria bélica y el discurso legitimador que, despejado el frente norte, se volcaría a la conquista del sur mapuche, aduciendo los mismos motivos agresivamente civilizadores. Mc Evoy desmenuza como nadie los “usos de la guerra” en la construcción de ese “Chile nuevo”, ni tan distante del nuestro, si pensamos en sus ínfulas de grandeza lastradas por el racismo.

(*)Texto publicado originalmente en la revista chilena Capital.

Fuente: Diario La República, Revista Domingo. 27 de noviembre de 2011.