domingo, 4 de abril de 2010

El Boom Cauchero en el Perú: Julio C. Arana, el señor del Putumayo.

El barón del caucho

Por: Antonio Zapata (Historiador)

Ahora que se han reducido las pasiones que estallaron en Bagua, conviene hacer un esfuerzo y entender la postura de los nativos, que se oponen a ciertas formas de explotación de recursos naturales en la selva. No se trata de una oposición irracional que condene la zona al atraso, sino de la negativa a aceptar actividades económicas devastadoras del bosque y de los seres humanos.

Para comprender a los amazónicos es preciso conocer su historia y los dramas que los han acompañado. Por ejemplo, el caucho.

Al descubrirse el proceso de vulcanización, la demanda internacional de gomas se amplió en forma considerable, porque se hallaron muchas aplicaciones industriales para el jebe. En ese momento, hubo un inmenso boom exportador en la selva amazónica y surgieron extractores y comercializadores de caucho. Entre ellos destacó Julio C. Arana, el señor del Putumayo.

Arana se había iniciado como comerciante de sombreros, conocidos como “Panamá hat”. Natural de Moyabamba, estableció extensos contactos comerciales desde muy joven que llegaban hasta el Brasil. Al llegar el caucho, se convirtió en un gran habilitador. Adelantaba mercaderías y herramientas a los productores. A cambio, quedaban obligados a entregarle por adelantado la producción a precios bajos.

Los ríos Putumayo y Caquetá son dos poderosos afluentes del Amazonas, que fluyen al gran río desde el norte. En esa época, la zona era disputada por el Perú a nuestros vecinos cafeteros. Ahí, los primeros caucheros eran colombianos. Pero, estalló la trágica guerra de los mil días; liberales y conservadores colombianos se ultimaron en una gran confrontación. Por ello, se debilitaron los lazos de la región con la sierra. Ese fue el momento de Arana. Controló el negocio formando una empresa extractora y comercializadora, la Amazon Rubber Corporation.

A partir de 1900 Arana tuvo el control de la región. Aumentó tremendamente la presión sobre los trabajadores, que eran indígenas del grupo de los Witoto. En el Caribe contrató capataces afroamericanos y disciplinó la mano de obra en base a castigos y recompensas. Por su lado, para los nativos, la situación se tornó imposible. Arana los tenía trabajando hasta la extenuación y estaban amenazados de extinción; estallaron rebeliones, que reprimió con ferocidad.

En paralelo, Arana inscribió su compañía en Londres en busca de capitales. Esa iniciativa le trajo dificultades; cayó en la mira de una organización internacional de aquellos días, nada menos que la Sociedad Antiesclavista, que envió un observador –Roger Casement, sobre quien escribe una novela Mario Vargas Llosa– a registrar sus abusos y le abrió juicio en Londres. Su caso adquirió una inmensa y negativa reputación internacional, simbolizando la continuidad de la esclavitud, no obstante los esfuerzos del siglo XIX por abolirla.

Eventualmente Arana perdió parte de su fortuna, arruinado por la baja cotización de sus acciones en la City londinense. Pero, la suerte lo acompañó en nuestro país. Presentó su posición como patriotismo, motivado por el deseo de contener a Colombia.

Aunque fue enjuiciado, quedó impune y hasta el fin de sus días fue poderoso; senador por Loreto y figura del poder local.

Historias como ésta, repetidas hasta el cansancio, fundamentan las condiciones de los indígenas para la explotación del bosque amazónico.

No quieren repetir el caucho. No desean que sean otros los beneficiarios, sino ellos en primer lugar, y que se explote conservando, sin depredar. No resulta demasiado difícil de comprender. Las mesas de diálogo podrían concluir, respetando las demandas de los nativos amazónicos.


Fuente: Diario La República. Miércoles 21 de Octubre del 2009.
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