viernes, 11 de abril de 2008

EL OCASO DEL APRA Y EL FIN DE UN PROYECTO REFORMISTA.

Bolsas para no dormir
César Hildebrandt.

Eres pobre hasta la médula, pobre de dinero y de glóbulos rojos, pobre congénito y bienaventurado del cielo protector que mañana te hará lozano y feliz (Vaticano dixit), pero entonces irrumpen en tu pobreza unánime a las 4 de la mañana y te dan una bolsa.

Sí, son los milicos que antes venían por ti en la madrugada para sacarte a patadas y conducirte al SIE. Son los milicos que ayer se cuadraban ante Fujimori con sus pasamontañas, los que obedecían a “General Victorioso” –alias Hermoza ­Ríos– y los que se prestaban a lo que fuera la ocurrencia del ­psicópata Rivas y su grupo de aniquiladores.

Pero ahora vienen en plan de filántropos y en vez de ­Uzis traen bolsas con menestras y latas de conservas, arroces partidos y hasta leche evaporada. Así que, pasado el susto del despertar brutal, recibes la bolsita salvadora y dices gracias y sales en el noticiero de la tele diciéndole al gobierno que es un gesto muy bueno y que ojalá se repita.

Esta caridad entre las sombras, esta antalgina para el cáncer del hambre, este alivio embolsado, a mí me da vergüenza. Y pienso: ¿A esto se ha reducido el “pan con libertad” de Haya de la Torre? Mulder, ¿a esto?

El Apra nació como una propuesta placentariamente marxista, como la alternativa de las clases medias ilustradas frente al dominio insomne de la oligarquía peruana. Y el ­Apra ha muerto como gestora de esa misma oligarquía. Lo paradójico es que quien la ha matado suavemente es el mismo hombre que la llevó, gracias a su carisma, a la cúspide. Es como subir al Everest y ­caer desde la cumbre convertido en bola.

Nadie sensato le pidió al ­Apra de esta década el retorno de los brujos y la vigencia de los programas de los años 30 (el harakiri del socialismo real tenía que ser un referente). Un corrimiento hacia el centro era esperable en aquello que vagamente pudo llamarse socialdemocracia latinoamericana. Pero es que el doctor García no se ha desplazado al centro. Hoy, sin mezquindad de por medio, García es el líder de la derecha, el Pardo del siglo XXI, el Haya que Ravines y Beltrán secuestraron para mirar juntos el sunset desde “El suizo” de La Herradura.

¿Era necesaria tal dosis de resignación? No, no lo era. García habría podido, con el talento político que nadie le discute, sumarse al esfuerzo de Lula, Vásquez o Kirchner y ayudar a la construción de un frente que velara por los intereses comunes de esta parte tan subestimada del mundo. Porque entre las alharacas de Hugo Chávez y el virreinato estadounidense de Álvaro Uribe hay una ancha franja en la que es posible atraer inversión extranjera de pie y no de rodillas, respetar la economía de mercado sin convertirse en criada de la Confiep, crear puestos de trabajo sin aliarse con Repsol para sustraerle al Perú parte de su salario por el gas de Camisea –como acaba de denunciar Manuel López Obrador en México–.

En suma, García está haciendo de Bedoya Reyes sin necesidad. Está haciendo de Oscar R. Benavides porque le da la gana. Y –si es necesario– hará de Sánchez Cerro y Odría porque así entiende el realismo y la actualización de su partido. Nadie se ha sentido más moderno que el doctor García luciendo la levita civilista.

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