lunes, 8 de octubre de 2007

MIGUEL GRAU EN LA MEMORIA HISTÓRICA PERUANA.


¿Y qué diría Grau si lo supiera?


César Hildebrandt

No sé por qué debemos recordar cada año tan sólo el sacrificio y la muerte atroz de Miguel Grau.

Quizás el año próximo podríamos recordar y celebrar la destreza, el valor y la generosidad de Grau en el combate de Iquique (21 de mayo de 1879).

En Angamos triunfó el cargamontón del odio portaliano hacia el Perú.

En Iquique perdimos la fragata Independencia, desfondada por una mala maniobra mientras iba en persecución de la huyente nave chilena Covadonga, pero hundimos a la corbeta Esmeralda y rescatamos a los náufragos que nos pidieron auxilio. Es decir, fuimos grandes en todo el sentido de la vida.

En Iquique fueron dos contra dos: el monitor Huáscar y la cañonera Independencia frente a la corbeta Esmeralda y la cañonera Covadonga.

En Punta Angamos, hace exactamente 128 años, el alto mando chileno enfrentó al Huáscar con tres embarcaciones: los blindados Blanco Encalada y Cochrane y, otra vez, la Covadonga –la que había huido a toda máquina cinco meses antes, apenas avistó al temible Huáscar–.

Sólo una celada como esa de tres contra uno pudo derrotar a Grau matándolo y a Melitón Carvajal hiriéndolo y a Elías Aguirre matándolo y a Diego Ferré matándolo y a José Melitón Rodríguez matándolo y a tantos otros que fueron baleados cuando, lanzados al mar por las explosiones, hubieron de ser “repasados” por la soldadesca naval del enemigo.

Pero volvamos a Iquique, donde la acción empezó a las 8 y 20 de la mañana del 21 de mayo de 1879 –Chile nos había declarado la guerra el 5 de abril y nosotros hubimos de aceptarla por nuestro compromiso de honor con la anárquica y siempre desagradecida Bolivia–.

Lo de Iquique fue, además, a la usanza antigua. El Huáscar se aproximó a la Esmeralda para embestirla y sólo en la tercera acometida pudo hacerle daño mayor.

Grau escribió a bordo del Huáscar, dos días después:

“En ambas ocasiones, a la aproximación de los buques y durante el tiempo que permanecían muy cerca, recogíamos el nutrido fuego de las ametralladoras que tenían establecidas en sus cofas, el de fusilería y muchas bombas de mano a la vez que descargas completas de la artillería de su costado…”(Parte del comandante del Huáscar al Director de Guerra y Director de Marina, al ancla en Iquique, mayo 23 de 1879).

Y el gran marino, el mejor de todos los peruanos de todos los tiempos, añade:

“Finalmente, emprendí la tercera embestida con una velocidad de diez millas y logré tomarla por el centro. A este golpe se encabuzó y desapareció completamente la Esmeralda, sumergiéndose y dejando a flote pequeños pedazos de su casco y algunos de sus tripulantes…Inmediatamente mandé todas las embarcaciones del buque a salvar a los náufragos y logré que fuesen recogidos sesenta y dos, los únicos que habían sobrevivido a tan obstinada resistencia. Adjuntas encontrará V.E. las relaciones detalladas de los tiros que ha recibido el buque, de las bajas que ha tenido su dotación, de los cadáveres de los enemigos encontrados en la cubierta, y de los prisioneros. No puedo prescindir de llamar la atención de V.E. hacia la sensible pérdida del teniente 2º graduado don Jorge Velarde, para significar el notable comportamiento y arrojo con que este oficial conservó su puesto en la cubierta al pie del pabellón, hasta ser víctima de su valor y serenidad” (Ibid).

Jorge Velarde Castañeda tenía 23 años cuando fue blanco de la metralla de la Esmeralda. Había ingresado a los 15 a la Escuela Naval del Perú. En 1876 se embarcó en la fragata inglesa Oracle rumbo a Europa. De regreso al Perú fue ascendido a la clase de alférez. Tras otra travesía por las Islas Marquesas, Tahiti y San Francisco, a bordo de la nave francesa Magacienne, fue ascendido por el brillo de sus méritos al rango de teniente 2º.

Pero en 1879 Velarde enfermó de tuberculosis y fue trasladado a Jauja para intentar su restablecimiento. Estando en esa ciudad, Chile empezó su ofensiva rapaz en contra del Perú. Velarde, sin haber sanado del todo, regresó a Lima y fue destacado de inmediato al Huáscar como oficial de órdenes y derrota. Murió como oficial de gloria.

El combate de Iquique duró tres horas y 50 minutos. El Huáscar disparó 47 tiros con sus cañones de 300. La Esmeralda estaba erizada de 10 cañones Armstrong rayados, dos colisas de 150 y una ametralladora en cada una de las cofas de los dos primeros palos. Su comandante, Arturo Prat, tuvo un dignísimo papel al ser muerto mientras intentaba abordar al Huáscar.

Y ahora me pregunto: ¿Qué diría Grau si supiera que hoy lo celebran y dicen discursos en su nombre un almirante que ordenó bombardear una instalación penal peruana con prisioneros rendidos y un presidente de la República que dio esa orden salvaje? ¿Y qué diría el joven Velarde si supiera que la Marina peruana –que se sublevó cuando en 1866 el civilismo de toda la vida le puso al almirante norteamericano Tucker como comandante– estuvo manoseada, corrompida y conducida al estercolero de los Ibárcena por un ciudadano japonés que, años más tarde, juró morir por el imperio nipón? ¿Volverían a morirse? ¿Vomitarían? ¿Exigirían su pase inmediato a la mortalidad? ¿Lamentarían la negada inutilidad de su heroismo?

Fuente : Diario La Primera.

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