lunes, 5 de marzo de 2012

El legado de las Cortes de Cádiz (1810-1814).

Juramento de las Cortes Constituyentes en la Iglesia Mayor Parroquial de la Real Isla de León en septiembre de 1810.

¡Viva la Pepa, todavía!

El pensamiento liberal español llegó a América por mil y una vías y la Constitución de Cádiz fue una de ellas.

Por: Julio María Sanguinetti. Ex-presidente de Uruguay, actualmente es abogado y periodista.

El año de 1808 fue un año bisagra para los españoles “de los dos hemisferios”, como diría más tarde la Constitución. Y aun para los lusitanos de ambos lados del Atlántico. Fue un parteaguas, al desencadenarse entonces, tras la invasión napoleónica, un proceso revolucionario que cambió alianzas, soberanías y Estados. El gran corso, que murió obsesionado por su legado, seguramente se fue de la vida sin tener idea de lo que había provocado en los iberoamericanos.

El traslado de la Corona portuguesa a Brasil, impulsado por Inglaterra para impedir que Francia hiciera con ella lo mismo que con la de España, fue decisivo para que su inmenso territorio se mantuviera unido. Un rey, una corte, una diplomacia, unos generales, dieron a Brasil el andamiaje que logró encauzar las tendencias separatistas de algunas regiones, tan autonomistas como las del imperio español. Éste, en cambio, tras la crisis de su monarquía, terminó fragmentado en 18 repúblicas independientes, muchas veces recelosas entre ellas por remanentes conflictos de fronteras.

Portugal invadido, Brasil se fortaleció en torno al reinado de la Casa de Braganza. En España, en cambio, con Carlos IV entregado a manos de los franceses, los españoles americanos sintieron que en sus manos había recaído la soberanía y si bien la proclamación de sus Juntas fue de lealtad a Fernando VII, ese ejercicio de autogobierno resquebró para siempre la condición de súbditos del Rey y dio nacimiento, para siempre, a la nueva condición de ciudadano, consustancial al liberalismo.

Convocada las Cortes, en Cádiz, en 1810, por vez primera se ejercía por el pueblo la nueva potestad constituyente. La representación abarcaba no sólo a los diputados de las provincias de España sino también a los de América, que nunca antes se habían visto las caras. El sistema colonial, por imperio de la geografía, los había compartimentado, de modo que su vida había transcurrido hacia el interior de cada jurisdicción, regulados y reglamentados en su vida administrativa y comercial.

En esas Cortes, dice Benedetto Croce en su Historia de Europa, nace el sentido político de la palabra liberal. En efecto, se plasman en leyes y textos constitucionales, todos los grandes principios: libertad de expresión del pensamiento, soberanía nacional, separación de poderes, libertad de conciencia, abolición de la Inquisición con todo su peso de oscurantismo… En esa ciudad sitiada por el ejército francés, bombardeada por los cañones del mayor artillero de la historia, amenazada por carencias y enfermedades, se soñaba un nuevo mundo y construir un nuevo régimen. Y así se hizo. En España duró poco, por la traición de Fernando VII, pero aquella Constitución proclamada el día de San José (de ahí “la Pepa”) sobrevivió como programa político y hasta hoy sigue siendo una fuente de inspiración.

En América fue el camino para la Independencia. Instaladas las Juntas, el ejercicio de la autodeterminación soberana devino rápidamente en proceso revolucionario y las Constituciones que en los 20 años siguientes se irían proclamando, nacerían todas con la indeleble impronta de Cádiz. Las historias de las ideas en general identifican con propiedad el influjo norteamericano y francés en la revolución latinoamericana. Así como la influencia británica en la libertad de comercio que desafió el viejo monopolio colonial. Todo lo cual es cierto. Sin embargo, no se ha recogido lo bastante esa influencia del liberalismo español, que por otra parte se arrastra a orígenes tan ilustres como el Tratado de las Leyes de Francisco Suárez (1612). La literatura independentista, como es natural en tiempos de cambios revolucionarios, construyó una imagen de España pura oscuridad, pero felizmente la nueva historiografía, paso a paso, viene reparando esa errónea ausencia. El pensamiento liberal español llegó a América por mil y una vías y esta famosa “Pepa” fue una de ellas. Sin ir más lejos, el caudillo fundacional de mi país, el Uruguay, José Artigas, recibió las ideas liberales de un gran sabio español, Don Félix de Azara, que había llegado al Río de la Plata en la comisión demarcatoria de los límites entre España y Portugal, resultado del Tratado de San Ildefonso.

En medio de los nubarrones de la tormenta económica instalada, el espíritu de Cádiz inspira aún, en su Bicentenario. Pensar en lo que aquella gente hizo, en aquel momento y circunstancia, es una convocatoria a la voluntad de preservar su legado. Porque la filosofía liberal, entendida en su amplitud y profundidad, reclama constantemente de todos sus fieles. Los “grandes hermanos” pululan, la próspera sociedad latinoamericana padece de populismos autoritarios, hoy hasta Twiter habla de censurar y en medio de las penurias, no debe olvidarse que la herencia liberal incluye también códigos de cohesión social que fueron el natural desarrollo de su filosofía generosa, tergiversada por quienes, en su nombre y en su hora, pretendieron minimizar el Estado democrático y olvidar su rol de garante de los equilibrios de la sociedad.

Fuente: Diario El País (España). 06/03/12.

Recomendado:

El levantamiento antifrancés y la Constitución de 1812. El policentrismo de una revolución juntista.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Historia de Francisca Zubiaga de Gamarra "La Mariscala". Entrevista de la Mariscala y Flora Tristán.

Francisca Zubiaga y Bernales, (Cuzco,1803 - Valparaíso,1835)

Doña Pancha Gamarra, La Mariscala

Por: Antonio Zapata Velasco. Doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Columbia, Nueva York. Profesor de Historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú

La estrecha asociación entre el presidente Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia viene motivando una reflexión sobre la mujer moderna frente al poder. Ante ella, se registra cierta curiosidad periodística por la historia de las primeras damas. Por ejemplo, Fernando Rospigliosi escribe en La República que el poder de Nadine Heredia no registra antecedente en la historia reciente del país.

Pero, bastante más atrás, en los albores de la república, se encuentra a Francisca Zubiaga, llamada la Mariscala, que fue la primera esposa de un presidente (Gamarra) en obtener reconocimiento individual y gozar de un enorme peso político. Pertenece a otra época y su vida no puede servir como antecedente directo de nuestro tiempo. En realidad, la Mariscala es la versión peruana de un arquetipo de la emancipación Latinoamericana: la mujer soldado dedicada a la vida política. Sobre ella y sin buscar extrapolaciones anacrónicas, se puede relatar lo siguiente.

Concedió una entrevista en vida y nada menos que a Flora Tristán, quien narró el encuentro en el último capítulo de su célebre libro Peregrinaciones de una paria. Doña Pancha recuerda su vestimenta cotidiana durante los años de lucha política. Vestía con botas, pantalón de paño tosco, blusa blanca y chaqueta bordada de oro. Para el frío, contaba con un abrigo grueso y elegante que había heredado de su padre, un militar español.

Pero, a la vez, usaba vestidos femeninos europeos muy escotados; sedas, encajes y zapatos de raso blanco. Sortijas en todos los dedos y un collar de perlas resaltaban el ideal femenino de belleza de la época. Según el concepto de la Mariscala, había sabido conservar la gracia y actuado en política moviendo la mano de los hombres.

Ante esta revelación, Flora Tristán se fastidia y la interroga con firmeza, preguntándole si había cedido, si acaso había sido juguete de las pasiones masculinas por el poder. Francisca Zubiaga reacciona torciéndole fuertemente la mano y explicando que, al contrario, ella había sido vencida y marchaba al exilio por una razón concreta, el orgullo personal. Según su parecer, su independencia de criterio le había impedido someterse al designio de quienes habían sido gobernados por ella y la habían traicionado.

Flora la describe como dueña de una voz seca e imperiosa, gruesa de contextura y mirada penetrante. La compara con Napoleón, sosteniendo que su belleza residía en sus ojos de águila. Tenía una presencia imponente. Aun habiendo perdido el poder y embarcada rumbo al exilio, bastaba su aparición en cubierta para que surgiera un toldo y todos se alejaran reverenciosos, dejándola conversar a solas con la escritora francoperuana.

La Mariscala estaba enferma y le quedaba poco tiempo de vida. Consciente de su situación, evaluaba ocho años de lucha política en la república temprana. Sostenía que el poder era un humo embriagador. Era una nube etérea que no se podía asir y su forma siempre era incierta. Así, la carrera política era correr detrás de una entidad inmaterial. Intuía su desaparición, porque sostuvo que ya no podía vivir sin ese humo, que moriría asfixiada.

El poder fue la meta de su vida y el cuartel el medio donde se desenvolvió. En ocasiones había vestido uniforme y participado personalmente en batallas, de ahí su apelativo de “Mariscala”. Ese prototipo se extendió en esa época extraordinariamente revuelta que fue la Emancipación. Manuela Sáenz acompañando a Bolívar era el modelo primordial. En el caso de Francisca Zubiaga, su transgresión fue profunda, rompiendo con una prohibición ancestral que separa a la mujer de los asuntos de guerra. Por ello, encarnó un modelo que ha encandilado a muchos creadores y literatos.

Con el título de “La Mariscala” se halla un ensayo de Abraham Valdelomar, quien lo escribió siendo joven y bajo la influencia de José de la Riva Agüero. Posteriormente esta obra tomó la forma de una pieza de teatro, colaborando con José Carlos Mariátegui. Ambos firman como el Conde de Lemos y Juan Croniqueur.

Fuente: Diario La República. Miércoles, 29 de febrero de 2012.

Recomendado:

Las mujeres en la historia del Perú.

Heroínas de la libertad y "obreras del pensamiento" en la Independencia del Perú.

martes, 28 de febrero de 2012

Guerra de Argelia, fin del colonialismo francés en el mundo. 50º aniversario de los acuerdos de Evian.

Juzgar el pasado

Ahora que se cumple el 50º aniversario del fin de la sangrienta guerra de Argelia, este país y Francia deberían examinar los actos cometidos en nombre de su propio Estado y su propio pueblo.

Por: Tzvetan Todorov. Semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa.

En marzo de 2012 se conmemora en Francia el 50º aniversario de los acuerdos de Evian, que terminaron con la sangrienta guerra de Argelia. Normalmente, en tales ocasiones, los países están deseando celebrar a sus héroes y llorar a sus víctimas, pero, cuando se trata de fechorías, preferimos estigmatizar las de los demás. En Washington se conmemora el holocausto de los judíos, pero no el exterminio de los indios ni la esclavitud de los africanos. Sin embargo, cabe preguntarse si no serían esas las conmemoraciones más útiles, las que nos permitirían no repetir los errores del pasado. En la historia francesa existen páginas negras similares, entre ellas la que se refiere al destino de los harkis, los habitantes locales que ayudaron al ejército francés durante esa guerra.

En teoría, los harkis eran voluntarios, responsables de sus actos y las consecuencias de esos actos. En la práctica, la situación tenía más matices. Al principio eran sobre todo campesinos que se encontraron en medio de la tormenta de la guerra. Para algunos era una manera indispensable de ganarse el pan, puesto que el conflicto había interrumpido sus actividades tradicionales. Otros lucharon en el FLN, fueron detenidos, torturados y obligados a cambiar de bando, y trabajar para el ejército francés se convirtió en la única manera de salvar la vida. Otros, atrapados entre los militares y los rebeldes —unos les sangraban de día y otros, de noche—, buscaban para sí mismos y para sus familias la protección del único poder legal. También hubo quienes querían vengarse de las atrocidades sufridas a manos del FLN y quienes se regían por las normas de solidaridad familiar. Las adhesiones ideológicas (¡Por Francia! ¡Por la civilización!) fueron muy escasas.

En una palabra, la razón principal de su participación fue la propia guerra que asolaba su país. Fue el Estado francés el que los consideró imprescindibles para llevar a cabo una represión eficaz y les empujó a acosar a sus hermanos de sangre, lengua, religión y educación. Ese fue el primer delito que cometieron respecto a ellos. La situación colonial y la despiadada guerra de represión les dejaron pocas opciones.

La segunda canallada se produjo inmediatamente después de la firma de los acuerdos de Evian. Estos, como el Edicto de Nantes que puso fin a las guerras de religión en Francia, exigían que no se ejerciera discriminación en función de las opiniones y los actos anteriores de antes del alto el fuego. En Argelia, esta admirable receta se siguió durante varios meses. A partir de julio de 1962, se desencadenó una inmensa ola represiva, a menudo provocada por revolucionarios tardíos que querían probar su intransigencia. Los testigos hablaban de hombres enterrados vivos con la cabeza untada de miel, otros arrojados vivos a depósitos de cal o cemento, otros sumergidos en agua hirviendo en ollas, o quemados, o crucificados. A las mujeres que habían trabajado para el ejército las torturaron, las mutilaron, las violaron. El número total de víctimas es difícil de establecer, pero varios cálculos las sitúan entre 50.000 y 60.000 personas.

Estos sucesos, que eran previsibles, no se desconocían en Francia, porque figuran en los informes de los subprefectos que se quedaron sobre el terreno. No obstante, ya desde antes de que comenzaran las matanzas, las máximas autoridades francesas decidieron impedir que los harkis fueran a Francia. Unas órdenes secretas (hoy publicadas) exigían que se hiciera todo lo posible para impedir su huida y que se castigara a quienes intentaran ayudarles. A partir de abril de 1962, se proponen repatriar a los harkis que ya vivían en Francia; varios de ellos, que sabían lo que les aguardaba, se suicidaron arrojándose por la borda cuando el barco que les llevaba estaba en mitad del Mediterráneo. Les tocaba vivir aborrecidos por los argelinos que habían tomado el poder y rechazados por los franceses a los que habían aceptado servir. Esto no es una mera denegación de auxilio a una persona en peligro: es una manera vil de traicionar a quienes se habían confiado al poder existente en aquel entonces, el de Francia.

En el momento del regreso de los pieds-noirs, aproximadamente 90.000 harkis lograron instalarse en la metrópoli, pero no tuvieron una buena acogida. Y esa es la tercera falta cometida. Los colocaron en campamentos, apartados de la población, lo cual impidió cualquier posibilidad de integración, porque no estaban autorizados a salir. Se distribuyeron indemnizaciones proporcionales a los bienes abandonados en Argelia: la mayoría de los harkis eran campesinos pobres y otros no podían demostrar la existencia de ningún bien, de modo que no tuvieron derecho a nada. Más tarde, Francia los metió en guetos y prefirió olvidarse de ellos. La izquierda francesa, que se proyectaba en el FLN, los tachaba de colaboracionistas, y los gaullistas les despreciaban. La extrema derecha quería instrumentalizarlos al servicio de su causa y para demostrar la brutalidad del FLN, un argumento para defender la Argelia francesa. El Estado argelino seguía considerándolos traidores.

¿Cómo se explican estas decisiones de las autoridades francesas? Al principio, por la propia situación colonial, en la que una población ejerce el dominio sobre otra y, para conseguirlo, recurre a la fuerza. Después, por un racismo más o menos asumido: no todos los seres humanos tienen las mismas necesidades ni el mismo valor, por lo que se salva a unos y se abandona a otros. Y, además, por egoísmo colectivo: bastante cuesta ayudar a los amigos, ¡no vamos a ocuparnos también de unas personas que no tienen nada que ver con nosotros y que ni siquiera son héroes! Y es preferible olvidar lo antes posible a estos testigos de nuestras debilidades pasadas.

Los nacionalistas argelinos actuales se niegan a arrojar luz sobre las páginas más sombrías de su historia. Ahora bien, en lugar de darles unas lecciones que podrían producir unas consecuencias inversas a las que se buscan, cada uno podría intentar dar ejemplo, estar dispuesto a examinar los actos cometidos en nombre de su propio Estado y su propio pueblo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Fuente: Diario El País (España). 29-02-12

lunes, 27 de febrero de 2012

El Perú y la Guerra de las Malvinas. Aurelio Crovetto, Gonzalo Tueros y Pedro Ávila en el apoyo militar a Argentina.


El Perú y las Malvinas

La historia del apoyo diplomático y militar a argentina.

El 2 de abril se cumplirán 30 años del inicio de la Guerra de las Malvinas, un conflicto que es una herida abierta para los argentinos hasta hoy. En la siguiente crónica se revelan detalles poco conocidos del apoyo diplomático y militar que el gobierno de Fernando Belaunde prestó al de su par argentino, Leopoldo Galtieri, en el momento más difícil de la guerra. Y, por primera vez, ofrecen su testimonio algunos de los pilotos que llevaron los 10 Mirage M5 peruanos a la base aérea de Tandil, listos para el combate.

Por: Óscar Miranda

La tarde del lunes 3 de mayo de 1982, tres ciudadanos argentinos atravesaron la puerta principal de Palacio de Gobierno. Iban a reunirse con el presidente Fernando Belaunde Terry. Estaban el general Héctor Iglesias, secretario del dictador Leopoldo Galtieri, el contralmirante Roberto Nolla y el embajador platense en el Perú, Luis Sánchez Moreno. Víctor Andrés García Belaunde, entonces secretario presidencial, los recibió y condujo al salón donde el arquitecto los esperaba. Una hora y 45 minutos después los visitantes abandonaron Palacio por la puerta de Desamparados, a bordo de un Mercedes Benz dorado, sin prestar declaraciones a la prensa.

“Iglesias trajo una lista inmensa de pedidos”, revela ahora García Belaunde en su oficina parlamentaria. ‘Vitocho’ estuvo junto a su tío en aquellos momentos intensos en los que Belaunde trató de lograr un acuerdo de paz entre Argentina, aliado histórico del Perú, y Gran Bretaña. Para entonces, la guerra llevaba un mes de iniciada y el conflicto bélico ya había revelado su brutalidad con el hundimiento del crucero Belgrano. Belaunde, en un primer momento, se propuso detener la escalada mortal. Pero cuando su esfuerzo diplomático fracasó, decidió prestar apoyo militar al hermano país sudamericano para que opusiera resistencia, en la medida de sus posibilidades, ante el avance de una de las fuerzas armadas más letales del mundo.

Belaunde, el pacificador

Domingo reconstruyó el papel del gobierno peruano en aquellos días gracias a los recuerdos del congresista García Belaunde y del ex canciller de la época, Javier Arias Stella, y al relato que hacen de estos hechos los periodistas argentinos Óscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy en su libro Malvinas. La trama secreta (Buenos Aires, 1983).

Tras el fracaso de las negociaciones auspiciadas por Washington, Belaunde llamó a Ronald Reagan para expresarle su preocupación. Reagan lo puso en contacto con su secretario de Estado, el general Alexander Haig. Según el libro Malvinas..., Haig le pidió que se comunicara con Galtieri para proponerle una salida diplomática. “Presidente, yo soy un militar”, le explicó. “Los ingleses vencerán. Han enviado cien buques y si les hunden uno mandarán tres en su reemplazo. Si les bajan un avión, mandarán cuatro”.

Belaunde y Haig trabajaron una propuesta de siete puntos, entre ellas el cese de las hostilidades, el retiro simultáneo de las fuerzas, la presencia de representantes de cuatro países amigos para cogobernar temporalmente las islas (Perú y Brasil por Argentina, Estados Unidos y Alemania Occidental por Gran Bretaña) y el establecimiento de un plazo, el 30 de abril de 1983, para llegar a un acuerdo definitivo sobre el futuro del territorio en disputa.

El mandatario peruano pasó todo el domingo 1º de mayo en comunicaciones telefónicas con el general Galtieri, con el canciller argentino Nicanor Costa Méndez y con el propio Haig. Las conversaciones se entramparon porque los ingleses se negaban a que en el acuerdo se dijera que se reconocería los “puntos de vista” de los habitantes de las islas y planteaban que en su lugar se hablara de “deseos e intereses”.

En una de esas conversaciones telefónicas, el dictador argentino le dijo a Belaunde: “Presidente, yo también tengo mi Senado y tengo que consultarlo”, en referencia a los otros dos miembros de la Junta Militar. ‘Vitocho’ García Belaunde, que estaba al lado de su tío en ese momento, dice que tras colgar el arquitecto expresó, frustrado: “Ese tontón está hablando que tiene un Senado, ¿cuál es su Senado? ¡Es una dictadura militar! ¡No tiene Senado!”.

Esa tarde, un submarino de la Armada británica lanzó un torpedo contra el General Belgrano, un buque crucero argentino de más de mil tripulantes. Murieron 323 personas, casi la mitad de todas las pérdidas humanas que dejaría la guerra. Galtieri estaba reunido con su canciller cuando el almirante Jorge Anaya, comandante de la Armada argentina, entró con la noticia. La Junta Militar, sedienta de venganza, decidió, de inmediato, echar la propuesta peruana al tacho.

El pedido de Galtieri

En una última charla telefónica, en las primeras horas del 3 de mayo, Galtieri le dijo a Belaunde que su gobierno no negociaría más con los británicos. El mandatario peruano lo entendió. Luego de agradecerle sus esfuerzos, el militar argentino le pidió al presidente peruano que recibiera al representante que estaba enviando a Lima. Se trataba del general Iglesias. Galtieri le dijo que quería que su enviado le explicara in situ cuál era la posición argentina en este conflicto. “No había ninguna posición que explicar”, dice García Belaunde. “Iglesias vino a pedir armas. Lo mandaron para pedir algo que no se podía por teléfono”.

El legislador sostiene que el emisario de Galtieri pidió de todo: Mirage M5, Sukhoi, submarinos, tanques, misiles y un largo etcétera. Encontró un entusiasta respaldo en el general Luis Cisneros Vizquerra, un oficial educado en Argentina, apodado ‘El Gaucho’, entonces ministro de Guerra. “No se les dieron Sukhoi porque no sabían cómo pilotarlos”, dice García Belaunde, “y porque, además, el Perú era el único país sudamericano con Sukhoi, lo que iba a significar que iba a terminar involucrado en el conflicto”.
Belaunde también descartó enviar submarinos. Para llegar a Argentina habrían tenido que pasar por Chile y eso habría significado un problema, ya que Augusto Pinochet apoyaba a Gran Bretaña. Se decidió enviar 10 Mirage M5, la aeronave más poderosa que tenía nuestra Fuerza Aérea, con todos sus pertrechos (en realidad, se vendieron a US$ 5 millones, un precio de regalo). Y un lote de misiles Exocet, de la Marina de Guerra.

Los 10 que vieron Tandil

En 1982, el Grupo Aéreo Nº 6, con sede en Chiclayo, era una unidad de élite dentro de la FAP. Los Mirage M5 eran las aeronaves más difíciles de pilotar. Gonzalo Tueros, entonces instructor de vuelo, integraba el Escuadrón 611, que vigilaba el norte del país. Pedro Ávila, junto a su escuadrón, el 612, recorría el sur. Un día de mayo, ambos, junto a ocho de sus compañeros, fueron convocados para una misión secreta: llevar 10 de los Mirage M5 a Argentina para que sean usados en el conflicto de las Malvinas.

Tueros recuerda los ajetreos en la base aérea de La Joya, en Arequipa, preparando las naves. Se les colocaron banderas, escarapelas y números de matrícula argentinos. El piloto guía, el mayor Ernesto Lanao, les dio instrucciones: volarían sobre los 33 mil pies de altura para ahorrar combustible; la ruta sería la frontera chileno-boliviana, ligeramente del lado de Bolivia, que no disponía de radares. Cada Mirage llevaba dos tanques adicionales de combustible (de 450 galones cada una) para poder llegar hasta Jujuy. Allí, luego de una breve escala, reiniciarían vuelo hasta la base aérea de Tandil.

Tueros también cuenta que en Jujuy, mientras las naves eran revisadas, los oficiales argentinos los llevaron a almorzar a un restaurante. “No sé cómo, pero la gente nos reconocía y se acercaba. Nos agradecían que estuviéramos ayudando a su país y nos pedían autógrafos”, dice.

A Ávila lo emocionó encontrarse en Tandil con un grupo de pilotos heridos que, con las cabezas vendadas y los brazos enyesados, recibieron a los peruanos en perfecta formación. Tueros dice que los argentinos estaban tan emocionados que los abrazaban y se les salían las lágrimas mientras les daban las gracias. Algunos pilotos peruanos se conmovieron tanto que preguntaron a sus superiores si podían quedarse a combatir. “Pero nos dijeron que el trato solo había sido llevar los aviones hasta allá y darles instrucción. Y que nosotros debíamos irnos”.

Esa misma noche, los 10 pilotos retornaron a Lima en el Hércules que había llegado con ellos trayendo las armas y pertrechos de los Mirage y al equipo técnico que permanecería en Tandil para ponerlos a punto para el combate.

El asesor peruano

El oficial que recibió a los peruanos en Tandil fue otro compatriota: el mayor FAP Aurelio Crovetto. El entonces comandante del Escuadrón 611 había sido enviado a Argentina semanas atrás, junto con otros dos oficiales, en calidad de observador de la guerra. Poco antes de la llegada de los Mirage, su misión cambió. Los argentinos, enterados de que no solo era un experto piloto sino que también era especialista en lanzamiento de misiles y que dominaba tácticas de combate, pidieron al Perú que se convirtiera en asesor militar.

Fue así que Crovetto terminó siendo un consultor de lujo para los oficiales de la Fuerza Aérea Argentina y, además, el responsable de enseñar a los pilotos argentinos cómo manejar los Mirage M5. Crovetto los instruyó en el lanzamiento de misiles aire-superficie AS-30, contra buques y les enseñó nuevas tácticas de ataque. Instalado en el centro de operaciones de la aviación, en Comodoro Rivadavia, fue un testigo de excepción del desarrollo del conflicto. Dice que siempre admiró el valor de esos oficiales que conducían una guerra que, dado el poderío militar de Gran Bretaña, antes de comenzar ya se sabía perdida. El Estado peruano nunca ha reconocido oficialmente la ayuda militar que se le dio a Argentina pero para Crovetto eso termina siendo secundario. Para él, como para Gonzalo Tueros y Pedro Ávila, su participación en el trágico episodio de las Malvinas perdurará para siempre en su memoria.

Fuente: Diario La República, suplemento "Domingo". 26 de febrero de 2012.

Recomendado:

Apoyo peruano a Argentina en la Guerra de las Malvinas. Fernando Belaúnde Terry.

sábado, 25 de febrero de 2012

Leguía y las celebraciones del centenario de la independencia. Obras inauguradas y personajes.

El presidente de Bolivia Bautista Saavedra (con bastón) al lado de Leguía. Fue el único mandatario que vino.

Leguía y la fiesta del centenario

La mayoría de estas fotografías son publicadas por primera vez. Pertenecen al Álbum del Centenario de la Batalla de Ayacucho (1924), que recoge imágenes de las celebraciones que el gobierno de Augusto B. Leguía realizó por los 100 años de la consolidación de nuestra independencia. En la fecha en que nació el polémico ex presidente del Perú (19 de febrero), contamos parte de su historia de vida retratada en este singular documento gráfico.

Por: Raúl Mendoza

Las celebraciones que el gobierno de Augusto B. Leguía realizó en diciembre de 1924 por el centenario de la batalla de Ayacucho –que consolidó nuestra liberación del dominio español– fueron incluso más fastuosas que las realizadas tres años antes por el centenario de nuestra independencia. Vino un mayor número de delegaciones diplomáticas, se culminó obras que fueron inauguradas en los días centrales de la celebración y hubo recepciones en varios lugares de la capital. Hay quienes dicen que Leguía no solo celebraba la efemérides sino también su reelección alcanzada en octubre de ese año.

Para empezar, en el centenario de la independencia, en 1921, no hubo un hotel con prestancia para alojar a los visitantes y el gobierno leguiísta debió alquilar casonas a familias limeñas para acomodarlos. En cambio en 1924 ya estaban preparados: se inauguró el Hotel Bolívar en la Plaza San Martín y fue la sede principal para los visitantes. Si la celebración de 1921 fue ‘sanmartiniana’, la de 1924 fue ‘bolivariana’. Incluso Leguía pretendía que vinieran los presidentes de todos los países que Bolívar había liberado, pero solo acudió el de Bolivia, Bautista Saavedra.

Como parte de las celebraciones, el gobierno también mandó a confeccionar un álbum oficial que recogió imágenes de Leguía, las personalidades y delegaciones visitantes, y todas las actividades organizadas a propósito de la fecha. “De ese álbum quizá se hizo varios ejemplares y se distribuyó entre los allegados al gobierno leguiísta”, cuenta el historiador Juan Luis Orrego, autor de una tesis sobre Leguía y las celebraciones del centenario. Uno de esos álbumes llegó esta semana a esta revista y sería uno de los pocos ejemplares sobrevivientes. Muchas de las fotos que ilustran estas páginas permanecían inéditas hasta hoy.

Historia gráfica

Esas imágenes muestran a Leguía en varios aspectos, pero también dan cuenta de una época: la ‘Patria Nueva’. La obra emblemática de las celebraciones de 1924 fue la inauguración del Panteón de los Próceres, al lado de la Casona de San Marcos, una obra que buscaba darle un lugar a los héroes civiles de nuestra independencia. El primer prócer enterrado ahí fue Simón Rodríguez, preceptor de Simón Bolívar. El álbum muestra a Leguía dando el discurso inaugural. Entre el numeroso público también está el obispo colombiano Rafael María Carrasquilla, quien fue el segundo orador de la reunión.

Otra de las recordadas obras del centenario, también presente en las imágenes del álbum, es la inauguración de la Plaza Sucre –que hoy queda en el interior del Parque de las Aguas– en Santa Beatriz, Lima. “La imagen la hizo el escultor peruano David Lozano y se hizo con financiamiento del gobierno ecuatoriano”, rememora el historiador Juan Luis Orrego. Entre las imágenes inéditas se puede ver la inauguración del Museo Bolivariano (hoy Museo de Arqueología, Antropología e Historia del Perú) en Magdalena vieja, en lo que hoy es la plaza de Pueblo Libre. La fachada que se ve en la foto ha cambiado, pero la escalinata doble de la entrada se mantiene hasta nuestros días.

Otra fotografía –del Te Deum realizado por el centenario– muestra una construcción hoy inexistente en la Plaza de Armas de Lima: el Parque Ayacucho, un parque temático con juegos y exposiciones que se levantó en el terreno que hoy ocupa la municipalidad de Lima. El concejo limeño se había quemado en 1923 y se mudó a lo que hoy es el Museo de Arte. El Parque Ayacucho era lo que llamaríamos ‘arte efímero’, levantado solo para la ocasión y condenado a desaparecer. Por eso existen tan pocas imágenes de la construcción. Con el tiempo la municipalidad limeña regresó a su lugar de origen.

Durante el gobierno de Leguía también se construyó la casona que hoy aloja a la Sociedad de Fundadores de la Independencia. Leguía nombró mariscal a Andrés Avelino Cáceres y le iba a donar la casa, pero el viejo militar murió antes de que la construcción estuviera terminada. Fue entregada a la sociedad a propósito del centenario de 1924. Con el tiempo se adicionó un mural a la fachada, que subsiste hasta nuestros días. “En él puede verse a Leguía entregándole el bastón de mariscal a Cáceres”, precisa Orrego. Es una de las pocas imágenes públicas del polémico ex presidente.

Personajes e historia

El personaje de más alto rango entre las personalidades que llegaron a la conmemoración del centenario de 1924 fue el presidente boliviano Bautista Saavedra. Pero también estuvo el general norteamericano John J. Pershing, por quien años más tarde se daría nombre a una avenida limeña. La delegación más numerosa fue la venezolana, con el embajador Pedro Manuel Arcaya a la cabeza.

Venezuela no envió una delegación a la conmemoración de 1921 porque consideraba que estaría dedicada a San Martín, pero en 1924 participaron entusiastamente en las celebraciones bolivarianas.

Toda la primera parte del álbum está dedicada a las delegaciones oficiales que llegaron para ese centenario. En ellas Leguía, siempre presente con banda al pecho, está permanentemente acompañado por sus ministros de Relaciones Exteriores, Alberto Salomón, y de Fomento, Fermín Málaga. Otras imágenes dan cuenta de las recepciones en Palacio de Gobierno, en Torre Tagle o el Club Nacional. Lima fue una fiesta entonces.

Los centenarios de 1921 y 1924 fueron motivo además para que diera paso a su afán constructor. Muchos historiadores reconocen su enorme compromiso con la obra pública. “La conmemoración de los centenarios le sirvieron también para poner a Lima a la par de otras capitales de América”, explica Orrego. Cuando fue derrocado y encarcelado se trató de borrar su memoria. La avenida Progreso, tan unida a su prédica modernizante, cambió a avenida Venezuela. La avenida Unión fue llamada Colonial. La avenida Leguía cambió a Arequipa. Fue condenado al olvido pero la historia, poco a poco, reconoce parte de su legado.

Poeta del régimen

José Santos Chocano volvió al Perú en 1921 tras pasar varios años en América Central. Fue acogido de inmediato por el gobierno de Augusto B. Leguía y se hizo tan cercano al régimen que en 1922 se le impuso una corona de laureles, distinción que no se dio ni antes ni después a ningún literato peruano. En las celebraciones del centenario de 1924 Chocano participó en varias galas declamando sus poemas. En la vista en el teatro Forero, hoy Municipal, declamando su “Canto a Ayacucho”. Cuentan que en la ceremonia del sembrado del ‘árbol del centenario’ declamó un poema a los árboles escrito poco antes. Era un poeta y un escritor a pedido del régimen. En 1925 asesinó a balazos al estudiante Edwin Elmore. Purgó dos años de prisión y fue amnistiado por Leguía. Partió a Chile, donde murió asesinado en 1934.

Fuente: Diario La República, "Revista Domingo". 19 de febrero de 2012.

Recomendados:

Historia del Centenario de la Independencia del Perú en 1921. Augusto B. Leguía y la imagen de orden y progreso al interior y exterior del país.

Monumentos en Lima durante las celebraciones del Centenario de la Independencia.

Diferencias entre Sunitas, chiitas y alawitas.

"Sunitas, chiitas y alawitas"

Por: Isaac Bigio (Historiador)

En los distintos conflictos de Siria y el Medio Oriente, mucho se menciona a esas 3 fracciones del Islam, aunque no se esclarece bien sus semejanzas y diferencias.

Los 1,300 a 1,600 millones de musulmanes tienen un simple credo basado en 5 obligaciones: 1) creer que sólo hay un Dios único, invisible e inmaterial (Alá) y que su último profeta es Mahoma; 2) rezar 5 veces al día inclinándose hacia la Meca; 3) dar limosna equivalente al 2.5% de sus ahorros; 4) ayunar durante las horas de sol durante el mes de Ramadán; 5) peregrinar al menos una vez en la vida a la Meca.
Un 80% al 90% de ellos pertenece a la rama sunita, la misma que no tiene sacerdotes ni una autoridad central, mientras que el 10% o 20% restante son chiitas, quienes reivindican que la continuidad de Mahoma debe estar bajo la jerarquía de un clérigo infalible que inicialmente provino de su familia, empezando por su primo y yerno Alí.
En el Islam ocurre lo inverso del cristianismo, donde su iglesia principal es la que más sacerdotes y verticalidad tiene (la católica).

Sunitas y chiitas, además, tienen distintas escuelas de leyes o creencias. En los 14 siglos que dura la división entre ambas ramas nunca han cesado de darse matanzas entre ellos, pese a que las diferencias que tienen no les impiden poder orar en mezquitas comunes o en la Meca (algo impensable entre muchas diversas iglesias cristianas).

Irán, un país de habla persa y no árabe, es la única nación liderada por los ayatolas chiitas, congregación que es la mayoritaria dentro de los musulmanes de Iraq, Bahréin, Líbano y Azerbaiyán, aunque no gobierne en todos ellos.

Del tronco chiita han salido varias sectas que se les denomina "ghulat"(exagerados) pues han derivado en posiciones que muchos sunitas consideran como ajenas al Islam. Algunas de las ubicadas en las montañas del Levante son sociedades secretas que mantienen rituales de religiones previas al Islam.

Una de ellas es la de los 4 millones de alawitas (quienes dominan la presidencia y las FF.AA. de Siria, pese a ser sólo el 13% de su población). Ellos no consideran obligatorio seguir los referidos 5 pilares del Islam, celebran misas con pan y vino, navidades y otras ceremonias cristianas y creen en la encarnación de dios en humanos (como Jesús o Alí) y en la reencarnación de almas en animales, hombres o estrellas. También hay algunas otras corrientes mahometanas más modernas, mientras que es posible que los chiitas (quienes están en todos los rincones del Islam) sean mucho más de los 200 millones que se estima que existan, pero que no aparecen tan visibles debido a aparecer mimetizados con los sunitas, en parte para evitar hostilidades y represalias

Fuente: Diario Correo (Perú). 25/02/12.

viernes, 24 de febrero de 2012

Del "duopolio" soviético-norteamericano al "duopolio" chino-norteamericano.

Pensando en China

Por: Mariano Grondona

Se acaban de reunir en Washington los dos hombres más poderosos del planeta: el presidente Barack Obama, que buscará su reelección en noviembre para seguir al frente de la Casa Blanca por cuatro años más, y el vicepresidente chino Xi Jinping, que ha sido designado para suceder al presidente Hu Jintao.

En tiempos de la Guerra Fría, el mundo vivió bajo el "duopolio" soviético-norteamericano que terminó en 1991, con la disolución de la Unión Soviética. ¿Estamos en camino hacia un nuevo "duopolio", esta vez chino-norteamericano? La relación entre los protagonistas del nuevo duopolio, por lo pronto, ya no es hostil como fue el viejo. China es además un país semicapitalista, con lo cual se acerca, en lo económico, a los Estados Unidos. Donde subsiste un abismo entre los Estados Unidos y China es en el campo "político". Obama preside una democracia de tipo occidental. Xi presidirá a su vez una "dictadura del proletariado" más próxima, en su definición, a la Unión Soviética.

"Más próxima".hasta cierto punto. Las democracias de tipo occidental son transparentes. Las "dictaduras del proletariado" nunca lo fueron. Winston Churchill dijo alguna vez del régimen soviético que era "un enigma envuelto en un misterio". El régimen chino también lo es, pero en otro sentido. El enigma soviético, que se basaba sobre el secreto, venía del pensamiento de Carlos Marx. En Occidente siempre supimos del alemán Marx. ¿Qué sabemos en cambio del enigma chino?

La Unión Soviética primero, la Rusia de Putin después, han sido "semioccidentales" y por eso nunca nos quedaron demasiado lejos. La distancia que nos separa de China se mide, al contrario, en años luz. Para entenderla no nos bastará por eso describir su régimen "político". Habrá que bucear más abajo, en busca de una raíz cultural que no es la nuestra.

Ya existen empero algunas exploraciones preliminares de la enigmática China. Una es el libro de Henry Kissinger "Sobre China" (On China, The Penguin Press, 2011; hay traducción castellana). Kissinger formula dos advertencias fundamentales. Una, que China no debe pensarse como si fuera un "país" a la manera de Francia o los Estados Unidos sino como una "civilización". Los "países", en Occidente, son capítulos de un mismo libro. China, ella, es otro libro.

La segunda advertencia de Kissinger es que China es una civilización incomparablemente más antigua que la nuestra, ya que tuvo su apogeo varios siglos antes que las naciones europeas y que, si ahora quiere brillar en el primer plano, este nuevo apogeo será para ella, simplemente, la recuperación de su ancestral superioridad. Pensar a China como una nación subdesarrollada que recién ahora emerge al primer plano no es pensarla como los chinos, que no viven su actual "revolución" como algo enteramente nuevo sino como la "restauración" de lo que habían sido.

El otro libro al que quisiera referirme es La segunda revolución china, publicada en 2011 por el diplomático español Eugenio Bregolat, quien ha representado a su país en China por varias décadas. En esta obra cargada de datos, Bregolat subraya un rasgo esencial que nos separa de los chinos: que ellos no viven como nosotros un tiempo hecho de "siglos" sino de "milenios". Por eso es imposible determinar desde ahora si, desde el punto de vista político, China es o no es una "democracia". Por cierto, todavía no lo es. Pero este "todavía" podría estirarse, según la medida china, por décadas y hasta por siglos. En América Latina solemos pensar que algunos de nuestros países "ya son" o "ya no son" democráticos. Este apresuramiento del diagnóstico es impensable en China porque su historia se despereza con una lentitud incomprensible para los latinoamericanos. En 1978, Deng, el sucesor de Mao, precipitó a China hacia el capitalismo pero esta "precipitación", que está lejos de haberse completado, ya lleva cerca de cuarenta años. De aquí a un tiempo, algún nuevo Deng podrá "precipitar" a China hacia un despertar igualmente "perezoso" de la democracia. El filósofo que late en las entrañas de China no es Rousseau sino Confucio, que no vivió en el siglo XVIII sino en el siglo VI antes de Cristo y cuya plena asimilación por parte del pueblo chino, quizás, recién ha comenzado.

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Viernes 24 de febrero de 2012.

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