jueves, 3 de febrero de 2011

Las movilizaciones en Túnez y Egipto y el reconocimiento de las libertades políticas en el mundo árabe.

La nueva legitimidad árabe

Por: José María Ridao

Las revueltas populares que comenzaron con el gesto desesperado de Mohamed Buazizi, el humilde vendedor de fruta tunecino que se inmoló en protesta por la brutalidad de la policía, han logrado en breves semanas lo que las bombas y los atentados de los yihadistas no consiguieron en largos años de barbarie: un cambio radical en el panorama político árabe, con el dictador de Túnez derribado, el de Egipto convertido en un cadáver político y unas apresuradas reformas democráticas emprendidas por Gobiernos que, hasta la víspera, se declaraban cínicamente comprometidos en transiciones que, sin embargo, no avanzaban jamás en el reconocimiento de las libertades.

Esta formidable sacudida política llevada a cabo sin un solo disparo por parte de los manifestantes, sin una sola acción que pudiera empañar su causa, exige corregir la diplomacia hacia la región de las principales potencias mundiales, incluido Israel. Como también exige mandar al lugar que merece esa infame literatura de expertos y seudoexpertos que, tras los atentados del 11 de septiembre, colocaron bajo sospecha a millones de personas con el razonamiento, a la vez siniestro y estúpido, de que, por ser árabes, tenían que ser musulmanes; y de que, por ser musulmanes, tenían que ser islamistas; y de que, por ser islamistas, tenían que ser, cómo no, terroristas. ¡Tanta perspicacia intelectual para descubrir enemigos emboscados de Occidente entre hombres y mujeres que solo aspiraban a lo mismo que aspiran los hombres y mujeres de cualquier parte del mundo, al pan y a la libertad, y tanta ceguera para no ver que, en realidad, se trataba de víctimas de unos dictadores con los que Occidente había concluido el negocio de sostenerlos a cambio de protección contra un enemigo que esa literatura agigantaba!

Cuando, tras la huida del tunecino Ben Ali y de la defenestración de Mubarak, que caerá o no como caen de la higuera los higos secos, se vuelve a agitar el fantasma de los islamistas y de su posible ganancia en el río de la revuelta, lo único que se está haciendo es salvar la cara de aquel repulsivo negocio, cuando no prorrogar por miedo o por interés la vigencia de su cláusula principal. Pero no solo porque si, llegado el caso, los islamistas triunfasen en unas elecciones democráticas no se podría cuestionar su triunfo sin cuestionar al mismo tiempo la democracia, sino porque la hipótesis misma de la victoria de los islamistas es, sin duda, prematura, y, tal vez, equivocada. Si los islamistas hubieran tenido capacidad para sacar tantos hombres y mujeres a las calles como las protestas de Túnez y Egipto -que podrían repetirse contra otras dictaduras de la región-, no habrían esperado a la inmolación del humilde vendedor de fruta Mohamed Bouazizi para convocarlas. Como tampoco los yihadistas hubieran construido el núcleo de su estrategia en torno a las bombas y los asesinatos; si lo han hecho es porque saben que forman una exigua minoría fanática, y que ni en sus más aventurados sueños serían capaces de movilizar a las multitudes que han derrocado a Ben Ali, y que amenazan con hacerlo con Mubarak, al grito de libertad y elecciones libres.

El bochornoso titubeo de la Unión Europea ante las revueltas, así como la impúdica posición de Israel, que no ha dudado en considerar sinónimos la estabilidad y la seguridad de la región con el mantenimiento de sus feroces dictaduras, demuestran que, ni en un caso ni en otro, han comprendido la auténtica dimensión de lo que está sucediendo. Sí la han comprendido, en cambio, las dictaduras vecinas de Túnez y Egipto que se sienten amenazadas, y que por eso se aferran al mantenimiento del statu quo, que por eso invocan el repulsivo negocio que concluyeron con Occidente, llegando así, por el camino opuesto, a la misma conclusión que Israel y a las mismas razones por las que la Unión Europea ha titubeado. Porque lo que está sucediendo es que las revueltas están colocando, por fin, en manos de los ciudadanos árabes la soberanía que les usurparon las élites del anticolonialismo, después de haberlo hecho las del colonialismo. Aquellas se limitaron a copiar los métodos de gobierno que estas aplicaban en los territorios sometidos, y que nada tenían que ver con los vigentes en las metrópolis. Con la independencia, las poblaciones que ahora se han levantado cambiaron de tiranos pero no se libraron de la tiranía, con el agravante de que la guerra fría, primero, y la guerra contra el terror, a continuación, establecieron el juego maniqueo en el que ha fraguado, hasta esclerotizarse, la situación política que está saltando por los aires.

Una nueva legitimidad está surgiendo en la región, una legitimidad que solo cabe calificar de revolucionaria. El momento crítico de traducirla en medidas políticas ha sonado en Túnez y Egipto, y puede que siga sonado en la región a lo largo de los próximos días y semanas. En estos dos países se ha empezado a abrir paso, poco a poco, un proceso constituyente que las principales potencias mundiales, incluido Israel, no pueden ignorar, y menos entorpecer, sin arruinar la primera gran esperanza que ha ofrecido el siglo XXI, iniciado bajo el signo de funestos presagios.

Fuente: Diario El País (España). 03/02/2011.
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La bancarrota de 1873 y la crisis de 1929.Ciclos críticos del Capitalismo y los reajustes del poder político en el mundo.

No es 1929

Por: Antonio Zapata (Historiador)

Un libro clave sobre la crisis de 1929 fue escrito por John K. Galbraight, quien fuera premio Nóbel de economía y reputado profesor universitario norteamericano. Él sostiene que la causa última de la crisis es la codicia, una actitud subjetiva que desata un irrefrenable deseo de obtener dinero fácil. Esa voluntad de ganar mucho sin mayor esfuerzo conduce a la euforia de precios que depresión es consecuencia del frenesí y su magnitud es tanto más honda cuanto más especulativo haya sido el proceso. Ahora bien, ¿cuándo se desata la codicia al punto de provocar una megacrisis? De acuerdo a Galbraight, cuando una generación se olvida de la crisis anterior y cree que puede llenarse los bolsillos especulando sin trabajar. Para tener claro el drama de 1929, Galbraight analiza el ciclo anterior del capitalismo. Se remite a la bancarrota de 1873, la misma que llevó al Perú al descalabro económico anterior a la guerra con Chile. Entre una y otra megacrisis había sesenta años, tiempo suficiente para que se disipe la experiencia anterior. Después de cada gran crisis, se refuerza el poder del Estado sobre la economía. La gente percibe que el libre mercado conduce a la euforia que lleva al derrumbe.

Por ello, se imponen mecanismos para frenar la especulación. Pero, cuando pasan unos cincuenta años mueren todos los que ya eran adultos en la ocasión anterior. Se diluyen las lecciones aprendidas y surge una generación alocada que cree que hacer dinero es juego de niños.

En nuestro caso han sido los yuppies, que ofrecieron particulares lecciones de irresponsabilidad desmontando los controles del Estado benefactor, acusándolo de evitar que la gente se haga rica rápido. Según los líderes de los noventa, con el neoliberalismo la reducción del Estado garantizaba la expansión ilimitada del mercado.

Pero, la realidad ha parado en seco tanta monserga. Igual fue en 1929, cuando otra generación alocada por la plata fácil llevó al capitalismo a la gran depresión. Otro punto del profesor de Harvard es que crisis de esta magnitud significan gigantescos reacomodos de la correlación de fuerzas a escala mundial. Emergen algunos países, mientras otros declinan. Después de 1929, Europa occidental perdió posiciones dejando a la Alemania hitleriana entre los EEUU y Rusia soviética. Así había sido también en los 1870, que habían contemplado el ascenso de Alemania después de la derrota francesa en Sedán. El reajuste mundial preparó la emergencia del imperialismo clásico, que condujo a la I Guerra Mundial, del mismo modo como 1929 llevó a la Segunda.

El cambio de hegemonía siempre se ha saldado violentamente. Nunca ha sido pacífico. Las potencias declinantes no aceptan perder la hegemonía sin combatir. Normalmente pierden esas luchas y su costo mismo profundiza su declive. Por otro lado, nadie emerge a la hegemonía mundial sin luchar para abrirse camino, a codazos cuando menos. En nuestros días, esa conflagración son las diversas guerras de occidente con los musulmanes radicales.

Los EEUU se han metido en Afganistán e Irak y no saben cómo salir del embrollo. Obama ha prometido que los retirará sin que pierdan posiciones. ¿Podrá? Por su lado, atentados como los de Bombay esta semana indican que esa contradicción sigue caliente. Pareciera que los EEUU retroceden sin imponer su postura, porque no han terminado con la resistencia en ninguno de los países que han invadido en estos años. La principal potencia militar del planeta está estancada. En paralelo, la crisis económica se saldará por la afluencia de nuevo capital a los EEUU. A diferencia de 1929, en esta oportunidad los gobiernos han acudido masivamente a rescatar sus economías.

Cada semana se anuncian nuevo gigantescos aportes, que tienen que salir de alguna parte. A la larga será de los ahorros que el resto del mundo tiene en dólares y en bonos del tesoro norteamericano. Como son los orientales, empezando por China, los mayores poseedores de reservas norteamericanas, pues los tendremos comprando poco a poco medio EEUU. Por su parte, el gobierno americano va perdiendo sus guerras y el mundo realiza el giro que había previsto el filósofo Friedrich Hegel, quien sostenía que la hegemonía mundial se movía siempre hacia el oeste y que a continuación retornaría al oriente.

Fuente: Diario La República (Perú). Mié, 03/12/2008.
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miércoles, 2 de febrero de 2011

Haití y la primera independencia latinoamericana. François-Dominique Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines, héroes de la lucha anticolonial.

210 años de la primera independencia hispanoamericana

Por: Isaac Bigio (Internacionalista)

Desde el 2009, una serie de repúblicas latinoamericanas vienen celebrando cada una el bicentenario de su primer grito de independencia. Sin embargo, la primera colonia española que logró expulsar a los peninsulares lo hizo casi una década antes. Se trató de Santo Domingo, quien fue, precisamente, también el primer enclave que tuvo Madrid en el Nuevo Mundo.

A fines de enero de 1801, los esclavos que habían expulsado a los franceses de la parte occidental de la isla tomaron la parte oriental de ésta deponiendo a los españoles y aboliendo la esclavitud. Esta gesta fue liderada por François-Dominique Toussaint Louverture (1743-1803), hijo de un rey de Benín quien fue capturado y esclavizado.

Mientras la lucha contra la corona española fue encabezada varios años después por descendientes blancos de europeos que eran mestizos o de la élite criolla (como Miranda, Bolívar, el cura Hidalgo o San Martín), las actuales repúblicas de Haití y Dominicana fueron inicialmente liberadas por los estratos sociales y raciales más oprimidos que hayan tenido las Américas.

Toussaint tiene, además, el mérito de haber derrotado a los ejércitos de las tres grandes potencias de su tiempo: Francia, España y Gran Bretaña.

Sin embargo, el Estado que él impuso en toda la isla en enero de 1801 no duró mucho, pues los franceses reconquistaron toda ésta y luego lo llevaron a él a Francia, donde murió en una cárcel, en abril de 1803.

La independencia que él logró fue la primera en América Latina, el Caribe y también en el mundo negro de entonces.

Jean-Jacques Dessalines, uno de sus comandantes, prosiguió la lucha contra los franceses hasta liberar el oeste de la isla donde él, en 1804, se proclamó Emperador de Haití. La parte oriental siguió en manos de Francia hasta que en 1808 retornó a España. La que hoy es la República Dominicana pasó por varias crisis: Haití la invadió varias veces, fracasó en entrar a la Gran Colombia de Bolívar, fue la única excolonia española que retornó voluntariamente a España y también contempló incorporarse a los Estados Unidos (en donde hoy reside un amplio porcentaje de sus nacionales y que luego la invadió).

La historia de esta isla es una de las que más ha influido en toda la región. Ésta fue visitada por Colón en su primer viaje de 1492. A ella se la bautizó como La Española, aunque entonces tenía, según diversas fuentes, entre algunos cientos de miles y uno o dos millones de habitantes taínos.

Los taínos de allí, de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y de otras Antillas no sobrevivieron a las plagas y la explotación. Dos siglos después estaban casi extinguidos. De allí que el Caribe tuvo que ser repoblado, pero despoblando al África. Cientos de miles de esclavos se convirtieron en la mayoría de la población en gran parte de las costas atlánticas sud-centro americanas.

Toussaint trajo el fuego de la libertad a sud y centro América. Sin embargo, como las élites criollas de EE.UU. y de las grandes potencias no querían abolir la esclavitud, el país que él liberó fue aislado, dividido y obligado a pagar una tremenda deuda por reparaciones que lo subdesarrolló. Hoy Haití es la república latinoamericana más pobre, castigada e inestable, y también la única patrullada por tropas foráneas.

Fuente: Diario Correo (Perú). 31 de Enero del 2011.
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lunes, 31 de enero de 2011

Historia del caso Uchuraccay. Sendero, Comuneros de Huaychao, Sinchis y muerte de Periodistas.

La CVR y Uchuraccay

Por: Carlos Tapia.

Sabiendo lo delicado del tema, la CVR incluyó al caso de Uchuraccay entre aquellos que requerían una investigación a profundidad. Se formó una comisión ad hoc, de profesionales quechua hablantes y conocedores de la zona, presidida por Ponciano del Pino- investigador del IEP- lográndose entrevistar con los comuneros retornantes. Incluso en una asamblea, los dirigentes aceptaron lo sucedido y pidieron perdón a los deudos de los héroes del periodismo asesinados cruelmente. La investigación duró cerca de seis meses y en resumen la historia es como sigue.

A inicios de l,983, en las alturas de la provincia de Huanta, en el departamento de Ayacucho, sucedía que los comuneros, incómodos ante la presencia de jóvenes armados que discurseaban cosas que no comprendían, una vez que descubrieron que sus hijas y esposas eran reunidas al anochecer en un descampado para recibir charlas de adoctrinamiento empezaron a desconfiar y temer lo peor. Las autoridades comunales no sólo protestaron si no desafiaron la presencia de los terroristas. En respuesta, fueron asesinados varios dirigentes comuneros.

La guerra estaba declarada. El 23 de enero de 1,983 los comuneros de Huaychao dieron muerte a siete jóvenes senderistas y los de Uchuraccay ya habían expulsado a los sospechosos de pertenecer a SL después de dar muerte a su principal mando político. Temerosos de la represalia terrorista, los comuneros fueron al puesto policial en Huanta dando cuenta de lo sucedido y exigiendo protección. Una docena de “sinchis”-destacamento policial antisubversivo- fueron trasladados en helicóptero a la zona y antes de retornar el mismo día sólo atinaron a dejar la siguiente directiva: “todo extraño que venga a pie a la comunidad es un terrorista y debe ser eliminado, ya que nosotros sólo llegaremos en helicóptero”. No se quedaron en la zona, ya que los “sinchis” también desconfiaban de los comuneros.

El destino y la tragedia convergieron cuando, conocidos en Lima los hechos de Huaychao, las redacciones de los principales periódicos decidieron que fueran a la zona audaces periodistas con la misión de descubrir la verdad de lo sucedido. Entre corrillos se decía que eran campesinos inocentes asesinados por miembros de las FFAA.

Los ocho hombres de prensa acompañados por un guía salieron temprano del hostal “Santa Rosa” en Huamanga, en la mañana del fatídico 26 de enero de 1,983 para encontrase con una injusta y terrible muerte. Sucede que después de dos horas de viaje en un taxi, iniciaron la lenta y penosa caminata para llegar a Huaychao, viéndose obligados a bordear la comunidad de Uchuraccay donde campesinos exaltados y temerosos ante la presencia de extraños dieron cumplimiento, con piedras, hachas y picos, la directiva dejada por los “sinchis”. Varios se encontraban embriagados. De nada sirvió que los ocho periodistas imploraran para que los llevaran a la comisaría de Huanta y poder demostrarles que no eran terroristas.

Tiempo después, durante el juicio seguido a varios comuneros acusados de ser los asesinos, los altos mandos militares y policiales de Ayacucho testimoniaron no conocer nada de la directiva a los comuneros de Uchuraccay.


Fuente: Diario La Primera (Perú). Lunes 31 de Enero del 2011.


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sábado, 29 de enero de 2011

El primer gobierno del Presidente Fernando Belaunde y la política exterior norteamericana. La administración Kennedy y La Alianza para el Progreso.

Las complejas relaciones entre el Perú y los Estados Unidos de América

Por: Ignacio Basombrío

No obstante las iniciativas renovadoras del primer gobierno del Presidente Belaunde, la política exterior norteamericana no facilitó ese proceso de reformas. La historia reconstruida demuestra cómo se dificultaron los cambios necesarios en el Perú en esa época y las consecuencias que esos desencuentros originaron.

Las relaciones contemporáneas del Perú con los Estados Unidos han presentado un conjunto de situaciones y de escenarios, que han pasado de la tensión de las contradicciones a la búsqueda de un consenso reflejado en entendimientos de largo de plazo.

No siempre ha existido armonía en los vínculos entre dos naciones que, de alguna manera, tienen intereses comunes. A pesar de ser el Perú dentro del hemisferio un país de dimensión mediana y que, por tanto, estratégicamente no debería haber generado la atención mayor de la potencia del norte, la evolución de los acontecimientos históricos ha determinado que el Perú sea un centro de preocupación tanto en los organismos responsables de la formulación de la política exterior como del Pentágono, por temas de seguridad y defensa, y de la DEA, por la participación del Perú en el tráfico de drogas.

Las relaciones han tenido discrepancias de naturaleza ideológica y, además, incomprensión en varios momentos de la historia, por parte de gobiernos tanto demócratas como republicanos.
En el Perú, además, hasta hace algunos años, posiciones radicalizadas con relación a las vinculaciones con los Estados Unidos y la participación de empresas con capital norteamericano en la economía, enturbiaron el panorama.

Sin embargo, la evolución producida ha conducido a que, sin subordinar la política exterior peruana a las orientaciones del Departamento de Estado, el Perú pueda construir una relación madura con la potencia del norte, que tiene como propósito el desarrollo conjunto y el logro de entendimientos fundamentales en materias que son importantes y sensibles para el avance de ambos países.

La etapa de tensión

Un reciente e importante estudio (1) publicado en los Estados Unidos, analiza con precisión y abundante documentación de primera mano el comportamiento de las relaciones entre ambos países no sólo durante la etapa de la primera fase del gobierno revolucionario de la Fuerza Armada (1968-75), sino, además, en otro momento de la historia, menos estudiado por los académicos norteamericanos: la primera administración del presidente Belaunde (1963-68).

Los hallazgos del historiador Richard J. Walter, autor del libro, resultan extremadamente importantes para tener una comprensión más amplia sobre los desencuentros y limitaciones de la política exterior de los Estados Unidos frente al Perú, que dieron lugar, en alguna medida, al golpe de Estado de octubre de 1968, que no sólo significó la ruptura del orden constitucional sino, además, la modificación de los términos de las relaciones bilaterales.

En efecto, el año 1963, cuando la administración del presidente Kennedy intentaba establecer una nueva frontera y promover, con la Alianza para el Progreso, un diferente estilo de cooperación con la región latinoamericana, tanto la candidatura de Fernando Belaunde Terry a la Presidencia de la República, como su propuesta de gobierno para transformar las estructuras económicas y sociales del país, fueron observadas con desconfianza por el Departamento de Estado y, como consecuencia de ello, por otras instancias de la estructura del gobierno federal.

Es conveniente situar en el tiempo lo que significó la victoria electoral, muy apretada por cierto, del abanderado del partido Demócrata, John Kennedy sobre Richard Nixon, el candidato del partido Republicano. Kennedy significaba, para la sociedad norteamericana, una intención de cambio y un estilo de gobierno más sofisticado, con mayor contenido constructivo y más abierto al mundo.

Además, es pertinente tener en cuenta que el inicio de la Revolución Cubana había generado un remezón en América Latina y provocado temores, que ahora pueden considerarse como ciertamente exagerados, en determinados círculos políticos de los Estados Unidos. El fantasma del comunismo comenzó a crecer en la imaginación. Todos los intentos reformistas que no respondieran estrictamente a los dictados de Washington se consideraban sospechosos y estaban, por tanto, sometidos al fuego cruzado, tanto desde el Congreso norteamericano, como desde la estructura del poder federal.

La Declaración de La Habana de 1962 abrió un escenario contestatario. La Alianza para el Progreso, la respuesta que debió ser coherente y vigorosa, no pudo despegar como un mensaje de renovación conceptual y programática para enfrentar los temas del desarrollo económico y de la transformación social, en procura de lograr mayor equidad y justicia social dentro de la región latinoamericana, caracterizada por el elevado nivel de concentración de la riqueza y del poder en pocas manos.

Desencuentros iniciales

Con la visión desarrollista del presidente Belaunde se alimentaron expectativas en el Perú en el sentido que la combinación de la democracia con la promoción del desarrollo económico con contenido social, serían dos cartas que, dentro de la concepción de la Alianza para el Progreso, colocarían al Perú en posición expectante para convertirse en socio preferente de los Estados Unidos dentro de América del Sur.

En su primer acto de gobierno, asumida la presidencia de la República, Belaunde anunció la inmediata convocatoria de cabildos abiertos para la elección de alcaldes y regidores en los pequeños pueblos. Luego, en diciembre del año 1963, a sólo cinco meses de asumido el mando, se eligieron todos los alcaldes del país por votación popular, restableciendo el derecho de los pueblos conculcado desde 1912. Tal decisión, que consolidó el sistema democrático, si bien fue reconocida como un avance interesante e importante por la administración del presidente Kennedy, no mereció otro tipo de respaldo.

La visión del desarrollo del gobierno peruano incluyó, además de reformas que habían sido anunciadas por la Alianza para el Progreso, como la transformación de las estructuras agrarias, factores tales como el desarrollo de microproyectos con participación popular; el fortalecimiento de la capacidad de gestión de los gobiernos locales; y, la orientación de la inversión pública para generar, junto con el avance económico, una mayor integración nacional, para corregir las deficiencias derivadas de un modelo político y económico extremadamente centralista.

Nada de ello, sin embargo, impactó lo suficiente en los asesores del presidente Kennedy y en los responsables del manejo de las políticas frente al Perú, tal como queda debidamente documentado, con fuentes impecables y adecuadamente seleccionadas, en el trabajo del historiador Walter.

Por el contrario, no deja de sorprender que frente a una visión desarrollista proyectada hacia el interior del Perú, para corregir los grandes desequilibrios históricos de manera gradual, democrática y pacífica, enviados de la Casa Blanca consideraran, luego de ser informados acerca de las iniciativas del nuevo gobierno, que, si bien era cierto que el mandatario peruano era imaginativo tenía una visión poco pragmática para abordar los temas del desarrollo.

¿Con la IPC o con la democracia?

Tal como queda revelado en los planteamientos de Thomas C. Mann, designado como asesor principal de la Casa Blanca para los temas hemisféricos durante la administración del presidente Johnson, lo que se consideraba pragmático en ese momento incluía los siguientes asuntos: la protección de las inversiones norteamericanas, la no intervención en asuntos de otros Estados, el anticomunismo militante y la promoción del sector privado. Igual criterio tenían los consejeros de Kennedy.

El primer contacto del presidente Belaunde con la Casa Blanca no fue satisfactorio. Por el contrario, se abordaron temas que no han sido suficientemente analizados por los historiadores de las relaciones exteriores del Perú y que el profesor Walter aprecia con equilibrio y ponderación.

Por ejemplo se le planteó al presidente Belaunde la reducción de los gastos militares dado que se consideraba que el Perú tenía un elevado componente del gasto público dedicado a tal efecto.
Como consta en la historia, y en la documentación oficial conocida al abrirse los archivos del gobierno norteamericano, el mandatario peruano no aceptó ese requerimiento y, por el contrario, afirmó durante su gobierno el compromiso con la defensa nacional. Además, otorgó a la Fuerza Armada un conjunto de nuevas tareas, particularmente en materia de colaboración cívica.
Por otro lado debe recordarse que, en 1965, el movimiento guerrillero fue rápidamente eliminado y derrotado militarmente gracias a la capacidad de acción de la Fuerza Armada.

Iniciado el primer belaundismo fue manifiesta la posición norteamericana, expresada formalmente en las reuniones con el gobierno peruano, con relación a una solución satisfactoria para la empresa del sensible tema de la International Petroleum Company (IPC) y del Laudo de la Brea y Pariñas, que comprometía más que asuntos económicos a cuestiones que, en ese momento de la historia, respondían a un sentimiento nacionalista para resolver, total y definitivamente, una situación que había provocado ardorosos debates políticos internos y, además, enturbiado las relaciones con la comunidad de inversionistas y con el gobierno de los Estados Unidos.

De manera no sutil sino, más bien, directa, conforme queda acreditado en el estudio del profesor Walter, se condicionó la cooperación norteamericana a que la Casa Blanca aprobara implícitamente una solución satisfactoria del caso de la IPC. Sin duda tal decisión de la administración del presidente Kennedy puede sorprender, en la medida que se le consideraba en América Latina como más independiente de los grupos económicos de poder y más abierto a un diálogo constructivo y respetuoso de la soberanía de los Estados.

Al parecer la influencia del Secretario de Estado, Dean Rusk, fue poco positiva en la administración del mandatario asesinado en Dallas, tal como figura en los diarios de Arthur M. Schlesinger, Jr, el distinguido historiador e intelectual norteamericano, que fue uno de los principales asesores de Kennedy.

Schlesinger tiene un juicio muy crítico y severo sobre las limitaciones de Rusk como responsable de la política exterior. A lo largo de diversas páginas de sus diarios se plantea como hipótesis lo que habría ocurrido si tal cargo hubiera sido desempeñado por un liberal con mayor vuelo intelectual y con más flexibilidad para tratar sobre las relaciones con terceros países.

Concretamente en el caso del Perú, y en el escenario histórico de 1963, la influencia del Secretario de Estado Rusk fue negativa. Por otro lado no deja de sorprender la revelación histórica sobre las afirmaciones realizadas por diferentes altos funcionarios de la Casa Blanca en el sentido que las reformas que planteaba el gobierno de Belaunde eran adecuadas y necesarias pero que no debían ser ni muy profundas ni muy rápidas.

Todo lo anterior condicionó el eventual apoyo que podía recibir el Perú tanto de los organismos financieros multilaterales controlados en la mayoría de su capital accionario por los Estados Unidos, como en la asistencia económica mediante, entre otros, los programas de la Alianza para el Progreso.

La vocación reformista del gobierno del presidente Belaunde, por tanto, tuvo una limitación de naturaleza financiera, al no contar con el necesario apoyo de programas hemisféricos inspirados por Washington, elaborados para ser alternativa a la Revolución Cubana, y que se consideraban necesarios para lograr profundas y prontas transformaciones estructurales en democracia y libertad, para garantizar el desarrollo y el bienestar de los pueblos de la región latinoamericana.

El tema más sensible de controversia fue el de la IPC, que se mantuvo como una asignatura pendiente hasta 1968. El Congreso norteamericano, con la Enmienda Hickenlooper, y, por cierto, la Casa Blanca se inclinaron a favor de la empresa y no por la consolidación de la democracia peruana. Por tanto, se amenazó al Perú con la suspensión de toda la ayuda externa.

La historia, maestra fundamental para entender los procesos políticos, se presenta en el trabajo del profesor Walter, con argumentos y documentos que explican, desde una nueva perspectiva, los problemas internos que confrontó el primer belaundismo.

El 3 de octubre de 1968 se produjo el golpe de Estado. Belaunde fue derrocado por la fuerza de las armas, que desconocieron el mandato constitucional. Se inició entonces una nueva etapa en las relaciones del Perú con los Estados Unidos, caracterizada no por la búsqueda de consensos, no por el propósito de promover a las inversiones privadas, haciendo respetar la soberanía nacional, como ocurrió durante el régimen constitucional. Se impuso, en el régimen militar, un estilo de confrontación, con un cambio en la visión ideológica, con discrepancias con los Estados Unidos y con la nacionalización de empresas de capital norteamericano, incluyendo, en primer lugar, la IPC.

1. Walter, Richard J., Peru and the United States, 1960-1975: how their ambassadors managed foreign relations in a turbulent era, The Pennsylvania State University Press, 2010.

Fuente: Le Monde Diplomatique (Perú); Año IV, Numero 40 Setiembre 2010.

Historia de la Dictadura Duvalier en Haití. De François Duvalier "Papa Doc" a Jean-Claude Duvalier "Baby Doc".

El Haití de los Duvalier

Tras 25 años de exilio, ‘Baby Doc’ sorprendió a todos con su retorno.

Por: Jorge Moreno Matos (Periodista)

Tuvo que ocurrir un cataclismo de dimensiones bíblicas, como el del 12 de enero del año pasado, que cobró la vida de más de 220.000 personas, para que el nombre de Haití volviera a figurar en los titulares de los diarios del mundo entero con la frecuencia de la de los grandes protagonistas.

Un año después de esa inmensa tragedia, que empobreció todavía más al más pobre de los países del hemisferio occidental, otro acontecimiento volvió a colocarlo en las primeras planas, algo que ni siquiera el primer aniversario de ese desastre logró: el retorno al país, tras 25 años de cómodo exilio, del ex dictador Jean-Claude Duvalier, ‘Baby Doc’ para todos.

¿Qué pretende Duvalier con su regreso? No hay que ser un experto analista para darse cuenta de que la fragilidad del país, su inestabilidad política y la presencia en la isla de cientos de ONG internacionales, con millones de dólares de ayuda detrás de ellas, lo convierten en un botín nada despreciable para quien ya antes ha sabido sacar buen provecho de esta cooperación.

OLVIDO SECULAR

Entre las celebraciones por el bicentenario de la independencia que hubo por toda América el año pasado, quedó en el olvido que Haití fue el primer país de América Latina en independizarse (en 1804) y que, hasta donde sabemos, no hubo tanto alboroto en el 2004 para conmemorarlo.

A ese olvido secular se debe, por ejemplo, que muchos no sepan que Haití pagó muy cara su independencia.

Apenas libre, Francia, España y Portugal le impusieron un embargo económico que durante décadas le impidió desarrollarse como Estado. Más aun, se olvida también que solo dos años después el también libre y floreciente Estados Unidos se sumó al embargo. La razón: Haití había abolido la esclavitud y esa era una pésima lección que debía ser castigada.

Como si esto fuera poco, y luego de siglos de explotación y saqueo, Francia exigió una reparación por los perjuicios que la independencia haitiana les había ocasionado a los colonos franceses que se vieron privados, por la misma, de sus cientos de esclavos y plantaciones azucareras. Por este ‘atropello’, Francia le exigió al minúsculo país 150 millones de francos de la época que hoy alcanzarían, sumados los intereses, cerca de 5 mil millones de euros.

Que no extrañe, entonces, que el país estuviera condenado a la pobreza más absoluta y consuetudinaria cuando los pocos recursos con los que contaba (el 70% de sus ingresos estuvo destinado a pagar la deuda con Francia) no pudieron ser usados para echar las bases mínimas de un Estado. Tan solo en el siglo XIX, cerca de veinte golpes de Estado y otras tantas dictaduras se sucedieron uno tras otro, sumiendo al país y a la población en una situación rayana con la miseria, ya que cada cual robó y rapiñó cuanto pudo y sin obstáculo alguno. Todas honraron la deuda contraída con la antigua metrópoli hasta 1886, en que se dio por cancelada.

En ese ambiente de caos, anarquía y pobreza extendida transcurrieron los primeros cien años de vida independiente, cuando ocurrió la invasión estadounidense de 1915. Bajo el pretexto de asegurar la estabilidad en la región que amenazaba la suya, Estados Unidos ocupó el país 19 años. Al retirarse, en 1934, dejó bien aleccionados al Ejército y a la clase política sobre los intereses que debían defender.

Pero no contaron con que un humilde como astuto doctor de provincias, gran conocedor del vudú y que había trabajado antes para ellos, tenía sus propios planes.

LA MALDICIÓN DUVALIER

El iniciador del linaje de los Duvalier, François Duvalier, médico de profesión, conocido como ‘Papa Doc’, venció en las urnas en 1957, luego de que el Ejército lo eligiera como el candidato más viable para mantener el estado de cosas prevaleciente. Pero apenas juró el cargo, Duvalier mostró su propio programa político. Depuró el Ejército, arrestó a sus adversarios (cuando no los mandó asesinar) e instauró un régimen de terror que se cobró miles de víctimas a manos de los tristemente célebres ‘tontons macoutes’.

A su muerte, en 1971, era poseedor de una formidable riqueza, producto de la rapiña y saqueo durante años de los millones de dólares de la ayuda internacional que llegaban al país y terminaron engrosando sus cuentas bancarias en Suiza.

Cuando lo sucedió su hijo, con apenas 19 años (fue así como se ganó el apelativo de ‘Baby Doc’), el régimen aflojó un poco las cuerdas de la censura en los medios y aprobó algunas tímidas reformas, pero continuó el saqueo descarado de las arcas fiscales. El papa Juan Pablo II le dio la estocada final, en su visita de 1983, cuando denunció en su homilía la ostentosa vida de la clase política. Al ganar las elecciones por segunda vez con el 99%, en 1985, las protestas lo obligaron a abandonar el país al año siguiente; fue cuando perdió el apoyo de EE.UU.

OTRO RETORNO

El mal ejemplo de Duvalier empieza a cundir. El ex presidente Jean Bertrand Aristide, quien fue alejado del poder por un golpe incubado en el creciente descontento por su autoritarismo y populismo, ha dicho que él igualmente desea volver también para ‘ayudar’, tal como lo manifestó ‘Baby Doc’ no bien se apeó del avión.

Habrá que esperar si sus compatriotas están dispuestos a dejar que vuelvan otra vez a convertir Haití en su feudo personal y el erario público en su cuenta de banco privada.

POLÍTICA Y VUDÚ: LOS ‘TONTONS MACOUTES’

¿Cuál fue la clave del éxito de los Duvalier para controlar un país donde las necesidades son tan grandes y el sufrimiento tan cotidiano que resulta asombroso que no se rebelen todos los días? Una antigua fracción social, tan vieja como el país mismo, ha escindido en dos a Haití: por un lado, una clase social minoritaria y llena de privilegios y mulata; y del otro, la empobrecida y mayoritaria población negra del país, que sobrevive con apenas 2 dólares diarios.

Esa notoria y dolorosa división ha sido el origen de muchas revueltas y la causa de la caída de muchos presidentes en el pasado. Cuando ‘Papa Doc’ Duvalier entendió que para mantenerse en el poder necesitaba congraciarse con la empobrecida mayoría negra del país, se valió del elemento más cohesionador que tiene Haití: la religión. En su caso, el vudú, esa mezcla de creencias católicas, ritos africanos y prácticas de brujería que profesa la inmensa mayoría de haitianos que pretendía controlar.

Tanto Duvalier padre como el hijo se valieron del vudú para atemorizar, engañar y perpetrar sus crímenes. El más sombrío ejemplo de ello lo constituyeron los ‘tontons macoutes’, su policía secreta de seguridad.

Como fuerza paramilitar que en realidad era, su nombre oficial fue Voluntarios de la Seguridad nacional, su único objetivo fue el de mantener a raya a la oposición y atemorizar y torturar a los haitianos durante casi tres décadas. La elección del nombre, procedente del creole, no fue gratuita. En la tradición vudú, el ‘tonton macoute’ podía hacer desaparecer a una persona. Exactamente lo mismo que hicieron con los opositores al régimen. Cerca de 40.000 personas fueron asesinadas o ‘desaparecidas’ mientras los Duvalier estuvieron en el poder.

CRONOLOGÍA
DOSCIENTOS AÑOS DE POBREZA Y ROBO

[1804]
Independencia de Haití. Inicio del embargo económico que duraría 50 años.

[1825]
Francia obliga a Haití a pagar una cuantiosa indemnización.

[1915]
Ocupación estadounidense. Se retirarán en 1934.

[1957]
François Duvalier, ‘Papa Doc’, asume el poder.

[1971]
Jean-Claude Duvalier, ‘Baby Doc’, asume el poder.

[1986]
Revuelta obliga a ‘Baby Doc’ a partir al exilio.

[2004]
Jean Bertrand Aristide es obligado a dejar el poder por una revolución militar.

[2010]
Un devastador terremoto deja más de 200.000 víctimas. La capital, Puerto Príncipe, queda en ruinas.

Fuente: Diario El Comercio (Perú). Domingo 23 de Enero del 2011.
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viernes, 28 de enero de 2011

Los movimientos nacionalistas-separatistas actuales en África: Sud-Sudán, Gambelia, Oromia, Ogaden, Jubalandia, Maakir, Puntlandia, Somalilandia, etc.

Los sudores de Sud-Sudán

Por: Isaac Bigio (Internacionalista)

Sud-Sudán ha votado masivamente por su independencia y para mediados de este año debería aprobarse el nombre del nuevo país, el cual podría convertirse en el miembro 193 de las Naciones Unidas.

Este, sin embargo, no es el único territorio que ha derramado mucha sangre, sudor y lágrimas en una guerra separatista.

Hay otras repúblicas que han proclamado unilateralmente su independencia, pero que la ONU no las ha admitido.

Mientras los amigos de Rusia vetan el ingreso de Kosovo, los de EE.UU. hacen lo mismo con Abjasia y Osetia del Sur, pues ambas fracturas no son reconocidas por las repúblicas de las que habían formado parte (en el caso de la primera Serbia, cristiana ortodoxa como Moscú, y en el de la segunda, Georgia, aspirante ex soviético a entrar en la OTAN).

Los casos del África no son tan conocidos, pero ahora buscarán sacar provecho para buscar tratar de ser reconocidos internacionalmente.

Al sureste de Sudán está Etiopía, de la cual se escindió Eritrea (una ex colonia musulmana de Italia que ese país cristiano fracasó en reabsorber), la cual en 1993 fue la última nación africana en ser admitida en la ONU.

Etiopía tiene movimientos regionalistas en Gambelia y Oromia, mientras que en la zona de Ogaden muchos de los somalíes que la dominan piden la separación o la reunificación con el resto de los somalíes.

Sin embargo, la vecina Somalia está dividida tras una de guerras de clanes. Hay poderes o repúblicas locales en las regiones suroeste, Jubalandia, Maakir y Puntlandia. El Norte es independiente, aunque nadie le reconoce, pese a que se basa en el nombre y las fronteras de la antigua Somalilandia británica que en 1961-91 se unificó con la ex colonia italiana de Somalia.

Al sur de Sudán están Uganda (que tiene otra guerra interna entre el norte y el sur), Rwanda-Burundi (quienes padecieron el genocidio de los tutsis y en donde los pigmeos twa piden sus tierras) y Congo (que ha sufrido la peor guerra civil de la posguerra con más de 4 millones de muertos, así como varios intentos separatistas, incluyendo el de Katanga de los 1960 animado por corporaciones belgas interesadas en los ricos recursos minerales de ésta).

Al norte de Sudán está Egipto, donde el 10% de sus habitantes son cristianos coptos dentro de quienes hay corrientes nacionalistas.

El oeste de Sudán ha sido escenario de la guerra de Darfur donde han muerto 200,000 personas, y más allá está Chad, que tuvo otra guerra entre Norte y Sur.

En el norte árabe de África hay dos importantes movimientos nacionalistas. Uno es el de los kabiles de Argelia, quienes hablan su propia lengua berebere y son mahometanos más seculares.

Otro es el de la antigua Sahara Española, cuyos nativos saharauis son los únicos musulmanes de lengua hispana y quienes tienen su propia república que resiste la ocupación de Marruecos. Esta, la República Árabe Saharaui Democrática, aún controla un 20% del territorio de la antigua colonia castellana y ha sido reconocida por 58 países, aunque muchos de ellos hayan retirado o condicionado ese apoyo a la realización de un referendo.

Fuente: Diario Correo (Perú). 26 de Enero del 2011.