miércoles, 6 de octubre de 2010

Historia de las elecciones municipales en Lima.

Debate municipal de 1966 entre Luis Bedoya Reyes, de la alianza Acción Popular-Democracia Cristiana (AP-DC) y Jorge Grieve, de la coalición Apra-Unión Nacional Odriísta (PAP-UNO).

Las doce campañas de Lima

La capital celebra su duodécima elección municipal en 47 años. Durante este tiempo el número de electores casi se ha triplicado y la propaganda se ha diversificado.

Por: Nelly Luna Amancio

“El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Una de las sentencias más recordadas de Winston Churchill es con frecuencia apenas un buen deseo en el Perú. Congresistas que buscan la reelección o esperan el llamado para un puesto ministerial o viceversa. Dirigentes que aspiran a regidores. Regidores que se proyectan como presidentes regionales. Alcaldes que sueñan con la reelección o con la presidencia o con cualquier otro puesto más alto. Pocos son los que ceden el poder. La realidad parece siempre una permanente campaña electoral en el Perú.

Mañana, 18 millones 878 mil 337 ciudadanos elegirán a 12 mil 459 autoridades en todo el país. En Lima serán 43 los alcaldes electos por 5 millones 902 mil vecinos. Los triunfadores alegarán la consistencia de su campaña, los derrotados revisarán la suya. ¿Dónde empieza el éxito de una campaña electoral municipal?¿Han variado con los años los estilos y discursos? Aquí una revisión de las más importantes desde 1963.

1963: LA PREVALENCIA DEL DISCURSO

El proceso municipal de 1963 compitió con la siempre inagotable campaña navideña. Era diciembre y en los periódicos las noticias sobre los candidatos a la Alcaldía de Lima competían en espacio con los enormes avisos publicitarios sobre los mejores regalos para la Nochebuena. Luis Bedoya Reyes (alianza entre Acción Popular y la Democracia Cristiana, AP-DC) enfrentaba a María Delgado de Odría, representante de un extraño pacto entre el Apra y su peor enemigo, la Unión Nacional Odriísta, y esposa del ex presidente Manuel Odría. Fue la primera y única vez que un hombre y una mujer se disputaron el sillón municipal.

“Fue una campaña polarizada en dos grandes bloques. Delgado de Odría representaba el conservadurismo y Bedoya Reyes el centro, no había tantos partidos”, dice el historiador Antonio Zapata, quien explica que por esos años las maquinarias electorales comenzaron a funcionar como tales: organización y propaganda. La radio y los diarios jugaban todavía un papel más importante que la televisión. Lima tenía apenas 2 millones de electores. No había spots televisivos. Las campañas se hacían a pie.

Bedoya Reyes, con un discurso más directo y una propaganda mejor organizada, ganó la elección. Tres años después, en 1966, sería reelegido tras derrotar a Jorge Grieve (Apra-Unión Nacional Odriísta). Durante aquellos comicios Bedoya inauguró la videopolítica: debatió con Grieve frente a cámaras. “El debate fue trascendental porque el mensaje mediático funcionó. Yo creo que era la primera vez que un político convencía a través de los medios”, dice la comunicóloga y experta en propaganda política Carmen Rosa Vargas. Pero el orden constitucional que se había recuperado con la salida de Odría se volvió a resquebrajar con el golpe de Velasco en 1968.

LOS AÑOS OCHENTA O EL IMPERIO DE LA IMAGEN

El retorno de Fernando Belaunde al poder en 1980 garantizó –como en 1963, cuando convocó a elecciones locales tras 42 años de haberse suspendido– la realización de nuevos comicios municipales. Ganó Eduardo Orrego y fue la primera vez que Alfonso Barrantes participó representando a la coalición Izquierda Unida.

Tres años después, Barrantes volvió a presentarse. Los atentados terroristas en el interior del país acompañaban las noticias electorales de esos días. A diferencia de las campañas anteriores, en los periódicos había más propaganda política. Para aquel 13 de noviembre de 1983 (día de los comicios) las calles de la ciudad estaban completamente empapeladas por la publicidad de doce candidatos. Los más importantes, además de Barrantes, eran Alfredo Barnechea (Apra), Alfonso Grados Bertorini (AP) y Ricardo Amiel (PPC). El analista electoral Fernando Tuesta sostiene que recién a partir de ese momento la televisión adquiere un papel relevante. Surgen los primeros spots políticos. Se ingresa a lo que puede ser llamada la profesionalización y peruanización de la propaganda electoral.

LOS 90: ALTA SUCIEDAD

Las campañas más sucias, para Antonio Zapata, fueron las que protagonizó la prensa amarilla –a través de la televisión y varios diarios– durante las campañas municipales de los años 90 contra Alberto Andrade. “La virulencia de una campaña dependerá de cuán próximas estén las elecciones presidenciales”, anota el historiador. Recuerda que el actual panorama (elecciones municipales a seis meses de las presidenciales) no se presenta desde 1990, cuando Ricardo Belmont ganó la alcaldía y meses después Alberto Fujimori alcanzó la presidencia. Ambos fueron políticos antipartido. “Lo que pase ahora influirá sin duda en los comicios generales”, dice Zapata.

El uso masivo de la televisión para la propaganda electoral multiplicó los costos de las campañas en los años 90. “Se dejaron de hacer menos en las calles, en mítines o en desfiles, y mucho más en la televisión. Ahora, por ejemplo, solo hay desfiles de autos”, bromea el historiador. La campaña ahora está en los programas de mayor ráting.

Nuestra capital ha tenido doce campañas municipales en 47 años. ¿Han variado los estilos de hacer campaña aquí o en el resto del mundo? El publicista Gustavo Rodríguez sostiene que no tanto. “Por ejemplo, las esperanzas de cambio son universales y transversales en el tiempo. También las estrategias. Lo nuevo [Obama o Toledo en su momento] versus el temor a perder seguridad [reelección de Bush o segunda elección de Alan García]. El único cambio que he visto en los ultimos 20 años viene de la irrupción de las redes sociales: el boca a boca es mucho más rápido que antes”, comenta.

El Perú fue el penúltimo país de la región en dar el voto a la mujer.

El Perú fue el penúltimo país en América Latina en otorgar el voto a la mujer. Solo Paraguay lo hizo después. La presión internacional habría sido irresistible para el entonces presidente Manuel Odría. El historiador Antonio Zapata explica que el general quería quedar bien con las mujeres y canalizar así sus votos en las futuras elecciones. “Sin embargo, no ganó en ninguna de las dos siguientes”, precisa Zapata.

Fue el 7 de setiembre de 1955 que el gobierno de Odría concede el derecho de sufragio a las mujeres mayores de 21 años que supieran leer y escribir o a las casadas mayores de 18 años con el mismo requisito. Votaron por vez primera en los comicios de 1956.

El analista Fernando Tuesta señala que la discusión sobre este tema se planteó abiertamente en el Parlamento en los años 30 del siglo pasado. “Los grupos oligárquicos se opusieron al voto femenino, al igual que al de los analfabetos; los apristas abogaron por el voto solo de las que trabajaban; mientras que los socialistas defendieron el voto femenino irrestricto, pero con reservas sobre su aplicación inmediata por las condiciones de inmadurez en que se encontraban las mujeres”.

MÁS DATOS

Nombraban alcaldes a dedo

1. “La propaganda política es la madre de toda publicidad. Buscan convencer mentes y corazones”, dice la experta en propaganda política Carmen Rosa Vargas.

2. Cuando el general Juan Velasco Alvarado da el golpe de Estado contra el entonces presidente Fernando Belaunde en 1968, Luis Bedoya Reyes era alcalde de Lima. Velasco no lo destituye, lo mantiene, pero al terminar el período municipal en 1970 no convoca elecciones y nombra a dedo a Eduardo Dibós Chappuis como alcalde metropolitano.

3. Fue Fernando Belaunde quien en 1980 decide convocar elecciones municipales. Los últimos comicios locales se habían realizado en 1922. Luego Augusto B. Leguía los anuló y nombró a dedo a los burgomaestres. Lo mismo hicieron luego Benavides, Prado, Bustamante y Odría.

4. El historiador Antonio Zapata señala que Belaunde “entendió que había una relación entre la democracia política macro y la democracia micro, entendió que sin democracia municipal no es posible tener democracia nacional”.

Fuente: Diario El Comercio. Domingo 3 de Octubre del 2010.

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Alcaldes de Lima: Anita Fernandini, Luis Bedoya Reyes, Alfonso Barrantes Lingán y Alberto Andrade Carmona.

martes, 5 de octubre de 2010

Alcaldes de Lima: Anita Fernandini, Luis Bedoya Reyes, Alfonso Barrantes Lingán y Alberto Andrade Carmona.

Universidad del Pacífico, 1986. Debate entre Jorge del Castillo, Alfonso Barrantes Lingán y Luis Bedoya Reyes.

Perfiles ediles

Por distintas razones, estos alcaldes dejaron huella imperecedera. Y hoy, a pesar del tiempo, se les sigue recordando. Aquí las semblanzas de Anita Fernandini, Luis Bedoya Reyes, Alfonso Barrantes Lingán y Alberto Andrade Carmona.

Por: Raúl Mendoza

Anita Fernandini: beata acaudalada
(alcaldesa 1963-1964)

De Anita Fernandini se ha dicho que “fue una de las mujeres más acaudaladas del siglo XX en el Perú” y que solo por ello la junta militar de la época, liderada por Nicolás Lindley, la nombró alcaldesa de Lima. Según el historiador Carlos Neuhaus, los militares querían un acercamiento con las clases altas de Lima y por ello la pusieron al frente del gobierno de la ciudad. ¿Por qué se recuerda a doña Anita? Por ser la primera alcaldesa –aunque no fue electa por voto popular–, por ser una consumada católica y por su devoción a Santa Rosa de Lima. Tan grande era su fe que pretendió edificar una basílica gigantesca en su honor tras un concurso público en el que ella escogió al ganador. El arquitecto Juan Gunther recuerda que incluso abrió el pasaje donde hoy se encuentra el monumento a Taulichusco, en el centro de Lima, y que este se iba a prolongar hasta la avenida Tacna, donde estaría el templo. Quería que se mirara con la catedral.

“Menos mal no se hizo ese pasaje porque hubiera destruido muchos predios históricos y el templo hubiera sido muy grande para la zona”, dice Gunther. También señala que Fernandini no hizo obras de importancia porque un año es muy poco tiempo. “Otro hecho recordable es su guerra contra los night clubs del centro de Lima. Quiso cerrarlos pero la medida fue contraproducente porque solo contribuyó a que aparecieran muchos más locales y las bailarinas de la época se hicieran más conocidas”, recuerda Gunther. Dicen que siempre vestía de oscuro y con sombrero.

Luis Bedoya Reyes: más que el Zanjón
(alcalde 1964-1968)

Luis Bedoya Reyes fue el primer alcalde elegido por voto popular en Lima. Su principal obra es hasta ahora el mayor símbolo de previsión en cuanto a la red vial urbana: la Vía Expresa del Paseo de la República. Además fue la primera autoridad que planteó aprovechar el litoral –lo que hoy llamamos Costa Verde– como un espacio vinculado a la ciudad, a pesar de que entonces las playas casi no existían. Si bien fue su sucesor Eduardo Dibós quien culminó el Zanjón hacia el circuito de playas, esta idea ya estaba plasmada en el proyecto original. Bedoya también levantó el actual Mercado Central –que funcionaba en sus inicios como un mercado mayorista–, reformuló toda la zona y le dio el perfil comercial que hasta hoy persiste. En su gestión se hizo la Plaza Castilla y cuando los tranvías ya le decían adiós a Lima impulsó el sistema de los bussing, que sobrevivieron hasta los años 80.

El periodista Domingo Tamariz recuerda con una anécdota cómo durante la gestión de Bedoya la zona del Mercado Central empezó a poblarse de ambulantes. Cuenta que a fines de 1967 se puso parquímetros en el lugar y tiempo después algunos comerciantes, vivos, criollazos, depositaban sus monedas y se quedaban en el lugar porque “estaban pagando”. Luego, cuando ya no había parquímetros, se quedaron ahí por años. Antes de ser alcalde de Lima, Luis Bedoya fue ministro de Justicia de Fernando Belaunde. En 1966, a mitad de su mandato edil, fundó el Partido Popular Cristiano. Posteriormente postuló dos veces a la presidencia con el PPC pero no logró el triunfo. Hoy tiene 91 años y es el patriarca de su movimiento.

Alfonso Barrantes: pequeño visionario
(alcalde 1984-1987)

Fue el primer alcalde socialista de Lima y puso su mayor interés en los programas sociales. Alfonso Barrantes Lingán, el Tío Frejolito, no solo debería ser recordado por el programa del Vaso de Leche o los comedores populares que impulsó en su gestión, sino también –en esa misma línea– por la creación de Programas Municipales de Vivienda que beneficiaron a miles de familias pobres. “Huaycán, Pampas de San Juan y varias zonas de la Panamericana Norte son programas creados por él. Se empadronó a pobladores de esos distritos y se los reubicó en terrenos con agua, desagüe, vías. Y se entregó unos 100 mil títulos de propiedad. Es decir, se actuó legal y ordenadamente antes de que esas zonas se ocuparan por invasión, con el consiguiente caos”, recuerda el arquitecto Jorge Ruiz de Somocurcio.

Otro proyecto del líder de Izquierda Unida mantiene vigencia hasta hoy: culminó los estudios y gestionó el financiamiento para los primeros corredores viales de Lima en las avenidas Alfonso Ugarte, Brasil y Tomás Marsano. “Él arrancó las obras con apoyo del Banco Mundial, que quería que Lima fuera una ciudad piloto de corredores viales. Pero el presidente Alan García se peleó con el sistema financiero internacional. Así que el dinero se fue a Curitiba –donde los corredores viales se hicieron muy populares– y se paralizó la construcción. Finalmente, se retomó la negociación y Jorge del Castillo concluyó esas obras”, cuenta Ruiz de Somocurcio. Los corredores viales que han planteado algunos candidatos en la presente campaña a la alcaldía de Lima fueron previstos por ‘Frejolito’ hace más de dos décadas.


Alberto Andrade: el centro es de todos (alcalde 1996-2003)

Para llegar a la alcaldía de Lima Alberto Andrade debió superar primero el gran escollo que significaba Jaime Yoshiyama, candidato del presidente Fujimori, que postulaba “Con todo el apoyo”, según su eslogan. Andrade le ganó sin problemas. Luego, instalado en el sillón municipal, planteó que la ciudad necesitaba un símbolo que unifique a los limeños. Entonces apuntó a la recuperación del Centro Histórico. “Andrade recuperó las calles tomadas por los ambulantes, los reubicó y les dio apoyo financiero para que se organizaran en mercados feriales. Así nacieron Las Malvinas y otros enclaves parecidos”, cuenta el arquitecto Jorge Ruiz de Somocurcio, regidor en esos años. También se recuperaron los espacios públicos: las históricas plazas y plazuelas del Cercado y los balcones coloniales volvieron a mostrar la belleza de antaño. Además por varios años llevó la Bienal de Arte al corazón limeño.

Su segundo periodo tuvo una visión más metropolitana. Recuperó las vías del centro histórico, culminó el Trébol de Monterrico iniciado por Ricardo Belmont e hizo la Vía Expresa de Javier Prado. “Esta segunda gestión dejó sembrados muchos proyectos que luego Luis Castañeda culminó. Por ejemplo, Andrade planteó el Lima Bus y dejó un proyecto aprobado con financiamiento del BID y el Banco Mundial. Eso es el Metropolitano ahora. También le dejó los estudios de la Vía Expresa Grau y el plan de recuperación del Teatro Municipal. Esto último se ha hecho en menor escala, porque el proyecto original abarcaba toda la manzana y un circuito cultural con el Teatro Segura y la Sala Alcedo”, cuenta Ruiz de Somocurcio. Por algo más se recuerda al hoy desaparecido Alberto Andrade: resucitó los cuerpos de serenazgo y fue, como hijo de los Barrios Altos, el más criollo de los alcaldes limeños.

Fuente: Diario La República, suplemento "Domingo". 03 / 10 / 2010.

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Los Alcaldes de Lima durante el siglo XX.

La pelea de los debates electorales.

lunes, 4 de octubre de 2010

Anita Fernandini de Naranjo, la primera alcaldesa de Lima y la mujer más acaudalada del Perú durante el siglo XX.

Ana María Fernandini Clotet (Lima, 1902-1982)

Luces y sombras de la primera alcaldesa de Lima

Por: Ernesto Chávez

Chapada a lo antiguo, Ana María Fernandini Clotet , más conocida como Anita Fernandini de Naranjo, es hasta la fecha la única mujer que llegó a la alcaldía de Lima desempeñando ese cargo de 1963 a 1964.

En su gestión rodeada de muchas anécdotas, concedió las Llaves de la Ciudad de Lima a la Virgen del Carmen y una leyenda urbana señala que en su periodo como alcaldesa, doña Anita Fernandini mandó tapar los genitales de las esculturas de Bellas Artes.

De acorde con la época, Anita Fernandini no tenía una agenda feminista, social o política sino que estaba rodeada de una aureola de benefactora, defensora de la moralidad pública y protectora del patrimonio.

No fue elegida por sufragio sino designada por la fugaz Junta Militar de Gobierno del general Nicolás Lindley, reemplazando a José Jacinto Rada, quien renunció a la alcaldía de Lima tras la destitución del general Ricardo Pérez Godoy.

En su libro “Damas, poder y política en el Perú” (2007), Carlos Neuhaus Rizo Patrón, quien se define apasionado de la ‘petite histoire’comenta:

“Los militares querían enviar un mensaje a las clases altas, ganarlas a su lado, y Anita, mujer generosa, era heredera de una de las mayores fortunas de la época, la del minero Eulogio Fernandini. Apuesto a que fue idea de Lindley que conoció a los Fernandini como constructores del entonces moderno balneario de Santa María”.

Dueña de gran fortuna

Nació el 17 de abril de 1902 en lo que llamaríamos una “cuna de oro” hija del acaudalado empresario minero Eulogio Erasmo Fernandini de la Quintana e Isolina Clotet Valdizán.

Se le consideró como la mujer más acaudalada del Perú durante el siglo XX. Se casó el 9 de junio de 1927 con el ingeniero Alberto Nicanor Álvarez-Calderón Flores, con quien tuvo cinco hijos. Enviudó en 1944 y se casó con Eduardo Naranjo Gunner.

Por su activa labor social fue designada presidenta vitalicia del Consejo Nacional de Mujeres, y encabezó el Comite pro Basilica agrupación que se propuso construir una basílica a Santa Rosa de Lima.

Algunos sacerdotes llegaron a pedirle que priorice la construcción de un hospital antes que la edificación de su soñada Basílica de Santa Rosa en las alturas del cerro San Cristóbal.

Decidida a cristalizar ese proyecto, respaldada por su gran fortuna, expropió casas y compró terrenos, pese a ello, no lo consiguió, ya que fue declarado Monumento el convento de Santa Rosa y el dinero recaudado terminó en el Arzobispado de Lima.

En su biografía se menciona que era la dueña de una gran mansión en Miraflores de la cual se mudó a otra en la avenida Salaverry, la cual vendió a la embajada rusa.

Poseía una casa grande en San Bartolo, que era su exclusivo lugar de veraneo. El inmueble es usado como centro de esparcimiento por la Guardia Civil del Perú.

Durante el gobierno de Nicolás Lindley López, el ministro de gobierno y policía: Germán Pagador Blondet, designó el 15 de marzo de 1963 a Anita Fernandini de Naranjo como la primera alcaldesa de Lima.
Una de sus principales ordenanzas fue la limpieza de los techos de la ciudad, donde se acumulaban toneladas de cachivaches y basura, un problema de salubridad del que nadie se ocupaba.

Guerra a las calatistas

A los tres meses de su gestión, en junio de 1963 arremetió contra lo que se consideraba “la perdición moral de la juventud ” y de un solo plumazo prohibió las funciones de striptease que estaban en boga en aquellos años faranduleros, extendiéndose a los cines de barrio.

La extrema medida provocó tremendo revuelo en la Lima de noche, donde las bailarinas, llamadas también estriptiseras y “calatistas”, salieron al frente de la alcaldesa moralizadora.

Una de las más conocidas vedettes, la escultural y cimbreante Elsa Moreno, no tuvo mejor idea que canalizar su protesta desnudándose en los portales de la Municipalidad de Lima, para delicia de sus admiradores y la prensa capitalina.

Ataviada con solo un abrigo largo, la ombliguista se dio el gusto de desnudarse en la calle y ‘pechar’ a la alcaldesa frente a las cámaras de la prensa, comenta la revista Caretas.

La medida logró que las salas de cines y teatros limeños se abstuvieran de este tipo de espectáculos ante el riesgo de ser blanco de las iras moralizadoras de la burgomaestre de la Ciudad de Los Reyes,

Pero no todos bajaron la cabeza. Algunas salas como el Bijou, tramitaron permiso para ofrecer el espectáculo de las calatistas a partir de la medianoche.

Esta cruzada moralista, extendida en Lima y Callao, la confrontó directamente con los empresarios de espectáculos, así como con las striptiseras y los transformistas, estos últimos encabezados por el argentino ‘Paquito’ Santa Cruz.

Surgió un debate variopinto, pionero de las tácticas políticas del siglo XXI. No faltaron las críticas a la “desnudez social” de las zonas colindantes a las boîtes.

¿Qué era finalmente más obsceno: un baile para adultos en el teatro Santa Marina del Callao o la falta de agua y desagüe en las tres barriadas de la zona (Ciudadela Chalaca, San Juan Bosco y Virgen de Fátima)?

Pero Anita Fernandini no cedió y las vedettes tuvieron que limitarse a desnudarse en las boites o night clubs de la época, para rabia de los que querían “democratizar” el espectáculo en los cines de barrio con las Bim Bam Bum.

Fernandota de Toronja

Anita Fernandini fue esposa del ingeniero Alberto Álvarez-Calderón Flores y, tras su muerte, volvió a casarse, esta vez con Eduardo Naranjo.

“Los presentaban como la Sra. Fernandini y su esposo”, bromea Saavedra-Pinón, quien luego sería secretario de Prensa de la Presidencia de la República durante el primer gobierno de Belaunde.

“La trajo Nicolás Lindley, quien solo servía Inca Kola en su despacho”, agrega

Uno de las anécdotas sabrosonas de la época fue protagonizada por el arquitecto Luis Ortiz de Zevallos , quien la rebautizó como Anota Fernandota de Toronja.

Anita Fernandini de Naranjo era inflexible en lo que llamaba moralidad pública, pero sabía tener correa, virtud del que carecen muchas de las mujeres que quieren ser la segunda alcaldesa de Lima.

Apoyó la cultura

A diferencia de sus antecesores, Anita Fernandini apoyó decididamente la cultura, abogó por numerosos proyectos en ese sentido y en especial el teatro sanmarquino.

Los diarios de la época comentan que era mecenas de varios artistas y era ella misma una tímida pero devota escultora. Una de sus obras más conocidas fue el Cristo de la Paz.

Murió en 1982 a los 80 años y su mausoleo es uno de los hitos en las visitas guiadas al Cementerio Presbítero Matías Maestro.

Anita Fernandini de Naranjo es parte de la historia política no difundida porque en 1963 llegó a la alcaldía provincial de Lima, apenas 7 años luego de que las mujeres votaron por primera vez en el Perú.

La otra historia desconocida es que muchas mujeres intentaron la alcaldía de Lima, como la María Delgado de Odría , quien gozó de popularidad por las obras públicas de su esposo, el ex dictador Manuel A. Odría, y la ahora congresista Mercedes Cabanillas.


Fuente: http://www.cronicaviva.com.pe/

domingo, 3 de octubre de 2010

Los Alcaldes de Lima durante el siglo XX.

Alcaldes del siglo

Relación edil. Estos son los alcaldes que gobernaron Lima en el siglo XX.

Benjamín Boza (1900)

Federico Elguera (1901-8)

Guillermo Billinghurst (1909)

Nicanor Carmona (1910-13)

Elías Malpartida (1914)

Nicanor Carmona (1915)

Luis Miró Quesada (1916-18)

Manuel Irigoyen (1919)

Ricardo Espinoza (1920)

Pedro Mujica (1920-21)

Pedro José Rada y Gamio (1922-25)

Andrés F. Dasso (1926-29)

Luis Albizuri (1930)

Luis A. Eguiguren (1930-31)

José García Bedoya (1932-33)

Luis Gallo Porras (1934-37)

Eduardo Dibós (1938-40)

Luis Gallo Porras (1941-45)

Augusto Benavides (1946-47)

Luis Gallo Porras (1948-49)

Pedro Pablo Martínez (1949-50)

Eduardo Dibós (1950-52)

Luis T. Larco (1953-55)

Héctor García Ribeyro (1956-62)

Anita Fernandini de Naranjo (1963)

Luis Bedoya Reyes (1964-69)

Eduardo Dibós (1970-73)

Lizardo Alzamora (1973-75)

Arturo Cavero (1975-77)

Enrique Falconí (1977-78)

Roberto Carrión (1978-79)

Piero Pierantoni (1980)

Eduardo Orrego (1981-83)

Alfonso Barrantes (1984-86)

Jorge del Castillo (1987-89)

Ricardo Belmont (1990-95)

Alberto Andrade (1996-2002)

Luis Castañeda (2003-10)

Fuente: Diario El Comercio, suplemento cultural "El Dominical". 3 de Octubre del 2010.

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Anita Fernandini de Naranjo (1908-1982), primera mujer en ocupar el sillón municipal.

La primera alcaldesa de Lima

Anita Fernandini de Naranjo fue designada por la Junta Militar en 1963 y prohibió el striptease en la capital.

Corría el año 1963, cuando por primera vez en la historia del Perú, una mujer asumió las riendas de la Municipalidad de Lima. Su nombre: Anita Fernandini de Naranjo.

Aunque fue designada por la Junta Militar que encabezó Nicolás Lindley López, doña Anita se ganó el respeto de los limeños y el odio de las bailarinas de esa época. La razón de este rechazo fue que la sexagenaria mujer, considerada como una de las más acaudaladas del Perú durante el Siglo XX, prohibió las funciones de striptease en la capital, hecho que motivó la ira de las vedettes, e incluso una de ellas, Elsa Moreno, protestó desnuda en la puerta del municipio contra dicha prohibición.

Pero eso no es todo. Durante su gestión edil, la alcaldesa Fernandini de Naranjo ordenó limpiar los techos de las casas de la capital y mandó a tapar los genitales de las esculturas de la Escuela de Bellas Artes. A pesar de esto, doña Anita fue considerada como una mujer generosa y benefactora, que se propuso construir (aunque no lo logró) una basílica para Santa Rosa de Lima.

En 1964, la alcaldesa fue sucedida por Luis Bedoya Reyes, quien venció en las elecciones municipales y será recordado por ser el constructor del zanjón de la Vía Expresa, una obra que perdurará en la historia.

Hoy, 47 años después, una mujer podría asumir nuevamente la Alcaldía de Lima, pero esta vez por votación popular. Este hecho es resaltado por las representantes de las organizaciones feministas como “Flora Tristán” y “Manuela Ramos”.

Para Diana Miloslavich, coordinadora del programa de participación política de la ONG “Flora Tristán”, el nuevo alcalde o alcaldesa debería reactivar la oficina “Proequidad” que se puso en marcha durante la gestión de Alberto Andrade. “Será una buena oportunidad para generar mejores condiciones de igualdad y seguridad para las mujeres”, señaló.

A su vez, Victoria Villanueva, representante de la ONG “Manuela Ramos”, expresó su confianza en que la persona que salga elegida como alcalde o alcaldesa de Lima disponga la creación de cadenas de solidaridad y prevención para aquellas mujeres que son víctimas de la violencia familiar.

Anita presente

La primera alcaldesa. Anita Fernandini de Naranjo (1908-1982) fue la primera mujer en ocupar el sillón municipal.

“Es un señalado honor que se me confiere y que lo considero más que como una distinción a mi persona, un homenaje a la mujer peruana. Con auténtica emoción cívica y patriótica me dispongo a trabajar con el mayor entusiasmo, por el bien de la colectividad y el progreso de mi ciudad naturalmente dentro de las limitaciones que tengo por el corto tiempo de mi gestión edilicia”, fueron sus primeras palabras como alcaldesa. Anita Fernandini Clotet fue la primera alcaldesa que tuvo Lima durante los años 1963 y 1964. Más conocida como Anita Fernandini de Naranjo, fue una mujer católica y piadosa, presidenta honoraria y vitalicia del Consejo Nacional de Mujeres y la primera en llegar al sillón municipal. Tras desempeñarse como teniente alcaldesa, la Junta Militar del Gobierno de Nicolás Lindley López la designó el 14 de marzo de 1963 como alcaldesa, después de aceptar la renuncia del doctor José Jacinto Rada. “El nombramiento de la Sra. Fernandini de Naranjo se efectuó con el voto aprobatorio unánime del Consejo de Ministros”, figura en la nota realizada por El Comercio el día de su nominación. A pesar de que las mujeres (mayores de 21 años que supieran leer y escribir o las casadas mayores de 18 años) habían obtenido el derecho a sufragar apenas 8 años antes, durante el gobierno del general Odría, el puesto de Anita Fernandini en el sillón edil fue tomado con mucho respeto y esperanza para la capital, pues se vivía en una época en que la crisis del servicio municipal de transporte ya estaba presente. Quedan para el recuerdo de su gestión la intención de hacer realidad el proyecto de la Basílica para Santa Rosa de Lima en el cerro San Cristóbal (idea inicial del sabio Pedro Paulet) y el haberle concedido las llaves de la ciudad a la Virgen del Carmen, patrona del criollismo.

Fuente: Diario El Comercio, suplemento cultural "El Dominical". 3 de Octubre del 2010.
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viernes, 1 de octubre de 2010

José de la Riva Agüero: memorias y pensamiento liberal.

José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete (1783–1858), primer presidente de la República del Perú.

La rabia de Riva Agüero

Por: Manuel Burga (Historiador)

A los estudiosos llama mucho la atención José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete (1783–1858), primer presidente de la República y fundador de una importante familia criolla, por su inmensa obra, Memorias y documento para la historia de la Independencia del Perú, y causas del mal éxito que ha tenido ésta, publicada en París, en 1858, con el seudónimo de P. Pruvovena. La terminó en 1855 y la publicaron sus amigos cercanos, ya que él murió cuando el libro viajaba a Europa, tomando la palabra de manera póstuma para contar, con rabia para sus enemigos y afecto para el país, sus verdades sobre los primeros 34 años de nuestra vida republicana.

Hijo de un español, educado en Lima, culminó sus estudios en España cuando se produjo la invasión napoleónica, la que lógicamente lo llevó a tomar partido por la tierra de su padre. Muy pronto, en una metamorfosis desconocida, se convierte en un liberal radical que comenzó a jugar un interesante papel en la defensa de la independencia latinoamericana. Escribe libros, y en 1819, en un acto nada frecuente, también de manera anónima, publica su alegato, “28 causas de la independencia peruana”. Apoya el ingreso de las tropas de San Martín, quien –según los criollos limeños– venía con un encargo muy preciso: lograr la independencia del Perú y dejar un peruano en el gobierno, pero que, para sorpresa de todos, embriagado de poder y embrujado por Monteagudo, incumple el encargo, se declara Protector del Perú, sienta sus reales en Lima y saborea la miel del botín y la prebenda.

San Martín, según Riva Agüero, terminó fugando del país. Luego, el Congreso asume el poder en 1823 y designa a Riva Agüero como primer presidente peruano de la República, lo que marcó con fuego su vida, aunque duró escasos tres meses en el poder. Se opuso a Bolívar, salió al exilio en 1825, regresando en 1831. Nuevamente es exiliado en 1836, para finalmente –ya en la paz de un chacarero– regresar al país para dedicarse a las actividades agrícolas y rumiar sus frustraciones.

Organiza su libro, para mayor credibilidad, como una Memoria, acompañada, para convencer a sus lectores, de muchos documentos. Pero no oculta su intención, su mensaje político, anunciado en el subtítulo, “causas del mal éxito que ha tenido ésta”. Se pregunta por qué el sistema democrático que funcionó tan bien en la Grecia de Pericles, que funciona aun mejor en los cantones suizos y en los Estados Unidos, aquí en el Perú, ha tenido resultados adversos. Por qué aquí, en nuestro país, las cosas resultan al revés.

A 34 años de la Independencia, un alucinado liberal, que nunca tuvo las vacilaciones y el oportunismo de otros próceres de la Independencia, escribe violentamente para indagar por las causas de este fracaso. Al responder, en primer lugar, ensaya un argumento tocqueviliano: el Perú no tenía ni las costumbres ni la educación necesarias. Denuncia a San Martín y a Bolívar. Trata de explicar por qué no prosperó la República, porqué no tuvo éxito la Independencia y de Tocqueville pasa a los hechos concretos, para señalar a los culpables.

Nunca dejó de ser liberal, siempre defendió la libertad, el orden, la justicia, además del “patriotismo”. No se cansa de decir que el buen gobernante debe extinguir la anarquía, el desorden y premiar el mérito. Estos valores, según él, habían sido resquebrajados y allí estaba la clave del fracaso. Si no hay sentido de patria, no hay nación, y si no hay nación, no hay ciudadanía, sostenía. La ausencia de patriotismo había llevado a la anarquía. Un monstruo que aún nos causa rabia y que sigue rondando nuestras conciencias y realidades.

Fuente: Diario La República. Jue, 30/09/2010.

martes, 28 de septiembre de 2010

La guerra del Paraguay, el americanismo y la diplomacia sudamericana. La Triple Alianza frente a los países del pacifico.

La batalla de Riachuelo, por E. de Martino.

El Perú y la guerra del Paraguay 1864-1870

Por: Cristóbal Aljovín de Losada (Historiador)

La guerra del Paraguay, como se conocía en el Perú de ese entonces, fue una de las noticias internacionales más importantes de los periódicos limeños en años marcados por importantes enfrentamientos bélicos en América. Esta guerra era parte de un contexto bélico continental: La guerra civil norteamericana, “la guerra civil mexicana” entre Maximiliano y Juárez o la guerra contra España de los países del Pacífico, entre otros. Estas guerras implicaron fuertes debates ideológicos, pues estaban sobre el tapete temas como la esclavitud, la forma de gobierno (monarquía o república), la seguridad de los Estados y de la independencia americana. Estos debates, sin lugar a dudas, cuestionaban las bases de las repúblicas americanas: sus fundamentos y sus promesas.

Las noticias en torno a la guerra del Paraguay fluían con cierta regularidad. El diario limeño el Comercio reproducía noticias aproximadamente cada dos semanas, aunque a veces este intervalo se prolongaba dependiendo de la dinámica del enfrentamiento y las dificultades propias de los medios de comunicación de la época. La información publicada reproducía las noticias de los diarios de los países beligerantes, que tomaba sobre todo de diarios argentinos; publicaba también, aunque en menor medida, las cartas de corresponsales. Las noticias eran por lo general narraciones de las batallas y acontecimientos en torno a la guerra y a veces eran acompañados de escuetos comentarios. Las noticias de las guerras del Paraguay y de México creaban una gran expectativa en el país. Eran los días en que los vapores del sur y del norte venían con noticias “de los teatros de guerra de que tan despiadadamente se degollan nuestros hermanos”; las oficinas del telégrafo de Lima se llenaban de personas. “Principian a vaciarse los portales, los cafés y los hoteles de la gente desocupada (…) los desocupados y patriotas han invadido todo el local”[2], comentaba un diario de la capital.

En la mayoría de los editoriales y artículos al respecto en El Comercio, se nota una simpatía al Paraguay por el carácter asimétrico del conflicto, enfatizándose la imagen de un país heroico. El tratado de la Triple Alianza entre Brasil Uruguay y Argentina era considerado como una amenaza a la seguridad e integridad paraguaya. A través de noticias periodísticas y cartas de los diplomáticos, la imagen de la guerra era percibida como la prepotencia de tres países que se habían unido para despojar al Paraguay de su territorio. En muchos de estos textos se desligaba la defensa del Paraguay del asunto de su sistema político, idea que persiste hasta el día de hoy. Aunque el Paraguay perdió finalmente la guerra, ganaría, en cambio, en términos mediáticos.

Frente a la guerra del Paraguay, la política exterior del Perú tuvo dos momentos. El primero fue durante el gobierno del Coronel Mariano Ignacio Prado Ochoa (1865-1868), muy crítico con la situación de guerra y, en espacial por lo estipulado en el Tratado de la Triple Alianza. El segundo momento está caracterizado durante el gobierno del Coronel José Balta y Montero (1868-1872), que adoptó una relación más neutral con los países de la Triple Alianza. Aparte de la postura divergente respecto de la Triple Alianza, entre el periodo de Prado y el de Balta hay una segunda diferencia. El primer gobierno sostuvo una política coordinada con Chile que fue imaginada como una alianza de las repúblicas del Pacífico, una herencia heroica de la victoria del Combate del 2 de Mayo contra la armada española. El segundo sostuvo en cambio una política exterior unilateral, con unas relaciones con Chile que se van complicando. Balta no era bien percibido por personas influyentes de Chile. En realidad las relaciones con Chile habían comenzado a resquebrajarse desde los últimos meses del gobierno de Prado[3].

El presente artículo busca responder las siguientes preguntas sobre todo durante el gobierno del General Prado: ¿Cómo explicar el apoyo peruano al Paraguay? ¿Qué relación hay entre ideología y política exterior? ¿Qué visión geopolítica había entre los actores históricos? ¿Cómo fue la relación entre la política interna y externa?

El marco temporal

Durante el gobierno de Prado los agentes de la política exterior peruana trabajaron en conjunto con los chilenos para encontrar una solución negociada del conflicto bélico paraguayo. En este contexto, el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile citaría en abril de 1866 a los representantes de Perú y Bolivia a fin de discutir un posible proyecto conjunto de mediación. Los representantes de Perú y Bolivia se adhirieron a la propuesta del ministro chileno Sr. Covarrubias. Esta propuesta fue aprobada por el Gobierno del Perú a los pocos días de ser formulada[4]. Ya en mayo, se conoce el tratado de la Triple Alianza, que incrementa los temores de los países del Pacífico.

En un inicio, la oposición a la guerra, como lo planteaba el canciller peruano Toribio Pacheco, se debía a que “amenazada la América toda por un enemigo común, era menester reconcentrar fuerzas de todos los estados para sostener, en cualquier emergencia, la libertad e independencia que, todos juntos, conquistaron hace cuarenta años”[5]. El tratado de la Triple Alianza, sin embargo, creaba un fuerte malestar y reforzaba más bien la actitud de las repúblicas del Pacífico[6]. Por otra parte, de acuerdo a Pacheco, el tratado de la Triple Alianza iba en contra del derecho de gentes, pues buscaba derrocar al gobierno del Paraguay. Hay que recordar que para el Derecho de Gentes el único competente para derrocar a un gobierno es el pueblo, esto es, el portador de la soberanía nacional. De acuerdo con esta consideración, proceder como lo estipulaba el tratado implicaría “establecer una doctrina, que aplicada hoy al Paraguay, como lo fue poco ha a la República Mejicana, pondría a los demás estados de América a merced de lo que una o más potencias vecinas o lejanas tuviesen a bien resolver sobre sus destinos presentes y futuros”[7]. De igual modo, los otros puntos del tratado, según Pacheco, eran de gran peligro. Pacheco concluye que “hacer del Paraguay una Polonia americana sería un gran escándalo”[8].

La política peruana frente al conflicto del Paraguay cambia con el gobierno de Balta. Este último había organizado una revolución contra el gobierno de Prado, como consecuencia de la cual había terminado siendo elegido presidente del Perú. Como Prado era su enemigo, era natural que Balta deseara diferenciarse de él, lo que a nivel de las relaciones exteriores significaba una actitud diferente respecto de la Triple Alianza y el Paraguay, aunada a una especie de desinterés frente al tema. Aparte del deterioro de la relación con Chile, que ya hemos mencionado, hay dos elementos más que explican este cambio de actitud. El primero es que la dinámica de la guerra mostraba que la posibilidad de negociación estaba cada más ajena; aunque las cartas de los diplomáticos peruanos siempre se referían al coste en vidas y en bienes que significaba la guerra, había un constante factor de desgaste. Los mensajes de la diplomacia brasileña, en cambio, eran claros en contra de toda negociación. En ellos, se percibía que el Imperio del Brasil no pararía hasta lograr sus metas: derrotar el régimen de López y resolver los problemas limítrofes. El segundo elemento importante en el cambio de actitud ante la Triple Alianza y la guerra fue Prado. Éste, ya en el gobierno de Balta, viajó al Brasil, pues estaban allí los monitores Pachitea y Atahualpa, que habían sido comprados en EEUU y estaban entonces en ruta al Perú. En el norte del Brasil Prado trató de convencer a los oficiales de los monitores –no a la tripulación, que era de origen norteamericano- para que se declarasen en rebeldía y lo apoyaran en una revolución contra Balta. Por otra parte, los monitores sufrieron una serie de percances en la travesía, lo que los obligó a quedarse en puertos brasileños para su reparación[9]. El gobierno de Balta requería ser cauteloso con el Imperio del Brasil. Hay que añadir, sin embargo, que la diplomacia peruana era cautelosa y continuaba teniendo reparos a la guerra y la política amazónica del Imperio del Brasil.

En 1869, el nuevo Ministro peruano ante el Emperador rechaza escribir una nota de disculpa por la retórica crítica a la guerra y al Brasil de Prado durante la rebelión en Arequipa, efectuando tan sólo una disculpa por la retórica dura de este personaje. Para el diplomático peruano, aceptar disculpas más generales implicaba negar “las protestas contra la guerra del Paraguay y el tratado con Bolivia" de 1867[10]. Es notorio que no se había abandonado la idea de que la guerra del Paraguay era asimétrica. De hecho, se admiraba aún la defensa heroica de los paraguayos frente a fuerzas que se veían como muy superiores. Pero había que ser realistas. Para los diplomáticos peruanos, no cabía la menor duda de que era el Imperio del Brasil el que decidiría la suerte definitiva del Paraguay después de su inminente derrota. Es interesante leer en este sentido la carta que envía el Ministro peruano en la Corte del Brasil al Ministro de Relaciones Exteriores en Lima en torno a la muerte del General López:

Vencido por las fuerzas notablemente superiores de los tres estados aliados, huía con muy pocos hombres de su guardia para la frontera de Bolivia, fue alcanzado y rodeado en Aquibadan por la división brasileña que manda el general Camarra.

Las partes oficiales dicen que como Lopes estaba gravemente herido y no quería rendirse, fue muerto por un soldado brasilero…

Con el bagage del general Lopez caminaban cinco hijos suyos de los cuales el mayor contaba doce o catorce años, madama Linch, el anciano Sanches vice presidente del Paraguay, la madre y dos hermanas de dicho general, y algunos pocos sirvientes. Todos fueron tomados por la division brasilera, habiendo muerto el Sr. Sanchez y el joven de 14 años hijo de Lopez.[11] (La carta viene subrayada)

La visión americana de los países del Pacífico

Para comprender la política exterior peruana del gobierno de Prado, hay que vincularlo sin lugar a dudas con el conflicto con el Reino de España y la alianza que se armó a este respecto entre el Perú, Chile, Ecuador y Bolivia. Prado es el líder de la revolución contra el gobierno del General Juan Antonio Pezet Rodríguez (1863-1865). Hubo un incidente en la hacienda Talambo en el norte del Perú en que murió un español; éste hecho sirvió de excusa a la escuadra española, que ocupó las islas guaneras de Chincha en 1864. En ese contexto, el gobierno de Pezet firmó el Tratado Vivanco-Pareja en 1865. La opinión pública rechazó el tratado, que fue considerado como una cesión de la soberanía nacional en favor del Reino de España. El episodio del Tratado Vivanco-Pareja y su rechazo fue el origen de una revolución nacionalista y americanista liderada por el Coronel y prefecto de Arequipa Prado, que selló su éxito político con la victoria sobre la Escuadra española en el Combate del 2 de Mayo de 1866, en el puerto del Callao. En términos generales, esta guerra contra España hizo resurgir el espíritu americanista. Ello explica la orientación americanista de Prado compartida, sobre todo, por el gobierno chileno[12]. De hecho, hasta antes de la Guerra del Pacífico (1879-1883), puede decirse que la imagen pública de Prado se construyó como la de un héroe americano que había derrotado a los españoles[13].

El americanismo tiene una importante historia desde, al menos, las guerras de emancipación, como un proyecto político de una América diferente a España. Este americanismo evolucionaría luego en la idea de una unión entre los países hispanoamericanos en respuesta a la amenaza de las monarquías europeas. Obviamente, en una versión más limitada, este ideal está presente en las propuestas del libertador Simón Bolívar en el Congreso de Panamá de 1826 o de la Federación de los Andes, que marcaron el debate en la década de 1820. El americanismo en general proponía la unidad americana y la defensa de la independencia; por lo general, fue elaborado en clave republicana. Este fue un discurso político que se reproducía con mucha facilidad ante la amenaza de una potencia extranjera[14]. El americanismo, sin embargo, iría perdiendo fuerza con el paso de los años. El pico más alto fue durante las guerras de emancipación y recobraba brillos en momentos de amenaza americana por parte de los países europeos[15].

Desde la década de 1840, los inicios del boom del guano, y vinculado a una política imperialista de las monarquías europeas, el Perú busca proyectar una imagen americanista, sobre todo en los gobiernos de Ramón Castilla (1845-1851 y 1855-1862). Gracias al ingreso del guano, Castilla apuntala el sistema diplomático con misiones en Latino América, EEUU y Europa, convirtiendo la diplomacia peruana en una de las líderes en América. La política diplomática peruana estaba basada en la defensa de la soberanía nacional, la solidaridad continental y la integridad nacional[16].

Hay un conjunto de hechos en América que refuerzan el americanismo. Estos hechos están vinculados a actitudes de clara interferencia europea en la América Hispana. La alianza del general Flores con la Reina Regente María Cristina de España cuyo fin era preparar una expedición al Ecuador para establecer un protectorado en ese país. Esta expedición fracasó porque fue víctima de un embargo que las autoridades británicas impusieron a los buques que estaban destinados para el proyecto de Flores. En ese contexto, se realizó en Lima la Conferencia Americana de 1847-1848 en que participaron Ecuador, Bolivia, Chile y Nueva Granada y que concluyó con la firma de diversos tratados. Uno de estos acuerdos diplomáticos es el Tratado de la Confederación, cuyo fin era la defensa americana frente a la agresión externa. Hubo intentos en el mismo sentido en los años posteriores: El Tratado Continental de 1856 entre Ecuador, Perú y Chile, por ejemplo, tiene un espíritu similar a la primera Conferencia, aunque no estipula una unión entre Estados del tipo de una Confederación. En la década de 1860 se formó la Cuádruple Alianza, entre Ecuador, Bolivia, Perú y Chile, con una posición americanista que rechazaba las propuestas y actos de la Armada Española. El discurso de la Cuádruple Alianza defendía la unión americana, la independencia y la soberanía nacionales. Una referencia importante de la Cuádruple Alianza, sin lugar a dudas, era el Imperio de México, cuyo trono había ocupado Maximiliano I Habsburgo. El Emperador era sostenido con el auxilio de tropas francesas enviadas por Francia entre los años de 1864 y 1867. En 1864 se realizó la Segunda Conferencia Americana; sería el último intento de conformar una Confederación para unirse en contra de agresiones externas dentro de la perspectiva americanista. Dicha conferencia se realizó en pleno conflicto contra España[17].

Los postulados de esta política exterior americanista colisionaban con el sentido que tomaba la guerra del Paraguay. En el Perú como en Chile y otros países americanos, esta guerra se vio como una guerra de conquista que atentaba contra la independencia de los países de la región y podía generar un terrible precedente. En ese sentido, no había diferencia entre la conquista de un país americano por un Reino europeo o por un Estado americano. La conquista era simplemente conquista. El editorial de El Comercio del 8 de octubre de 1866, en el que se contestaba las imputaciones de la prensa argentina sobre la parcialidad del Perú hacia Paraguay, muestra esta condena frente esta política de conquista:

La protesta de nuestro Gobierno contra la anexión á España de la república de Santo Domingo y su lucha contra la intervención francesa en Méjico, eran antecedentes que necesariamente debían producir la protesta contra la intervención de las repúblicas del Plata en los asuntos domésticos del Paraguay, y contra el mal encubierto proyecto de anexión ó repartición del territorio de éste en las tres naciones aliadas.

La justicia ni los hechos cambian la naturaleza con el lugar, y no porque la alianza oriental se dirija contra el pequeño Estado del Paraguay, es decir, contra un país á quien se califica de bárbaro para cohonestar de algún modo el atentado en proyecto, pierde su gravedad los hechos que antes de ahora ha condenado el Perú...

Así igualmente habría evitado la vergüenza de acusarnos por que llamamos americanos y hermanos á los paraguayos. Si siempre que se trata de los intereses de América, debemos de prescindir de ellos ¿donde los colocaremos? ¿Qué son? Preguntamos á nuestra vez. ¿Son egipcios? ¿Son rusos? ¿Qué son?[18]

En 1867, cuando todavía era posible un final aceptable para el Paraguay, un diario limeño público un poema que resume la visión americana de la guerra: una América que rechaza la monarquía. América es republicana y respeta la soberanía de cada país. La conquista no forma parte de la cultura americana:

¡Pueblo sublime, Paraguay valiente!
América te admira
(…)
Y arrollas á los fieros invasores,
A esas hordas impías
No de un traidor nomás… de tres traidores
Traidores a la América, heresiarcas
Contra su santa libertad, y siervos
De esa raza europea de monarcas.
(…)
América rechaza…
Que una de las Repúblicas hermanas
Sufra la suerte infausta de Polonia.[19]

La guerra de 1866 y las alianzas

En 1862 partió de Cádiz a América una expedición científica española bajo el comando del Almirante Luis Hernández Pinzón que luego paso a ser dirigida por el Almirante José Manuel Pareja. Desde un inicio ésta fue percibida como una amenaza para los países del Pacífico. A raíz de esta percepción de peligro cambiaron las alianzas entre los países del Pacífico sur, dejándose atrás momentáneamente múltiples conflictos, incluso muchos de orden de definición o demarcación de fronteras. Chile, Perú, Ecuador y Bolivia conformaron la Cuádruple Alianza. Perú y Chile fueron los primeros en hacer un frente común en diciembre de 1865, en cuyos pasos fueron seguidos por Ecuador y Bolivia en enero y marzo de 1866. En cambio, Argentina, Uruguay se abstuvieron de participar en la alianza y Brasil se declaro neutral[20].

La conformación de la Cuádruple Alianza no fue un objetivo fácil de lograr. Para comenzar, el Perú y Chile buscaron la alianza con Bolivia, un país que tenía serios conflictos fronterizos con Chile, país con el cual tenía en disputa la posesión de la riqueza guanera de Mejillones. Mejillones aparecía para ambas naciones en los primeros años de la década de 1860 como una gran esperanza de explotación de recursos. De hecho, ambos países habían otorgado concesiones a empresarios para su explotación considerando tener soberanía sobre Mejillones. En este contexto de fricciones diplomáticas, en el año de 1863 el Parlamento boliviano aprobó una ley que otorgaba facultades al Ejecutivo para declarar la guerra a Chile previo agotamiento de la vía diplomática. A pesar de fracasar las negaciones chileno-bolivianas, el país del Altiplano no le declaró la guerra a Chile, en buena parte, por carecer de una Armada[21]. En realidad, al igual que Ecuador con Guayaquil, Bolivia no estaba preparada para defender el puerto de Cobija. A pesar de ello, en enero de 1866, el presidente boliviano Mariano Melgarejo decide que Bolivia participe en la alianza que Chile, Perú y Ecuador habían ya sellado. La idea era ampliar el radio bélico de la escuadra española, que tendría varios miles kilómetros hostiles, imposibilitando el abastecimiento a sus buques[22].

Es interesante notar las obvias diferencias de concepción de la política internacional entre la Triple y la Cuádruple Alianza. Mientras los países del Pacífico estaban unidos en contra de España, en defensa de la independencia americana, los países del Atlántico (Uruguay, La Confederación Argentina y el Imperio del Brasil) estaban enfrascados en una guerra contra el Paraguay, otro país americano. La Cuádruple Alianza sustentaba un fuerte discurso americanista-integracionista. Los países de la Triple Alianza no estaban interesados en el americanismo; éstos estaban interesados, más bien, en una reivindicación de territorios y en imponer una política de libre navegación en los ríos de la región de la Plata. Para la diplomacia de los países del Pacífico, la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay rompía la unidad americana en un momento en que se requería la unidad continental contra agresiones europeas.

La geopolítica de los países del Pacífico

Es interesante observar que las cancillerías peruana, boliviana y chilena tenían una lectura geopolítica propia en torno a la guerra del Paraguay. Cada país compartía puntos de vista básicos de traición al ideal americanista de parte de la Triple Alianza y veían la desaparición del Paraguay como un peligro inminente. Cada uno de los cuatro países, sin embargo, tenía sus propios temores y sus propias cartas a jugar. En mucho las variables individuales estaban signadas por problemas limítrofes. En este sentido, la lectura de la documentación diplomática permite observar un temor peruano del avance brasileño, un enfrentamiento entre chilenos y argentinos que se vincula a antiguas disputas, y una Bolivia que tiene posibles conflictos con todos los actores, aun con sus aliados iniciales (Chile y Perú). No debe perderse de vista que Bolivia tiene fronteras con Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú.

Como parte de los aliados del Pacífico, Bolivia formó parte del bloque que buscó una solución negociada a la guerra del Paraguay durante los años de 1866 y 1867. Temía con razón que los territorios del Chaco mencionados en el tratado de la Triple Alianza implicaran una merma a las pretensiones bolivianas en favor del Brasil[23]. Sin tener un rol tan protagónico como el Perú y Chile en la búsqueda de una solución frente a las cancillerías de Montevideo, Río de Janeiro y Buenos Aires, Bolivia jugó un rol importante en las negociaciones, dada su ubicación estratégica. Bolivia podía convertirse en una salida al exterior para Paraguay, que en 1867 estaba cercado por los ejércitos de la Triple Alianza. Una salida al exterior implicaba posibles fuentes de abastecimiento para el ejército paraguayo. Bolivia significaba el ofrecimiento de mejorar las vías de comunicación, un tema vital para la supervivencia del Paraguay[24]. Por lo demás, el encierro del Paraguay por la Triple Alianza era tan fuerte que, para 1867, el Ministro del Perú ante los países de la Triple Alianza no tenía canales seguros para comunicarse con el gobierno del Paraguay[25].

La diplomacia de la Triple Alianza intentaba dividir a los países del Pacífico y deshacer a la Cuádruple Alianza. Respecto de divisiones, Bolivia era largamente el país más vulnerable. Los argentinos y los orientales, por ejemplo, intentaron persuadir a los bolivianos que sus temores acerca de los alcances del tratado en lo referente a las pretensiones territoriales de su país no estaban justificados. El Imperio del Brasil, por su parte, tuvo un acercamiento más agresivo con el país del Altiplano. Bolivia y Brasil firmaron un tratado en 1867. Este instrumento diplomático fue percibido por parte de los peruanos y chilenos como una traición[26]. Es más, el Perú consideraba que el documento era peligroso, pues compartía fronteras con ambos países y había controversias sobre la definición y demarcación de las fronteras[27]. En relación a la guerra, con el tratado de 1867 se cierra la posibilidad de que Bolivia ofreciera una ayuda real al Paraguay.

El Perú temía más al Brasil que a la Argentina. Al menos había dos puntos centrales para explicar este temor que se tomaban en cuenta en los cálculos diplomáticos peruanos. Los gobiernos argentinos eran inestables, los brasileños no; la política exterior era cambiante para Argentina y no para el Brasil. Argentina –a diferencia del Imperio del Brasil- era vista como un Estado no muy bien estructurado. Por otro lado, la guerra era muy criticada en Argentina y tenía muchos enemigos internos. La diplomacia brasileña parecía su antítesis, y era percibida como más monolítica. No está demás decir que los gobiernos brasileños eran más estables que los argentinos. Esta visión de la estabilidad monárquica del Brasil iba acompañada de la sospecha de una tendencia natural a aliarse con sus pares, las monarquías europeas. Para el ministro Vigil, las repúblicas del Pacifico debían temer al Imperio del Brasil “con sus instituciones retrogradas, con su política hipócrita, su liberalismo mentiroso, sus simpatías en Europa (aunque lo niegue por cálculo) y su implacable ambición de territorios ajenos, el Imperio es una amenaza más seria para todos los vecinos de lo que generalmente creemos"; aunado esto al crecimiento de su población[28]. Este temor se amplificaba cuando se tomaba en cuenta la expansión territorial del Brasil en el Amazonas, una región donde el Estado peruano tenía muy poca presencia. Es natural que el temor al Brasil fuese mayor; un país estable, en expansión y limítrofe, un país que parecía ir camino de alcanzar la hegemonía en el Amazonas.

En un informe al ministro de Relaciones Exteriores escrito por el Ministro destacado en los países de la Triple Alianza, se mostraba los temores peruanos a una presencia militar brasileña en el Amazonas. Al referirse a la escuadra brasileña, se subrayaba que era “numerosa y fuerte por la clase de sus buques, si no por sus marinos… pues podría alguna vez dominar el Amazonas, como domina hoy el Plata y sus afluentes”[29].

Para los chilenos el problema principal era la Argentina, con cuyo gobierno mantenía relaciones complicadas. La Argentina, por su parte, desconfiaba de la diplomacia chilena, a la que acusaba de interferir en asuntos en los que no tenía injerencia. La diplomacia argentina interpretaba que la intervención del Perú en la guerra y en los asuntos internos de la Confederación era menos relevante, aun cuando el Perú y Chile trabajaron juntos para lograr frenar los avances de la Triple Alianza en la guerra hasta fines de 1867. Las acusaciones de los argentinos a los chilenos de injerencia tenía un amplio espectro que iba desde manipular la política boliviana en contra de la Argentina hasta el apoyo a las revoluciones en contra del régimen del Presidente argentino Mitre. De acuerdo a los argentinos, había una política chilena de injerencia en asuntos argentinos con una gama de juegos vastos y oscuros. En este sentido, en un informe del informe Ministro peruano ante los países de la Triple Alianza en octubre de 1866 se describe cómo la prensa argentina acusa a Chile de manipular al Presidente boliviano Melgarejo para provocar una invasión boliviana a territorio argentino:

Muy alarmada se manifiesta la prensa argentina por ciertos rumores, que atribuyen al General Melgarejo á idea de amenazar la Confederación con un ejército por el lado de Salta. Como de costumbre, se explica el hecho, suponiéndolo cierto, como debido a sugestiones de Chile, al protestar contra el Tratado de Alianza, y hoy lo es Bolivia amenazando con una invasión armada. La verdad es que, a ninguna de las republicas occidentales se teme tanto como a Chile, sea por que hay con ella disputas antiguas que han predispuestos los ánimos, sea porque se reconoce en que ninguna podría obrar contra la Confederación con mayor eficacia, por su vecindad y relaciones con las provincias argentinas”[30].

Los grupos favorables a Mitre temían que los chilenos se inmiscuyeran en su política interna durante la revolución de Mendoza. Los diarios oficiales de Buenos Aires vinculados al gobierno acusaban al régimen chileno de intervenir en su política interna. De acuerdo con estos, Chile tenía el propósito de derribar el gobierno de Mitre. Respecto a ello, la fuente diplomática peruana afirmaba que las acusaciones contra Chile eran fomentadas por los inmigrantes europeos. En este caso concreto, se trataba de los inmigrantes españoles en Buenos Aires, a quienes se atribuía crear una imagen anti-chilena que se consideraba vinculada a la guerra de ese entonces contra España[31].

La lectura política de la revolución de Mendoza por parte de la representación peruana en los países de la Triple Alianza ayuda a comprender sus deseos y esperanzas: La guerra del Paraguay generaba un malestar político en la Argentina, y un cambio de la política interna implicaba un cambio de posición frente a la guerra del Paraguay. A inicios de febrero de 1867, la revolución de Mendoza se expandió a San Juan, San Luis, La Rioja y una parte de Córdoba, lo cual obligó al Presidente Mitre a retirar tropa de la campaña contra el Paraguay para hacer posible la represión de las provincias rebeldes. Para la diplomacia peruana un éxito de la revolución implicaba un cambio en el panorama internacional. Una victoria de la revolución de Mendoza permitía cambiar las alianzas de los países en guerra y, quizá, realizar también un nuevo trazado del mapa político en lo concerniente al territorio de la Confederación. Con algo de esperanza en el triunfo de la revolución de Mendoza, el diplomático peruano Vigil imaginó un posible nuevo escenario internacional del siguiente modo:

Considero el triunfo de la revolución altamente deseable para la alianza del Pacífico, ya respecto de nuestra cuestión con España, ya con referencia a la unión sud americana, y ya también en cuanto a la conveniencia de oponer un obstáculo eficaz a la política peligrosa del Brasil. Si esta revolución triunfase, habrían desaparecido las más serias dificultades que hasta ahora ha encontrado la alianza americana. La provincia de Buenos Aires se separaría probablemente de la Confederación, como lo hizo otra vez; pero todo el resto de los estados de la Plata, incluso el Paraguay acabarían por acercarse políticamente a nosotros[32].

La Armada Española y la neutralidad uruguaya y brasileña

Uno de los puntos más álgidos y difíciles de las relaciones entre Perú, Chile y el Uruguay y sobre todo el Imperio del Brasil fue el referente al uso de los puertos de ambos países por parte de la Armada Española. Se trataba de un tema complejo porque la guerra contra España no había terminado después del Combate del 2 de Mayo de 1866. Aunque la Armada española se había retirado, no había firmado ningún tratado que diera el conflicto por terminado. No era fácil la negociación de paz porque la retórica del gobierno de Prado -- cuya legitimidad se sustentaba en una ideología nacional americana que rechazaba las ambiciones de España en América -- era muy dura y menos conciliadora que la del gobierno de Chile[33]. Esto significaba que, desde el punto de vista de Chile y el Perú, la guerra continuaba, y existía el temor de que nuevas expediciones españolas se organizaran contra los países del Pacífico. Conforme con estos temores, se planearon una serie de medidas de defensa contra una posible segunda expedición española. Una de las propuestas indicaba que buques peruanos y chilenos debían esperar a la Armada Española en Chiloé y, de ese modo, realizar una emboscada.

Frente a la situación del uso de los puertos de la Sudamérica atlántica, Perú y Chile actuaron de modo coordinado quejándose ante las cancillerías de Montevideo y Río de Janeiro indicando que su neutralidad ante el conflicto con España no era real. Los países atlánticos ofrecían servicios a la Armada Española que se consideraba iban más allá de lo que era un trato neutral. Es muy ilustrativa a este respecto la correspondencia diplomática, que presenta una visión negativa y de temor, sugiriéndose incluso la idea de que Brasil, Uruguay y Argentina terminarían convirtiéndose en punto de apoyo de una posible expansión española en la costa del Pacífico. Hay una visión de que los países de la Plata están influenciados por España. Como había imaginado ya Bolívar[34], para muchos la monarquía brasileña era una amenaza para las repúblicas del Pacífico, pues ésta favorecía la política imperialista de las monarquías europeas. De otro lado, las poblaciones españolas o italianas que migraban a la costa del Atlántico eran percibidas como muy ligadas aún cultural e incluso políticamente a sus países de origen.

Los representantes del Perú y de Chile en Montevideo redactaron una nota al Ministro de Relaciones Exteriores en enero de 1867 quejándose de la presunta falta de neutralidad del país. Los firmantes consideran que "La libertad concedida a los buques españoles de permanecer en el puerto neutral implica para ellos el permiso de convertir el puerto en lugar de observación y acecho de los movimientos del otro beligerante, en lugar de espera y reunión de nuevos refuerzos, y en base de próximas operaciones bélicas". De ese modo se comete en un gran daño a las repúblicas del Pacífico. "La neutralidad, es decir, la imparcialidad del gobierno Oriental se hace ilusoria". Para Perú y Chile, la neutralidad implicaba restricciones reales a los oficiales y marineros así como a los buques españoles para que no se sirvan del puerto de Montevideo[35].

De acuerdo a los informes del Ministro Vigil, la simpatía de Montevideo por España no era difícil de probar. Un ejemplo que se aducía para esto era la actitud de la prensa uruguaya frente a la guerra con España. Para los diarios de Montevideo, por ejemplo, los combates de Abtao y el de 2 de Mayo habían sido victorias españolas. En enero de 1867, Vigil llega a tener una posición tan negativa frente a la política de neutralidad del gobierno uruguayo que propone que una escuadra del Pacífico se enfrente a los tres barcos de madera españoles anclados en la bahía de Montevideo. Para el diplomático peruano, una nota de protesta no era suficiente; las repúblicas del Pacífico debían exigir a los países de la Triple Alianza a una neutralidad verdaderamente práctica[36]. Para el diplomático chileno, Alberto Blest Gana, representante de Chile ante el gobierno de EEUU, menciona las noticias de que España busca utilizar Montevideo como base naval, algo que ya lo hacían, “con la intención de apoderarse de los elementos de guerra que nos vayan por aquella vía”; sin embargo duda que España “con tan revueltos asuntos interiores” pueda “emprender algunas operaciones”. En otra carta, Blest aboga por la compra de barcos de guerra pensando en un conflicto con España[37].

Los representantes del Perú y de Chile redactaron, de igual modo, notas en común dirigidas al Ministro de Relaciones del Imperio del Brasil. En una nota al Ministro brasileño, consideran como actitud hostil la presencia de los buques de guerra de España en el Brasil. Sin embargo, los temores a la política brasileña son mayores. En el año de 1867, hay rumores que el Brasil había entablado conversaciones secretas con el Reino de España para formalizar una alianza cuya finalidad sería contraria a los intereses de las repúblicas del Pacífico[38].

Ya para el año de 1869, se consideraba remota la posibilidad de que España fuera una amenaza para los países del Pacífico. La tensión iba bajando y la percepción de una eventual alianza entre la monarquía americana y la Corona Española iba en disminución. Para el Ministro del Perú en el Imperio del Brasil de ese año, aunque no se había firmado la Paz con España, era improbable ya un ataque por “la paz de hecho en que estamos tiempo ha, y la situación interior de la España, que la imposibilita para renovar las hostilidades”[39]. No había entonces nada ya que temer en el Atlántico. Una posible alianza ofensiva del Brasil con la Corona de España era poco probable. Las repúblicas del Pacífico que, al final de cuentas, eran tan solo Perú y Chile, podían dedicar su atención a nuevos y antiguos problemas.

Ultimas palabras

En 1870, terminó la guerra con un Paraguay destrozado y a merced de la voluntad del Brasil y de sus socios. En el Perú, para la mayoría de los que seguían los acontecimientos, la guerra había sido injusta, cobarde que estaba sustentada por el afán de conquista en una relación de fuerzas asimétricas. El paso del tiempo va relegando el interés por la guerra del Paraguay. Casi después de diez años, empieza la guerra del Pacifico (1879-1883) que marcó profundamente la imagen histórica del Perú. Con los años la guerra del Paraguay pasó a ser mera curiosidad de gente entendida en historia que admira el heroísmo del pueblo del Paraguay. En la segunda mitad del siglo XX, la admiración de dicho heroísmo estuvo vinculada con una fascinación por el modelo autoritario con una política económica proteccionista y estatista que había implantado el gobierno de José Gaspar de Francia (1814-1840). Siguiendo esta lectura histórica, Paraguay había escapado momentáneamente del liberalismo decimonónico reinante en ese entonces. Francia había implantado un modelo de desarrollo que había dado sus frutos, y que el Imperialismo británico aliado con los países de la Triple Alianza había ayudado a tumbar dicho modelo. Con el furor del neo-liberalismo, menos personas con curiosidades históricas tuvieron interés en el modelo del doctor Francia, conocido como el Supremo, en Paraguay y quedó la imagen tan sólo del heroísmo; aunque la crisis financiera mundial de nuestros días, de octubre de 2008, fomentará el debate de las primeras décadas de la historia paraguaya.

Dejando de lado los debates en torno a los modelos de desarrollo y la implicancia de la guerra, la imagen de una guerra asimétrica y de conquista perdura; y de otro lado, la admiración por la valentía de la defensa paraguaya. En el Comercio, los artículos en torno a los últimos días de vida del Presidente López y de la guerra son descritos con una gran amargura y en clave republicana:
Las últimas noticias que nos comunican algunos diarios argentinos sobre la guerra de la triple alianza contra la heroica República del Paraguay, la dan ya como terminada y al Presidente López lo hacen figurar como huyendo en dirección á Bolivia… va á llevar la consternación á todos los corazones republicanos que han seguido con el más profundo interés esta lucha desigual, sostenida heroicamente, por los valientes y denodados hijos del Paraguay desde hace cinco años, rechazando las pretensiones absurdas del imperio negrero y sus aliados del Plata…

Las repúblicas sud-americanas que hasta ahora no han levantado su voz en contra de las pretensiones de la alianza (…) deben, en estos momentos solemnes y de dura prueba para los vencidos, intervenir á fin de que el Paraguay conserve no solo su autonomía nacional, sino evitar que el Brasil siga influyendo en la política de ese país…

Es tiempo, pues, que los Gobiernos americanos y muy especialmente aquellos que tienen por vecinos al Imperio esclavócrata, obren en consuno para impedir, enérgicamente, que el Paraguay deje de figurar como república independiente y soberana entre los estados que hoy componen el continente sud-americano…[40]

A los pocos días aparece otro artículo anunciando la muerte de López que describe el asunto de modo dramático y trágico: “Así ha terminado esta lucha gigantesca, que ha durado cinco años, con la muerte de López que ha sido admirado por su energía y su gran corazón; pues con una constancia, á toda prueba, ha defendido palmo á palmo á su patria, exhalando su último suspiro en la contienda. Nosotros no tenemos embarazo para declarar que la muerte de López es un asesinato (…) su muerte ha producido un hondo sentimiento de tristeza en todas las Repúblicas del Pacífico que han seguido con gran interés las diversas peripecias de esta guerra colosal.”[41]

Notas

[1] Agradezco a David Velázquez y a Víctor Samuel Rivera por sus valiosos comentarios al manuscrito de este trabajo.
[2] El Comercio (Lima), “Crónica de la capital: El Telégrafo”, 21 de diciembre de 1867.
[3] Ronald Bruce St. John, La política exterior del Perú, (Lima: Asociación de funcionarios del servicio diplomático del Perú, 1999), p. 75; Cartas de Allest Gana a Federico Errázurriz, Londres 1 y 16 de junio de 1868. Sergio Fernández Larraín com., Epistolario Alberto Blest Gana 1856-1903, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1991), pp. 137, 141.
[4] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, (Lima: Imprenta de “El Progreso”, 1867), pp. 20, 24.
[5] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 30.
[6] Memoria que el Secretario de Estado en el despacho de Relaciones Exteriores presenta, por orden del Gefe Supremo Provisorio de la República, al Congreso Constituyente. (Lima: Imprenta del Estado por J. E. del Campo, 1867), pp. 26-31.
[7] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 33.
[8] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 35.
[9] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, Legación en el Brasil, cartas de José María Torre, Ministro del Perú al Imperio del Brasil, al Señor Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Río de Janeiro, 5 de septiembre y 4 de octubre de 1869.
[10] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, Legación en el Brasil, carta José María Bueno al Ministro de Estado en el despacho de relaciones exteriores, Río de Janeiro, 5 de setiembre de 1869.
[11] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2 Servicio diplomático del Perú, legación en Brasil 1870. Carta de Luis Meneses al Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Río de Janeiro, 3 de abril de 1870.
[12] Jorge Basadre, Historia de la República del Perú, 1822-1933 (Lima: Editorial Universitaria, 1983), tomo IV, pp. 140-236; Juan José Fernández Valdés, Chile-Perú. Historia de sus relaciones diplomáticas entre 1819 y 1879. (Santiago de Chile: Editorial Cal & Canto, 1977), pp. 281-334.
[13] Cristóbal Aljovín de Losada y Julio César Loayza Orihuela, “La campaña presidencial de Lizardo Montero, 1875-1876”, Elecciones, N. 7((Noviembre 2007), pp. 194-196.
[14] José Miguel Bákula, El Perú en el reino ajeno. Historia interna de la acción externa. (Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006), pp. 527-540.
[15] Cristóbal Aljovín de Losada, “América-americanos”, manuscrito por publicar.
[16] Ronald Bruce St. John, La política exterior del Perú, pp. 43-60.
[17] Rosa Garibaldi, La política exterior del Perú en la era de Ramón Castilla. Defensa hemisférica y defensa de la jurisdicción nacional. (Lima: Fondo Editorial Fundación Academia Diplomática del Perú, 2003), pp.160-163; 172-185; 193-212; Mark Van Aken, El Rey de la Noche, (Quito: Banco Central del Ecuador, 1995), pp. 335-367; Ronald Bruce St. John, La política exterior del Perú, pp. 43-60.
[18] El Comercio (Lima), Editorial, 8 de Octubre de 1866.
[19] J. F. de Larriva, “EL Paraguay, Mitre y Rosas”. En El Comercio (Lima), Variedades, 14 de Enero de 1867.
[20] Jorge Basadre, Historia de la República del Perú, 1822-1933, tomo IV, pp. 209-209, 211.
[21] Roberto Querejazu Calvo, Guano, Salitre, Sangre. Historia de la Guerra del Pacífico (La Participación boliviana). (La Paz: Librería Editorial Juventud, 1998), pp. 35-52.
[22] Roberto Querejazu Calvo, Guano, Salitre, Sangre. Historia de la Guerra del Pacífico, pp. 35-52.
[23] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, pp. 56, 67.
[24] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 61
[25] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 45.
[26] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 147, 149.
[27] Ronald Bruce St. John, La política exterior del Perú, pp. 75-78; Juan Miguel Bákula, Perú: Entre la Realidad y la Utopía. 180 años de política exterior. (Lima: Fondo de Cultura Económica- Fundación de la Academia Diplomática del Perú, 2002), tomo I, pp. 695-714.
[28] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, carta de Benigno González Vigil al Señor Coronel Mariano I Prado del diciembre 25 de 1867
[29] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 70.
[30] Secretaría de Relaciones Exteriores, Correspondencia diplomática relativa a la cuestión del Paraguay, p. 127
[31] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, carta de Benigno González Vigil al Señor Ministro, Montevideo 20 de marzo de 1867.
[32] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, carta de Benigno González Vigil al Señor Ministro, Montevideo febrero 2 de 1867.
[33] Juan José Fernández Valdés, Chile-Perú, pp.342-351.
[34] Carta de Simón Bolívar al General f. de P. Santader, Potosí, 10 de octubre de 1825, Simón Bolívar, Discursos, proclamas y epistolario político, M. Hernández Sánchez-Barba ed., (Madrid: Editora Nacional, 1975), pp. 292-298
[35] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2 Servicio Diplomático del Perú legación en Brasil, carta firmada por Benigno G. Vigil y G. Blest Gana al Ministro de relaciones exteriores del Uruguay, Montevideo 2 de enero de 1867.
[36] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, Servicio Diplomático del Perú legación en Brasil, Montevideo Enero 2 1867.
[37] Cartas de Alberto Blest Gana a Federico Errázuriz, Washington febrero 27 y 9 de abril de 1867, en Epistolario Alberto Blest Gana, pp. 105, 108.
[38] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, Servicio Diplomático del Perú legación en Brasil, cartas de B. G. Vigil al Ministro de Estado del Perú del 17 y 18 de enero de 1867.
[39] Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, 5-2, Servicio Diplomático del Perú legación en Brasil, carta de José María Torre Bueno al Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Río de Janeiro de 1869, 4 de octubre.
[40] El Comercio (Lima), “Comunicados. Intereses Generales: Paraguay”,30 de marzo de 1870.
[41] El Comercio (Lima), “Crónica Exterior: Imperio del Brasil, Paraguay, Uruguay y República Argentina”, 7 de Abril de 1870.


Referencia electrónica

Cristóbal Aljovín de Losada, « El Perú y la guerra del Paraguay 1864-1870 », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Coloquios, 2009, [En línea], Puesto en línea el 13 enero 2009. URL : http://nuevomundo.revues.org/48562. Consultado el 28 septiembre 2010.

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