domingo, 5 de mayo de 2013

Libro "Miedo a la democracia. Estados Unidos ante la Segunda República y la guerra civil española" de Aurora Bosch.

“Roosevelt se lamentó de no dejar que la República comprase armas”

Aurora Bosch obtiene el premio de los historiadores de EE UU por ‘Miedo a la democracia’

El libro ahonda en el papel de Washington en la Guerra Civil española


El presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, en 1935 a bordo de un buque de guerra de la armada.

Franklin Delano Roosevelt profesaba simpatía por la Segunda República española. Su mujer Eleonor siempre lo decía. No obstante, el presidente estadounidense hizo oídos sordos a la petición del Gobierno democrático de poder comprar armas en el mercado americano para combatir a los franquistas. Y no hizo la vista gorda, como en la coetánea guerra civil china, para relajar la neutralidad de EE UU y suministrar ayuda al Ejército republicano. Sabía poco de España, estaba centrado en salvar los obstáculos internos a su política intervencionista del New Deal para paliar la tremenda crisis del 29 y respaldaba la estrategia de sus aliados, Reino Unido y Francia, para contener el conflcito español. Pero, ¿qué hubiera pasado si esa simpatía de los Roosevelt se hubiese traducido en algún tipo de intervencionismo?
La historiadora Aurora Bosch arquea las cejas, casi imperceptiblemente. Ella no hace ficción, no ha escrito La conjura contra América, en la quePhilip Roth imagina las consecuencias de la pérdida de las elecciones en 1940 por parte de Roosevelt frente al aviador filonazi Charles Lindberg, en una novela cuya excelente contextualización fue distinguida incluso por los historiadores. Esta catedrática de Historia Contemporánea de la Universitat de València ha escrito Miedo a la democracia. Estados Unidos ante la Segunda República y la guerra civil española (editorial Crítica) y acaba de ser premiada por la Organización de Historiadores Americanos por ser la autora del mejor libro de historia estadounidense publicado en lengua extranjera.

El presidente reconoció en 1939 que su neutralidad benefició al agresor
“No sabemos qué hubiera pasado, claro, pero lo que pedía el Gobierno español al estadounidense era relativamente poco: que le permitieran comprar armas en su mercado. La República tenía el oro del Banco de España, tenía más capital que el bando franquista que, sin embargo, se vio beneficiado por créditos y abastecimientos abundantes y regulares desde el principio. Pero Roosevelt tomó en 1937 la iniciativa de ahondar en el congreso el embargo legal y solo tuvo un voto en contra. Tenía muchas presiones e intereses electorales. Temía que su electorado se dividiera, porque buena parte de los católicos, la clase obrera de sus votantes, no le respaldaría si apoyaba al régimen republicano. Las noticias de la masacre contra el clero en España llegaban de forma escandalosa y la jerarquía y el lobby católico no querían que interviniera. Además, el presidente se jugaba el apoyo a sus reformas del New Deal, la mayoría de la ciudadanía defendía el pacifismo y la neutralidad y Francia e Inglaterra insistían en la no intervención”, explica Bosch.
A todo ello se unía “el temor entre las democracias liberales asentadas de que la extensión de la democracia y de la política de masas pudiera exceder el ámbito liberal por las tendencias revolucionarias, pues en medio de la crisis de los años treinta el debate político incluía el fascismo y el comunismo, además de la democracia y la dictadura”. De ahí el título de su libro Miedo a la democracia, que el jurado del premio Willi Paul Adams 2013 valoró por ser un “rico retrato de las complejas interacciones de los hechos que dieron forma a la política americana respecto a España durante ese periodo”.


Aurora Bosch, con su libro. / JOSÉ JORDÁN
“Hay historiadores que”, prosigue Bosch, “sin embargo, inciden en que Roosevelt había ganado las elecciones en 1936 con una mayoría abrumadora y, por tanto, podía haber hecho algo, transigir como con China. Tenía poco margen de actuación, pero lo tenía. Y no lo empleó”. Dos años después, tras el Pacto de Múnich y la batalla del Ebro, Roosevelt empieza a comprender el alcance de su error. Y en 1939, “transmite a su gabinete que la ley de neutralidad ha hecho lo contrario de lo que pretendía: beneficiar a los agresores”, relata la autora, que ha investigado en múltiples fuentes estadounidenses.
“El presidente se arrepintió y se lamentó de no haber permitido comprar armas a la República y así lo reconoció en enero y febrero de 1939, cuando sostiene que se podía haber establecido sin ningún riesgo la fórmula de cash and carry, es decir, paga y llévatelo en tus propios barcos, como vendieron unos pocos meses después a Inglaterra y Francia, con una opinión pública mayoritariamente favorable. De este modo se evitaban los problemas que tuvieron en la I Guerra Mundial, cuando transportaban sus armas en sus barcos”.
Autora también de Historia de los Estados Unidos, 1776-1945 (Crítica), entre otros libros, la catedrática valenciana de 59 años forma parte del pequeño grupo de historiadores españoles especializados en Estados Unidos (en Latinoamérica hay toda una escuela), formando Silvia Hilton o Carmen de la Guardia la vanguardia primigenia. La cercanía de los archivos y la rica historia de España facilitan el estudio autóctono.
Además, en la historiografía, sobre todo de orientación izquierdista, también se detectó un cierto prejuicio antiamericano, arraigado en buena parte de la ciudadanía española. “La guerra de Cuba está ahí, en la memoria, pero en los años veinte se disuelve el conflicto por los flujos e intercambios... Creo que el origen del antiamericanismo en España se remonta en realidad a la visita de Eisenhower en 1959, apoyando alrégimen franquista y salvándole la cara internacional. También hizo mella en la sensibilidad española el intervencionismo de EE UU en los países latinoamericanos, defendiendo sus intereses por encima de la democracia”, opina Bosch.
“El antiamericanismo en general viene de la política exterior de Estados Unidos, y es hasta cierto punto comprensible”, añade. “Pero tampoco podemos olvidar de que el Plan Marshall fue fundamental para la reconstrucción europea, ni que cuando Europa no sabía qué hacer con el conflicto en la ex Yugoslavia, se optó por llamar a EE UU. En fin, hay que verlo todo”.
Fuente: Diario El País. 05 de mayo del 2013.

La ciudadanía corporativa. Política, constituciones y sufragio en el Perú (1821-1896) de Alicia del Águila.

La ciudadanía corporativa

Por: Martín Tanaka (Politólogo)
Acaba de aparecer La ciudadanía corporativa. Política, constituciones y sufragio en el Perú (1821-1896) de Alicia del Águila (Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2013). Sin ser especialista, como interesado en la historia, mi opinión es que se trata de libro fundamental para la comprensión política del siglo XIX.
El libro recorre la evolución de la condición de ciudadanía en el siglo XIX a través de sus constituciones, centrándose en el derecho al sufragio de la población indígena. La tesis central llama la atención sobre una paradoja: hubo una persistencia de tradiciones corporativas provenientes de la colonia durante la república, que dio mayores oportunidades para la participación electoral de los indígenas; por el contrario, la introducción de criterios liberales en los que la ciudadanía se asoció con la condición de alfabeto o con la posesión de rentas limitó su participación.
El libro plantea muchos temas ricos de discusión. Primero, Del Águila se suma a varios autores que, en términos generales, llaman la atención sobre la riqueza y complejidad del siglo XIX, que no puede verse como un “siglo a la deriva”, para retomar el título de un libro de Heraclio Bonilla. Segundo, el libro cuestiona una visión esquemática según la cual todo aquello vinculado a lo colonial aparece como algo negativo, y todo aquello relacionado a lo republicano como algo positivo.
Tercero, se sugiere que la postergación de la población indígena no es tanto una herencia colonial y del siglo XIX, periodo en el que, mal que bien, los indígenas tenían a su disposición diversos mecanismos para hacer sentir sus intereses. Más bien sería a finales del siglo XIX y durante el XX, que lo indígena perdería espacio, hipótesis trabajada también por Cecilia Méndez y otros. Es recién entonces cuando se consolida un Estado centralista, con un mayor peso de Lima, con un progresivo declive demográfico de la sierra sur, cuando se consolida un predominio económico de la costa. Así, a finales del siglo XIX coincidieron liberalismo, ideas positivistas y racistas, la centralidad del poder limeño frente a los poderes regionales, y todo ello marcó una suerte de retroceso para la población indígena, de modo tal que Perú fue el último país con Brasil en aceptar el voto de los analfabetos. Así, en el siglo XX, con la “república aristocrática” se acentuaría el carácter elitista del régimen político, cuestión que sería contestada por el leguiísmo primero, y por el APRA después, pero eso ya es otra historia.
Cuarto, el texto muestra también cómo el orden constitucional y legal no es irrelevante: aunque tengamos una tradición según la cual las leyes “se acatan pero no se cumplen”, sí abren puertas y posibilidades para complejos procesos de negociación y movilización. Hoy por ejemplo, que se discute la implementación de la ley de consulta previa para las poblaciones indígenas, vemos cómo la legislación abre oportunidades para la politización y reivindicación de derechos.
Fuente: Diario La República. 05 de mayo del 2013.

sábado, 4 de mayo de 2013

La historia como conocimiento caleidoscópico.

Combates por la historia

Por: Daniel Parodi Revoredo (Historiador)

Reflexionando acerca de la historia, el filósofo catalán Manuel Cruz sostiene que su finalidad debe ser el bien para la sociedad y “drenar al presente de la querencia del pasado por invadirlo para luego apropiárselo”. Sobre la memoria, Tzvetan Todorov nos dice que existe una de contigüidad y otra ejemplar. En la primera, el acontecimiento pasado duele en el presente; en la segunda, el recuerdo es desplazado a una posición periférica y se obtiene de él una enseñanza para el futuro.

 Estas posiciones no serían posibles de no haberse producido el salto hacia la posmodernidad en el periodo situado entre los fines de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría (1945-1990). La Segunda Guerra condujo al quiebre a la idea moderna que sostenía el progreso continuo de la civilización, dirigido desde Occidente; la caída del Muro y del mundo socialista acabaron con el imperio de las ideologías, con la polarización del mundo entre comunistas y capitalistas, y con las certezas en los marcos teóricos de las ciencias sociales. 

La crisis descrita afectó la producción intelectual que giraba en torno a grandes modelos de análisis de la sociedad, como lo fueron el marxismo y el estructuralismo. Estos afrontaron el cuestionamiento de su pretendida cientificidad. La referida crítica se inició en la década de los 70 con el giro lingüístico y el aporte de los intelectuales narrativistas, quienes propusieron que las CCSS en general, y la Historia en particular, poseían una dimensión discursiva que filtraba en el análisis las demandas del presente, las ideologías dominantes, las propias vivencias del investigador, etc. El referido cuestionamiento abarcó también la historia positivista del siglo XIX que, por bizarro que parezca, mantiene presencia gracias a la gran demanda cotidiana de “historias verdaderas” protagonizadas por héroes, villanos, patriotas o traidores. Pero tras el giro lingüístico no había ya certezas para las grandes teorías, ni verdades absolutas para los positivistas. 

Es por ello que me especializo en los procesos de reconciliación históricos entre colectividades –países, grupos humanos– confrontados por conflictos del pasado; en el entendido que la superación de viejos traumas favorece el desenvolvimiento de la sociedad en el presente. De allí que algunas de mis reflexiones en esta columna hayan tratado el tema de la reconciliación al interior del Perú y de la otra –tan necesaria–con Chile, pues parto de la premisa de que la valoración subjetiva de los colectivos afecta el quehacer cotidiano. 

También por ello he analizado los discursos peruano y chileno acerca de la Guerra del Pacífico, pues creo que el entendimiento de sus motivaciones profundas puede favorecer la superación de los odios. Del mismo modo, en el ensayo “Cuánto queda de aquello” reclamo un nuevo punto de partida para escribir la historia republicana del Perú, en el cual, sin falsear la realidad, los descendientes de protagonistas y colectividades confrontados en el pasado puedan conversar, acercarse, conocerse y vivir mejor. Creo, además, que las nuevas generaciones no quieren heredar nuestros conflictos, sino más bien superarlos, aunque sin dejar de aleccionarse con ellos. 

Desde la cátedra, abordo los temas polémicos a través de la presentación de invitados y aportes bibliográficos diversos y hasta opuestos, pues no creo en los pensamientos únicos y sí en la fragmentación de los discursos. Creo en el conocimiento caleidoscópico que integra en simultáneo variedad de puntos de vista y me imagino un universo de múltiples historias que no son estrictamente ciertas, pero que sí poseen una dimensión de verdad, todas juntas alternándose en el “zapeo” intelectual del individuo. 

(*) Historiador. Dpto. de Humanidades de la PUCP.

Fuente: Diario La República. 02 de septiembre del 2011.

viernes, 19 de abril de 2013

Stalin y las causas del declive de la URSS. La herencia stalinista del partido único.

La herencia de Stalin

Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)
Pocas semanas atrás fueron sesenta años de la muerte de José Stalin, el dictador soviético creador del sistema conocido como  “socialismo real”, para englobar a la URSS y su anillo de satélites. Este subsistema mundial se derrumbó al final de los años ochenta, comienzo de los noventa. Algunos supérstites siguen dando que hablar, como el régimen de Corea del Norte, cuya amenaza atómica es centro de las noticias internacionales del día.
Las razones del declive del “comunismo realmente existente” han ido quedando claras, conforme se han abierto los archivos soviéticos y una nueva generación de investigadores ha producido conocimiento fresco sobre el estalinismo. Un autor solvente es Francisco Talbo, un español que cuenta con mucha información y razonamiento ponderado.
Los problemas se habrían concentrado en dos grandes factores. En primer lugar, la planificación central fue ineficiente y perdió la competencia con el mercado.
El régimen económico soviético se basaba en una autoridad central que decidía sobre inversiones y fijaba metas a las empresas. Se suponía que daría origen a una gran racionalidad en la asignación de recursos, que permitiría un rápido crecimiento económico. Como consecuencia, el bienestar aumentaría en forma regular y la gente disminuiría su jornada laboral, hasta quedar liberada de necesidades materiales. La clave era la supuesta racionalidad de la planificación versus la insensatez del mercado.
Pero, en la práctica, la planificación supuso grandes dificultades. Era necesaria una burocracia que tomara decisiones. Su poder era inmenso, establecía metas de producción y precios de todos los productos, incluyendo salarios. Pero, dependía de información que debería provenir de las unidades productivas a las cuales ajustaba las clavijas.
Pues bien, nadie proporcionaba cifras verdaderas, porque si se evidenciaba un incumplimiento entonces seguían recortes de inversión. Todos hacían check y los verificadores se encargaban de aparentar un funcionamiento regular. Al final, la burocracia central decidía a ciegas y optaba por consideraciones políticas, sin racionalidad económica. El resultado fue el largo estancamiento de Brezhnev y el rápido declive bajo Gorbachov.
En segundo lugar, esa burocracia central acumuló una enorme autoridad que conservó en sus manos hasta el fin. Se traducía en el disfrute de bienes materiales muy superiores a los del común. Así, se formó una costra gobernante que no representaba a la sociedad, sino al régimen político. Ella fue muy antidemocrática, porque entendió que el debate libre y la opinión pública contradecían su existencia. Por necesidad, fue despótica y autoritaria.
Cuando Gorbachov intento airear, mediante la transparencia y las elecciones libres, el sistema se derrumbó. La suma de una economía osificada con un régimen político abierto fue desastrosa. El sistema se hizo trizas.

Mientras que, en ese mismo momento, el PC Chino tomó decisiones inversas. El régimen entendió el error de Gorbachov y no soltó el control político. Lo mantuvo en sus manos, más bien abrió la economía. Deng Xiao-ping reintrodujo el mercado, incluso en el campo, atrayendo en paralelo la inversión extranjera. La burocracia comunista china fue astuta y ha sobrevivido, proyectando a China como gran potencia mundial.
El nombre de Stalin ha quedado ligado a la fórmula despotismo más colectivización forzosa. Como paquete no ha tenido larga historia, se extinguió. Pero, uno de sus componentes continúa vigente, el régimen político controlado por un partido único. En ese sentido, la herencia de Stalin está entre nosotros y, de manera inadvertida, incluso está presente en la nueva potencia mundial en ascenso.
Si uno prolonga el pensamiento, encuentra la racionalidad de las expresiones últimas de don Isaac Humala. Según el patriarca familiar, el régimen de Corea del Norte sería superior a todos los países del planeta, porque habría hallado la fórmula ideal: una monarquía hereditaria de partido único.
Fuente: Diario La República (Perú). 17 de abril del 2013.
Recomendados: 
Veinte años sin la URSS. Eduardo Dargent.

domingo, 14 de abril de 2013

Margaret Thatcher y su sello en la historia del siglo XX.

Margaret Thatcher: nos encantaba odiarla

Lo que sirvió de elemento de unión entre todos los sectores que se oponían al programa de la Dama de Hierro fue la sospecha de que la hija del tendero estaba empeñada en dar un valor monetario al ser humano.


Por: Ian McEwan (Escritor)
Maggie! ¡Maggie! ¡Maggie! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!”. Aquella exigencia que proclamaba la izquierda, por fin, se ha cumplido. Durante los años ochenta, en innumerables manifestaciones, aquel grito constituyó la expresión de una curiosa ambivalencia, la intimidad que suponía llamarla por su nombre de pila y, al mismo tiempo, el rechazo más furioso a todo lo que representaba. “Maggie Thatcher”: dos enérgicos troqueos que contrastaban con el suave ritmo y ámbico del Estado de bienestar en la Gran Bretaña de la posguerra. Todos los que vivíamos desolados por la brusca aversión que era evidente que le inspiraba aquel mundo confortable y dominado por el Estado, no nos conformábamos con tenerle antipatía. Nos encantaba tenerle antipatía. Ella nos obligaba a optar, a decidir qué cosas eran verdaderamente importantes.
En retrospectiva, veo que muchos de los comentarios críticos estaban teñidos de un sexismo primario. Las feministas la repudiaban porque insistían en que, a pesar de ser mujer, no era una de ellas. Pero lo que servía de elemento de unión entre todos los sectores que se oponían al programa de Margaret Thatcher era la sospecha de que la hija del tendero estaba empeñada en dar un valor monetario al ser humano, pensar que no tenía corazón y saber —como se sabía públicamente— que despreciaba los impulsos que sirven de vínculos entre los individuos y la sociedad.
Si los lectores británicos de hoy viajaran a través del túnel del tiempo hasta los últimos años de la década de los setenta, quizá les irritaría descubrir que la programación de televisión del día siguiente era un secreto de Estado que no se compartía con los periódicos. La única publicación autorizada para publicarla era la revista Radio Times (no es extraño que vendiera siete millones de ejemplares semanales). Era ilegal que uno mismo se colocara un teléfono supletorio. Había que esperar seis semanas a que fuera el instalador. No existía más que un modelo de contestador automático aprobado oficialmente. La “junta” local de electricidad podía ser un sitio muy hostil. Al acuñar el neologismo de “privatización”, Thatcher acabó con esos monopolios de Estado y transformó la vida cotidiana en aspectos que ahora damos por descontados.
El precio que hemos pagado por esa transformación es el de tener un mundo que es más duro, más competitivo y, desde luego, más consciente de la atracción del dinero. Tal vez ahora, después de la crisis crediticia, seamos capaces de reflexionar sobre lo que hemos perdido y lo que hemos ganado desde que se desreguló la City en 1986, pero no creo que podamos deshacer nunca su legado.

Su influencia obligó a examinar con más intensidad las prioridades de cada uno
Resulta curioso pensar que, durante la época de Thatcher, la novela británica gozó de un renacimiento relativamente importante. No es habitual que un Gobierno pueda presumir de haber fomentado las artes, pero Thatcher, que siempre tuvo una actitud impaciente ante la reflexión detallada sobre la vida, llevó a los autores a nuevos terrenos. La novela prospera en condiciones adversas, y la sensación general de desolación ante el nuevo mundo que ella nos mostraba arrastró a muchos escritores a la oposición. Con frecuencia, a una postura de oposición en sentido amplio, más moral que política. Su influencia obligó a examinar con más intensidad las prioridades, una reflexión que, en ocasiones, se manifestó en diversas distopías.
En cualquier caso, nos fascinaba. En una reunión internacional celebrada en Lisboa a finales de los ochenta, el contingente británico, del que formábamos parte Salman Rushdie, Martin Amis, Malcolm Bradbury y yo mismo, no dejamos de hacer referencia a Thatcher en nuestras ponencias. Cuando se nos pedía que informáramos sobre “el estado de las cosas” en nuestro país, éramos casi incapaces de hablar de otra cosa que no fuera ella. En un momento dado, los representantes italianos, en su mayor parte de tendencia existencial o posmoderna, se alzaron contra nosotros, y se produjo un enfrentamiento de lo más airado, que fue la delicia de los organizadores. La literatura no tenía nada que ver con la política, decían los escritores italianos. Hay que tener una visión de conjunto. ¡Olvidaos ya de Thatcher!
No les faltaba algo de razón, pero no tenían ni idea de lo fascinante que era, tan poderosa, triunfadora, popular, omnisciente, irritante y, a nuestro juicio, equivocada. Quizá teníamos la sospecha de que la realidad había creado un personaje que quedaba fuera del alcance de nuestra imaginación creativa.
No todos los escritores fueron detractores suyos. Philip Larkin visitó Downing Street y lo primero que hizo la primera ministra fue citarle una de sus frases, que le había gustado mucho: “Tu mente yace abierta como un cajón de cuchillos”. Existen varias versiones de la anécdota. Es posible que no la reprodujera bien del todo. En cualquier caso, la cita es la mejor forma de elogio y, como es natural, Larkin se emocionó.
Podemos hacer conjeturas y pensar que algún asesor había propuesto a Thatcher unas cuantas frases escogidas, o que ella había pedido que se las proporcionaran. En cualquier caso, la cita elegida la retrata a la perfección. Para empezar, tenía una memoria increíble para los informes, y no debió de costarle nada aprenderse varias frases al pie de la letra y con toda rapidez. La frase de Larkin podía asociarse con la mente traicionera (de un adversario o un colega del gabinete) expuesta sin remedio a la mirada de acero de Thatcher. Hay que agradecer la lectura de los diarios de Alan Clark, que ofrece una magnífica descripción de lo que representaba ser convocado al número 10 y verse sometido a ese escrutinio.

La obsesión nacional alrededor de ella tuvo siempre un elemento de erotismo
En una rueda de prensa, el difunto Christopher Hitchens, que era entonces corresponsal político del New Statesman, corrigió a la primera ministra sobre un dato concreto, y ella se apresuró a corregirle a su vez a él. Resultó que ella tenía razón, él era el equivocado. Delante de sus colegas periodistas, le dijo que se pusiera de pie delante de ella para que pudiera darle un ligero golpecito con sus papeles. A lo largo de los años y de numerosas repeticiones de la historia, la anécdota acabó convirtiéndose en que Thatcher le dijo a Hitchens que se inclinara hacia adelante y le dio un azote en el trasero con los papeles.
El hecho real tiene menos importancia que la modificación que se hizo de él. La obsesión nacional con Margaret Thatcher tuvo siempre un elemento de erotismo. La invención del término “sadomonetarismo”, la forma que tenían sus poderosos ministros de embelesarse ante ella, los constantes comentarios de sus detractores sobre su feminidad, o su falta de ella, son muestras del control glacial que ejerció sobre la imaginación masoquista (masculina) del país. Un poder aún más intenso por la sospecha de que no lo ejercía de manera consciente.
Es posible que el papel encarnado por Meryl Streep, de una figura que arrastraba los pies, enferma y aislada por la muerte de Dennis, su marido, haya suavizado los recuerdos o haya creado otros en las mentes de una generación más joven.
El funeral de Estado volverá a poner en práctica nuestras extravagantes obsesiones. Los partidarios y los detractores de Margaret Thatcher nunca se pondrán de acuerdo sobre el valor de su legado, pero al pensar en su importancia, el poder hipnótico que tuvo sobre nosotros, no tienen más remedio que coincidir.
© Ian McEwan, 2013
Ian McEwan es escritor. Su último libro publicado es Sweet Tooth (2012).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fuente: Diario El País (España). 14 de abril del 2013.

sábado, 13 de abril de 2013

Margaret Thatcher y la historia del nuevo capitalismo post-industrial del siglo XX.


Con Thatcher empezó la revolución

Tras su triunfo en las elecciones de 1979, la primer ministro británica consiguió darle nuevos bríos al capitalismo con políticas devastadoras para la acción pública.


Margaret Thatcher ganó las elecciones británicas en 1979, iniciando un movimiento privatizador de desmantelamiento del Estado social, de enorme proyección posterior gracias a Ronald Reagan. El presidente Reagan ganó a Carter en 1980 de forma aplastante, y, con el slogan“America is back”, dio un impulso global desde Estados Unidos a lo que el Reino Unido solo no hubiera podido alcanzar. Reagan y Thatcher expresaron una nueva estrategia capitalista con tres pilares de hierro: el primero, la descentralización del poder del Estado —o sea, su debilitamiento— en beneficio de los poderes públicos locales y, sobre todo, en beneficio de los poderes privados a través de lo que se dio en llamar desregulación; el segundo, el poder de las finanzas; y el tercero, la disminución drástica de la tributación.
Thatcher y Reagan coincidían en que el gobierno (el Estado) era el problema, no la solución. Por eso, había que limitarlo a unos pocos bienes públicos: justicia, política monetaria, infraestructuras, defensa. Nada más. Y, además, había que poner límites también a esas políticas.
El debilitamiento de un Estado considerado un parásito significaba el de la más relevante conquista de lo público, el Estado de bienestar y, dentro de él, la joya de la Corona, la Seguridad Social. La escuela neoliberal lo ha repetido machaconamente: los servicios públicos gratuitos o semigratuitos crean una relación viciada con el ciudadano beneficiario, que consume en exceso ese servicio. No son, por tanto, un instrumento de cohesión, sino una pesada carga que dificulta la competitividad.
Thatcher y Reagan triunfaron en imponer una política devastadora para la acción pública: la desregulación. Las políticas económicas de Reagan(Reaganomics) y de Thatcher lideraron la liberalización total de las actividades económicas, hasta entonces sometidas al interés general representado por las instituciones elegidas democráticamente y defendidas por los peores enemigos de Thatcher: los sindicatos.

En esa estrategia de desarme del Estado, quien tomó inmediatamente la delantera fue el sector de las finanzas, la economía del dinero
En esa estrategia de desarme del Estado, quien tomó inmediatamente la delantera, como corresponde a su lógica de expansión sin respiro, fue el sector de las finanzas, la economía del dinero.
El segundo pilar de la revolución conservadora de los 80 fue, efectivamente, el crecimiento impetuoso del nuevo gran poder económico: el mercado financiero y sus agentes institucionales.
La globalización financiera significó —porque lo necesitaba— la absoluta libertad de capital, desbordando a la ya muy importante libertad de comercio internacional, que se expandió asombrosamente en el siglo pasado. La liberalización anglosajona obligó a los gobiernos europeos (como el francés o el alemán), ante la amenaza real —que Mitterand sufrió en primera persona— de una fuga masiva de capitales, a dar todas las posibilidades de movimiento al capitalismo financiero. Con ello se sembró la semilla de los paraísos fiscales.
La expansión del sector financiero no fue sólo cuantitativa. Los mercados financieros empezaron a desarrollar —a través de productos sofisticados, como los mercados de futuro, que multiplicaron por muchas veces la cifra de negocios de las bolsas occidentales, y, a la cabeza de ellas, Chicago, Wall Street y la City de Londres— un movimiento tan potente que creó toda una sociología de los tiburones financieros, tan ácidamente expuesta en la novela de Tom Wolfe La hoguera de las vanidades.
Se estaba produciendo un terremoto en el sistema productivo. Desde el modelo de producción manufacturera como núcleo duro de las economías occidentales, a la hegemonía del crédito y de las finanzas, de las transacciones monetarias, apoyadas decisivamente por la aparición deslumbrante de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones

Los demás países desarrollados iniciaron, igualmente, un crecimiento constante de endeudamiento público que llegaría a ser una bomba de espoleta retardada
Se estaba engendrando una economía sin base real en mercancías, infraestructuras o servicios no financieros. Una economía que, por tanto, podía crecer ilimitadamente al compás de la creación artificial de crédito.
El tercer elemento de la reacción, en los 80, contra el Welfare State (redistribuidor de los beneficios y del crecimiento) fue la socialización de las pérdidas en forma de grandes déficits públicos y la privatización de las ganancias en forma de fuertes reducciones fiscales a las capas de población mejor situadas económicamente. Estados Unidos pasó así de ser el mayor prestamista a ser el mayor deudor. Los demás países desarrollados iniciaron, igualmente, un crecimiento constante de endeudamiento público que llegaría a ser una bomba de espoleta retardada.
La otra cara de la moneda —nunca mejor dicho— fue el desplome de los impuestos a los mayores perceptores de renta, a las rentas del capital, a las compañías multinacionales. Se hizo bajo el señuelo de la célebre curva de Arthur Laffer (nunca verificada, ni científicamente, ni en la práctica) que dice que, si hay impuestos altos a los más ricos, éstos no invertirán, se recaudará menos por el Estado y crecerá menos la economía y el empleo, a causa de la desmotivación de aquéllos para trabajar.
Para el reaganismo, los impuestos eran letales para el objetivo de beneficios a corto plazo, para la iniciativa y la energía emprendedora en un mercado libre, como habían puesto de manifiesto las recesiones sufridas en la década anterior. Para Margaret Thatcher, los impuestos progresivos constituían una discriminación a favor de los pobres (de ahí su tristemente célebre poll-tax, que la hizo salir de Downing Street).
En 1981, cuando Ronald Reagan tomó posesión en la Casa Blanca, el impuesto de la renta que pagaban las mayores fortunas tenía un tipo del 75% (llegó a estar en el 94% en 1945). Cuando Reagan dejó la Casa Blanca en 1989, ese tipo máximo había descendido hasta el 33%. En el Reino Unido de Margaret Thatcher el cambio fue aún más fuerte. En el impuesto sobre la renta, su tipo máximo bajó del 83 al 40% y en el impuesto de sociedades bajó del 52 al 33%.

La otra cara de la moneda –nunca mejor dicho− fue el desplome de los impuestos a los mayores perceptores de renta, a las rentas del capital
Era el corolario de una política de revitalización del capitalismo británico y de desvitalización del Estado y de los gastos públicos, a mayor gloria de la mano invisible de Adam Smith. Era la expresión fiscal, asimismo, de una política monetaria de altos tipos de interés, sin precedentes, y de desempleo estructural como única forma de frenar la inflación.
El modelo de reforma fiscal anglosajón, amparado en la debilidad por la que atravesaban la mayor parte de los partidos socialistas europeos —España, que estaba estrenando democracia, fue una excepción—, se extendió rápidamente a decenas de otros países.
La revolución tributaria conservadora cambió, como dice Michel Albert, la verdadera naturaleza de las relaciones entre el Estado y sus ciudadanos: décadas de incrementos en la carga fiscal, particularmente en las naciones industrializadas, sufrieron una súbita inversión en su orientación. Se puso de moda la expresión “desgravación fiscal” (tax relief), no sólo en los ámbitos político y administrativo, sino entre el gran público. Era una transformación cultural que aún no nos ha abandonado, y que explica la dificultad de los gobiernos para romper con esa dinámica, llevándolos por el camino de la emisión de deuda, atemorizados ante la mínima posibilidad de incrementar la carga tributaria en los estratos sociales con mayor capacidad adquisitiva.
La conjunción de los tres componentes esenciales del nuevo capitalismo post-industrial del siglo XX —Estado débil, mercados financieros internacionales poderosos y déficit público financiado preferentemente con deuda, pero no con impuestos progresivos— condujo irremediablemente a la crisis global del siglo XXI, que estamos sufriendo desde hace casi siete años. No es una buena herencia la de Thatcher y su revolución conservadora.
Diego López Garrido es diputado del PSOE y catedrático de Derecho Constitucional.
Fuente: Diario El País (España). 12 de abril del 2013.

martes, 2 de abril de 2013

Historia de la mujer en la conquista de América. Las españolas en los inicios de la colonización del nuevo mundo.

Descendiente de españoles, sor Juan Inés de la Cruz, a la derecha, nació en México en 1651. Brillante, culta, aguda y sensible, reivindicó el papel de las oprimidas mujeres

Ellas también hicieron las Américas

El Nuevo Mundo no solo fue cosa de hombres

Tras las huellas de Colón viajaron mujeres épicas que han sido engullidas por el olvido

Miles de españolas emigraron en el siglo XVI para explorar estas tierras


Tereixa Constela
Isabel Barreto. La única almiranta de Felipe II y su nombre no dice nada. Aventurera a la altura de Magallanes y Orellana. Soñadora capaz de ajusticiar a un marinero desobediente y avisar a navegantes: “Señor, matadlo o hacedlo matar… y si no, lo haré yo con este machete”. Una de tantas mujeres que protagonizaron gestas épicas en el Nuevo Mundo y olvidos legendarios en el Viejo. América no solo fue cosa de hombres. Pisando los talones de Colón se movilizaron un tropel de pioneras como Isabel Barreto, recordadas en una exposición en el Museo Naval de Madrid cuyo título lo dice todo: No fueron solos.
En 1595, tras enviudar, Isabel Barreto asumió el mando de la expedición que había partido de Perú en busca de las islas Salomón, donde ella y su marido, Álvaro de Mendaña y Neira, ubicaban Ophir, un reino de oro y piedras preciosas, otro Eldorado de los tantos de la época. Ni le intimidó la idea de cruzar el Pacífico ni le atemorizó hacerse cargo de una tripulación de héroes y villanos a partes iguales, que conspiraban para amotinarse cada dos por tres, que a la mínima amenazaban con beber en la calavera del prójimo, que malvivían a fuerza de agua con cucarachas podridas y tortitas amasadas con el mar.
Barreto se puso a la altura de aquellos marinos que navegaban con la muerte enrolada entre ellos. “Apenas había día que no echasen a la mar uno o dos [cadáveres], y día hubo de tres y cuatro”, escribió Pedro Fernández de Quirós, piloto y cronista de la travesía. A él debemos esta descripción de su jefa: “De carácter varonil, autoritaria, indómita, impondrá su voluntad despótica a todos los que están bajo su mando, sobre todo en el peligroso viaje hacia Manila”. En su búsqueda de las Salomón se toparon con las desconocidas islas Marquesas, donde fondearon. No cabe duda de que Isabel Barreto desconocía el desaliento. Con 7.000 millas náuticas a sus espaldas, el descontento de la tripulación soplándole en el cogote y un marido recién fallecido, ordenó zarpar hacia Filipinas. Pocos discutirían sus cargos (almiranta, gobernadora de Santa Cruz y adelantada de las islas de Poniente) cuando avistaron Manila. Allí se casaría con Fernando de Castro, al que contagió su arrebato y embarcó en otra enfebrecida travesía hacia las Salomón.
No fue Barreto la única protagonista de aquellos días de choque de civilizaciones. Sin embargo, fuera del circuito académico apenas han trascendido sus historias. “Mucho se ha hablado y escrito de la participación del hombre, del caballo e incluso del perro en la conquista del Nuevo Mundo. Muy poco, sin embargo, acerca de la participación de la mujer y de su importantísima labor en todos los aconteceres de lo que supuso el descubrimiento, conquista y colonización de las tierras americanas”, escribe el historiador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura en el libro Españolas de ultramar en la historia y la literatura, publicado por la Universidad de Valencia.
¿Cuándo fueron las primeras? 
De la mano de Colón. En el tercer viaje del almirante (1497-1498) iban a bordo 30 mujeres a petición de los reyes Isabel y Fernando, aunque en los últimos años, según Maura, se ha constatado la presencia de embarcadas en el segundo (1493) y algún historiador sostiene que podrían haber participado en el primero (1492). Se desconoce con exactitud cuántas partieron hacia América porque muchas no figuran en los registros y otras viajaron ilegalmente, pero entre 1509 y 1607 se han contabilizado, según la investigadora de la Universidad de Alicante Mar Langa Pizarro, 13.218 pasajeras. Emigraron muchas –el 36% de los inscritos–, y entre ellas, algunas poderosas. María de Toledo, nuera de Cristóbal Colón –se casó con su hijo Diego–, fue virreina de las Indias Occidentales entre 1515 y 1520, aunque no le concedieron el permiso para dirigir la Armada y colonizar tierra firme después de la muerte de su esposo. María sufrió prejuicios sexistas (no se libró pese a sus redes familiares: era sobrina de Fernando de Aragón) y practicó prejuicios raciales (en una carta da poderes para que le lleven a las Indias “300 piezas de esclavos negros”). Bueno, en puridad histórica, no fueron tales, aclara el catedrático de Historia Moderna Carlos Martínez Shaw: “En la época no había prejuicios racistas, simplemente los europeos veían la esclavitud de los negros como la cosa más natural del mundo”.


La brazalera, como esta de plata, ágata y castaña de Indias del XVIII, tenía una misión protectora. Se colocaba bajo la manga / MUSEO DEL TRAJE
Una de las razones por las que se ha borrado la presencia femenina es malévola: “Para presentar a los españoles como una panda de piratas que solo buscan sexo y oro. Las mujeres humanizan el proceso”, expone Juan Francisco Maura, que achaca el silenciamiento al gran peso de la historiografía anglosajona para contar la aventura americana hispana. “En general presentan a los anglosajones como colonos, sin el matiz violento de la conquista, mientras que dibujan a los españoles como saqueadores y violadores que querían hacerse ricos”, contrasta. Desde luego, subraya, las pioneras en llegar a América no iban en el Mayfloweren 1620. Hacía décadas que miles de españolas de todo pelaje habían recomenzado su vida al otro lado del océano. “Y no solo en un segundo plano como muchos quieren pensar, sino a la vanguardia de una sociedad naciente”, aclara Maura.

En menos de un siglo emigraron 13.218 mujeres de variada clase. Todas se Iban "a valer más", según Pérez Canto
Hubo armadoras como la sevillana Francisca Ponce de León, que fleta su nao San Telmo a Santo Domingo 17 años después del descubrimiento; gobernadoras como Beatriz de la Cueva, que rigió los destinos de Guatemala; innovadoras como María Escobar, la primera en importar y cultivar trigo en América; empresarias como Mencía Ortiz, que funda una compañía para enviar mercancías a las Indias en 1549, o feroces conquistadoras como la extremeña Inés Suárez, que embarcó en 1537 como servidora de Pedro de Valdivia y acabó siendo su amante y guerreando contra los araucanos en Chile, a cuyos caciques (presos) decapitó sin contemplaciones. No eran tiempos de convenciones que defendiesen derechos de prisioneros de guerra.
Parte del trasiego hacia América se debe a una orden de la Corona (1515), que pronto obligó a todos los cargos y empleados públicos a embarcarse con sus esposas. “Las mujeres seguían a sus maridos, padres o hermanos o un alto funcionario con séquito o servicio, pero esto enmascara muchas situaciones, y a partir de 1550, más o menos, muchas viajaron solas buscando el cónyuge que no siempre encontraron o llevadas por otros bajo fórmulas muy distintas, criadas, amigas, institutrices. Todas, fuera cual fuera su posición, llegaron a América a valer más”, sostiene Pilar Pérez Canto, catedrática de Historia y coordinadora, junto a Asunción Lavrín, del volumen La historia de las mujeres en España y América Latina (Cátedra).
El sueño transoceánico contagió a toda la población. Las solteras no se arredraron: fueron el 60% de las que emigraron. Ricas, pobres, religiosas, prostitutas o aventureras con certificado de buena conducta, imprescindible para viajar legalmente. Las trabas migratorias no son un invento moderno: en una real cédula de 1549 se prohibía el viaje de “judíos y moros conversos, reconciliados con la Iglesia, hijos y nietos de quemados por herejía, extranjeros nacidos fuera de los territorios del imperio español y esclavos blancos y negros sin licencia especial”. Tampoco los subterfugios ni los burladores de la ley son modernos… ni masculinos (en exclusiva). Francisca Brava hizo las Américas sin dejar tierra firme. En un documento del Archivo de Indias se da cuenta de su negocio: “Quien quiera comprar una licencia para pasar a las Indias, váyase entre la puerta de San Juan y de Santiesteban, al camino que sale a Tudela, cabo de una puente de piedra, y allí pregunte por Francisca Brava, que allí se la venderá”.
Lo que las une a todas, según Carolina Aguado, comisaria de la exposición del Museo Naval de Madrid, son sus narices. “Eran mujeres de armas tomar. Abandonan un país en el siglo XVI y una sociedad donde la mujer era un cero a la izquierda y se meten en un barco cuando esos viajes eran terroríficos, con riesgo de pirateo y naufragio para llegar a una sociedad que no conocían”. A la comisaria le impresiona la peripecia de Mencía Calderón, que viaja con sus tres hijas y toma las riendas de la expedición al fallecer su marido, Juan de Sanabria: “Tardan seis años en llegar a Asunción, afrontan una tempestad, les atacan piratas y luego los indios tupis, ella pierde a una hija, y cuando en Brasil no les dejan volver a embarcar, se pone al frente del grupo que cruza el Mato Grosso. Del medio centenar de mujeres que habían zarpado llegan solo diez”. La gesta de Calderón se ha popularizado en los últimos años gracias a la novela de Elvira Menéndez El corazón del océano (Temas de Hoy), que ha inspirado una serie que emitirá Antena 3, con Ingrid Rubio, Clara Lago y Hugo Silva en el reparto.

Cada día de la expedición que dirigió Isabel Barreto "echaban uno o dos cadáveres al mar"
Uno de los testimonios femeninos más notables en la conquista americana fue narrado en primera persona por Isabel de Guevara, una de las fundadoras de Asunción y Buenos Aires, en una carta enviada a la princesa Juana, hermana de Felipe II, el 2 de julio de 1556, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional. En ella detalla las penalidades sufridas por los 1.500 hombres y mujeres del grupo que encabezó Pedro de Mendoza hasta el río de la Plata. “Al cabo de tres meses murieron mil, esta hambre fue tamaña que ni la de Jerusalén se le puede igualar, ni con otra ninguna se puede comparar. Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así lavarles las ropas, como curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les vienen a dar guerra (…), dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados (…). Si no fuera por ellas, todos fueran acabados; y si no fuera por la honra de los hombres, muchas más cosas escribiera con verdad y los diera a ellos por testigos”.
La investigadora Mar Langa, que ultima el libro Mujeres de armas tomar, que editará Servilibro en Paraguay, cree que “probablemente” lo que omite es el canibalismo, detallado por testigos que sobrevivieron a la hambruna. En Viaje al río de la Plata (1567), el bávaro Ulrico Schmidl narró lo siguiente: “Tres españoles se robaron un rocín y se lo comieron sin ser sentidos, mas cuando se llegó a saber los mandaron prender e hicieron declarar con tormento; y luego que confesaron el delito los condenaron a muerte en la horca (…). Esa misma noche, otros españoles se arrimaron a los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne (…) para satisfacer el hambre”.
Los archivos españoles tutelan historias similares. Maura destaca que son un territorio inexplorado, “formidable pero sin catalogar”. No sabemos lo que no sabemos. Una cosa sí: cada documento deteriorado (y sin digitalizar) esparce una nube de amnesia sobre el pasado. Gracias a los archivos conocemos cuándo se fundaron el primer convento y el primer prostíbulo, aunque no lo hicieran precisamente en este orden. Cuatro beatas que habían viajado con Hernán Cortés abrieron las puertas del primer monasterio femenino (en el que acabarían ingresando dos nietas del emperador Moctezuma) en Ciudad de México en 1540. Para entonces la primera “casa de mujeres públicas” autorizada por la corona española era ya una institución consolidada en la ciudad de Santo Domingo, desde que el rey aprobó su construcción en agosto de 1526, “por la honestidad de la ciudad y mujeres casadas de ella y por excusar otros daños e inconvenientes”.

Tras compartir 11 meses agónicos, Ana de Ayala enterró a Orellana junto al Amazonas
Viajaron rameras, pero no todas las aventureras eran meretrices como a veces algunos interpretan. Alfonso Dávila, director del Archivo General de la Administración, investigó la biografía de la sevillana Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, para una exposición sobre la exploración del Amazonas. “Es una de las grandes incógnitas de la historia de España, unos la convierten en noble y otros en prostituta que vive amancebada con Orellana en Sevilla mientras prepara la segunda incursión en el Amazonas, debió de ser una mujer de clase media, de grandes redaños, porque se casó en contra de todos con Orellana”, explica Dávila.
Orellana y Ayala zarparon en 1544 a pesar de las órdenes de cancelar la travesía. La flota, que salió con 400 hombres y cuatro capitanes, se diezmó nada más llegar a Cabo Verde, “posiblemente por el agua corrompida y la falta de provisiones”. Orellana desoyó todos los presagios que anticipaban el desastre y dividió el menguado grupo en dos lanchas con las que embocaron el Amazonas. Surcaron el gran río durante 11 meses, perdidos, extinguiéndose uno tras otro, incluido Orellana, al que Ana de Ayala enterró en la orilla izquierda, bajo la sombra de un árbol. Sobrevivieron 44 personas, entre ellas la sevillana, que tuvo la valentía de afear al rey que la falta de medios les había precipitado al fracaso.
Quizá la única trayectoria que se impuso al olvido fue la de Catalina de Erauso, la singular monja alférez. Su asombrosa vida se transmitió y agrandó en diversas obras, que es la vía más directa para abrirse un hueco en la eternidad. Erauso, novicia en un convento español, zarpó para América, donde luchó vestida de soldado en un sinfín de combates que acabaron granjeándole el respeto de compañeros y superiores. Todas sus vulneraciones de la norma fueron toleradas. Incluida su sexualidad, porque Erauso jamás ocultó sus preferencias: “A pocos días me dio a entender que tendría a bien que me casase con su hija, que allí consigo tenía; la cual era muy negra y fea como un diablo, muy contraria a mi gusto, que fue siempre de buenas caras”. Lo dejó escrito en sus memorias hace casi cuatrocientos años, poco antes de coger de nuevo otro barco para América.
La exposición ‘No fueron solos’ podrá visitarse en el Museo Naval de Madrid desde el 21 de mayo hasta el 30 de septiembre.
Fuente: Diario El País. 20 de mayo del 2012.