jueves, 17 de febrero de 2011

Domingo Faustino Sarmiento: Gran ferrocarril del interior Rosario-Córdoba, Banco Nacional, Primer Censo Nacional (1869) y Educación para todos.

Un legado para rescatar

Por: Ernesto Sanz. Senador nacional de la UCR y precandidato presidencial.

El pasado es uno de los campos en los que la Argentina dirime agudas batallas consigo misma. A 200 años del nacimiento de Sarmiento, me aparto de ese uso del pasado como un campo de batalla del presente -legítimo, aunque agobiado por el abuso- y elijo mirar la historia con optimismo: ¿qué hubo de bueno que podamos rescatar para hoy?

Quiero recordar cuatro momentos sarmientinos de los que podemos aprender mucho. El primero es la relevancia que Sarmiento otorgaba al desarrollo económico. En el Facundo, detalla con impotencia el estado de postración de las economías de las provincias interiores, asoladas por los conflictos civiles. Decía que el federalismo exigía un previo equilibrio regional en el que cada provincia fuera capaz de producir lo suficiente para sí misma y para el tesoro común. Como presidente, sus obras fueron contundentes: el primer gran ferrocarril del interior, Rosario-Córdoba, y la fundación del Banco Nacional, precursor del Banco de la Nación. Infraestructura y crédito fueron dos de las palancas con las que buscó activar las economías del interior. Lo siguen siendo hoy; sin ese desarrollo seguiremos con la cabeza hinchada y el cuerpo débil, perdiendo el equilibrio.

Otro logro de Sarmiento fue el Primer Censo Nacional en 1869. La abundancia de las estadísticas en ese registro conmueve. No sólo se entera uno en esas páginas de que el país tenía 1.800.000 habitantes, sino que, además, encuentra un cuadro detallado del país, desde lo preocupante (un millón de adultos no sabían leer) hasta lo pintoresco (había en Buenos Aires 4400 mozos de café, 3258 albañiles y dos cuchilleros). ¿Qué diría él de la burla de un gobierno que falsifica índices?

Sarmiento tuvo tal aprecio por la educación como columna del progreso que, como gobernador de San Juan, había contribuido a que en aquel censo su provincia figurara como la única del país con más de la mitad de sus niños de edad escolar recibiendo instrucción. Su obsesión educativa fue providencial: logró que la oportunidad que brindaban a la Argentina los mercados internacionales -comparable a la de hoy- se convirtiera no en una bonanza fugaz, sino en el cimiento de ese país de movilidad social que durante varias generaciones supimos ser.

Rescato también de Sarmiento su admiración por las ciudades que empezaban a germinar. Antes de asumir la presidencia decía que su programa de gobierno era que florecieran "cien Chivilcoy". Esa comunidad a la que acababa de llegarle el ferrocarril sumaba a su riqueza natural y el esfuerzo de su gente el rol facilitador del Estado. He ahí otro mensaje directo a estos días en los que exportar trigo es una odisea: el Estado no tiene que quedarse al margen de lo productivo, pero cuando se involucra, debe ser para facilitar la generación de riqueza, no para asfixiarla.

Sarmiento cumpliría 200 años. Gloria y loor, como decíamos en la escuela, a estas ideas del único cuyano -hasta el momento- elegido presidente de la Nación. Ojalá que su país le regale para su bicentenario algo parecido a esos sueños, que muchos compartimos, de equidad, honestidad, educación y progreso.

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Martes 15 de febrero de 2011.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Historia de María Elena Moyano. Sendero Luminoso frente a los dirigentes de organizaciones sociales en Lima.

El asesinato de Malena Moyano

Por: Antonio Zapata (Historiador)

Hace diecinueve años, María Elena Moyano fue asesinada a balazos por un comando senderista, que inmediatamente después dinamitó su cadáver. Siempre me intrigó por qué tanta crueldad. Últimamente, al pensar en la situación, he sumado una nueva inquietud, ¿qué anunciaba este crimen? ¿qué traía de nuevo?

La mejor biografía de María Elena se debe a Diana Miloslavich y en ella se halla buena parte de la respuesta. Diana era una amiga cercana y compartió bastante su última temporada. En su texto, enfoca la clave del asesinato al contar qué pensaba y cómo vivía María Elena, que era limeña, nacida en Barranco en una familia afroperuana, de la que estaba orgullosa, porque se sentía negra muy a gusto. Sostenía haber heredado una tradición de liderazgo que siempre la impulsó en Villa El Salvador, donde se trasladaron desde la fundación.

Era una persona anónima hasta mediados de los años ochenta, cuando el Perú se sumergió en una crisis económica muy honda, que licuó los ingresos de la población. Además, fue un empobrecimiento súbito que se profundizó durante toda esa década. En ese contexto, las mujeres de los barrios populares se cargaron al hombro la responsabilidad de salvar a sus familias de la hambruna.

Ellas se organizaron para resolver juntas el drama. Era la primera vez que las mujeres de los Conos salían de sus hogares para asumir funciones sociales. Ellas participaron en dos programas masivos: los comedores populares y el vaso de leche. Este segundo, fruto de una iniciativa de la Municipalidad de Lima, dirigida por Alfonso Barrantes.

En los comedores también hubo colaboración externa, pero en ambos casos, las mujeres se organizaron y realizaron compras masivas, para cocinar y preparar la leche por turnos, ahorrando y canalizando colaboraciones institucionales. No hubo clientelismo, porque estas mujeres crearon nuevas instituciones y se sintieron dueñas del mundo como nunca antes lo habían sido.

La lideresa del proceso fue María Elena Moyano. Era carismática y sabía comunicar, con inteligencia y entusiasmo. Con ella apareció un liderazgo femenino popular que apostaba por Izquierda Unida. Era partidaria de la justicia social y creía en las elecciones como canal para lograrlo. Esa convicción resume su trayectoria y le fue fatal.

Paralelamente, Sendero Luminoso había concluido su primer Congreso y en una sesión de su nuevo Comité Central tomaron la decisión del “equilibrio estratégico”. Esa medida implicaba trasladar cuadros y recursos a Lima, para librar una batalla decisiva, que los proyectara hacia el poder, único objetivo según declaración propia. Querían tomar control de los barrios populares para cercar la ciudad desde dentro. Su obstáculo era la dirigencia popular independiente, mayoritariamente simpatizante de IU.

María Elena estuvo en el centro de la contradicción. Sendero tenía que quebrar IU y la eligió como símbolo. Como siempre habían hecho, se abrieron paso a balazos. No dialogaban ni conversaban, más bien amenazaban y mataban. Al tomarla como paradigma a destruir, quienes la asesinaron quisieron que desaparezca tanto ella como su espíritu, por eso destrozaron el cuerpo. Pero, ahí mismo empezó su declive, porque pocos meses después cayó Abimael Guzmán en manos de la policía.

El senderismo como amenaza al Estado ha desaparecido, pero esos años trajeron una violencia que ha continuado, ahora como delincuencial. La inseguridad que se vive hoy se debe al narcotráfico y al crimen, pero comenzó en los años ochenta, cuando se hizo sentido común que la vida vale poco y que se puede matar para realizar nuestra voluntad. Por ello tenemos hasta niños sicarios, como ese chico trujillano que ha matado tres personas al hilo hace pocos días.

Fuente: Diario La República (Perú). Mié, 16/02/2011.
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lunes, 14 de febrero de 2011

Situación de la Junta Militar de Gobierno en Egipto. Perspectiva del Ejército y el golpe de estado en Egipto.

Un golpe ovacionado por las democracias

Por: Isaac Bigio (Internacionalista)

El viernes 11 de febrero, el Ejército egipcio depuso a Hosni Mubarak. Ningún artículo de la Constitución le facultaba a hacer ello. El derrocado presidente, además, podía reclamar que él era el mandatario constitucional electo cinco veces consecutivas, y que era el garante para que en setiembre fuese reemplazado en el cargo mediante elecciones multipartidarias.

Sin embargo, ese golpe fue saludado por todos los líderes occidentales y hasta por El-Baradei, el premio Nobel de la Paz egipcio, quien aspira a ser el primer demócrata en llegar a gobernar su país, pues para él sólo las FF.AA. pudieron haber evitado un caos y una carnicería.

Lo paradójico es que desde hace dos décadas EE.UU. y la Unión Europea vienen demandando que en todo el resto del globo las FF.AA. se sujeten al orden constitucional y se condene todo golpe. Como fruto de ello, casi todos los países de Europa y de las Américas eligen a sus gobiernos mediante votos y no botas.

Para Israel, el mejor escenario hubiese podido ser el que el jefe de la Inteligencia, Omar Suleiman, quien el 29 de enero fue nombrado como el primer vicepresidente que haya tenido Mubarak, le sustituyese. Él hubiese asegurado la continuidad del régimen, de los acuerdos de paz y del proceso electoral.

Empero, Mubarak se empecinó en mantenerse en el cargo, con lo cual se provocaba una reacción popular. Ésta bien pudo acabar tomando palacio y linchando al presidente (como lo hicieron los rumanos en 1989, los bolivianos en 1946 y los italianos en 1943) u obligando al Ejército a cerrar filas con la dictadura y reprimir a bala, pudiendo generar una guerra civil.

Hoy el Ejército egipcio es bendecido por muchos dentro de su propio pueblo y de los gobernantes del mundo. Lo increíble es que ésta es la misma institución que viene gobernando ininterrumpidamente al país desde el golpe de 1952.

Es éste quien ha regido con mano dura a Egipto bajo la tutela de los "oficiales libres" de Nasser (desde 1952/54 hasta su muerte en 1970), luego bajo el general Sadat (desde 1970 hasta su asesinato en 1981) y después bajo el general Mubarak, cuyo último gabinete tenía a generales como vicepresidente, primer ministro y vicepremier, ministro del Interior y ministro de Defensa. Este último, el mariscal Mohamed Hussein Tantawi (comandante en jefe de las FF.AA.), es el jefe de la nueva junta de gobierno.

Ésta la integran sólo militares, quienes siempre han sido pivote de la dictadura y que tienen las manos manchadas con sangre, pues todos ellos han librado batallas o han reprimido y torturado gente. Los EE.UU., no obstante, los ven con simpatía, pues todos esos jefes han pasado por su escuela.

De acuerdo con Al Yazira, el ex vicepresidente Suleiman sigue en esa junta, mientras que Mubarak se encuentra en una casa de playa bien protegido por sus propias FF.AA. en su país. Los otros miembros de ésta son los generales Sami Anan, jefe del Ejército, el mariscal Mohamed, jefe de la Aviación, el vicealmirante Hamish, jefe de la Marina, y el general Self-Eideen, comandante de la Fuerza Aérea.

En sus comunicados, la junta de gobierno ha reconocido los méritos de Mubarak, mientras que no ha revelado ningún plan específico, así como tampoco si convocará a elecciones o a un gobierno amplio.

Fuente: Diario Correo (Perú). 13 de Febrero del 2011.

Recomendado:

Por primera vez en su historia la población de El Cairo ha hecho caer a un presidente. El primer episodio de la Revolución egipcia.
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domingo, 13 de febrero de 2011

Historia de grandes escándalos de infidelidad matrimonial por políticos.

Infidelidad y poder

Por: Bruno Rivas

Los más cínicos suelen señalar que la política no está reñida con el engaño sino todo lo contrario. En su libro “El Príncipe”, Nicolas Maquiavelo señala que los gobernantes deben tener la habilidad de fingir y engañar para mantenerse en el poder. En otras palabras, crear una imagen que no necesariamente concuerde con la real.

“Los presidentes y las altas autoridades del Estado siempre buscan mostrar que cumplen con requisitos como tener buenas relaciones familiares, así no las posean”, afirmó a El Comercio la directora de la encuestadora Imasen, Giovanna Peñaflor. “Así crean una imagen que es la que el elector quisiera tener y que termina encontrando en el político”, acotó.

Sin embargo, a pesar de los intentos por mostrar lo contrario, muchos políticos no solo engañan a sus electores sino al mismo círculo familiar del cual tanto dependen para alcanzar votos.

LA OTRA SEÑORA K

La semana pasada la revista argentina “Noticias” lanzó una sorpresiva revelación. De acuerdo a la publicación, el difunto ex presidente Néstor Kirchner tuvo una amante desde sus épocas de gobernador en la provincia de Santa Cruz. Todo un terremoto político si se toma en cuenta que el ex mandatario y su viuda, la actual presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, se mostraron siempre como una pareja sólida. Incluso Fernández acompañó a su esposo durante sus momentos de agonía en la Patagonia (el ex mandatario murió por una afección cardíaca en octubre del año pasado).

Elizabeth Miriam Quiroga ha sido bautizada por la prensa argentina como “la otra viuda de Kirchner” pues, al parecer, tuvo una relación tan cercana como la que tenía el ex mandatario con su esposa. Fue secretaria del ex presidente desde principios de los noventa y una década más tarde, cuando Kirchner llegó al poder, se trasladó con su jefe a Buenos Aires. En una entrevista con “Noticias”, Quiroga describió su relación con el ex presidente usando palabras que parecen sacadas de una novela rosa. “Teníamos una unión muy fuerte. Dejé todo para venirme con él desde el sur, dejé mi familia…”, afirmó.

Esa cercanía con el entonces mandatario habría sido la que le permitió llegar a directora del Centro de Documentación Presidencial del Gobierno Argentino, un cargo que era su gran orgullo. “Lo mío era como un ministerio de los pobres, un lugar desde el que podía ayudar a la gente, como lo hacía Evita”. Una posición que perdió con la partida de su supuesto amante. El 5 de enero le cerraron las puertas de la presidencia.

Las razones de su despido parecen obvias y Quiroga las fundamenta con estas palabras: “Es vox pópuli que era la amante de Kirchner”. La venganza de Fernández de Kirchner habría llegado tras la muerte de su marido.

ESCÁNDALO EN LA SALA OVAL

Otra relación que parecía de las más estables en el mundo de la política era la de Bill y Hillary Clinton. Y, a pesar de la fama de mujeriego que tenía el entonces presidente de EE.UU., nada ensombreció su matrimonio hasta que el 17 de enero de 1998 una página web reveló que el semanario “Newsweek” había vetado un artículo que informaba de una relación íntima entre el mandatario y una pasante de la Casa Blanca.

Días después sería “The Washington Post” el primer medio impreso que se atrevería a publicar la historia y lanzar a la fama a la mujer que sería el gran dolor de cabeza de la administración Clinton: Mónica Lewinsky.

Según relató la ex becaria en su biografía, “Monica’s Story”, la primera vez que vio a Clinton descubrió por qué era tan admirado por las mujeres de la Casa Blanca. “Tenía un aura magnética. Transmitía energía sexual”, contó.

En esos momentos, para la becaria se volvió una obsesión estar cerca del presidente. Situación que se daría en noviembre de 1995, cuando fue destinada a la Sala Oeste de la Casa Blanca. Por esas fechas tendría sus primeros encuentros sexuales con Clinton, los mismos que casi le cuestan a él la presidencia.

El mandatario enfrentó en 1999 un proceso por perjurio y abuso de poder por haber negado su relación con Mónica Lewinsky, siendo declarado inocente por pocos votos.

Pero tras los incidentes todo volvió a la normalidad. Actualmente el ex mandatario es el gran respaldo político de su esposa Hillary, mientras que Lewinsky es una empresaria que ha incursionado con poco éxito en diferentes negocios.

EL PRESIDENTE Y LA DIVA

Si bien John F. Kennedy quedó en la historia por sus luchas sociales y por su trágica muerte, también fueron famosos sus deslices sexuales.

“Es sabido que Kennedy era un mujeriego que incluso llegó a engañar a su esposa Jackie Kennedy cuando ella se encontraba embarazada. Esas relaciones extramatrimoniales eran conocidas por su círculo íntimo, que buscaba que no llegaran a la opinión pública por razones de seguridad”, indicó a El Comercio el magíster en Historia y catedrático de la PUCP Juan Luis Orrego.

Sin embargo, tras su muerte fueron reveladas sus infidelidades y se rompió el mito del matrimonio perfecto que se pensaba tenía con Jackie Kennedy.

Una de las mujeres que tuvo fuera del matrimonio fue una de las actrices más deseadas de Hollywood, Marilyn Monroe. En el libro “Los últimos días de Marilyn Monroe”, Donald H. Wolfe lanza la hipótesis de que la diva fue asesinada por haber mantenido relaciones con JFK y su hermano Robert. En esa publicación queda sentado que el entonces director del FBI, Edgar Hoover, estaba muy molesto por la afición de Kennedy por las mujeres y que Monroe habría resultado un peligro para la seguridad del país.

Es así que la imagen idílica de JFK fue reemplazada por una más terrenal, aunque ello no afectó su legado. “Las buenas acciones que cometió durante su gobierno, tal como ha sucedido con varios políticos, le dieron el respaldo suficiente para que su imagen no se viera perjudicada por esas revelaciones”, indicó Peñaflor.

Solo Bill Clinton se vio afectado

Según el magíster en Historia y catedrático de la PUCP Juan Luis Orrego, la tradición machista de Occidente ha provocado que, a lo largo de la historia, casi ningún mandatario se haya visto muy golpeado políticamente por una relación extramatrimonial.

“La situación ha cambiado en la actualidad, pero hasta no hace mucho, por los patrones patriarcales, había la tendencia a considerar normales las relaciones extramatrimoniales de los mandatarios”, señaló el historiador.

De acuerdo con Orrego, Clinton fue el primero en verse seriamente afectado debido a que se enfrentaba a un nuevo contexto. “Él estuvo a punto de perder el puesto y tuvo suerte de que se descubrió el hecho en su segundo mandato, porque quizás no hubiese sido reelecto”, explicó el catedrático.

Fuente: Diario El Comercio (Perú). Domingo 13 de Febrero del 2011.

La revolución de la información y los levantamientos en Túnez y Egipto. El Occidente liberal y democrático frente la Revolución en Medio Oriente.

La libertad y los árabes

Por: Mario Vargas Llosa*

El movimiento popular que ha sacudido a países como Túnez, Egipto, Yemen y cuyas réplicas han llegado hasta Argelia, Marruecos y Jordania es el más rotundo desmentido a quienes, como Thomas Carlyle, creen que “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”. Ningún caudillo, grupo o partido político puede atribuirse ese sísmico levantamiento social que ha decapitado ya las satrapías tunecina de Ben Ali y la egipcia de Hosni Mubarak, tiene al borde del desplome a la yemení de Ali Abdalá Saleh y provoca escalofríos en los gobiernos de los países donde la onda convulsiva ha llegado más débilmente como Siria, Jordania, Argelia, Marruecos y Arabia Saudí.

Es obvio que nadie podía prever lo que ha ocurrido en las sociedades autoritarias árabes y que el mundo entero y, en especial, los analistas, la prensa, las cancillerías y ‘think tanks’ políticos occidentales se han visto tan sorprendidos por la explosión sociopolítica árabe como lo estuvieron con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites. No es arbitrario acercar ambos acontecimientos: los dos tienen una trascendencia semejante para las respectivas regiones y lanzan precipitaciones y secuelas políticas para el resto del mundo. ¿Qué mejor prueba que la historia no está escrita y que ella puede tomar de pronto direcciones imprevistas que escapan a todas las teorías que pretenden sujetarla dentro de cauces lógicos?

Dicho esto, no es imposible discernir alguna racionalidad en ese contagioso movimiento de protesta que se inicia, como en una historia fantástica, con la autoinmolación por el fuego de un pobre y desesperado tunecino de provincia llamado Mohamed Bonazizi y, con la rapidez del fuego, se extiende por todo el Medio Oriente. Los países donde ello ha ocurrido padecían dictaduras de decenas de años, corruptas hasta el tuétano, cuyos gobernantes, parientes cercanos y clientelas oligárquicas habían acumulado inmensas fortunas, bien seguras en el extranjero, mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna. La corrupción generalizada y un sistema de favoritismo y privilegio cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social.

Ahora bien, este estado de cosas, que ha sido el de innumerables países a lo largo de la historia, jamás hubiera provocado el alzamiento sin un hecho determinante de los tiempos modernos: la globalización. La revolución de la información ha ido agujereando por doquier los rígidos sistemas de censura que las satrapías árabes habían instalado a fin de tener a los pueblos que explotaban y saqueaban en la ignorancia y el oscurantismo tradicionales. Pero ahora es muy difícil, casi imposible, para un gobierno someter a la sociedad entera a las tinieblas mediáticas a fin de manipularla y engañarla como antaño. La telefonía móvil, la Internet, los blogs, el Facebook, el Twitter, las cadenas internacionales de televisión y demás resortes de la tecnología audiovisual han llevado a todos los rincones del mundo la realidad de nuestro tiempo y forzado unas comparaciones que, por supuesto, han mostrado a las masas árabes el anacronismo y barbarie de los regímenes que padecían y la distancia que los separa de los países modernos. Y esos mismos instrumentos de la nueva tecnología han permitido que los manifestantes coordinaran acciones y pudieran introducir cierto orden en lo que en un primer momento pudo parecer una caótica explosión de descontento anárquico. No ha sido así. Uno de los rasgos más sorprendentes de la rebeldía árabe han sido los esfuerzos de los manifestantes por atajar el vandalismo y salir al frente, como en Egipto, de los matones enviados por el régimen a cometer tropelías para desprestigiar el alzamiento e intimidar a la prensa.

La lentitud (para no decir la cobardía) con que los países occidentales –sobre todo los de Europa- han reaccionado, vacilando primero ante lo que ocurría y luego con vacuas declaraciones de buenas intenciones a favor de una solución negociada del conflicto, en vez de apoyar a los rebeldes, tiene que haber causado terrible decepción a los millones de manifestantes que se lanzaron a las calles en los países árabes pidiendo “libertad” y “democracia” y descubrieron que los países libres los miraban con recelo y, a veces, pánico. Y comprobar, entre otras cosas, que los partidos políticos de Mubarak y Ben Ali ¡eran miembros activos de la Internacional Socialista! Vaya manera de promocionar la social democracia y los derechos humanos en el Medio Oriente.

La equivocación garrafal de Occidente ha sido ver en el movimiento emancipador de los árabes un caballo de Troya gracias al cual el integrismo islámico podía apoderarse de toda la región y el modelo iraní –una satrapía de fanáticos religiosos– se extendería por todo el Medio Oriente. La verdad es que el estallido popular no estuvo dirigido por los integristas y que, hasta ahora, al menos, estos no lideran el movimiento emancipador ni pretenden hacerlo.

Ellos parecen mucho más conscientes que las cancillerías occidentales de que lo que moviliza a los jóvenes de ambos sexos tunecinos, egipcios, yemeníes y los demás no son la sharia y el deseo de que unos clérigos fanáticos vengan a reemplazar a los dictadorzuelos cleptómanos de los que quieren sacudirse. Habría que ser ciegos o muy prejuiciados para no advertir que el motor secreto de este movimiento es un instinto de libertad y de modernización.

Desde luego que no sabemos aún la deriva que tomará esta rebelión y, por supuesto, no se puede descartar que, en la confusión que todavía prevalece, el integrismo o el Ejército traten de sacar partido. Pero, lo que sí sabemos es que, en su origen y primer desarrollo, este movimiento ha sido civil, no religioso, y claramente inspirado en ideales democráticos de libertad política, libertad de prensa, elecciones libres, lucha contra la corrupción, justicia social, oportunidades para trabajar y mejorar. El Occidente liberal y democrático debería celebrar este hecho como una extraordinaria confirmación de la vigencia universal de los valores que representa la cultura de la libertad y volcar todo su apoyo hacia los pueblos árabes en este momento de su lucha contra los tiranos. No solo sería un acto de justicia sino también una manera de asegurar la amistad y la colaboración con un futuro Medio Oriente libre y democrático.

Porque esta es ahora una posibilidad real. Hasta antes de esta rebelión popular, a muchos nos parecía difícil. Lo ocurrido en Irán, y, en cierta forma, en Iraq, justificaba cierto pesimismo respecto de la opción democrática en el mundo árabe. Pero lo ocurrido estas últimas semanas debería haber barrido esas reticencias y temores, inspirados en prejuicios culturales y racistas. La libertad no es un valor que solo los países cultos y evolucionados aprecian en todo lo que significa. Masas desinformadas, discriminadas y explotadas pueden también, por caminos tortuosos a menudo, descubrir que la libertad no es un ente retórico desprovisto de sustancia, sino una llave maestra muy concreta para salir del horror, un instrumento para construir una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir sin miedo, dentro de la legalidad y con oportunidades de progreso. Ha ocurrido en el Asia, en América Latina, en los países que vivieron sometidos a la férula de la Unión Soviética. Y ahora –por fin– está empezando a ocurrir también en los países árabes con una fuerza y heroísmo extraordinarios. Nuestra obligación es mostrarles nuestra solidaridad activa, porque la transformación del Medio Oriente en una tierra de libertad no solo beneficiará a millones de árabes sino al mundo entero en general (incluido, por supuesto, Israel, aunque el gobierno extremista de Netanyahu sea incapaz de entenderlo).

(*) Escritor Premio Nobel 2010

Fuente: Diario El Comercio (Perú). Domingo 13 de Febrero del 2011.
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sábado, 12 de febrero de 2011

Por primera vez en su historia la población de El Cairo ha hecho caer a un presidente. El primer episodio de la Revolución egipcia.

Caída en El Cairo

Por: Isaac Bigio (Internacionalista)

Por primera vez en su historia la población de El Cairo ha hecho caer a un presidente.

Desde la revolución de julio de 1952 que depuso al rey Faruk, Egipto había tenido tres hombres fuertes: Abdel Nasser (1952-70), Anwar Sadat (1970-81) y Hosni Mubarak (1981-2011).

Los dos primeros duraron mucho en el cargo, el cual sólo dejaron muertos. Nasser, quien fue el líder de la revolución, inicialmente colocó a Naguib como presidente, pero luego de su primer año en palacio lo removió para hacerse del poder total. Entre Sadat y Mubarak hubo un presidente interino que duró una semana (Taleb).

Esta vez, sin embargo, el presidente más longevo que ha tenido el país árabe más poblado ha sido echado por una descomunal protesta social.

Los EE.UU., las FF.AA. y el pueblo egipcio esperaban su renuncia. Él, no obstante, ratificó que se quedaría en el cargo hasta las elecciones de setiembre.

Debido a que ello no hizo más que enfurecer a la población, que marchaba a palacio, las FF.AA. debían escoger entre tres salidas: 1) permitir que la revolución las desborde y que la protesta imponga un nuevo gobierno (sacando así a las FF.AA. del poder, que ocupan desde 1952); 2) reprimir a las marchas (lo que hubiese dado paso a que el Ejército pierda imagen, respaldo social y unidad); 3) dar un golpe.

Como Mubarak y Suleiman no quisieron renunciar, las FF.AA. egipcias (milicia que con casi 500,000 efectivos es la décima mayor del globo) los sacaron del poder y han establecido una junta militar bajo la cabeza del ministro de Defensa y comandante en jefe de las FF.AA., Hussein Tantawi.

EE.UU., sus aliados y la oposición han saludado dicho golpe. Tantawi va a tratar de mantener lo más que pueda del antiguo régimen y sus compromisos internacionales (incluyendo las buenas relaciones con Washington y Tel-Aviv), aunque está a merced de muchas demandas sociales.

Egipto no ha tomado una salida radical, pues las mismas FF.AA. siguen siendo las dueñas del poder.

Sin embargo, este golpe es diferente al que hace 59 años llevó a que el Ejército depusiese al rey. Esta vez es la movilización popular la que ha producido la caída de Mubarak y la que puede tener prisionero al nuevo gobierno, el cual puede que sólo dure poco tiempo, pues estará bajo la presión interna e internacional de entregar el poder en elecciones que deben darse este año.

A pesar de que Mubarak cayó el mismo día en que Irán recuerda el 32 aniversario de su revolución, el levantamiento egipcio no está liderado por el clero.

A diferencia de Irán en 1979, el mundo no vive en la bipolaridad, Egipto tiene a la mayor minoría cristiana del Medio Oriente y cuenta con una sociedad más moderna y con más corrientes liberales y sindicales, y no hay un clero sunita bajo una estructura vertical como la de los ayatolas chiitas.

La revolución egipcia no ha terminado. Apenas acaba de comenzar y ha pasado su primer episodio. Ahora la nueva cuestión a darse es qué fuerzas configurarán el nuevo gobierno y cómo éste dará paso a uno nuevo.

Fuente: Diario Correo (Perú). 12 de Febrero del 2011.
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La Revolución de Egipto y el cuestionamiento al "determinismo cultural" de los teóricos occidentales sobre la libertad-democracia en los países árabes

Acertar con los pasos siguientes en Egipto

Por: Timothy Garton Ash. Catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford.

Las multitudes que han conseguido la dimisión de Mubarak prueban que Huntington se equivocó sobre el choque de civilizaciones. Los árabes y los musulmanes luchan con valentía en defensa de la dignidad humana.

Nadie predijo aquello, pero todo el mundo podía explicarlo después". Se dijo de otra revolución, pero vale para esta.

"Para ser sinceros, pensábamos que íbamos a durar unos cinco minutos", recuerda uno de los organizadores de la manifestación original del 25 de enero con la que comenzó esta revolución egipcia. "Pensamos que nos detendrían enseguida". Si hubiera sido así, si las fuerzas de seguridad de Mubarak hubieran vuelto a matar al feto en el vientre, Internet estaría ahora lleno de artículos de expertos que tratarían de explicar por qué "Egipto no es Túnez". Por el contrario, la Red está llena de explicaciones improvisadas pero de una certeza aplastante sobre lo que nadie había previsto. Son las falsas ilusiones del determinismo retrospectivo.

Por consiguiente, antes de seguir, hagamos dos profundas reverencias. La primera, y más profunda, a los que iniciaron esto, corriendo un gran peligro personal, sin ningún apoyo de un Occidente teóricamente defensor de las libertades y contra un régimen que recurre de forma habitual a la tortura. A ellos van toda mi admiración y todo mi respeto. Y en segundo lugar, hay que inclinarse ante la diosa Fortuna, lo imprevisto, que, como observó Maquiavelo, explica la mitad de todo lo que ocurre en la vida de los seres humanos. Ninguna revolución ha conseguido avanzar jamás si no cuenta con unos individuos valientes y buena suerte.

Una correosa víctima de esta revolución, de cuya muerte deberíamos alegrarnos, es la falacia del determinismo cultural, y en concreto la noción de que los árabes y los musulmanes no están preparados para las libertades, la dignidad y los derechos humanos. Su "cultura", nos aseguraban Samuel Huntington y otros, les programaba para otra cosa. Que se lo digan a la gente que baila en la plaza de Tahrir. Eso no quiere decir que los modelos religioso-políticos del islam, tanto radical como conservador, y los legados específicos de la historia árabe moderna, no vayan a hacer que la transición a una democracia liberal consolidada sea más difícil de lo que fue, por ejemplo, en la República Checa. Claro que sí. Todavía es posible que, al final, las cosas salgan terriblemente mal. Pero la idea tan condescendiente de que "eso nunca podría ocurrir allí" ha quedado refutada en las calles de Túnez y El Cairo.

Y, ya que hablamos de determinismos, deshagámonos de otro. En las etiquetas como "La revolución de Facebook", "La revolución de Twitter" y "La revolución de Al Yazira", volvemos a encontrarnos con el espectro del determinismo tecnológico. Después de hablar con algunos amigos en El Cairo, no me cabe la menor duda de que todos estos medios han desempeñado un papel muy importante en la organización y la multiplicación de las protestas populares que comenzaron el 25 de enero. Mientras escribo este artículo, he ido observando el crecimiento de la página de Facebook creada por los egipcios para "autorizar" a Wael Ghonim -el directivo de Google liberado hace unos días de la cárcel y recién designado héroe de la revolución- a hablar en su nombre. La primera vez que la visité, a las 8.51 de la mañana del miércoles, tenía 213.376 seguidores; dos días después, tenía 285.570. Antes, Ghonim había organizado, con seudónimo, otra página en Facebook que contribuyó a las protestas y cuenta ya con más de 600.000 seguidores.

Como sucedió en Túnez, lo que crea el efecto catalítico es la combinación de las redes sociales de Internet y telefonía móvil con el viejo superpoder de la televisión. La cadena de televisión Al Yazira ha ofrecido un relato fascinante de una lucha de liberación con material sacado de blogs e imágenes borrosas tomadas con teléfonos móviles. Ghonim se convirtió en un héroe popular porque poco después de salir de prisión apareció en un programa de la televisión egipcia que le permitió llegar por primera vez a un público de masas. Es decir, las tecnologías de la comunicación, viejas y nuevas, son muy importantes; pero ni impiden que los movimientos populares de protesta acaben aplastados, como se vio en Bielorrusia e Irán, ni deciden el resultado; y el medio no es el mensaje.

Luego están las analogías históricas. He perdido ya la cuenta de cuántos artículos he visto (incluido uno mío, me apresuro a añadir) que se preguntan si este es, o no, el 1989 árabe. "La caída del muro de Berlín del mundo árabe", grita un titular. "Esto no es 1989", clama otro. A la hora de la verdad, la comparación quizá no nos explique gran cosa de lo que ocurre en Egipto, Túnez y Jordania, pero desde luego nos dice algo sobre 1989. Es indudable que 1989 ha pasado a ser el modelo por antonomasia de cualquier revolución de principios del siglo XXI. Lejos están ya 1789, 1917, y 1848.

Por el contrario, otra analogía que sí se utiliza casi tanto como la de 1989 es el Irán de 1979, que incluye la posibilidad de que los islamistas radicales y violentos salgan vencedores. En The New York Times, Roger Cohen, que ha escrito crónicas espléndidas desde Túnez y Egipto, sigue la primera ley del periodismo ("primero simplificar, luego exagerar") cuando dice que "la cuestión fundamental" en Egipto es: "¿estamos presenciando el Teherán de 1979 o el Berlín de 1989?". Una posible respuesta es: lo que estamos presenciando en El Cairo en 2011 es El Cairo de 2011. No lo digo en el sentido obvio de que cada acontecimiento es único, sino en otro sentido más profundo. Porque lo que caracteriza a una verdadera revolución es la aparición de algo auténticamente nuevo, por un lado, y, por otro, el regreso de un principio humano universal que había estado reprimido.

Es nuevo, en El Cairo en 2011, que los árabes y los musulmanes se manifiesten en masa, con valentía y (en general) disciplina pacífica, en defensa de la dignidad humana y contra los gobernantes corruptos y represores. Son nuevos en 2011 el grado de descentralización y las redes organizativas que están detrás de las manifestaciones, de forma que hasta a los observadores más enterados les cuesta responder a la pregunta: "¿quién organiza esto?". Es nueva en 2011 la extraordinaria presión demográfica, porque la mitad de la población en casi todos estos países es menor de 25 años.

Lo viejo, en este Cairo de 2011 -tan viejo como las pirámides, tan viejo como la civilización humana-, es el grito de los hombres y mujeres oprimidos, que vencen la barrera del miedo y viven, aunque sea de forma pasajera, la sensación de libertad y dignidad. Mi corazón daba saltos de alegría cuando vi las imágenes de las inmensas muchedumbres que se concentraban pacíficamente en el centro de la ciudad celebrando la caída del rais. Sin embargo, cuando acabemos de tararear el coro de los prisioneros compuesto por Beethoven para Fidelio, no olvidemos que estos momentos son siempre efímeros. Queda por delante la dura tarea de consolidar la libertad.

Aquí es donde adquieren importancia las comparaciones históricas, que no pueden sustituir al análisis informado y de primera mano de la situación concreta, pero sí ofrecen una amplia variedad de experiencias que muestran de cuántas formas puede salir mal una revolución y la delicada combinación de factores que hace falta para que salga bien.

Ni en la oposición ni en el sector oficial he visto todavía un ingrediente vital para que salga bien: unos interlocutores organizados y creíbles para negociar la transición. Es cierto que en la plaza de Tahrir ha surgido un embrión de organización. Con Ghonim, los manifestantes tienen a un personaje que es un símbolo y podría llegar a ser un líder. Pero da la impresión de que todavía falta mucho para una alianza de las fuerzas opositoras capaz de canalizar la presión popular hacia la mesa de negociación. En el bando oficial, habría que dejar paso a un gobierno provisional encabezado por alguien que sea aceptable para todos (o al menos casi todos) los bandos, alguien como el viejo y astuto Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe. Solo cuando coincidan esos dos elementos podremos empezar a confiar en que la revolución egipcia está en el buen camino.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fuente: Diario El País (España). 12/02/2011.