sábado, 12 de octubre de 2013

Las visiones de la independencia peruana y las nuevas perspectivas de investigación.


GENERACIONES E INDEPENDENCIA

Antonio Zapata (Historiador)

En la historiografía republicana, el periodo de la independencia siempre ha sido percibido como problemático. Para empezar, es evidente que el Perú carece de héroes propios de la misma estatura que el resto de países latinoamericanos. Tuvimos que esperar a la guerra con Chile para hallar verdaderamente héroes fundadores de la nacionalidad. Por su parte, no le hemos dado relieve a quienes efectivamente lucharon contra los virreyes, como por ejemplo a los hermanos Angulo y al cacique Pumacahua del Cuzco o a Francisco de Zela de Tacna. No tenemos héroes de la independencia porque no resaltamos algunas figuras que en principio podrían calificar, pero el caso es que, debido a este enfoque de nuestra historiografía, carecemos de personajes paradigmáticos vinculados a este periodo crucial de la cuna nacional. 
No tenemos héroes de la independencia porque no resaltamos algunas figuras que en principio podrían calificar, pero el caso es que, debido a este enfoque de nuestra historiografía, carecemos de personajes paradigmáticos vinculados a este periodo crucial de la cuna nacional 
Por otro lado, el Perú fue la cabeza de la reacción realista, y la guerra de la independencia adquirió el perfil de una larga lucha del resto de Sudamérica contra el poder virreinal asentado en Lima. En muchos libros de historia de otros países, el Perú aparece como el enemigo de la emancipación. Este papel del virreinato del Perú ha merecido preguntas historiográficas acuciantes y también profundas, que han suscitado distintas respuestas por parte de los estudiosos peruanos. El propósito de estas líneas es pasar revista a las diferentes posiciones que han sido adoptadas, siguiendo una línea de reflexión que muestra tendencias de pensamiento formadas por generaciones intelectuales.

Como vemos, con respecto a la emancipación, la cuestión en el Perú siempre ha sido encontrar un motivo preciso para celebrar. Con esta inquietud, la generación del centenario descubrió a los próceres. De acuerdo con los integrantes del conversatorio universitario que preparó el clima intelectual del centenario, el Perú podía carecer de líderes políticos y militares de talla continental que correspondan a la etapa independentista, pero era el país clave de los antecedentes intelectuales, donde se había formulado la idea patriótica.1
 
 
Ahí estaba Vizcardo y Guzmán, que había sido el primer criollo de toda Latinoamérica en plantear explícitamente el tema de una patria propia del Nuevo Mundo, como entidad distinta y opuesta a España. La célebre Carta a los españoles americanos escrita por el jesuita arequipeño, aparecida en español en 1801, planteó en forma explícita los términos de la contradicción a escala de todo el continente. Por ello, en el curso de la primera expedición patriota en tierras latinoamericanas, dirigida por Francisco de Miranda en Venezuela, el primer folleto que se repartió como propaganda era la famosa Carta de Vizcardo.2
 
Entre los integrantes de esta generación destaca el historiador Raúl Porras Barrenechea, quien escribió para el centenario un célebre texto sobre el periodismo en el Perú, que empieza por las publicaciones dieciochescas y se prolonga a la época de Cádiz, y luego culmina considerando los primeros años republicanos. En este trabajo, Porras sostiene que la conciencia nacional habría emergido en forma embrionaria en tiempo temprano, anterior a la independencia, y que ese espíritu nacional habría sido un impulso fundamental en la concreción del Perú independiente. En el caso de otro importante miembro de este grupo generacional, Luis Alberto Sánchez, sus primeros trabajos fueron acerca de los poetas de la Colonia y de la etapa revolucionaria, buscando también fundamentar la idea de la patria peruana como anticipada por intelectuales y artistas décadas antes de la fundación de la república como hecho político y militar.
 
Así, en el pensamiento de esta generación, en el antecedente universal de la emancipación latinoamericana se hallaba presente el Perú. Luego, en la etapa de las juntas de gobierno que se establecieron en muchas ciudades latinoamericanas durante el periodo 1809-1815, no se había podido derrocar al virrey de Lima porque España había concentrado su poderío en Lima, efectivamente la sede de un núcleo de grandes comerciantes y del principal soporte político militar español en Sudamérica. Pero, las ideas independentistas habían estado presentes desde el primer día. Es más, ellas habrían sido sembradas antes que en los demás países. Por ello, su conclusión subraya una conceptuación del Perú como adelantado ideológico, aunque maniatado políticamente a la hora de la crisis imperial.
 
Años después, la generación del cincuenta, a la que pertenece Pablo Macera, entre otros, rescató a Tupac Amaru. En la interpretación de esta generación no se trataba solamente de antecesores ideológicos, sino de rescatar a la principal figura de quienes combatieron efectivamente contra la dominación colonial. No importaba si el proceso de Tupac Amaru estaba situado cuarenta años antes de la independencia, sino se priorizaba el hecho de haberse opuesto en la práctica al poder de los virreyes. Gracias a su capacidad para dirigir una gran rebelión, Tupac Amaru fue elevado al pedestal de gran figura paradigmática del pasado combativo que caracterizaría al pueblo peruano. La historiografía había hallado al héroe perdido que fundamentaba una nueva narración de la independencia. Se abandonaba la concepción de dar explicaciones por ser los últimos en independizarse y se pasaba a proclamarse el primero de los países sudamericanos en la lucha contra España.
 
Bastaba olvidar a San Martín y recuperar la autoestima, porque el Perú era la cuna del primer grito de independencia en Latinoamérica. Esa idea estaba clara en la historiografía nacional años antes de Juan Velasco. Pero, recién con el gobierno revolucionario de las FF. AA., Tupac Amaru fue elevado a la categoría de padre de la patria, verdadero fundador de la emancipación americana. Además, la gesta del cacique de Tinta venía acompañada por un relevante papel de su esposa, Micaela Bastidas. Por ello, el verdadero héroe de la rebelión de 1780 era una pareja, evocando la creación del Tawantinsuyu. Manco Capac y Mama Ocllo asomaban detrás pero cerca de la segunda pareja paradigmática, Tupac Amaru y Micaela Bastidas. Los primeros fundaron un imperio, los segundos consagrarían la libertad del Perú independiente.3
 
Tupac Amaru fue relegado. El de Velasco ha sido un gobierno sin continuadores y nadie lo ha reivindicado ni salvado a las figuras que fueron proyectadas en ese tiempo. Por el contrario, los héroes de Velasco han acabado siendo detestados por una buena parte de la opinión pública. 
Pero, luego cayó Velasco y se derrumbó el edificio del nacionalismo militar. Sus principales proyectos y mensajes se desacreditaron y Tupac Amaru fue relegado. El de Velasco ha sido un gobierno sin continuadores y nadie lo ha reivindicado ni salvado a las figuras que fueron proyectadas en ese tiempo. Por el contrario, los héroes de Velasco han acabado siendo detestados por una buena parte de la opinión pública. Pocos años después, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru tomó el nombre y figura del cacique de Tungasuca para sumarse a la violencia desatada previamente por Sendero Luminoso. Con ello, el héroe Tupac Amaru volvió a perder ante la opinión pública, porque su nombre quedó asociado a la violencia de los tenebrosos años ochenta.4
 
Por su parte, la mayor parte de historiadores resaltaron que el movimiento de Tupac Amaru correspondía a una coyuntura política anterior a la emancipación, definida por las reformas borbónicas y las luchas antifiscales que se habían suscitado. En este entendimiento, hacia 1780 la cuestión de la independencia no había aparecido aún. Después de la segunda elección de Fernando Belaunde, comenzando los años 1980, los historiadores profesionales descartaron a Tupac Amaru como personaje de la independencia, sin contemplar que otros ejemplos históricos habrían obligado a mayor prudencia. Por ejemplo, la revolución norteamericana, que corresponde exactamente a la época de Tupac Amaru, empezó como una revuelta antifiscal contra las medidas del rey Jorge, que se parecían como dos gotas de agua a las reformas borbónicas. Sucede muchas veces en la historia que una insurrección comienza de una manera y el proceso termina de otra, porque en la lucha se modifican rápidamente los alineamientos políticos y la resultante suele ser diferente a la idea inicial.
 
Pocos años antes, en pleno gobierno militar de Velasco, había aparecido la visión descreída de Heraclio Bonilla y su famosa tesis de la independencia concedida.5 De acuerdo a esta versión, los criollos peruanos no habrían estado interesados en la emancipación, y esta habría venido de fuera, impuesta por ejércitos de criollos extranjeros, conducidos por San Martín y Bolívar, obligando a emanciparse a los peruanos de la época que en realidad deseaban seguir siendo españoles. Esa fue la opinión de Bonilla, fuente de una enorme polémica en los años setenta.
 
Sus principales adversarios fueron historiadores tradicionalistas, como José Agustín de la Puente, quien integraba la comisión que publicó con motivo del Sesquicentenario la monumental Colección Documental de la Independencia. En esta obra se partía de la visión transmitida por la generación del centenario sobre el espíritu peruanista formado en la Colonia tardía y encarnado recién durante la etapa independentista, pero que constituía su anticipo intelectual. En versión del doctor De La Puente, la lucha por la emancipación habría significado un desgarro interior entre las antiguas fidelidades y las nuevas lealtades que crecían en los corazones. Por ello, el Perú aparecía como un país maduro, que había procesado sus contradicciones tomándose su tiempo para descartar lo viejo y decidirse por lo nuevo. Esa madurez derivaba de la antigüedad de la conciencia nacional aparecida en plena era colonial.6
 
Por el contrario, la interpretación de Bonilla enfatizaba que la posición conservadora de los criollos peruanos era consecuencia del temor que había despertado la rebelión de Tupac Amaru. La elite criolla había visto de cerca la peligrosidad y magnitud de una rebelión campesina en los Andes; había sentido que en caso de repetirse podía perder sus privilegios sociales. Por ello, se habrían vuelto partidarios de la fidelidad al rey de España, ya que lo sentían como la mejor defensa contra una potencial sublevación indígena. Temiendo perder control sobre su propio país, los criollos del Perú se habrían entregado a España.
 
La respuesta a Bonilla provino de varios flancos, entre los que destaca la respuesta que ofreció la historiadora Scarlett O’Phelan, quien sostuvo que en la época de las juntas, medio Perú se había insurreccionado contra el virrey, aunque Lima se había mantenido fiel a España. En su interpretación, Lima no es el Perú, y los extensos movimientos revolucionarios en el interior, sobre todo en el sur, obligaban a una visión mucho más matizada con respecto a la disposición de los peruanos por la independencia. La importancia de la visión de O’Phelan es que llamó nuevamente la atención hacia las provincias.7

La generación actual de historiadores ha virado hacia la historia política y pone el acento en los sucesos del interior. Cada región del Perú está ganando en autonomía política y buscando fundar su propia narrativa histórica local.  
En efecto, en nuestros días el proceso de descentralización constituye una de las mayores novedades políticas del Perú contemporáneo. Después de haber sido muy centralizado durante la mayor parte de la etapa republicana, el Estado peruano empezó a descentralizarse al comenzar el siglo XXI, transfiriendo poder y recursos a las provincias. Este proceso es complejo e incluye sobresaltos y desórdenes, pero constituye uno de los mayores desafíos para acelerar la integración de la patria peruana, una de las promesas de la independencia nacional.
 
En ese sentido, la generación actual de historiadores ha virado hacia la historia política y pone el acento en los sucesos del interior. Cada región del Perú está ganando en autonomía política y buscando fundar su propia narrativa histórica local. Para ello necesita encontrar héroes que engrandezcan la libertad y autonomía con respecto a Lima. Qué mejor que hurgar en el pasado para hallar los personajes y sucesos principales que, en cada localidad, vivieron la independencia. Empezando por la historia política e incluyendo a los estudios de orden social o económico, este interés por las provincias recorre la historiografía nacional en víspera del bicentenario.


 * Historiador, investigador del IEP.
1  Por ejemplo, el famoso historiador de la república, Jorge Basadre, escribió a lo largo de los años veinte varios importantes libros relacionados con la independencia que se basaban en su participación en el conversatorio universitario.
 El gran difusor de los próceres fue otro integrante de la generación del centenario, el bibliotecario de San Marcos y profesor de Filosofía Pedro Zulen.
3  Por ejemplo, Carlos Daniel Valcárcel publicó una historia de la sublevación del cacique de Tinta, Tungasuca y Bambamarca.
 El 20 julio de 2010 fue detenido por la policía, después de ser alertada por los vecinos, un joven publicista de cuya casa colgaba una bandera con el rostro de Tupac Amaru.
 Bonilla, Heraclio y Karen Spalding. La independencia en el Perú: las palabras y los hechos. Lima: IEP, 1972.
6  Puente, José Agustín de la. Notas sobre la causa de la independencia del Perú. Lima: Studium, 1970.
7  O’Phelan, Scarlett. “El mito de la ‘Independencia concedida’: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y Alto Perú (1730-1814)”. En Inge Buisson et al. (eds.),
 Problemas de la formación del Estado y de la nación en Hispanoamérica. Bonn: Inter Nationes, 1984.

Zapata, Antonio. “Generaciones e independencia”.  En Revista Argumentos, año 4, n° 4. Setiembre 2010. Disponible en http://web.revistargumentos.org.pe/index.php?fp_cont=934 

La leyenda negra de Mariano Ignacio Prado.

El fin de la leyenda negra: la verdad sobre el viaje del general Mariano Ignacio Prado

Su salida del país fue para comprar armas para enfrentar a Chile. Con la calumnia, sus opositores pretendieron evadir la responsabilidad de la derrota y anular el futuro político de la descendencia del general.
Por: Martha Meier M Q
Una mentira mil veces repetida no se convierte jamás en verdad pero puede confundir a muchos. Cizaña al fin inmunda la civilización con su odio, persecución y calumnia. A lo largo de décadas una gran campaña de desprestigio se gestó contra el general Mariano Ignacio Prado Ochoa(1826-1901), militar y político peruano dos veces presidente del Perú y considerado prócer de la independencia por su importante participación en el combate del 2 de mayo, que selló la independencia de nuestro país del yugo español y sus demandas desde las invadidas islas de Chincha.
1. Los comentarios
“Supongo que mi intempestiva salida de Lima, haya dado lugar a comentarios de todo género; y no dudo que, principalmente los espíritus estrechos se hayan entregado a las apreciaciones apasionadas persiguiendo el propósito de no cumplirme justicia jamás, y sin darse la pena de reconocer mi espíritu y mis trabajos durante el tiempo que sirvo al país”, escribió Prado a bordo de vapor Payta al general Juan Buendía, percatándose de la maledicencia de sus adversarios tras su salida del Perú.

2. ¿Traición?
De traición se califica el viaje al extranjero del presidente Prado durante la guerra con Chile. La mentira fue urdida por los responsables de la deshonrosa derrota y tanto se ha repetido que ya es parte del imaginario popular. Hasta en los textos escolares enseñan a los niños y niñas que el general huyó y de paso se robó la colecta nacional para comprar barcos de guerra, dejando al país en el desamparo. Nada más falso. Llama la atención que pese al peso de la evidencia histórica haya quienes sigan mancillando el honor de un hombre valeroso. Lo cierto es que el General dejó el país con la clara intención de adquirir armamento estratégico para poder enfrentar al enemigo del sur: “[] me he convencido hasta la evidencia de que esta guerra es esencialmente marítima [...] Nadie ignora que mientras carezca el país de poderosos elementos navales que siquiera equilibren los recursos del enemigo, la campaña terrestre tiene que ser para nosotros muy lenta, costosa y difícil”, escribió en la carta a Buendía. Cabe recordar que en esos momentos el monitor Huáscar estaba destruido, y que el Perú había sido desacreditado ante los proveedores de armamento y buques, por lo que el General pensó que sus gestiones serían necesarias para alcanzar el éxito.

3. La “huída”
Se sostiene que Prado huyó abandonando al país en medio de la guerra. Tal dicho —que se repite como sonsonete— no se sostiene con prueba alguna y se insiste en esa versión falaz pese a la existencia de copiosa información y documentos que demuestran lo contrario. Lo cierto es que el general Mariano Ignacio Prado no huyó ni fugó ni nada que se le parezca. Salió del país con todas las de la ley y con autorización del Congreso de la República. Un comunicado del Ministerio de Gobierno, Policía, Obras Públicas, Correos y Estadística, publicado en el diario “El Peruano” (Lima, No. 103, página 409, del 10 de mayo de 1879) da cuenta de ello al indicar que “El Congreso [...] dando cumplimiento a lo dispuesto en los artículos 95 y 96 de la Constitución del Estado ha concedido licencia al Presidente de la República para que, si lo juzga necesario pueda mandar personalmente la fuerza armada, y salir del territorio nacional [...]”. Más claro el agua, el Congreso aprobó el viaje de Prado, quedando a cargo del gobierno el vicepresidente La Puerta. Este punto fue ampliamente aclarado, además, por el historiador Jorge Basadre.

4. La puñalada del Califa
Nicolás de Piérola, político arequipeño conocido como “El Califa” intentó vanamente —entre 1874 y 1877— hacerse del poder tratando de derrocar primero al gobierno de Manuel Pardo y luego al de Mariano Ignacio Prado. Derrotado, se asiló en Bolivia y Chile. Hombre astuto, aprovechó la guerra con Chile y el viaje del general Prado para asestar un golpe de estado y usurpar el poder. Mientras ejerció como Jefe Supremo —responsable directo del desastre frente a Chile— se encargó de emitir un decreto calificando de “ignominiosa conducta” y “vergonzosa deserción” el viaje del presidente Prado. Llegó al extremo de arrebatarle “los derechos de ciudadano del Perú” y condenarlo a “degradación militar pública”, en mayo de 1880. Si Prado no volvió hasta terminado el conflicto y derrocado Piérola fue justamente porque este se lo impidió. El acto venal de “El Califa” fue corregido por Andrés Avelino Cáceres, quien en octubre de 1886 —como presidente constitucional de la república— promulgó una ley declarando “nulos todos los actos gubernativos internos practicados por los señores don Nicolás de Piérola y don Miguel Iglesias”, señalando además que ambos “asaltaron el Poder Supremo, sirviéndose de las armas que se les había confiado para la defensa de la república contra el enemigo extranjero”.

5. El robo
“Si algunos pudieran atribuir a mi marcha reservada un fin mezquino —escribió a Buendía— bastaríales ver que dejo allí a mi familia, entregada solo al amparo de la Providencia para persuadirse de que únicamente un fin grandioso ha podido moverme a realizar este viaje”. El notable historiador Jorge Basadre anota el heroísmo de sus dos hijos mayores que murieron en combate uno en Tacna y el otro en Huamachuco. Sobresaliendo Leoncio que peleó hasta las últimas fuerzas y fue fusilado por los chilenos cuando se recuperaba de sus heridas. “Mariano Ignacio Prado no robó ningún dinero. Por el contrario, los fondos de la colecta llegaron a Europa a través de otras manos y sirvieron para el propósito original. Es decir, se compró un buque, que llegó al Perú después de la guerra y sirvió para reconstruir a nuestra marina post conflicto. No llegó durante la guerra porque los tenedores de bonos de la impaga deuda externa interpusieron un embargo y el barco estuvo retenido”, escribió el historiador Antonio Zapata en una nota publicada en el diario “La República”.

6. Hombres del retorno
Terminado el conflicto y con Piérola fuera del poder, Prado regresa al Perú. Nadie lo consideró entonces un traidor ni se le enjuició por delito alguno. El presidente Andrés Avelino Cáceres envió a su edecán a recibirlo. Todos sus derechos y distinciones le habían sido repuestos. Y el pueblo supo reconocer las reformas y avances logrados durante sus gobiernos. Prado moriría años más tarde y el arribo de sus restos al Callao fue consignado en los medios de la época, con el homenaje que merecen quienes lucharon por su patria.

Fuente: Diario El Comercio. 02 de mayo del 2010.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Mirada histórica sobre Richard Nixon.

La caída de Nixon

Antonio Zapata (Historiador)

Richard Nixon fue un presidente estadounidense que tomó decisiones trascendentales. Durante su mandato terminó la Guerra de Vietnam, la primera derrota de EE.UU. en una guerra internacional. Asimismo, se produjo la espectacular reconciliación con la China comunista del presidente Mao. Con ello, Nixon logró introducir una cuña entre los dos gigantes comunistas, China y la URSS, que a la larga derrumbó al bloque soviético. Pero, nunca tuvo escrúpulos y toda su carrera estuvo llena de escándalos de corrupción, que al final precipitaron su caída.

Durante la campaña de 1972, Nixon era presidente y compitió por la reelección. En ese momento, realizó todo tipo de trampas para perjudicar a su rival. Entre otras, instaló un sistema ilegal de escuchas en la sede de campaña del Partido Demócrata. Sin embargo, cuando el grupo que realizó la operación salía del edificio fue detenido por la policía y se produjo un pequeño escándalo. Al comienzo pareció un inconveniente menor a ser resuelto sacrificando un chivo expiatorio.

Pero, el caso se fue complicando y en el camino fueron apareciendo nuevas evidencias de conducta impropia de parte del presidente y su entorno inmediato. Durante 1973 llegó a las primeras planas gracias a los artículos de Bob Woodward y Paul Bernstein en el Washington Post, que sintetizaban la información proporcionada por un alto funcionario gubernamental conocido como “Garganta Profunda”. Exactamente cuarenta años atrás, la crisis política se agravó al acusarse de corrupción al vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, quien renunció a su cargo. En su reemplazo fue nombrado Gerald Ford, que finalmente sustituyó a Nixon.

La opinión pública estadounidense estaba indignada con el cinismo del presidente, que aseguraba haber procedido con toda honradez. Sin embargo, a Nixon le fueron probando una serie de latrocinios, que empezaban por no pagar impuestos y se extendían a innumerables sobornos recibidos durante la campaña. A lo largo de 1973, Nixon fue siendo arrinconado.

El debate se centró en la entrega de las cintas de grabación que había hecho instalar en la Casa Blanca. Sus antecesores habían instalado aparatos de registro de conversaciones presidenciales, pero que se manejaban a voluntad. Sin embargo, Nixon pensó que era mejor grabar en forma permanente. Cuando esto se supo, el comité del Congreso que estaba investigando  el caso Watergate solicitó las copias. Ellas lo perdieron y en ese sentido su caso se asemeja a los vladivideos de Montesinos.

Nixon se negó, alegando que eran conversaciones privadas. Pero, el Congreso insistió y finalmente la Corte Suprema decidió que el presidente debía entregar las copias. Cuando las conversaciones se hicieron públicas se hizo evidente que Nixon no tenía salida.

En efecto, las cintas mostraban que Nixon reconocía haber montado la operación de Watergate y organizado todo tipo de acciones de encubrimiento. Además, había usado al FBI y a la CIA para proteger sus ilegales actividades. A continuación, el Congreso preparó la acusación para destituirlo por incapacidad moral y, antes que se consume, presentó su renuncia en agosto de 1974.

Su caída fue espectacular. Su sucesor Gerald Ford lo perdonó y evitó ser procesado judicialmente. Pero, incluso le fue retirado el derecho de trabajar como abogado y pasó por dificultades económicas. Tenía deudas y carecía de recursos. Se pasó el resto de su vida dando charlas y participando como lobbista de diversas causas oscuras, incluso acabó pidiendo dinero para la Nueva Rusia, una vez que cayó el comunismo.

Aunque, al  final fue reivindicado y en ocasión de su muerte en 1994 algunos periodistas lo reconocieron como un grande de la política mundial. Sin embargo, la crítica lo acompañó hasta su muerte y en la prensa de los días de su entierro se puede leer a políticos conservadores estadounidenses, como Barry Goldwater por ejemplo, quien sostuvo que Nixon era la persona más deshonesta que había conocido.

Fuente: Diario La República. 09 de octubre del 2013.

martes, 8 de octubre de 2013

Historia de la insurrección aprista del 3 de octubre de 1948. Contraorden, desastre, desbande y rendición.

La insurrección aprista del 3 de octubre de 1948

Nelson Manrique (Historiador)
El pasado 3 de octubre se conmemoró el 45º aniversario de la insurrección aprista de 1948. Esta es importante no solo para la historia del Apra sino para la historia política general del Perú de la segunda parte del siglo XX. Su derrota creó las condiciones para el golpe militar de Odría, así como para el viraje del Apra y su alianza con la oligarquía y el imperialismo a los cuales antes había combatido.
Entre las décadas del 30 y el 40 del pasado siglo el Apra sufrió una larga clandestinidad y en múltiples ocasiones Haya de la Torre alentó la realización de insurrecciones populares y de golpes militares para llegar al poder. En 1945 se logró una breve primavera democrática y el Apra –bajo el rótulo el “Partido el Pueblo”– llevó a la presidencia a José Luis Bustamante y Rivero con sus votos, obteniendo una crecida representación parlamentaria. Pero para fines del año 1947 la alianza se había roto y Haya conspiraba para derrocar a su ex aliado.
Un elemento que contribuyó al fracaso del movimiento revolucionario en ciernes fue que Haya, al mismo tiempo que alentaba la organización de una insurrección popular con los apristas de base, conspiraba con generales amigos del partido (entre los cuales destacaba el general José del Carmen Marín, que años después fundaría el Centro de Altos Estudios Militares), incitándoles a dar un golpe militar, con la expectativa de que ellos convocarían después a elecciones que debieran ser ganadas por el Apra. Pero Haya no desmovilizó a los milicianos comprometidos en la insurrección porque eran útiles como arma de negociación frente al gobierno y también como un medio para convencer a los generales amigos de que un golpe militar podría contar con el respaldo armado de combatientes apristas. Así, la conspiración militar y la insurrección popular se neutralizaron mutuamente; a lo largo de 1948 se postergó una y otra vez la revolución anunciada, en espera del golpe militar de los generales amigos del Apra.
Es imposible mantener movilizada indefinidamente a una fuerza miliciana que prepara una insurrección y las sucesivas postergaciones convencieron a los miembros del Comando de Defensa aprista de que los dirigentes del partido no iban a hacer la revolución. Decidieron entonces lanzarse a la acción por su cuenta, confiando en que ante los hechos consumados los dirigentes terminarían plegándose al alzamiento revolucionario.
En la madrugada del 3 de octubre de 1948 se inició la insurrección. La armada se alzó en el Callao guiada por mandos apristas y por oficiales nacionalistas, tomaron las bases militares y lograron hacerse a la mar con los barcos de la armada, con la idea de atacar la base militar de Chorrillos. El movimiento contó con el apoyo de algunas fuerzas milicianas apristas, pero la dirección del Apra, tomada por sorpresa por la insurrección, la desautorizó.
Voceros de la dirección fueron a las bases dando la contraorden y disponiendo que los milicianos revolucionarios regresaran a sus hogares. Cundió entonces el desconcierto.
Quienes se habían lanzado a la acción quedaron solos. Sobrevino el desastre, el desbande y la rendición.
Según afirma Luis Alberto Sánchez, los dirigentes del Apra trataron de que los generales con los cuales conspiraban dieran el golpe, pero estos se negaron. Abandonada la Marina a su suerte, el movimiento fracasó. Decenas de civiles murieron intentando asaltar instalaciones militares que ya estaban advertidas y nueve marineros fueron fusilados.
El Apra fue declarado fuera de ley. Varios miembros en la dirección, entre los cuales se contaban dirigentes máximos como Luis Alberto Sánchez, Manuel Seoane Corrales, Andrés Townsend Escurra, César Pardo, Fernando León de Vivero y Pedro Muñiz optaron por asilarse por su propia cuenta y otros, como Ramiro Prialé y Armando Villanueva del Campo, pasaron a la clandestinidad, para ser detenidos y deportados más tarde. Las bases quedaron abandonadas a su suerte. Haya de la Torre pasó a la clandestinidad y, a diferencia de ocasiones anteriores, a inicios de enero de 1949 se refugió en la embajada de Colombia pidiendo asilo. Permanecería allí cautivo durante 5 años. “Sentí que todo mi mundo se desplomaba. ¿Sería posible? –escribió Luis Alberto Sánchez–… Entristecido, pensando que nos había llegado el minuto de la liquidación, me dirigí a Guatemala para iniciar una nueva vida”.
Toda mi solidaridad con Magaly Solier, víctima de una repugnante campaña racista. Es hora de que el Ministerio de Cultura haga cumplir la ley.
Fuente: Diario La República. 08 de octubre del 2013.

lunes, 7 de octubre de 2013

Denis Diderot y la Ilustración radical. Ateo, materialista, predarwinista, antimonárquico, prerromántico y defensor de la mujer, el autor más radical del siglo XVIII francés.

Denis Diderot o la pasión

El filósofo francés, del que se cumplen trescientos años de su nacimiento, fue un precursor del darwinismo, un radical antimonárquico, un defensor empecinado de la mujer y un debelador de la represora moral europea.


María José Villaverde. Catedrática de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.
Sapere aude:atrévete a pensar por ti mismo, a cribar las creencias religiosas establecidas, las ideas políticas convencionales, las concepciones científicas tradicionales, las costumbres, la moral… Bajo ese lema ilustrado y en el salón de la rue Royale del barón D’Holbach, se reunieron dos veces por semana durante un cuarto de siglo los librepensadores e intelectuales más avanzados de su época. En torno a una mesa de platos refinados y de vinos exquisitos destacaba el verbo apasionado del más audaz de todos ellos, Diderot.
Denis Diderot, que se convertirá en la punta de lanza de la Ilustración radical, había nacido el 5 de octubre de 1713 en Langres (Francia). Cuando, con 15 años, aterriza en París para ingresar en uno de los grandes colegios jesuitas, el Louis-le-Grand, vivero de personajes célebres como Molière o Voltaire, es un devoto muchacho de provincias que se prepara para ser sacerdote pero que será, más tarde, arrastrado hacia la vida bohemia. Como tantos otros plebeyos desde Rousseau a Raynal (su padre era un próspero forjador de cuchillos), conquistará París y acabará siendo el alma del salón de D’Holbach.
El conocido retrato de Van Loo, de 1767, nos muestra a un hombre maduro de 54 años, de vivos y sagaces ojos negros, signo de inteligencia, y de nariz abundante y labios carnosos que desvelan su desbordante sensualidad. “Hay un trocito de testículo en el fondo de nuestros sentimientos más sublimes y de la ternura más refinada”, escribe a su amante. Un hombre que rechaza la peluca y se niega a empolvarse la cara, símbolo inequívoco de inconformismo. Y que empuña una pluma, ante los papeles esparcidos por su mesa, lo que revela su dedicación al mundo del conocimiento.
Diderot ama y se entrega a la vida: “Perdono todo lo que está inspirado por la pasión” porque solo el placer nos saca de la nada, afirma. En el ámbito privado, a pesar de respetar su compromiso con su tradicional y resentida mujer, Toinette, una vendedora de lencería, no renuncia a la felicidad y mantiene con Sophie Volland, amante y cómplice intelectual, una relación que dura desde 1755 hasta su muerte, en 1784. En el terreno teórico, dedica a la Enciclopedia francesa, compendio de todo el saber de la época, los mejores años de su vida. Para dar viabilidad al proyecto, él, que todavía es un don nadie, se acoraza tras D’Alembert, el brillante matemático y miembro de la Academia de las Ciencias, hijo no reconocido de una de las salonnières más célebres, madame de Tencin. Pero esa estrella rutilante de la Francia científica le dejará tirado en 1759, cuando la Iglesia católica pone la obra en el Índice y se retira la licencia a los impresores. A pesar de todo, la Enciclopedia sigue publicándose de manera semiclandestina. Finalmente, tras 26 años de dedicación —de 1745 a 1772—, la gran obra ve la luz con un éxito inaudito, pues se venden 4.000 ejemplares, a un precio equivalente al sueldo anual de un maestro artesano. Comprende 17 volúmenes de texto con 71.818 artículos y 11 volúmenes de ilustraciones, que se imprimieron unas 25.000 veces antes de finalizar el siglo.
El discurso de Diderot impulsó la libertad de las repúblicas americanas y la revolución francesa
La Enciclopedia, una obra colectiva con decenas de colaboradores, es un canto a la tolerancia y una denuncia de la superstición y del fanatismo religioso (que Diderot prosigue con La religiosa), así como una dubitativa condena del colonialismo. Pero los temas conflictivos son tratados con cautela. Diderot, tras su paso por la cárcel de Vincennes en 1749, a raíz de la publicación de la Carta sobre los ciegos, es consciente de la amenaza que pende sobre su cabeza. SusPensamientos sobre la interpretación de la naturaleza vienen a reforzar su peligrosa reputación de spinozista, materialista, ateo y crítico de la moral tradicional.
La Enciclopedia le deja exhausto. Ahora es famoso pero sigue sin tener resuelta la vida. No tiene derechos de autor y se ve obligado a poner a la venta su biblioteca para asegurar una dote digna a su hija. Catalina II de Rusia la compra, aceptando generosamente que los libros solo se trasladen a San Petersburgo cuando muera el filósofo. Le paga además una cantidad fija por el mantenimiento de la biblioteca. Por primera vez Diderot se encuentra en la nómina de un grande, algo que había criticado a su amigo Grimm: “Tu alma ha ido reduciéndose en las antesalas de los poderosos”. Incómodo, emprende en 1773 el viaje continuamente postergado a Rusia, del que regresa sumido en el más profundo desencanto. El desencuentro con Catalina es total; ella lo expresa gráficamente: “Usted trabaja con el papel, que es flexible y obediente y se presta a todo; yo trabajo con la realidad”. En 1774, Diderot se ha convertido en un republicano convencido; ya ni siquiera confía en los monarcas ilustrados. Los hilos que aún le ataban a las convenciones se han desgarrado. En 1772, en el Suplemento al viaje deBougainville, se escuda tras un tahitiano para poner en solfa el carácter represor de la moral europea, plagada de represiones. ¿Matrimonio indisoluble? ¡Qué disparate! ¿Incesto? ¿Por qué no, si ambos adultos consientan la relación? ¿Hijos nacidos fuera del matrimonio? Un don. ¿Homosexualidad? ¿A quién perjudica?
A medida que envejece, Diderot se vuelve más radical. La denuncia del colonialismo y la esclavitud que aparece en el Suplemento al viaje de Bougainville culmina en la Historia de las dos Indias, el libro más vendido del siglo XVIII y cuya autoría asume el abate Raynal. Diderot quiere, al final de su vida, dejar un legado político, aunque sea de forma anónima. Quiere lanzar un mensaje revolucionario a los pueblos de América, Asia y África para que tomen las armas contra sus opresores. A los africanos les anima a lanzar sus flechas envenenadas contra los colonizadores, para que “no sobreviva ni uno solo”. A los indígenas les exhorta a que expulsen y exterminen a quienes les roban sus tierras, y a los criollos sudamericanos a que se subleven contra los españoles, a los que tacha de “raza de exterminadores”. El sentimiento antiespañol no solo cala en Diderot (“si la península Ibérica merece ser estudiada, es por ¡sus crímenes!”, afirma), sino que marca a toda una generación de ilustrados que desdeña, por ejemplo, las aportaciones de los intelectuales españoles a la teoría de los derechos humanos.
La ‘Enciclopedia’, una obra colectiva, defiende la tolerancia y denuncia el fanatismo religioso
Los ilustrados españoles se quejan del trato otorgado a España. Félix de Azara, un precursor de la teoría de la evolución citado por Darwin y que polemiza con Buffon, se lamenta de que no se reconozca la mezcla de razas, la política de integración y las leyes promulgadas por la corona española a favor de los indígenas. Y recuerda que en la España del siglo XVIII reina un monarca ilustrado, Carlos III, que impulsa en América una política igualmente ilustrada. Pero, a ojos de Diderot, España sigue asociada a la leyenda negra y continúa encarnando el antimodelo colonial, basado en el exterminio de los indios. El philosophe se desentiende de los datos aportados por Ignacio de Heredia, el secretario de la Embajada española en París, y aplica un doble rasero a los colonizadores: respeto por franceses, ingleses y americanos (que casi exterminaron a los indios en la colonización hacia el oeste, como reconoce el propio secretario de defensa norteamericano Henry Knox, en 1794) y hostilidad hacia los españoles. En la Historia de las dosIndias, el sur es descrito como una zona tórrida cuyo clima invita al atraso, la vagancia y el despotismo. ¿Estaba la teoría del clima de Montesquieu sentando las bases del racismo que inicia en esa época el abate de Pauw?
Sin duda, Diderot ateo, materialista, predarwinista, antimonárquico, prerromántico y defensor de la mujer, es el autor más radical del siglo XVIII francés. Contribuyó a erradicar la trata de negros y dotó de munición ideológica a los promotores de las revoluciones americanas y de la Revolución Francesa. Pero su radicalidad y su modernidad no le inmunizaron contra todos los prejuicios de su tiempo.
Fuente: Diario El País. 06 de octubre del 2013.

Vo Nguyen Giap, comandante de las fuerzas del Vietnam comunista entre 1946 y 1976.

Presidente Ho Chi Minh y el General Vo Nguyen Giap

Muere el general Giap, el estratega de la derrota de Francia y EE UU en Vietnam

El militar, fallecido a los 102 años, planificó la caída de Dien Bien Phu y encabezó la ofensiva del Tet.


El 30 de abril de 1975, tras la caída de Saigón, Estados Unidos vivió una de las mayores crisis de identidad de su historia al preguntarse ¿quién perdió Vietnam?. Hay muchos candidatos para ese puesto, pero la pregunta opuesta, ¿quién ganó? no puede responderse sin hablar de Vo Nguyen Giap, comandante de las fuerzas del Vietnam comunista entre 1946 y 1976, es decir, durante toda la duración de las dos grandes guerras que asolaron el país asiático. Giap, el último de los dirigentes históricos del Partido Comunista de Vietnam, ha muerto este viernes a los 102 años en un hospital militar de Hanoi.
Giap nació en 1911 en la entonces Indochina francesa, hijo de una familia de campesinos acomodados. Tras estudiar derecho, ciencias políticas y economía en la Universidad de Hanoi, fue periodista y profesor. Parte del movimiento anticolonial desde los 14 años, a finales de los años 30 se adhirió al Partido Comunista, encabezado por Ho Chi Minh. En 1938, antes de la invasión japonesa de Vietnam, huyó a China, donde organizó un ejército guerrillero contra la ocupación de su país, primero por los ejércitos nipones y luego contra los franceses. 
Giap era autodidacta en asuntos bélicos, pero eso no le impidió convertirse en uno de los mayores estrategas del siglo XX
La falta de formación militar de Giap, autodidacta en asuntos bélicos, no le impidió convertirse en uno de los mayores estrategas del siglo XX, capaz de derrotar tanto a las fuerzas de Francia como a las de Estados Unidos con un ejército que, pese a la ayuda china y soviética, era nominalmente muy inferior en entrenamiento y equipamiento al de sus enemigos. "Tuvimos que usar lo pequeño contra lo grande, armas anticuadas contra armas modernas", diría Giap más tarde. "Al final, es el factor humano el que determina la victoria".
El gran triunfo de la estrategia de Giap fue la batalla de Dien Bien Phu, en 1954, en la que consiguió cercar a 14.000 soldados franceses en un valle al norte del país. El Ejército galo no esperaba que los guerrilleros vietnamitas fuesen capaces de cavar trincheras y posicionar cañones sobre las montañas que rodeaban el valle. Los 55 días de asedio, asalto y posterior rendición de Dien Bien Phu asestaron un golpe mortal a las aspiraciones coloniales francesas —no solo en Indochina— y serían uno de los acontecimientos que desencadenarían el fin de la Cuarta República.
Francia se retiró de Indochina tras acordar la división "provisional" del país por el paralelo 17 entre el norte comunista y el sur encabezado por un Gobierno cercano a las potencias occidentales. Estados Unidos, impulsado por el espíritu anticomunista de la época, suplió el papel de la expotencia colonial en apoyo al régimen del sur. Pero los acuerdos de Ginebra duraron menos de cuatro años. Al negarse el sur a convocar elecciones, ambos países entraron en guerra, Hanoi con el apoyo de China y de la Unión Soviética, Saigon con el respaldo de Estados Unidos. 
Durante los 15 años siguientes, más de tres millones de vietnamitas perderían la vida, así como más de 58.000 estadounidenses. "No eramos lo suficientemente fuertes para expulsar a medio millón de soldados, pero ese no era el objetivo", diría Giap en 1990. "Nuestra intención era romper la voluntad del Gobierno estadounidense de continuar con la guerra".
Su caída en desgracia política no le hizo dejar de ser una de las figuras más queridas y admiradas de Vietnam
Eso se logró en 1968 con la ofensiva del Tet, un ataque masivo por parte de tropas norvietnamitas y de la guerrilla comunista del Vietcong en las principales ciudades de Vietnam del Sur. El papel de Giap en la operación es dudoso: mientras que las fuentes oficiales le hacen responsable de la victoria, otras dicen que estaba en contra. A pesar de que los más de 44.000 muertos —diez veces más que los de EE UU— la convierten en una derrota táctica, la profundidad y amplitud de la ofensiva del Tet minó espectacularmente la moral de las tropas survietnamitas y puso definitivamente a la opinión pública estadounidense en contra de la guerra. Saigón tardaría siete años más en caer, pero la victoria empezó esa mañana de enero.
La muerte de Ho Chi Minh, en 1969, y su conflicto con su sucesor, Le Duan, le retiró lenta pero decisivamente de la primera línea de la política. En 1979 dejó de ser ministro de Defensa y, tres años más tarde, abandonó el Politburó.
Pero su caída en desgracia política no le hizo dejar de ser una de las figuras más queridas y admiradas de Vietnam, siempre presente en actos de conmemoración con su uniforme de general y recibiendo visitas de personalidades como Fidel Castro, Luiz Inácio Lula da Silva, y, en 1995, su antaño enemigo Robert McNamara, secretario de Defensa de EE UU durante la presidencia de John F. Kennedy.  En 2008, a los 97 años, se opuso públicamente a la explotación de una mina de bauxita en el centro del país por parte de una empresa china. Al publicarse la noticia de su muerte, las redes sociales del país asiático se llenaron de homenajes al "más grande de los generales", un "héroe nacional". El Gobierno aún no ha anunciado si celebrará un funeral de Estado.
Fuente: Diario El País. 04 de octubre del 2013.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Historia de la lucha campesina en el Perú. Las tomas de tierras en los años 60s.

Las tomas de tierras

Por: Antonio Zapata
Al comenzar los años sesenta, dos ciclos de tomas de tierras marcaron el pico de las luchas campesinas antes de la reforma agraria de Velasco. Esas luchas están cumpliendo cincuenta años y prácticamente están olvidadas. Ningún seminario académico o actividad social ha recordado la iniciativa de los campesinos del valle de la Convención y, posteriormente, la extensión de las luchas campesinas a medio Perú, empezando por el departamento del Cusco.
El valle de La Convención es la ceja de selva del Cusco, siempre cultivó hoja de coca y en el transcurso del siglo XX comenzó a ser plantado de café. Pero, era una región malsana, afectada constantemente por la malaria. Los serranos que bajaban a cultivarlo eran especialmente afectados. Por ello, tenía una reducida población y sobraba la tierra.
Luego, durante la II Guerra Mundial se descubrió el DDT que eliminó la malaria. Así, en los años 1950, las condiciones sanitarias cambiaron dramáticamente. Para conseguir mano de obra, los hacendados reactivaron un sistema laboral correspondiente a tiempos precapitalistas, ofreciendo parcelas dentro de sus propiedades, a cambio de trabajo en la porción de tierra que reservaban para sí. Los colonos provenían de la Sierra y se convirtieron en “arrendires” de los hacendados. Con el pasar del tiempo, subarrendaron parte de sus parcelas a otros campesinos más pobres, denominados “allegados”, que cumplían con las obligaciones originalmente contratadas por el “arrendire”. Así, en La Convención, el trabajo estaba organizado en una cadena de servidumbres.

Por su parte, el café era un producto que se vendía bastante bien y tenía salida al mercado internacional. Por ello, la economía agrícola local creció y los arrendires, que habían llegado muy pobres, se convirtieron en una clase media rural, protagonista de la mayor oleada de tomas de tierras de la historia peruana. Por lo pronto, organizaron sindicatos campesinos y se afiliaron a la Federación de Trabajadores del Cusco, FDTC, que tenía dirección comunista.
El principal líder de la rebelión fue Hugo Blanco, quien era trotskista y decretó la primera reforma agraria peruana, la única dirigida por los campesinos mismos. El auge de su lucha ocurrió durante las elecciones presidenciales de 1962, cuyo resultado no fue del agrado de los militares y sobrevino el golpe que llevó al general Pérez Godoy a la presidencia. En ese momento, los campesinos fueron reprimidos; Blanco fue apresado y llevado a juicio, el fiscal pediría la pena de muerte.
Pero, los militares no devolvieron la tierra a los hacendados. Por el contrario, legalizaron las invasiones en esa localidad. Así, los campesinos ganaron la propidad de la tierra, que les ha permitido construir uno de los valles más prósperos del país.
Los militares solo gobernaron un año y convocaron a elecciones que fueron ganadas por Fernando Belaunde en 1963, hace exactamente cincuenta años. Durante su campaña, FBT difundió un discurso favorable a la reforma agraria, tomando ideas de su socio, la Democracia Cristiana. Por ello, cuando ganó las elecciones, el campesinado tomó al pie de la letra el mensaje. Ahí comenzó un nuevo ciclo de invasiones.
Uno de los principales dirigentes de esta segunda oleada fue otro dirigente trotskista, Vladimiro Valer, quien había retornado de Argentina para incorporarse al movimiento. Por su parte, los escritos de Hugo Neira popularizaron a Saturnino Huillca, un dirigente campesino que era cercano a la tradición comunista.
En efecto, el relevante liderazgo trotskista de Blanco era un fenómeno singular, porque la tradición local era comunista moscovita. Los rojos de la capital del incario se habían organizado antes de Mariátegui y siempre fueron puntales del PCP. Por ello, Huillca encarnaba tanto al campesino quechua serrano como a la tradición dominante en la izquierda local. Finalmente, junto con Neira y Valer, Huillca apoyó a Velasco; a diferencia de Blanco, que mantuvo su independencia y construyó su leyenda.
Fuente: Diario La República. 23 de septiembre del 2013.