domingo, 31 de mayo de 2009

Entre el progresismo y el neoconservadurismo. Los intelectuales conversos.

La derechización de los intelectuales españoles

Las ideas liberal-conservadoras son hoy hegemónicas en la esfera pública en nuestro país. En muchos casos son defendidas con ardor por gente que fue progresista en su juventud, y a veces, hasta marxista-leninista.

Ignacio Sánchez-Cuenca (Sociòlogo)

Aunque viene de atrás y el proceso ha sido gradual, en los últimos años se ha acelerado, y desde luego se ha hecho más visible, un muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras y derechistas. Los intelectuales -entendiendo por tales, en un sentido muy amplio, a aquellas personas con un protagonismo destacado en la esfera pública: profesores universitarios, periodistas, escritores, etcétera- se han derechizado, muchas veces a cuenta de la negación de la diferencia misma entre la izquierda y la derecha, que consideran superada, mistificadora o simplemente sectaria.

Siempre ha habido muchos intelectuales de derechas y, como es lógico, continúa habiéndolos. Ocurre así en todas partes. Lo que no resulta tan habitual es que en el lado opuesto del espectro ideológico haya habido una especie de desbandada generalizada. Muchos de quienes escribían antes desde posiciones a veces furiosamente radicales o revolucionarias, hoy defienden no valores liberales, como quizá cabría esperar, sino ideas que sólo cabe calificar de reaccionarias.

Este cambio se hace especialmente chocante en los casos más extremos, en aquellos que defendían la dictadura del proletariado, el marxismo más estricto, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, o incluso a la propia ETA. Muchos de ellos andan hoy en las antípodas de todo aquello. Sus preocupaciones ahora son muy distintas, como la defensa de la unidad de España, la guerra a los nacionalismos periféricos, el desprecio a la socialdemocracia, el combate frente a esas espectrales amenazas del relativismo y el multiculturalismo, el lamento por la pérdida del modelo antiguo de la educación, basado en la jerarquía y la disciplina, o la defensa, en nombre del realismo y la madurez, de cuantas intervenciones armadas tengan a bien emprender Estados Unidos e Israel.

Hay, por supuesto, casos mucho menos llamativos, pero seguramente más abundantes, de intelectuales que fueron de izquierdas, socialistas por ejemplo, que se identificaron en su momento con el proyecto de Felipe González, y que han pasado a abrazar una confusa mezcla de liberalismo y nacionalismo español que cristaliza en el desprecio a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Muchos de ellos han dedicado grandes esfuerzos a hacer escarnio de esa pobre figura imaginaria, casi mítica, del progre profundamente antiamericano, que apoyaba a Fidel Castro, que tenía sus ambigüedades ante el terrorismo, que veía casposa la idea misma de España, que rechazaba los métodos memorísticos en la escuela, que hacía apología de un pacifismo ingenuo, que pensaba que la policía era un cuerpo represivo... En fin, un discurso perteneciente en todo caso al género autobiográfico y hecho en realidad con el claro afán de justificar ante sí mismos y ante la sociedad cambios ideológicos pendulares, que van de un extremo a otro. ¿Cuántos artículos de opinión en esa línea no hemos leído en las páginas de este periódico en los últimos, digamos, 15 años?

Quizá sea la cuestión eterna sobre el ser de España la que mejor ha permitido visualizar el cambio al que me refiero. Si en otros tiempos los intelectuales de izquierda creyeron tener una suerte de afinidad natural con los movimientos nacionalistas vascos y catalanes que reclamaban un Estado propio, hoy han abjurado completamente de aquellas ideas y las han sustituido por otras no menos dogmáticas y esquemáticas que las anteriores, según las cuales estos nacionalismos son un vestigio de la "tribu", una doctrina irracionalista de principio a fin que no cabe en nuestro orden liberal. El término "tribu" es hoy un comodín tan gastado como en su día lo fue el "sistema" o los "poderes fácticos".

Como una derivación natural de la cuestión nacionalista, la lucha contra el terrorismo de ETA ha tenido efectos similares. En estos últimos años han surgido, como si fueran setas, intelectuales que se mostraban muy indignados con los etarras, justo cuando ETA menos mataba. Estos antietarras sobrevenidos, que no se ocuparon de este drama en los tiempos realmente duros, y que escriben bien alejados del País Vasco, se han aprovechado descaradamente del prestigio moral que otorga la resistencia frente a ETA para hacer su peculiar ajuste de cuentas con las ideas que defendieron antaño.

Como todo fenómeno complejo, la derechización creciente de los intelectuales que fueron de izquierdas tiene múltiples causas. En primer lugar, cabe destacar el espíritu de los tiempos. El auge del neoconservadurismo por un lado, así como el colapso del marxismo que, por muy distintas que fueran las formas que adoptara, servía al fin y al cabo de lengua común de la izquierda, sumado todo ello a la confusión sobre el papel que puede desempeñar la socialdemocracia en el capitalismo actual, ha creado un clima propicio para el abandono de las antiguas convicciones ideológicas. No son pocos los que se han dejado arrastrar cómodamente por esta corriente. Aunque se suponga generosamente que los intelectuales somos gente que piensa por sí misma y revisa críticamente sus ideas, en realidad nos dejamos influir por las modas y las tendencias tanto o más que el común de los mortales.

El espíritu de los tiempos tiene además una especificidad propia en España. La historia política de nuestro país ha sido extremadamente convulsa. Sólo así se explica que muchos intelectuales abrazaran el izquierdismo para oponerse a Franco. Desaparecido éste, fueron evolucionando en la democracia hacia posiciones liberales que son las que habrían tenido de forma casi natural, por su origen social y formación, si España no hubiera pasado por una dictadura tan prolongada. A esto hay que sumar el estigma que ha arrastrado en nuestro país la derecha democrática debido a sus conexiones con el régimen anterior. Algunos intelectuales se atrevieron a hacer explícitas sus nuevas posiciones sólo cuando, tras la llegada del PP al poder en 1996, ese estigma comenzó a diluirse.

Hay también una cuestión generacional que no cabe soslayar. Los intelectuales que han tenido una fuerte presencia en la esfera pública desde los tiempos de la transición, cuando eran todavía muy jóvenes, tuvieron sus años de gloria bajo los primeros Gobiernos de Felipe González. Lo llamativo es que no se resignen a perder el oligopolio de las letras 30 años después. En un país normal, con un sistema político consolidado que lleve largo tiempo funcionando, la renovación de personas e ideas se produce con total naturalidad. Aquí no. Es anómalo que las personas que nacieron, aproximadamente, entre 1935 y 1950, comenzaran tan pronto y acaben tan tarde.

Su incomprensión y su desconcierto ante la generación socialdemócrata en el poder salen a relucir casi a diario. Que se trata de una cuestión generacional queda meridianamente claro por el tono de riña y suficiencia que se emplea para realizar lo que debería ser la crítica razonable al Gobierno y a su presidente. Esa falta de entendimiento generacional explica también, según me parece, la deriva liberal-derechista de tantos intelectuales que, sin embargo, se identificaron, con mayor o menor entusiasmo, con los Gobiernos socialdemócratas de Felipe González.

Este abandono de la izquierda ha provocado una creciente hegemonía de las ideas liberales-conservadoras, que son hoy las dominantes en periódicos, revistas de debate y ensayo, libros y otros elementos que componen la esfera pública. Los centros de agitación intelectual están hoy en la derecha. En la izquierda no extrema no hay nada parecido a un debate desde hace mucho tiempo, como atestigua la facilidad con la que se propalan en España tópicos exagerados y sin fundamento sobre el catastrófico estado de la educación, el desastre del sistema autonómico, o la cuestión de los derechos lingüísticos.

Lo más curioso del caso es que quienes han abandonado los principios progresistas exigen a los demás que recorran el mismo trayecto, de forma que si alguien se resiste se le tacha de inmediato de sectario, dogmático o vendido. El ardid es muy burdo como para pasar desapercibido y, en el fondo, resulta revelador de la incomodidad que muchos sienten cuando se les recuerda su "evolución", por llamarlo de alguna manera.

¡Qué extraños son estos nuevos liberales que se siguen creyendo progresistas!

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

Fuente: Diario El País. Domingo 24 de mayo del 2009.

sábado, 30 de mayo de 2009

Juan Bosch en la historia latinoamericana.

Foto: Archivo Life

Bosch, intelectual y político

Sinesio López Jiménez (Sociòlogo)

Fue un hombre de muchos registros. Político, literato, ensayista, historiador y educador, en todos esos roles brilló con luz propia. Autodidacta, de la misma estirpe de José Carlos Mariátegui y José Aricó, conoció profundamente los diversos temas en los que se involucró. Y en todos ellos se manejó con creatividad y con una gran autonomía conceptual. Perteneció a la ilustre estirpe de políticos latinoamericanos de los años 30 del siglo XX que fueron al mismo tiempo políticos e intelectuales. Esa combinación elevó la calidad de la política y le impregnó un sentido práctico y crítico al pensamiento. Su rica biografía acompañó en forma agónica la densa historia de su país. No se puede entender a Juan Bosch sin la convulsa historia de Santo Domingo ni se puede entender a este país sin la obra literaria, sociológica y política de Bosch (1909-2001).

Su múltiple producción intelectual va desde las obras de ficción (cuentos, novelas) hasta artículos de análisis de coyuntura publicados en revistas y diarios, pasando por estudios sociológicos e históricos, biografías magistrales, ensayos de teoría política, testimonios y crónicas. En una primera etapa (1929-1938) la literatura predominó sobre la política. Salen a la luz entonces dos libros de cuentos y una novela (La mañosa). La segunda etapa (1939-1962) fue marcada por el exilio y la política fue ganando terreno sin afectar demasiado a las letras. En este lapso Bosch publica varios libros de cuentos, ensayos políticos y una que otra biografía. La tercera etapa ha sido definida por García Cuevas, uno de los estudiosos más agudos de su obra, como un tiempo de “desilusión y de búsqueda” y de tránsito del liberalismo reformista al marxismo. La acción política desplaza al discurso.

En diciembre de 1962 es elegido presidente de la república. El 25 de setiembre de 1963 es derrocado por un sector de las FFAA en alianza con la oligarquía y con el apoyo del gobierno de EEUU. En abril de 1965 un grupo de oficiales busca reinstalar a Bosch en el poder. Más de 40 mil soldados norteamericanos invaden el suelo dominicano para “impedir otra Cuba”. En la última etapa (1967-2001) la política se impone abrumadoramente sobre la literatura. Aparecen entonces, además de múltiples artículos, sus obras más orgánicas en el campo de la política, la historia y la sociología. Bosch publica El pentagonismo, sustituto del imperialismo (1967), Tesis de la dictadura con respaldo popular (1969), De Cristóbal Colón a Fidel Castro (1969), Breve historia de la oligarquía (1970) y Composición social dominicana (1970). Todas ellas obras fundamentales para entender la sociedad y la política de su país.

Su actividad política, iniciada desde temprana edad (tenía 20 años), fue también muy fecunda. Ella estuvo marcada por la invasión militar norteamericana en 1916 que suscitó en él un fuerte sentimiento nacionalista y patriótico. En enero de 1934 Bosch fue apresado, encarcelado y acusado de terrorismo por la policía trujillista. Una vez liberado por presiones políticas, Bosch emprendió el camino del exilio en Cuba, en donde acentuó su actividad política de lucha abierta contra la dictadura de Trujillo.

En 1939 participó en la fundación del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) que ha tenido una importante gravitación en la vida política dominicana. Costa Rica, Chile y Puerto Rico, en diferentes momentos, acogieron al exiliado que no cesó en la lucha política y publicista antitrujillista, después de un primer intenso insurreccional frustrado, organizado desde Cuba. Luego del asesinato del dictador, Bosch retorna a Santo Domingo en octubre de 1961. Como candidato del PRD, es elegido Presidente de la República Dominicana en diciembre de 1962.

La larga lucha contra la dictadura de Trujillo hizo de Bosch un político con un proyecto liberal y democrático acompañado de algunas reformas económicas y sociales. Bosch planteaba abrir el Estado dictatorial y patrimonial a las libertades y a la participación de todos los dominicanos y proponía la realización de reformas económicas y sociales que afectaban los intereses de la oligarquía. Las agudas confrontaciones que se produjeron después del golpe contra su gobierno, el intento frustrado de reinstalarlo en el poder y la invasión norteamericana llevaron a Bosch a la radicalización política, al abandono de los esquemas liberales y al acercamiento al marxismo heterodoxo. Los cambios ideológicos y políticos lo indujeron a renunciar al PRD y a fundar el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en 1973 que, en 1990, era ya la primera fuerza política del país. Pese a ello, el PLD sólo pudo acceder al poder en 1996 bajo el liderazgo de Leonel Fernández, un político joven que gozaba de todo el apoyo y la confianza de Juan Bosch. Su itinerario político contrasta con el de otros líderes latinoamericanos (Haya de la Torre, Figueres, Betancourt y otros) que experimentaron más bien una involución conservadora. Es justo, por eso, que Santo Domingo y América Latina celebren el centenario del nacimiento de un político y de un intelectual que presenta una trayectoria limpia, honesta y consecuente.

Fuente: Diario La Repùblica. Viernes 22 de mayo del 2009.

viernes, 29 de mayo de 2009

Mario Vargas Llosa, pensamiento liberal y defensa del orden establecido.

Vargas Llosa en Caracas

César Hildebrandt (Periodista)

Escuchar a Mario Vargas Llosa decir simplezas solemnes como las que acaba de decir en Caracas es como volver a los tiempos de la guerra fría.

Según Vargas Llosa el mundo se divide, pobremente, entre los que piensan como él (o sea los buenos) y los que piensan distinto (o sea los peligrosos).

Ahora bien, hay varios tipos de peligrosos. Están los peligrosos arqueológicos, que son los comunistas, y los peligrosos inofensivos, que son los socialdemócratas.

Sin embargo, para el pensamiento catatónico de don Mario hay un tercer tipo de peligrosos y estos son los peligrosos-peligrosos.

Los peligrosos-peligrosos son los que no han pasado por el comunismo ni han militado en la socialdemocracia y ni siquiera han querido participar de la política (candidateando a una presidencia, por ejemplo).

Pero esos peligrosos-peligrosos son los que piensan por su cuenta, los que el sistema no engríe sino hostiliza, los que las corporaciones no financian sino tratan de enlodar. Son, en suma, los intelectuales, esa categoría a la que perteneció, brillantemente, Mario Vargas Llosa.

Porque Mario fue el entusiasta castrista de los años 60, el autor de aquel discurso inolvidable leído al recibir el premio Rómulo Gallegos, el gran novelista que nos restregó la imagen del joven Javier Heraud muriendo en la selva.

Y no fue intelectual porque fuera de izquierda. Lo fue porque pensaba libremente y era soberano de su percepción.

Y como era un intelectual comprometido con la verdad y no con los dogmas, Vargas Llosa se fue distanciando de la revolución cubana a medida que la revolución cubana se fue haciendo hangar soviético y sucursal estalinista.

Fue más intelectual que nunca cuando, en 1968, se apartó para siempre de cualquier incondicionalidad censurando la salvaje invasión del llamado Pacto de Varsovia a tierras checoslovacas. Como se sabe, la URSS ejecutó ese zarpazo para impedir que Alexander Dubcek “suavizara” la dictadura checa y diera con ello el mal ejemplo que podía prender.

Quien escribe tenía 20 años cuando los tanques rusos entraron a Checoslovaquia. Todavía recuerdo la furia de los muchachos y muchachas que se enfrentaron, en las imágenes en blanco y negro de la época, a los blindados que tenían como misión aplastar “la primavera de Praga”. Recuerdo esa furia checa y eslovaca y recuerdo la mía, limpia como un relámpago: ¿Para esto se hacían las revoluciones? ¿Para aplastarlas con la soldadesca?

Mario siguió dando ejemplo de autonomía cuando, en 1971, rompió abiertamente con lo que quedaba de aquella original revolución barbuda liderada por Fidel.

Yo trabajaba en “Caretas” y recuerdo haberlo entrevistado por teléfono (de Lima a París) sobre el caso del poeta Heberto Padilla, obligado por Castro y sus secuaces a demolerse en público y a vomitar una confesión que parecía salida de los juicios de Moscú de los años 30.

Pero pasaron los años y Mario dejó de ser el hombre libre que vagaba por el mundo a su entender, el escritor que decía verdades de a puño, el intelectual distanciado del dinero y de los proveedores del poder.

Romper con el comunismo había sido una exigencia de la libertad. Transar con el establecimiento fue una interpretación de estirpe mexicana de la tarea del intelectual (aunque Octavio Paz, por ejemplo, se contaminó bastante menos con la telaraña del PRI).

Curiosamente, cuando Mario se amistó con el orden establecido por las corporaciones y perdió ese malestar que lo hacía escribir deicidamente para sustituir el mundo, fue, al mismo tiempo, cuando de su inmenso talento empezaron a salir los divertimentos editoriales y las performances que tanto alegraron a su nuevo y creciente público. Las risas producidas por “Pantaleón y las visitadoras” empezaron a cundir entre los que cortaban el jamón.

Su último gran libro genial (y brotado del desasosiego) fue “Conversación en la catedral”. A partir de allí, un Mario integrado al sistema global del poder decidió que pelear en contra de esa energía oscura no era sólo inútil sino también agotador y hasta suicida. Entre Chomsky y Camus, Vargas Llosa eligió a Gore Vidal y sus objeciones secundarias.

Escucharlo ahora, en plena crisis mundial, decir que el liberalismo sólo trae abundancia y justicia y que los países que han seguido esa receta son y serán los más prósperos (¿verdad Irlanda, no es cierto España, te acuerdas Islandia?) es como escuchar a un señor que tiene el físico de Vargas Llosa, el pasaporte de Vargas Llosa, el habla cantarina de Vargas Llosa pero que, de algún modo, usurpa al escritor, difama al combatiente libertario y anima y reconforta a sus enemigos.

Ir a Venezuela en estos días y redundar en las críticas que el caudillo procaz de esas tierras merece está muy bien, siempre y cuando no se vaya como plenipotenciario de aquellos valores que permitieron la criminal hegemonía invasiva de los Estados Unidos en América Latina. Censurar a Chávez y olvidar a Arbenz (y a Bosch y a Panamá y a Granada y al bloqueo cubano) no es lo que se espera de un hombre decente como Vargas Llosa.

Escuchar a Vargas Llosa como propagandista del capitalismo realmente existente produce, en suma, un agudo ataque de melancolía.

Fuente: Diario La Primera. Viernes 29 de mayo del 2009.

jueves, 28 de mayo de 2009

La construcción de la social democracia alemana.

El logro alemán

Ariel Segal (Internacionalista)

Hace pocos días Alemania conmemoró el 60 aniversario de la fundación de su actual sistema democrático, y los hechos son contundentes: una milagrosa transformación del estado militarista prusiano y luego, del Nazi, a una de las democracias más estables, de mayor prosperidad con una concepción liberal y social del Estado, aunque esto pueda lucir como una contradicción para algunos nostálgicos de los estados corporativos de derecha o izquierda.

Tres años después de la conquista y división de Alemania entre los aliados occidentales y los soviéticos, Francia, Inglaterra y Estados Unidos –a diferencia de Stalin (decir que fue el gobierno de Moscú sería una distorsión para lo que fue su régimen personalista y totalitario)– ofrecieron a los líderes de los diez estados federados de la parte occidental germana, a que junto a representantes de la ciudad-estado de Hamburgo y de Berlín occidental, se reuniesen para establecer las bases de un país independiente. Si bien la oferta fue tentadora, no fue fácil para los padres de la patria de Alemania Federal aceptar que, oficialmente, habían perdido su soberanía sobre la parte oriental, y es por eso que establecieron una legislación provisional, confiados en que algún día lograrían reintegrarse. Aquel documento “provisional” – llamado Ley Fundamental y promulgado en mayo de 1949– no solo ha demostrado que sigue vigente como un modelo de constitución para las democracias del mundo, sino que además, no ha sufrido mayores cambios en su esencia tras su reforma en 1994 por la reunificación alemana.

Los líderes de Alemania Occidental fueron visionarios, en especial el conservador Konrad Adenauer, quien dirigió la asamblea que elaboró la Ley Fundamental, que además de considerar que algún día su país podría recuperar y absorber a la población oriental viviendo bajo el yugo del totalitarismo comunista, tomaron precauciones para evitar que los fantasmas del pasado pudiesen emerger. Por eso, la constitución incluyó la llamada “cláusula de eternidad” que hasta hoy prohíbe la modificación de los artículos relacionados con el respeto a los derechos humanos y al sistema federal, democrático y social, para evitar que puedan ser legalizados partidos políticos con proyectos discriminatorios o totalitarios. Es emblemático que la primera frase del artículo 1 de la Ley Fundamental –no negociable a cambios, incluso si se modifica la constitución– es el que afirma que “la dignidad humana es inviolable”.

Además de estadistas como Adenauer, Alemania ha contado con grandes cancilleres como Willy Brandt, así como cancilleres de gran eficiencia y visión como Helmut Schmidt, Helmut Khol, Gerhard Schröder y en el presente, Angela Merkel.

Fuente: Diario La República. Jueves 28 de mayo del 2009.

lunes, 25 de mayo de 2009

Chile y el riesgoso recurso de excepciones preliminares en la controversia marítima con el Perú.

Imagen: La Repùblica
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¿Entre Escila y Caribdis?

Manuel Rodríguez Cuadros (Ex canciller del Perù)

El presidente Ricardo Lagos en una entrevista pública en radio Bío Bío, el año 2004, asumió que Chile presentaría un recurso de excepciones preliminares en torno a la controversia marítima con el Perú. Si nos atenemos a esa declaración y a muchas otras de los cancilleres chilenos, el gobierno de Chile debería presentar antes del 19 de junio este recurso solicitando a la Corte que no prosiga el juicio por una causal de incompetencia o de inadmisibilidad.

Pero esta convicción parece ya no ser una certeza. Más aún, deben existir corrientes muy encontradas entre quienes estén a favor de las excepciones preliminares y de quienes piensen que ello es riesgoso y que lo mejor para los intereses chilenos sería no presentar el recurso. Se trata de una decisión muy compleja.

El problema estriba en la presumible convicción de la Cancillería chilena y sus asesores internacionales de que la presentación del recurso no tendría efecto útil; pues la Corte, conforme a una jurisprudencia uniforme, rechazaría las excepciones de incompetencia e inadmisibilidad o, en su defecto, resolvería pronunciarse sobre las excepciones y el fondo de manera simultánea en su sentencia final.

Esta previsible realidad indica que el objetivo de cortar el juicio y ganarlo, sin que este se produzca, no se conseguiría de ninguna manera, pues la Corte en cualquier hipótesis resolvería continuar el proceso sin acoger las excepciones.

Esta proyectada realidad, aconsejaría a La Moneda a no presentar el recurso. Pero, dado que sus cancilleres han repetido que hay un problema de incompetencia por la supuesta existencia de tratados que ya habrían resuelto el litigio y que no existe la controversia jurídica, este hecho podría ser tomado en el Perú como una suerte de triunfo procesal y en Santago como una derrota inexplicable. Es un riesgo político. Sería difícil explicar a la opinión pública en Chile por qué no se presenta el recurso y por qué se reconoce la controversia jurídica siempre negada.

Evitar esta situación debe motivar a los sectores favorables a presentar las excepciones preliminares. Pero aquí el asunto se vuelve a complicar, pues presentado el recurso, por el antecedente inmediato de la sentencia en el caso entre Colombia y Nicaragua, la Corte podría resolver señalando que no está establecido el límite. En este caso se habría perdido el recurso procesal y lo sustantivo del fondo.

No serán fáciles para Santiago las próximas semanas. El gobierno de Chile debe estar muy convulsionado respecto de una decisión que parece recordar el mito griego de Escila y Caribdis.

Fondo. En la hipótesis de que el gobierno de Chile presente excepciones preliminares, la Corte tendrá que resolver sobre su competencia y la admisibilidad del caso antes de entrar a considerar los méritos, o, dado el caso, resolver las cuestiones preliminares junto con el fondo.

Fuente: Diario La Primera. Lunes 25 de mayo del 2009.

domingo, 24 de mayo de 2009

Cultura islámica, ataques suicidas e imaginario colectivo en Occidente.

Tigres suicidas

Farid Kahhat (Internacionalista)*

Setenta y dos mujeres vírgenes que esperan por uno en el paraíso parecen una buena razón para morir, sobre todo cuando quien se inmola en su búsqueda no tiene ni perro que le ladre en este valle de lágrimas: esa es al menos la leyenda urbana que circula en Occidente sobre los atacantes suicidas de religión musulmana. Se trata de una leyenda que se desvanece bajo el escrutinio del sentido común: si eso es así, ¿qué recompensa esperaban obtener las mujeres (hasta donde se sabe, heterosexuales) que también han recurrido a ese medio de acción?

Quienes, como Bernard Lewis, atribuyen al islam una afinidad natural con los atentados suicidas recurren siempre al mismo ejemplo: el de los hashashín (o consumidores de hashish, y etimología de la palabra “asesino”), secta que daba muerte en lugares públicos a cualquier líder musulmán que suscribiera un armisticio con los cruzados. Pero la necesidad de apelar a una herejía marginal del siglo XIII para encontrar un antecedente en el islam es precisamente la mejor prueba de que la práctica de los atentados suicidas no es consustancial a esa religión, sobre todo cuando el mundo occidental cuenta con sus propios ejemplos, mucho más cercanos en el tiempo y desprovistos de cualquier motivación religiosa. Entre estos ejemplos destacan algunos anarquistas europeos del siglo XIX (en su mayoría rusos, pero también franceses, como Ravachol), de impecables credenciales ateas y anticlericales.

En la primera edición de su libro “Muriendo para ganar: la lógica estratégica del terrorismo suicida”, Robert Pape enumera todos los casos ocurridos en el mundo entre 1980 y el 2001. El autor sostiene que en ese lapso pueden documentarse de manera inequívoca 188 casos. Luego intenta establecer patrones entre ellos y sus hallazgos son siempre contraintuitivos.

En primer lugar, ese tipo de atentados es, en su virtual totalidad, producto de campañas orquestadas por organizaciones político-militares y no son actos aislados de individuos desesperados: 179 de los 188 casos documentados caen dentro de esa categoría. El segundo hallazgo es que se trata de campañas libradas virtualmente siempre con el mismo objetivo: lograr que un ejército foráneo, al que se juzga como una fuerza de ocupación ilegítima, abandone el territorio que los autores intelectuales consideran su suelo patrio (es decir, un objetivo político y secular).

A su vez, tal constatación prefigura el hallazgo más importante de Pape, dado que cuestiona de manera frontal las certezas habituales en estos temas: no solo es falso que el terrorismo suicida tenga alguna afinidad particular con el islam, sino que, además, no está necesariamente vinculado a religión alguna. De los 188 atentados suicidas que Pape contabiliza, 75 fueron perpetrados por una sola organización: los Tigres del Tamil en Sri Lanka, es decir una organización marxista-leninista (y, por ende, atea), cuyos integrantes son de origen hindú (igual que Mahatma Gandhi). Esta organización, tras librar una guerra separatista durante un cuarto de siglo, acaba de deponer las armas y aceptar su derrota en Sri Lanka.

La previsión gubernamental según la cual, una vez acorraladas, las últimas huestes de los Tigres del Tamil cometerían suicidio en masa no se consumó, lo cual parece darle la razón a Pape: bajo esas circunstancias, el martirio colectivo habría tenido quizás un valor simbólico, pero no hubiera sido un medio eficaz para lograr sus objetivos .

(*) CATEDRÁTICO DE LA PUCP

Fuente: Diario El Comercio. Domingo 24 de mayo del 2009.

sábado, 23 de mayo de 2009

Pakistán, Afganistán y la nefasta estrategia norteamericana.

Pakistán y los problemas en el vecindario

Guillermo Giacosa (Periodista)

En las provincias pakistaníes del noroeste, hacia adonde avanza el ejército de ese país, ya hay más de dos millones de desplazados. Esta ofensiva es parte del diseño bélico que ha impuesto el Pentágono, y su cumplimiento, que busca vencer a los revitalizados talibanes, está provocando un inmenso drama humano. El más grave, según las agencias internacionales de ayuda, desde el genocidio perpetrado en Ruanda.

Se calcula que el número de desplazados aumenta en 100,000 por día. Comienzan también a llegar imágenes patéticas de niños heridos o muertos y del espanto que siembran desde el cielo, y sin ningún peligro para sus vidas, los pilotos estadounidenses. ¿Pensarán construir así, a bombazos, las futuras democracias del Medio Oriente? A pesar de que las experiencias iraquí y afgana no han resultado muy alentadoras, parecen querer insistir, en el conflictivo Pakistán, con la misma metodología. ¿No tendrán otra, o es esta la metodología aconsejada para mantener lozanas las cuentas del aparato industrial-militar?

¿Que muere gente, dice usted? Pues sí, en la guerra muere gente, pero no gente como la que murió en las Torres Gemelas. Esta es gente de un nivel menos humano y, por tanto, merece menos titulares en los diarios, menos imágenes en la televisión, menos parloteo lastimero y desvergonzado de los políticos y, por supuesto, menos o ninguna compasión.

Habrán olvidado los estrategas de estas guerras que Pakistán dispone de unas mortíferas bombas nucleares, y que su poder político, hoy considerado para con las exigencias de EE.UU., es de una fragilidad esperpéntica y podría cambiar de manos. No calculan estos estrategas de la muerte el riesgo que significa provocar a un pueblo que está más cerca de los que mueren que de los discursos de sus políticos de turno.

No hay, con Irak y Afganistán, suficiente experiencia sobre los resultados que se obtienen sembrando destrucción y muerte. ¿Por qué no aprenden? ¿Qué gen idiota les impide sacar conclusiones de las experiencias pasadas? Ninguno, me dirá usted, y me invitará a no ser tan inocente. Y tiene razón, esta no es, aunque parezca, una tara genética. Este es el producto de una sociedad cuya supervivencia depende, en gran medida, de la vitalidad de su industria de armamentos y de la necesidad de controlar los recursos energéticos que provienen de aquella parte del mundo.

La República Islámica de Pakistán es un poco más pequeña que el Perú, tiene 150 millones de habitantes y carece de petróleo. Su desgracia se origina en que su frontera con Afganistán y los vínculos de origen tribal que muchos paquistaníes mantienen con los afganos hacen que ese país ocupe una posición geopolíticamente sensible a los intereses de Estados Unidos en la región.

Obama apuntó desde un principio a Afganistán, por ser el país donde se habría pergeñado el 11-S, y Pakistán, vecino y hasta connacional en algunos aspectos de ese país, no podía quedar fuera de la estrategia destinada a eliminar a los talibanes.

Fuente: Diario Perú 21. Viernes 22 de mayo del 2009.