jueves, 8 de agosto de 2013

Testimonio del General Juan Velasco Alvarado sobre el gobierno revolucionario de las FF.AA.


Entrevista de César Hildebrandt al general Juan Velasco Alvarado (1977)

Por: César Hildebrandt


General, ahora tal vez tenga usted tiempo para hacer reflexiones que antes no pudo hacer, ¿ha reflexionado sobre el verdadero objetivo de su gobierno?
Sí, lo he hecho.
¿Cómo calificaría ahora ese objetivo?
Hacer del Perú un país independiente y cambiar las estructuras para que el Perú se desarrollara con independencia, con soberanía. No un país vendido, de rodillas. ¿Cómo era aquí? ¡Aquí mandaba el embajador americano! Cuando yo era presidente, el embajador tenía que pedir audiencia y yo lo manejaba a seis pasos. Yo los fregué. Yo boté a la misión militar americana.
Aquí había 50 ó 60 jefes americanos y el gobierno peruano tenía que pagarles sus sueldos, el pasaje hasta para el gatito que traía la familia. Y formaban parte de la información para la CIA.
Nosotros no lo necesitábamos, ya habíamos crecido bastante como para no tener que consultarle todo. Aquí nuestras escuelas de guerra son muy buenas. Nosotros les podemos dar vacantes, más bien.
Mucha gente considera que usted está lleno de rencor, ¿qué piensa de eso?
¿Rencor?, ¿contra quién? ¡Contra nadie! Yo no di ningún golpe. Yo llevé una revolución. Fue una revolución bien planteada. Porque nosotros entramos de frente a actuar, a operar con velocidad. Nosotros hemos hecho cuántas cosas a una velocidad espantosa. Yo sabia que en cualquier momento me botaban. Porque aquí en el Perú, fatalmente, la oligarquía nunca muere.
¿Usted qué cree?
Bueno, al menos durante mi gobierno a la oligarquía le hemos dado forma tal que la hecho desecho. Muchos han dicho que una de las cosas que hizo la revolución fue terminar con la oligarquía. Bueno, yo creo que no hemos terminado con la oligarquía. Han quedado restos. Y estos restos, están creciendo otra vez. Yo tengo mi conciencia tranquila, excepto por una cosa. Porque no terminé la obra de la revolución. No hicimos lo de la salud y lo de la vivienda. Y no lo hicimos porque me sacaron.
Y ¿por qué cree que lo sacaron? La ambición política, la ambición del poder... Algunos sectores le reprocharon siempre el que usted fuera amigo de los comunistas, el que fuera blando con ellos.
No sólo eso, me han dicho que oficialicé el comunismo. Y eso es una brutalidad. Eso lo dice mi amigo Frías. Eso lo he leído en "X". ¿Por dónde voy a salir comunista? Yo he sido militar toda mi vida. Había algunos medio rojos en el gobierno, que eran pasables. Ustedes me hubieran acusado de macartista si yo hubiera perseguido a los comunistas. Yo mas bien he dicho que los comunistas se infiltraron. Hubo infiltración. Y sin embargo, el guerrillero, este muchacho guerrillero, ¿cómo se llama? ¿Béjar? Béjar. Bueno, Béjar dice en su libro "La revolución en la trampa", que no hubo infiltración comunista. ¡Cómo que no hubo infiltración comunista! Hubo infiltración comunista en todas partes, viejo. Y en SINAMOS, donde trabajaba Béjar, hubo más infiltración que en ninguna otra parte.
¿Y usted combatió esa infiltración?
En cierta forma. Yo no les hice la guerra, no salí a cazar guerrilleros como hicieron una vez acá. Yo no los he perseguido. Yo no he perseguido tampoco al APRA. A ningún partido he perseguido yo, viejo. Un hombre es dueño de sus ideas y es libre de expresarlas como le dé la gana. A no ser que lo hagan cambiar a la fuerza. O que le hagan lavado cerebral.
Uno de los puntos de nuestra revolución era: Pluralidad política. De manera que la revolución peruana era para todos los peruanos, no era para unos cuantos. Yo decía que aquellos que no querían estar con la revolución, la revolución les iba a entrar por los poros alguna vez.
¿Con algún partido sintió alguna aproximación? Libros como "El poder invisible", lo han descrito a usted como un hombre resentido, lleno de amargura por su infancia tan pobre, tan dura. ¿Qué le suscita eso?
Hubiera sido como el alacrán. Me hubiera metido la ponzoña yo. Cuando yo hice la revolución, ya era general de división. Había llegado a lo más alto de mi carrera General de División.
¿Qué puesto tenía?
Mandaba al Ejército y mandaba a la Fuerza Armada. Era comandante general del Ejército y presidente del Comando Conjunto. ¿Dinero? Yo no necesitaba dinero, viejo. Yo había estado como agregado militar en Francia, donde gané bastantes dólares como diplomático. Después fui miembro de la Junta Interamericana de Defensa y ahí gané también buena plata. Ahorrábamos, yo nunca he sido botarate. Esta casa me la hizo mi hijo, el arquitecto. De manera que esta casa es antes de... De manera que dinero tenía, lo suficiente para vivir una vida cómoda. Yo no hice la revolución para llenarme los bolsillos. ¿Dónde está el dinero que me he robado? Yo no tengo plata. Yo vivo con las justas. Vivo de mi pensión nada más. Como todavía estoy enfermo no puedo trabajar en otra cosa.
Si no es indiscreción, ¿a cuánto haciende la pensión de un general de división? ¿Cuarenta mil?
Nunca llegó a cuarenta... De manera que yo no hice la revolución para mí. Había viajado, conocido el mundo, ¿qué más quería?
General, usted dice que la revolución está detenida, porque no ha habido ninguna medida de transformación. Pero ante la crisis económica, ¿qué hubiera hecho usted?
Arreglar la crisis económica.
Sí, pero ¿cómo?
En principio, viejo, hay una tanda de mocosos en las entidades claves. Así no se puede arreglar la economía del país. He visto que acaban de botar a Guiulfo, un mozo inteligentísimo, botan del Banco de Reserva a Barreto, que es un tipo de mucha experiencia. ¿Así se hace patria? A la buena gente la han botado y ha quedado una partida de mocosos.
¿Mocosos, general?
Para mí, mocosos, viejo.
Usted recibió una deuda de 800 millones de dólares. Y cuando salió está en 4 mil millones. ¿Cómo un gobierno como el suyo pudo producir una deuda tan alta?
Depende de lo que se haga. Si usted va al gobierno y no hace nada, no gasta un centavo. La revolución fue para hacer un nuevo Perú. Había que expropiar las tierras y había que pagar esas tierras. Cada transformación costaba al país, las cuentas están claras.
Yo le pongo el oleoducto Poechos, Cuajote, Bayóvar, Olmos, la fabrica de papel, fertilizantes. Actualmente no va a apretar el botón a hacer inauguraciones.
¿Inauguraciones de qué?
De obras importantes que hizo la revolución.
Hace un rato le pregunté y usted no me contesto esto: ¿Cuál fue el peor defecto de su gobierno? Digamos, ¿cuál fue su mayor virtud y cuál su peor defecto?
La mejor virtud fue que fue el primer gobierno que luchó por las grandes mayorías que estaban oprimidas.
¿Y su peor defecto?
El peor defecto de la revolución, bueno, tenía muchos defectos. Porque yo actuaba con gente que era enemiga de la revolución. Había Belaundistas, apristas, comunistas. Teníamos opositores por todos lados, inclusive ya está usted viendo, viejo, que mis ministros me traicionaron. ¿O no? Me traicionaron porque me sacaron, traicionándome. Eso fue una traición.
¿Cuáles eran sus relaciones con expreso?
"Expreso" nos defendía. "Expreso" defendía a la revolución peruana. Todos los del "Expreso" defendían a la revolución.
¿Por qué?
No sé, pero la defendían. Cuando la "prensa" nos atacaba, el único que salía y nos defendía era "Expreso". Cuando "El Comercio" nos atacaba, el único periódico que salía en defensa de la revolución era "Expreso". Se les prendía como un perro y les decía pestes. Nos defendía bravamente, nos defendía con valentía. Ahora, yo sé que había comunistas, claro. Estaba Moncloa, Roncagliolo, había varios, había un grupo. Pero nos defendía, viejo, era el único...
Pero digamos que esa defensa solitaria se acaba cuando se expropiaron los periódicos...
Bueno, no, porque en buena cuenta no se trató de una expropiación. Los periódicos no se quitaron para que el Estado los manejara, para que el gobierno los manejara a su gusto...
Pero así fue y así es...
Ahora yo no respondo por nada. Ahora todo es una mierda, viejo... (con Morales Bermúdez)
Sus palabras parecen expresar a veces amargura general...
Amargura de qué. Amargura contra qué. Absolutamente, viejo...
"Esta con el mejor genio del mundo". Interviene su esposa, que hace cinco minutos escucha la conversación.
La única amargura que tengo es no haber completado las transformaciones. Nos faltó no sólo la salud y la vivencia sino el crédito, la banca. No queríamos apoderarnos de los bancos para apoderarnos de sus utilidades. Lo que queríamos es que el Estado fuera dueño de la banca para poder manejar el crédito con un criterio revolucionario. Prestarle al zapatero, al gasfitero, al campesino. ¿Qué yo quiero cuarenta mil soles? Aquí está señor. Yo quería que el banco agrario comprara cuarenta camionetas y que todos los días esas camionetas recorrieran los valles para prestar plata. ¿Señor, usted siembra? Tal cosa, tal cosa. ¿Cuánto necesita? No quiero. ¿Qué no quiero? Si señor, aquí tiene usted: meterle por la boca la plata, aquí tiene usted. Porque la plata iban a mejorar. Oye viejo, no había plata, a esta pobre gente le compraban las cosechas por cinco años. Esta gente era estafada, les robaban su dinero... Nos faltó tiempo, porque me botaron.
Yo hice lo que pude. Más no puedo. Y mire cómo he salido...
Ya, que no te suba la presión. Interviene, doña Consuelo.
Mira lo que he ganado; una pierna menos, enfermo...
Pero todo tiene sus compensaciones. Usted ha ganado...
¿El amor de la gente?, pregunta llena de ironía, doña Consuelo.
No diría eso, respondo.
¿No cree usted que ha ganado, más allá de las pasiones y cuando las esencias se sedimenten; digamos, un puesto en la historia?
La gente más ingrata no puede ser, dice Consuelo. Después de tantas amarguras ¡un puesto en la historia!
La revolución se ha dado el gusto de hacer las transformaciones que no hicieron los civiles. Los civiles tuvieron 150 años en el gobierno y no las hicieron. Por eso es que la Fuerza Armada tuvo que hacer la revolución. El consuelo que tengo es que la revolución hizo vibrar. Porque hasta los enemigos nuestros vibraron de contento cuando... (Velasco llora discretamente, apenas tiene voz para terminar) recuperamos Talara. Cuando recuperamos Talara hicimos vibrar hasta al mismo Ulloa... ¿Qué yo tenga amargura contra nadie...? ¡Contra nadie!
¿No cree que en algún caso fue usted, excesivamente autoritario, rígido, despótico?
¿En qué caso?
Por ejemplo: deportar a Armacanqui, deportar a Duharte, deportar a Zileri.
Yo no era ministro del Interior... Zileri nos atacaba continuamente, nos paraba, nos frenaba... El gobierno tiene también que sancionar a quienes lo atacan. La revolución tenía que defenderse. No iba a cruzarse de brazos para que le dijeran falsedades. De manera que ellos mismo se la buscaban, por locura....
Una última pregunta, general: ¿Cuál es según su punto de vista la salida política para el país?
Si ya no hay revolución, entonces el gobierno militar ya no se justifica. Debía haber pues, un gobierno democrático, ¿no?
¿O sea virtualmente, una convocatoria a elecciones?
Bueno, eso es lo único hasta la fecha inventado, ¿no?

Fuente: Revista Caretas, 3 de febrero de 1977.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Historia de amor entre Mariátegui y Anna Chiappe. El pensamiento de Mariátegui y la experiencia italiana.

“...La vida que me diste”


Anna viuda de Mariátegui "
Por: César Lévano (Periodista)

En una entrevista exclusiva, Anna viuda de Mariátegui revela episodios inéditos y fundamentales de la vida de quien es considerado por muchos autores extranjeros como el más grande pensador político de América. En momentos en que la obra del ilustre socialista crece en importancia y actualidad, la imagen del Amauta cobra colores de vida en una charla que es un documento para la historia.

En 1920, en Florencia, en casa de la Condesa de Antici Mattei, José Carlos Mariátegui conoció a Anna Chiappe, el grande, el único amor de su vida. Ambos habían acudido por separado y sin conocerse al concierto de danzas que brindaba la “medio excéntrica” aristócrata. En algún momento, mientras vibraba un Estudio profundo de Chopin, las miradas del joven y la muchacha se cruzaron. “Él me impresionó mucho por su manera tan fina y distinguida” - nos dijo, hace unos días, 49 años después de aquel encuentro memorable, la ahora viuda de Mariátegui. “Parecía un noble. Y tenía unos ojos tan profundos”.

Por su parte, el joven peruano -25 años esa noche- expresó su emoción en un poema en prosa publicado en 1926 en la diminuta revista “Poliedros”, que dirigía Armando Bazán. José Carlos y Anna eran ya esposos; habían recorrido juntos toda Italia, Alemania, Francia; tenían tres hijos; pero la llama del amor no había perdido intensidad ni fulgor.

“Renací, escribió, en tu carne cuatrocentista como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eras el principio de vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del cuatrocientos. Empecé a amarte antes de conocerte, en un cuadro primitivo. Tu salud y tu gracia antigua esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de alegría.

“Por ti, mi ensangrentado camino tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida que te falta es la vida que me diste”.



Italia o la felicidad

Artemio Ocaña, el veterano escultor peruano que compartió muy de cerca la experiencia italiana de Mariátegui, recuerda que, de repente, tras viajar a Florencia, éste desapareció. Cuando volvió, ya estaba casado.

“Mariátegui se alejó de sus amigos”, comenta doña Anna. Ellos decían después: “¡Con razón había desaparecido!”.

En esa estación con su amada en Florencia, tiene que haber sido supremamente feliz. Entre el mar y los viñedos de la costa liguria, bajo las soleadas colinas toscanas cubiertas de olivos, ante la obra de los florentinos venerados (Dante, Machiavello, Boccaccio, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Botticelli), su genio maduraba hacia aquel equilibrio de vida interior y naturaleza, de sensibilidad y mundo social, que iban a distinguirlo en la vida y en el libro. Florencia, urbe y democracia antigua, lógica y belleza, vitalidad y gracia. Una experiencia que fue una corona de laureles sobre su frente.

“No era de carácter melancólico. Ni cuando estaba enfermo”. Así nos dice doña Anna. Hay una gran sonrisa en su evocación. Y uno se ratifica en la convicción de que solo un hombre feliz puede luchar plenamente por la felicidad de los otros.

“Mariátegui, nos dijo Ocaña, vivió al principio en Vía Véneto 29, interno 4”. “A ese alojamiento, propiedad de Francesco Atunante, me llevó a mí”. “Cuando se casó, él y su esposa se fueron a vivir a Frascati, cerca de Roma, a una villa que era puros viñedos. Era una casa del Renacimiento, con pinturas murales del Dominicchino. Se pagaba por el alquiler 500 liras. Apenas cinco libras peruanas de la época”.

Por su parte, doña Anna recuerda: “De Florencia viajamos a Roma. Fuimos a vivir a Villa Pía. Arturo Osores la había alquilado como Legación del Perú. Era la casa en que había vivido la famosa actriz Francesca Bertini. Después marchamos a Frascati. Desde el comedor se veía el Palacio de Castelgandolfo, la residencia de verano del Papa”. En los planos, Frascati aparece a 21 kilómetros de la Ciudad Eterna; Castelgandolfo descuella a 25 kilómetros.

“Eran tiempos alegres. Él se iba a veces acompañando a Ocaña a la Escuela de Bellas Artes de Roma. Era cuando había modelos femeninos…”.

“Tenía tiempo para todo. En Roma no se perdía un buen concierto o espectáculo de ballet. Y le gustaba el circo. A veces, yo lo acompañaba al circo, aunque a mí no me gustaba”.

Como se sabe, el Amauta anunció una “Teoría del circo” que no se ha encontrado entre sus papeles. Debe de haberse perdido en alguna hoguera policial.

¿Cuándo comenzó, preguntamos, la formación marxista de Mariátegui?

Ella cree que fue precisamente en Italia. “Tenía una gran biblioteca. “El Capital” estaba en francés. Los documentos sobre la revolución rusa, en italiano”.

¿Es cierto que la familia del filósofo Benedetto Croce intercedió, como dice el italiano Antonio Melis, ante la familia de ella en favor del galán venido del lejano Perú?

- “Es cierto. El hecho es que una tía mía había sido novia de Croce. No se casaron porque mi familia, muy católica, no podía consentir un matrimonio con un liberal tan conocido”.



Los viajes

En uno de sus dos cortos escritos autobiográficos, Mariátegui dice que no pudo llegar a Rusia “porque mi mujer y mi hijo me lo impidieron”. “No es que yo me opusiera”, subraya ahora doña Anna. “Yo le dije: ‘mejor anda tú solo’. Yo estaba muy cansada con el bebé. Pero a él no le gustaba salir solo. Siempre le gustaba ir conmigo”.

“Era muy entusiasta”, recuerda. “Para mí, decía, la cosa más grande es cuando puedo coger una maleta e irme. A veces sin saber adónde”.

Y, sin embargo, aquella vez no quiso viajar porque su compañera no podía ir.

Pero viajaron bastante por otros contornos. Estuvieron juntos, por ejemplo, en el célebre Congreso de Liorna (Livorno, en italiano) en el que el ala izquierda del socialismo fundó el comunismo. “Allí vimos a Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti. Con ambos conversaba amistosamente Mariátegui”.

También estuvieron en 1922, Génova, en la Conferencia Económica Europea que fue la primera reunión internacional a la que acudió una representación soviética. En “Defensa del Marxismo”, Mariátegui iba a escribir que ella marcaba el inicio de la coexistencia pacífica entre estados de sistema social distinto. “Allí, dice doña Anna, conversó con Chicherin, el jefe de la delegación rusa. Mariátegui estudió, cuando estuvimos en Berlín, el idioma alemán con una profesora alemana. Todos los días tenía una clase de inglés y de alemán. Pero también sabía algo de ruso. Con Chicherin se saludaban y despedían en ruso. Sus conversaciones las sostenían en francés”.

Mariátegui estuvo cuatro años y medio en Europa. De ellos, año y medio lo pasó en Alemania. El viaje fue hacia mayo o junio de 1922. “Durante ocho meses vivimos en la Postdammer Strasse” (en lo que es hoy Berlín Oriental). “Estuvimos luego en Praga, en Budapest, en Austria, navegando por el Danubio Azul”. En Alemania, como se sabe, Mariátegui entrevistó a Máximo Gorki.

Viajaron en seguida a París. Allí se entrevistaron con Romain Rolland y Henri Barbusse, que no regatearon, por escrito, su admiración al gran peruano. “Incluso, salimos con Barbusse a tomar el té”.

“Mariátegui —iba a escribir Barbusse— es la nueva luz de América. Un espécimen del nuevo hombre americano”.

¿Conoció Mariátegui a Pirandello? ¿A qué otros grandes de la literatura y las ideas frecuentaron en Italia?

“Conversó varias veces con Pirandello”, recuerda la dama. “También fue amigo de Piero Gobetti”. Se trata del escritor cuyos estudios respecto al “Risorgimento”, es decir, a la lucha por la unidad de Italia, tanto atrajeron al Amauta. “Croce lo quería mucho. Cuando iba José Carlos a su casa, lo presentaba diciendo: ‘éste es el hombre más grande del mundo’. Le tenía un gran afecto”.

Por su lado, Ocaña recuerda que Mariátegui fue amigo también de los líderes socialistas Filippo Turati, Antonio Grazidei y Nicola Bombacci. Tiene él bocetos al carbón del diplomático soviético Joffe, de Giordi Vassiliévich Chicherin, del francés Jean-Louis Barthou y de Lloyd George, el célebre político inglés. “Fue amigo de Pirandello”, nos dijo expresamente.



Una explicación

Para muchos biógrafos y estudiosos de Mariátegui, la obra de este autodidacto sin Educación secundaria, de mala salud, que tuvo que ganarse la vida desde los 14 años de edad, que murió a los 35, tiene algo de milagro. En el breve arco de su vida caben una inmensidad de cultura, pensamiento y acción. Baste señalar estas creaciones: la revista “Amauta”, los “7 Ensayos” y otros veinte libros, la Confederación General de Trabajadores y el Partido Socialista del Perú, cuyo nombre deseaba cambiar, antes de morir, por el de Comunista. Hace pocos años, escuchamos decir, en Lima, al estadunidense Carleton Beals que Mariátegui es “el más grande pensador político de América”. El juicio se extiende ahora. Robert Paris en Francia, Manfred Kossok y Adelbert Dessau en Alemania Oriental, Antonio Melis en Italia, el profesor Albuquerque en Texas, Estados Unidos, sufragan el juicio.


Los días espléndidos de Italia explican una parte de la precoz madurez mariateguiana; pero no toda. Hay fuentes que se ocultan junto a la raíz de la infancia. Mariátegui se proclamó limeño toda su vida. En realidad, poco antes de su nacimiento, su madre, doña Amalia La Chira Vallejos, natural de la zona de Huacho, había viajado a Moquegua, por lo cual el alumbramiento se realizó en esa ciudad del Sur. En seguida, buena parte de sus primeros años transcurrieron en la suave campiña huachana. A los seis años tuvo una caída fatal. El resultado fue una baldadura y, lo más grave, un foco de ostiomielitis en una pierna. Sus familiares nos contaron que a los 6 años, más o menos, comenzó su madre a realizar continuos viajes de Huacho a Lima para hacerlo tratar. El esfuerzo era demasiado grande para una familia pobre. Entonces, se decidió internarlo. Estuvo cuatro años en la “Maison de Santé” u Hospital Francés.

Era éste, en esa época, un nosocomio exclusivo, reservado casi solo para franceses, ingleses o alemanes pudientes avecindados en Lima. Dos eran los tipos de servicios: los unipersonales y los destinados a seis personas. En todo caso, no había allí enfermos menores de edad. Pues bien: el pequeño Mariátegui pasó sus años de internado junto con esos compañeros adultos, llenos de experiencia y que hablaban extraños, lejanos idiomas. Se sabe que al final se había convertido en intérprete de muchos de ellos.

¡He ahí una clave sicológica para la precoz madurez del Mariátegui temprano! He ahí por qué, entre otras cosas, cuando era un “alcanzarrejones” de La Prensa, que iba a la oficina cablegráfica a recoger los despachos noticiosos, podía traducir, en el trayecto, las noticias que venían en inglés de Europa, Asia, África o NorteAmérica. Además, aquella soledad de años tiene que haberle entrenado para la gimnasia de la reflexión y para la firmeza de las certidumbres sin que importen los prejuicios y las supersticiones de la masa informe.

Otro factor, en el que no se ha insistido lo suficiente, es su contacto directo con las luchas sociales de comienzos de siglo en el Perú. “Cuando José Carlos fundó La Razón con César Falcón y Félix del Valle, nos recordó Ocaña, había mítines obreros que terminaban al pie del balcón del diario. Era en la esquina de Baquíjano con el Jirón Cuzco”. Eso fue, recalquemos, antes del viaje a Europa. Tal experiencia lo sensibilizó para la prédica socialista de Antonio Gramsci en “L’Ordine Nuovo” (“El nuevo orden”). En los días en que él se instalaba en Italia, en las páginas de esa célebre revista aparecían reflexiones sobre el papel de los obreros como actores principales de una revolución posible y de los campesinos como protagonistas de la acción prerrevolucionaria.

Mariátegui era hombre de pensamiento y de sensibilidad artística en todos los momentos. En la charla con su viuda, la imagen del hombre de espíritu aparece a cada paso. “En Música tenía una cultura extraordinaria. Amaba sobre todo a Beethoven y Stravinski”, nos dice. “Con el Dr. Oten, un amigo suizo, se entregaban a verdaderas sesiones de Música. El grupo de sus camaradas llegaba, y él estaba encerrado con Oten. A veces venía gente cargante, y él decía: ‘Ponte una sinfonía para que se vayan’...”.

Entre la gente que con mayor agrado recibía se contaban los artistas. José María Eguren era uno de sus adictos. Llegaba a veces a escribirle - ¡desde Barranco! - para anunciar que un resfrío le impedía devolver por el momento tal o cual libro. “Iba mucho también Percy Gibson. Otros que iban eran Martín Adán, José Diez Canseco, el filósofo Mariano Ibérico Rodríguez. Alguna vez acudieron también los doctores Honorio Delgado y Juan Francisco Valega”.

“El Rincón Rojo” era otra cosa. Era en realidad un seminario riguroso de estudios marxistas. Constituía el núcleo del Partido. Estaba formado, entre otros, por Hugo Pesce, Ricardo Martínez de la Torre, Avelino Navarro, Marcelo Sánchez, Luciano Castillo y, hasta cierto punto y por una temporada, Jorge Basadre.

Hombre de espíritu, Mariátegui era también hombre de empresa. Fundó la Editorial “Minerva” casi sin dinero. “Amauta” la empezó a publicar con tipos móviles. Solo en 1929 le llegó el linotipo. Él mismo diagramaba la revista y la cuidaba en todos sus detalles. Los manuscritos revelan que dominaba la técnica tipográfica y sabía ordenar exactamente. “Igual, dice doña Anna, era con los clisés. Él me enviaba a los talleres con indicaciones precisas. Para que todo marchara bien, tenía tres teléfonos en casa: uno en el dormitorio, otro en la sala y otro en el comedor. Como los obreros querían mucho a José Carlos, iban hasta la casa a consultarle problemas de trabajo u otros”.

¿Era Ud., preguntamos, la que llevaba los artículos a Variedades y mundial?

- “Sí. Primero él me decía: ‘Dile a Vegas García, el administrador, que voy a escribir sobre tal o cual tema. Que prepare las fotos’. Se ponía a escribir a las cinco o seis de la tarde, y a las ocho o nueve estaba listo el artículo que iba a salir al día siguiente”.

¿Cuál era el pago por cada artículo?

- “Veinte soles en mundial y quince en Variedades. Cuando él estaba enfermo, Vegas García me decía: ‘Usted no sabe cuánto ha bajado la revista desde que no escribe’”.

Existen facetas todavía inéditas de este ser adamantino. Pocos saben, por ejemplo, que era buen dibujante. “A mí me dibujaba muy bien, cuenta la viuda. A veces, hasta pintaba a la doméstica con el bebé cargado”.

Hay otros aspectos inéditos que nunca se podrán recuperar. A su muerte, la Policía acostumbró, una y otra vez, llevarse los cajones del escritorio del difunto. Cuando la señora Annita los rescataba, después de grandes pugnas, siempre faltaba algo.

¿Cómo era José Carlos con los niños?

- “Era muy cariñoso con ellos. Basta decirle que cuando estaba en casa, a cada momento preguntaba dónde estaban los chicos y qué hacían. Una vez, Carmen Saco le dijo: ‘Oiga, José Carlos, ¿no le molestan los niños?’ Él contestó: ‘No me molestan. Pueden estar sentados encima de la máquina, y a mí no me molestan’”.

Amador de la vida, luchador social, soldado de un combate diario con la muerte en sus últimos años, José Carlos fue desde su temprana edad ajeno y reacio a la bohemia. Federico More ha narrado cómo, mientras Abraham Valdelomar pedía ajenjo, él se limitaba a un helado de menta o un vaso de leche. Solo esa austeridad, y la enorme conciencia de su misión en la historia, explica la inmensidad de su obra.

“Una vez -cuenta la señora Annita-, vinieron los soplones. En lugar de llevarse “El Capital” se estaban llevando una colección de Pirandello empastada en cuero... No lo dejaban trabajar”. Como se sabe, en los días anteriores a su muerte, él había estado preparando un viaje definitivo a Buenos Aires. Waldo Frank, desde Nueva York, Samuel Gluzberg, desde la capital Argentina, lo animaban a quedarse allá. Los ataques de la dictadura de Leguía y los denuestos de la izquierda demagógica -Víctor Raúl incluido- le habían hecho acá la vida imposible. Solo una sombra suave, una mano tierna, lo acompañaban en las horas del dolor más íntimo. Anna. El gran amor. Ella estuvo a su cabecera el día de su muerte. A su lado estaban también su madre, Artemio Ocaña, dos jóvenes judíos amigos y admiradores del Maestro. Después vinieron las muchedumbres más inmensas que se hayan reunido para unos funerales en Lima. Entre banderas rojas y versos de “La Internacional”, el pueblo sencillo, el pueblo amado por él, le dijo adiós. Para el pueblo, y también para Anna Chiappe, iba a comenzar una época triste y difícil. Ella, la mujer fuerte, tampoco iba a darse por vencida. Hasta hoy se le ve todos los días, puntualmente, detrás del mostrador de una librería trabajando. Es en la primera cuadra de la Avenida Larco de Miraflores, y todavía sigue las huellas del difunto imborrable. Las ediciones de las obras del Amauta tienen en ella una inspiradora. Siguen sonando en sus oídos, siendo verdad hermosa y profunda, las palabras aquellas: “La vida que te falta es la vida que me diste”. 

Fuente: Diario La Primera. 28 de febrero del 2012.

Historia del jefe sioux Gall.

El jefe sioux Gall, en un retrato de 1881. / DAVID F. BARRY

A por Custer con el hacha de guerra

Eclipsado por la historia, el jefe sioux Gall fue un gran guerrero y también un personaje dudoso para los suyos.


Por: Jacinto Antón
No era alto (1,70 metros), pero sí impresionantemente robusto y subido a caballo parecía enorme, sobre todo con pinturas de guerra y cargando con fiereza contra ti. Cuando le enseñaron una foto suya a Elizabeth Custer —foto que casi le cuesta la vida al fotógrafo—, esta manifestó que no había nunca imaginado que hubiera en todas las tribus un “espécimen de guerrero” tan perfecto como él. La admiración de Libbie tiene su morbo: ese jefe sioux era uno de los que habían matado a su marido, George Armstrong Custer, un mediodía sangriento de domingo en Little Big Horn.
El indio en cuestión se llamaba Gall (Phizi en lakota), en inglés hiel, bilis o vesícula, aunque también se ha traducido la palabra por agalla. Hay que reconocer que el nombre, que se le dio de chico al lanzarse hambriento sobre la vesícula biliar de un bisonte abatido aún fresco, tiene menos gancho que Toro Sentado o Caballo Loco, y podría ser que la preeminencia en popularidad actual de esos dos famosos guerreros sobre Gall tenga que ver con ello, entre otras razones.
En su época Gall fue un grande, el paradigma de piel roja. Mano derecha de Toro Sentado, a cuya misma tribu sioux, los correosos e irreductibles hunkpapa, pertenecía, se le atribuyó el liderazgo indio en Little Big Horn, la debacle del 7º de Caballería. Los soldados lo reconocían con aprensión por su físico intimidatorio y el uso distintivo de una manta roja. También por su coraje: al igual que Custer, precisamente, solía montar enseguida otro caballo cuando le mataban el primero entre las piernas para seguir lanzándose con gran arrojo al ataque.
Se le conocía asimismo por ser capaz de actos muy salvajes: en 1872, mientras con su banda hostigaba la columna del 17º de Infantería del coronel Stanley tras la batalla de O’Fallons Creek, capturó y mató a dos oficiales y al cocinero negro que se habían rezagado; los escalpó y exhibió desafiante sus cabelleras desde una colina cerca de Fort Rice. La exhibición le granjeó la natural mala fama entre los blancos —suponemos que también entre los parientes del cocinero—, especialmente porque uno de los oficiales a los que trató tan desconsideradamente era primo de la mujer del presidente Grant.
Tenía Gall, por lo demás un hombre cabal, muy amante de los suyos y de enorme pragmatismo —como se verá—, ataques de ira en los que era mejor apartarse. En Little Big Horn decidió utilizar como arma contra las infaustas tropas de Custer solo el hacha de guerra y es fama que con ella despiezó al menos a cuatro soldados en la parte final de la batalla. Es cierto que en esa tremenda ocasión Gall tenía sus razones: durante la primera fase de la lucha, el ataque de distracción del mayor Reno al sur del poblado, los soldados o sus guías arikaras mataron a dos de las mujeres y a tres de los hijos del jefe (polígamo).
La vida de Gall (véase su mejor y única biografía, Gall, lakota war chief,de Robert W. Larson, University of Oklahoma Pess, 2009) no fue fácil. No lo era en las praderas, pero además él quedó huérfano de niño, al morir su padre durante el ataque de una tribu rival. Nacido alrededor de 1840 en algún lugar de lo que hoy es Dakota del Sur, fue criado por su madre y apadrinado por el mismísimo Toro Sentado, que le vio maneras y lo hizo luego su lugarteniente. De pequeño le llamaban Osito, aunque luego ya nadie se atrevió. Convertido en un prestigioso guerrero, con 20coups —la contabilidad heroica de los pieles rojas—, Gall devinoblotahunka, jefe de guerra. Sirvió durante 25 años lealmente a su mentor, haciéndole de estratega, aunque eran muy distintos. Más práctico e independiente, Gall solía ir con su grupo propio (una docena de tiendas) a comerciar con los blancos.
Fue en una de esas ocasiones, en 1865, cuando el medio sioux y medio arikara Bloody Knife (¡ese sí es un nombre!), al que Gall había hechobulling de pequeño y luego matado y escalpado a dos hermanos, le denunció en Fort Berthold. Los soldados trataron de capturarle en su tienda y mientras intentaba escapar el jefe hunkpapa fue atravesado varias veces con bayonetas. Le dejaron por muerto en un charco de sangre, pero Gall se recuperó de las terribles heridas. Y se tomó venganza: durante el año siguiente, confesó luego, siete hombres blancos pagaron con sus vidas el ataque. Bloody Knife hubo de esperar algo más: murió de un disparo sioux en Little Big Horn cuando hacía de guía de Custer.
Gall se alineó con la facción más díscola de los sioux en el contencioso con los blancos por las tierras. Luchó una y otra vez con los soldados, que le llamaban Fighting cock of the sioux (el gallo de pelea de los sioux), en una traducción no grosera. Pero algunas de sus acciones, como la firma del Tratado de Fort Laramie, le valieron que algunos de los suyos le tacharan de oportunista. Se ha debatido mucho cuál fue su exacto papel el 25 de junio de 1876 en Little Big Horn. Parece que en realidad se incorporó tarde a la batalla aunque entonces se empleó a fondo. Fue el único jefe indio que ofreció su versión del enfrentamiento, al ser invitado (!) a la conmemoración del décimo aniversario, y entonces, con la modestia propia de los guerreros pieles rojas, se arrogó buena parte del protagonismo. En realidad parece que no hubo tal cosa como un liderazgo claro en aquella matanza.
Tras la desbandada después de la victoria, Gall pasó a Canadá con Toro Sentado. Resolvió luego rendirse con los suyos para evitarles el hambre y, rompiendo con su mentor, se instaló en la reserva de Standing Rock en 1881. El Gobierno trató de hacer de Gall un símbolo de indio asimilado contraponiéndolo a Toro Sentado, el irreductible. Gall se adaptó bien a la vida de granjero. Renegado traidor, dijeron algunos. Parece que era honesto en su celo por encontrar un camino realista de supervivencia para su pueblo. En 1882 fue bautizado en la iglesia episcopal. Al comulgar por primera vez el viejo sioux se bebió todo el vino del cáliz para consternación de los presentes. Le costó abandonar la poligamia. “Mi corazón es bueno, pero está triste, porque estoy enamorado”, aducía para que le dejaran volver a casarse. Le gustaba comer bien —una vez en Washington descubrió las ostras, que encontró mejores que el búfalo— y ello le condujo a la obesidad. Eso fue lo que le mató en última instancia: al ver que un medicamento contra el sobrepeso no le hacía efecto rápido se bebió la botella entera. Un final triste para el heroico guerrero que había sorteado las flechas crow y las balas de los cuchillos largos.
La historia no ha sido muy justa con Gall, que hizo lo que pudo para atravesar el abismo entre dos mundos. Toro Sentado ha prevalecido como el más conocido de los caudillos sioux y Caballo Loco como el más carismático, mientras que Gall, eclipsado por ellos, ha declinado en la memoria popular hasta casi desaparecer —¿qué niño juega hoy a ser Vesícula?—. Es lo que tiene ser pragmático y realista y cambiar las plumas por el traje. En su obituario en 1894 (¡qué tiempos aquellos en que te encargaban la necrológica de un jefe indio!), el Bismarck Daily Tribune destacó que “su estoicismo, coraje y habilidad hicieron de él un conspicuo carácter en su tribu y el objeto de interés de todos los que conocen su historia”. Podrá decirse con más pasión, pero no con más justicia.
Fuente: Diario El País. 07 de agosto del 2013.

Breve historia del origen de las haciendas en el Perú.

El origen de las haciendas

Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)
Cuando llegaron los españoles se inició la formación de haciendas. Hasta entonces, toda la tierra era propiedad de los indígenas. Por su parte, el contacto entre América y Europa significó el intercambio de enfermedades. Debido al aislamiento total del Nuevo Mundo, los indígenas carecían de defensas contra la mayor parte de enfermedades comunes en Europa. Por ello, diversas epidemias devastaron América durante la era colonial. No se sabe exactamente el número de indígenas que fallecieron por enfermedades, pero se tiene claro que fue la mayor catástrofe demográfica de la historia universal. El historiador Noble David Cook ha escrito excelentes textos sobre la conquista como un hecho biológico, antes que militar o económico.

El punto más bajo de la población indígena fue en 1650, cuando se tomó el censo del virrey La Palata. En ese momento, la población indígena se había reducido a medio millón. Se ignora cuántos habían sido en 1532; pero, hay cálculos basados en regresiones sobre los censos españoles. Los optimistas piensan que había unos 12 millones de habitantes en el esplendor del Tawantinsuyu. Los prudentes apuestan por la mitad. Pues bien, en un caso significa que  sobrevivió un indígena de cada 24. En el otro, uno de cada 12. En ambas situaciones es una reducción brutal de los dueños originarios de la tierra.

¿Qué decisión tomó el estado virreinal ante esta situación? Optó por sacar a remate las tierras que iban quedando vacías. Ese proceso se denominó “composición de tierras”. Así aparecieron la propiedad privada de la tierra y las primeras haciendas. Desde entonces el sistema se generalizó en la costa. Ya en la era colonial, la producción agropecuaria costeña se dirigía al mercado y la hacienda se compraba, vendía, heredaba y alquilaba como una mercancía.
Pero en la sierra el proceso fue diferente. Para empezar, la población indígena de la costa casi había sido eliminada de raíz.  Quedaron muy pocos y los españoles recurrieron a importar mano de obra esclava de procedencia africana. En el siglo XIX vinieron los chinos y los trabajadores rurales costeños fueron o esclavos o cuasi, combinados con algunos peones que trabajaban por un reducido salario.
Mientras que en la sierra sobrevivieron las comunidades. Los españoles les asignaron tierras y los indígenas tuvieron cierta protección sobre ellas. Pero, luego vino la república y los criollos fueron más abusivos que los mismos peninsulares. Durante todo el siglo XIX hubo despojo creciente de tierras de indios para expansión de haciendas criollas. El proceso continuó durante el siglo XX y los reclamos eran muy numerosos. Hubo enfrentamientos violentos de hacendados contra comunidades y luego de los dueños contra los colonos de sus propias haciendas. Ese ciclo de toma de tierras ocurrió antes de Velasco y la Reforma Agraria de los militares intentó terminar la protesta campesina.
En suma, los beneficiarios del accidentado proceso de formación de la propiedad agraria fueron los hacendados que luego Velasco expropió. Los perjudicados fueron los mismos indios, que primero murieron por millones y luego sufrieron el despojo de las tierras que los españoles les habían dejado.
Otros perjudicados fueron los negros que llegaron como esclavos y los chinos, que lo eran por un determinado tiempo, ocho años antes de quedar libres. A esta categoría pertenecen también los peones mayoritariamente mestizos que trabajaban por miserias que hacían la riqueza de los patrones. Todos estos trabajadores fueron compensados por Velasco con la Reforma Agraria. Fue el único presidente que entendió que, ante los abusos seculares, es necesario reparar en primer lugar a la víctima.
Con respecto a los herederos de los hacendados, antes de pagar los bonos de la Reforma Agraria, habría que distinguir entre quienes compraron realmente la tierra y otros que se apoderaron de ella, despojando a los indios. A los primeros les corresponde, pero a los segundos no.
Fuente: Diario La República. 07 de agosto del 2013.

viernes, 2 de agosto de 2013

Libro “Leguía” de Carlos Alzamora.

Historia El círculo de poder de Augusto B. Leguía, a 81 años de su trágica muerte.

Leguía en Perspectiva


Entre los títulos calientes de la Feria del Libro, destaca “Leguía” de Carlos Alzamora. El diplomático peruano, 84, supo de los detalles del martirio y humillaciones a las que fue sometido Augusto B. Leguía en prisión, relatadas a su padre por el médico Jorge Guillermo Leguía, hijo del “Tigre”, y sobrino del Presidente, “escondido entre los pliegues de la cortina del comedor”, durante los agónicos meses que precedieron a su muerte, el 6 de febrero de 1932. Leguía gobernó el Perú quince años pero murió “preso, pobre y martirizado”. Desde entonces, según Alzamora, la trayectoria política de Leguía fue víctima de “una gran conspiración mediática, que dura ya 81 años, para denigrarlo”. Alzamora recuerda que Leguía delimitó cuatro de las cinco fronteras terrestres del país –“le he dado su piel al Perú”–, entre ellas, con Chile; transformó el trazo urbano de Lima, y “le devolvió la fe a los peruanos perdida durante la guerra con Chile”. “Leguía” es un ágil y furioso registro del “Oncenio” (1919 – 1930), de intrigas y traición política que culminó en innoble magnicidio. 

Extractos: 

ENCENDIDO CENTENARIO

El 28 de julio de 1921 se cumplían los primeros cien años del nacimiento del Perú como país independiente y soberano. Leguía, a menos de dos años en el gobierno, había advertido la necesidad de hacer de la celebración del Centenario un acontecimiento que devolviera al Perú el sitial que había perdido entre las naciones del mundo y restaurara en el pueblo peruano el orgullo nacional y la fe en su futuro.

Leguía se empeñó en hacer del Centenario una celebración majestuosa que contara con la presencia de las principales potencias del mundo y que se desarrollara en la suntuosidad y el boato, consciente de que esa consagración nacional e internacional del Perú consolidaría también a su gobierno y reforzaría su potencial de acción.
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Pero también lo sabían sus enemigos y, tres semanas antes de la celebración, cuando ya llegaban a Lima las primeras delegaciones extranjeras, estalló un incendio en el Palacio de Gobierno, provocado por una explosión que detonó bajo el despacho presidencial y destruyó gran parte del Palacio, incluyendo los salones donde iban a tener lugar la recepción de las misiones especiales y las principales ceremonias y agasajos.

El gobierno responsabilizó del siniestro a los civilistas y a su intención de arruinar el programa y deslucir la conmemoración, y el Presidente en un discurso ante el Congreso culpó a los “incendiarios criminales”, aunque advirtiéndoles que no conseguirían sus fines. En efecto, el Palacio quedó reconstruido en tres semanas, con una celeridad y una eficiencia asombrosas.

El Jueves Negro, 24 de octubre de 1929, colapsa la Bolsa de Nueva York. La maltrecha economía norteamericana no puede ya renovar ni extender los empréstitos al Perú y, por la consiguiente pérdida de créditos e inversiones, el Perú no puede seguir pagándolos, a lo que se añade la caída del valor y el volumen de sus exportaciones. Las empresas agrícolas y mineras despiden a la mitad de sus trabajadores y los salarios se reducen en igual proporción, mientras los fundos algodoneros anulan el enganche de 4,000 campesinos.

OTRO COMPLOT

En el cuadro de esa inevitable y grave crisis económica y fiscal, los peligros y amenazas del año 1930 se hacen más patentes cuando la Policía descubre y aborta un atentado para asesinar al presidente Leguía. Según las informaciones oficiales y de prensa, estaba comprometido en el mismo el poderoso terrateniente lambayecano Enrique de la Piedra, dueño de las haciendas Pomalca, Pucalá y Pátapo. De acuerdo con la versión de La Prensa del 25 de abril de ese año, la ejecución del atentado estaba a cargo del famoso bandolero de la época Gregorio Avellaneda, quien al término de la ceremonia religiosa del Viernes Santo, en la Catedral de Lima, debía victimar a balazos al mandatario, mientras diversos cómplices protegían su fuga.


El discurso de Leguía conserva el fuego de su credo original cuando dice: “¿Puede acaso suprimirse una patria suprimiendo a un hombre?” No podía presagiar Leguía que solo cuatro meses más tarde su supresión política, que antecedería dieciocho meses a su supresión física, iba a lograr esos resultados.

EL FIN


El fin llega a las 2:39 de la madrugada del 6 de febrero de 1932, cuando el cuerpo de Leguía, martirizado durante 18 meses, no resiste el trauma de la intervención y sufre un paro cardiaco que los médicos no pueden ya controlar. Solo a la hora de haber expirado en absoluta soledad, sus hermanos María Teresa y Eduardo –que aguardaban en la pieza contigua, prohibidos de acompañarlo en su agonía y que escuchan sus últimas palabras: “¡Olmos, Olmos!”, “¡Mis hijas, mis pobres hijas!”– son autorizados a ingresar, porque hasta el último instante de su existencia los civilistas han temido que fuera a revelar a sus hermanos sus oscuros secretos.


Encuentran al cadáver en el suelo, cubierto con una frazada y con cuatro velas encendidas pegadas al piso. Llegan amigos y partidarios y se improvisa de inmediato entre ellos una colecta para cubrir el costo de un sencillo ataúd de madera, de 80 soles, en que se deposita su cadáver. Leguía está tan acabado por su extrema delgadez que no hay terno que le quede, y será enterrado con el que ofrece uno de sus exministros, de uno de sus hijos.

ANTE SU TUMBA


A su muerte, el legendario periodista Federico More, severo crítico en vida de Leguía, le rindió el más fulgurante de los homenajes cuando lo recordó así: “Desdichado como Salaverry, audaz como Piérola, vivaz como Castilla, es el único que supo darnos la sensación de que éramos grandes y fuertes. Ante Leguía vivo, temblaron todos los peruanos. Los unos para adorarlo, los otros para cubrirlo de infamia. Ante su tumba es preciso que serenemos los ánimos. No incurramos en la vulgaridad pueril y malvada de cubrirlo de adjetivos deshonestos.

Fuente: Revista Caretas n° 2294. 01 de agosto del 2013.

jueves, 1 de agosto de 2013

San Martín y Bolívar en Guayaquil. “Don Simón, le dejo la gloria”.

La entrevista de Guayaquil

Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)
El 26 de julio de 1822 se reunieron San Martín y Bolívar en Guayaquil; fue la única reunión que tuvieron y ha estado rodeada de misterio. Nunca se supo exactamente qué hablaron ni tampoco la postura que cada uno habría adoptado. Por ello, ha sido motivo de especulación e incluso de un gran debate entre las academias de Historia de Venezuela y Argentina, hace ya varias décadas. Esa polémica repercutió en el Perú, donde la mayoría es partidaria de San Martín. Entre nosotros se sostuvo que el general platense habría cedido con nobleza al hacerse evidente la ambición indetenible de Bolívar.
Pero, un reciente descubrimiento histórico en Quito viene a resolver buena parte de las interpretaciones. En efecto, en el Archivo General de Ecuador ha aparecido el libro copiador del secretario de Bolívar. Éste es fruto de una costumbre de la época, según la cual, toda la correspondencia oficial despachada se copiaba en un libro que guardaba el registro de lo enviado.
El documento estuvo perdido, al haber sido mal clasificado, y ha sido presentado a la prensa la semana pasada en Ecuador. El descubridor es el historiador colombiano Armando Martínez, quien estaba trabajando para el programa posdoctoral de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. El rector de esta entidad educativa, el también historiador Enrique Ayala, calificó el documento como un “wikileak reservado”.
Se trata de un Informe dirigido al general Antonio José de Sucre, haciéndole conocer los pormenores de la entrevista con San Martín. Así, por primera vez se accede a una prueba contundente de la apreciación de Bolívar sobre la famosa cita secreta de los libertadores. El secretario añade una carta personal a Sucre, diciéndole que el documento sobre el encuentro de Guayaquil es para su exclusivo conocimiento.
De acuerdo al Informe, San Martín estaba decepcionado de los generales platenses del Ejército Libertador que lo habían acompañado a Lima, se quejaba diciendo que lo habían dejado solo. Luego, San Martín habría añadido que estaba dispuesto a dejar el mando político del Perú y retirarse a Mendoza. Buscaba una victoria militar que le permitiera hacerlo con honor y estaba en Guayaquil para pedir refuerzos que le permitieran obtener ese triunfo. Su actitud fue generosa y sostuvo que, si las tropas venían con Bolívar, él se pondría a sus órdenes.
Los libertadores no habrían discutido sobre Guayaquil. Mucho se ha especulado sobre el destino de ese puerto. Se ha dicho que Bolívar se lo quitó en este momento al Perú. Pero, según el Informe, San Martín habría comenzado diciendo que no se había involucrado en el tema de Guayaquil. Por tanto, habría cedido inmediatamente sin objetar su incorporación a la república de Colombia.
La discrepancia crucial habría sido sobre el destino del Perú, una vez obtenida la independencia. San Martín habría sustentado su propuesta de monarquía constitucional. Según los términos del Informe, planteó traer un príncipe europeo. Bolívar se opuso. Su razonamiento habría enfatizado en los intereses de la república de Colombia. En nombre de esos intereses republicanos, Bolívar subrayó la inconveniencia de un príncipe europeo para el Perú, porque amenazaría la libertad de los demás.
Luego, Bolívar añadió que si los peruanos querían esa forma de gobierno, él no se iba a oponer. Era su forma de negar los refuerzos militares solicitados. De una manera elusiva, a la usanza de la época, Bolívar aclaró que no aportaría soldados para un proyecto de monarquía constitucional. En ese momento, San Martín habría entendido que no le quedaba juego y que debía dar paso al proyecto de Bolívar.
Se dice que San Martín se despidió diciéndole: “Don Simón, le dejo la gloria”. Ella habría consumido al caraqueño llevándolo a la muerte veinte años antes que San Martín. Por el contrario, el retiro le habría permitido al libertador platense gozar de una última paz, sazonada por la más intensa de las melancolías.
Fuente: Diario La República (Perú). 31 de julio del 2013.