sábado, 21 de julio de 2012

La estructura étnica en Asia occidental: antecedentes históricos y conflictos actuales.



Etnias en Medio Oriente

Por. Isaac Bigio (Internacionalista)

El Asia occidental es un mosaico de etnias, las mismas que hoy están en ebullición. Hasta hace dos décadas, los conflictos en la principal región exportadora de petróleo del mundo se basaban en ideologías o modelos socioeconómicos. Mas, tras el desplome del bloque soviético, los que pregonaban la lucha de clases fueron siendo minimizados por los que promueven luchas de nacionalidades o de religiones.
Un presagio de lo que puede venir en el Medio Oriente es lo que pasó en los Balcanes, la península europea limítrofe a dicha zona, la misma que, además, también fue parte del imperio turco otomano. En los noventas, Yugoslavia se ensangrentó en una guerra fratricida donde gente de la misma raza e idioma eslavos se masacraban debido al pasado religioso de sus antepasados, aunque ellos mismos fuesen más seculares. Desde el fin de la II Guerra Mundial ningún otro país de tal tamaño ha acabado siendo escindido, como ha pasado en el caso yugoslavo, en siete repúblicas, cada una de las cuales promoviendo alguna forma de predominio, limpieza o pureza étnica.
La tesis de que un Estado debe promover la homogeneidad lingüística y religiosa es algo que viene del proceso de desintegración del imperio turco, cuando hace un siglo Grecia y Turquía desplazaron forzosa y masivamente a sus respectivas minorías.
Cuando al final de la I Guerra Mundial Francia y Reino Unido se repartieron las posesiones turcas del Levante, ellas también promovieron las disputas étnicas pero, no para crear Estados étnicamente homogéneos, sino buscando dividir para reinar. Francia separó artificialmente al Líbano de Siria para darle una república a los cristianos maronitas (que desde la época de las cruzadas habían simpatizado con los francos) y donde estos últimos fuesen una leve mayoría. También Reino Unido favoreció un 'Hogar Nacional' hebreo en Palestina, mientras que artificialmente juntó a 3 provincias disimiles de la Mesopotamia para crear Iraq.
Hoy, toda la estructura entre etnias creada en esa región viene siendo cuestionada. Primero fue el Líbano donde los musulmanes, tornados en mayoría, cambiaron la Constitución de dicho estado después de una guerra fratricida. Después fue Iraq donde la mayoría chiita pro-Irán sacó provecho del derrocamiento de Hussein para querer suplantar al dominio de la minoría árabe sunita. Ahora hay dos países árabes donde el poder sigue en manos de una minoría religiosa dentro del Islam. Uno es Bahréin, donde el 70% de sus habitantes, que son chiitas, chocan con la bicentenaria monarquía despótica sunita. Otro es Siria, donde el poder militar y político ha sido concentrado por una familia y un partido entroncados en los alawitas (una secta ligada a los chiitas que apenas agrupa a uno de cada ocho sirios), mientras que los grupos armados opositores promueven la identidad sunita.
Siria, antes que Bahréin, puede acabar dominada por un gobierno que se sustente en la etnia mayoritaria.

Fuente: Diario Correo (Perú). 18 de julio del 2012.

jueves, 19 de julio de 2012

Semblanza de Héctor Cornejo Chávez, fundador del partido de la Democracia Cristiana en el Perú.

Héctor Cornejo Chávez

Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)

Había nacido en Arequipa y estudiado derecho en la Universidad San Agustín, cuando en 1945 fue electo presidente José Luis Bustamante, que lo convocó como secretario general de Palacio de Gobierno. Fue su debut en la política y definió su postura como católico reformista, comprometido con los más pobres de este país.
En 1955, luego del levantamiento de Arequipa contra la dictadura de Odría, Cornejo fundó la Democracia Cristiana, donde ejerció el liderazgo durante las décadas siguientes. Junto a Luis Bedoya, Javier de Belaunde, Roberto Ramírez del Villar y Ernesto Alayza fue fundador del socialcristianismo. Eran los años de la guerra fría y el grupo político naciente quería ofrecer una alternativa frente al comunismo; asimismo, buscaba remplazar a la vieja oligarquía; como consecuencia, adoptó la doctrina social de la Iglesia para posicionarse en la centro izquierda.
Cornejo fue diputado entre 1956 y 1962, habiendo combatido intensamente contra la convivencia del pradismo con el Apra, empleando una gran dosis de la inteligencia cáustica que le fue característica. Su rigor intelectual acompañado de furibunda mordacidad lo hizo una figura respetada, pero poco carismática. Su planteamiento anticapitalista y anti-comunista contribuyó a su imagen de antipático.
En las elecciones de 1956, la DC no presentó candidato presidencial, sino listas parlamentarias, que tuvieron buena acogida en algunas circunscripciones, sobre todo en Arequipa. Gracias a ello, la DC contó con una bancada selecta, pero reducida, que se ganó el apelativo de “cuatro gatos”. Asimismo, las elecciones del 56 trajeron el liderazgo carismático de Fernando Belaunde, que ocupó el espacio deseado por el socialcristianismo. FBT desplazó a la DC.
Para las elecciones de 1962, Cornejo fue candidato presidencial y obtuvo algo menos del 3%, evidenciando su reducida estatura presidenciable. Esas elecciones fueron anuladas vía un golpe militar que convocó a un nuevo proceso al año siguiente. En esa oportunidad, la DC formó una alianza con Acción Popular y llegó al poder como socio menor de FBT.
La relación con el gobierno acciopopulista fue difícil. Cornejo era senador y encabezaba el ala izquierda, frente a un gobierno que retrocedía ante el empuje de la superconvivencia, formada en el Congreso por el Apra y Odría. La alianza gubernamental empezó a dividirse en 1966, cuando la DC se fracturó; saliendo de ella los principales líderes encabezados por Bedoya Reyes, para formar el PPC y ubicarse en la centro derecha. Cornejo se quedó con un reducido número de dirigentes y conservó el apoyo de la juventud socialcristiana, radicalizada hacia la izquierda.
Al ser derrocado FBT por el general Juan Velasco, Cornejo vio con simpatía al gobierno militar. Al fin y al cabo, estaba haciendo lo que siempre había buscado, una reforma de las estructuras sociales en un sentido no comunista. Cruzó el Rubicón desdeñando el tema democrático, más le importó la voluntad de transformación de Velasco que el régimen de dictadura. La democracia social fue su credo.
Cornejo fue parte del pequeño grupo de asesores del gobierno militar que impulsó las reformas. En esa calidad participó de la expropiación de la prensa e incluso fue director de El Comercio, cuando fue estatizado en 1974. Probablemente fue su actuación pública más controvertida y causa de su posterior ostracismo político.

Fue constituyente en 1978 donde mostró que conservaba sus dotes oratorias en forma. Era un expositor consistente, armado de una lógica exquisita; además, enfrentaba a sus oponentes, defendiendo su postura con brillo. Era su última actuación política, luego se retiró a sus cuarteles de invierno, de los cuales no salió hasta su muerte, acaecida la semana pasada.
A lo largo de su vida fue un reputado profesor de derecho, especializado en el tema de familia. Catedrático de la PUCP por varias décadas, su contribución en este terreno fue notable y sus alumnos lo recuerdan como fue: justiciero e implacable.
Fuente: Diario La República (Perú). 18 de julio del 2012.

miércoles, 18 de julio de 2012

Debate sobre la historia de la Revolución de Trujillo de 1932: "El Año de la Barbarie".


LA REVOLUCIÓN DE TRUJILLO Y EL ANTIAPRISMO


Por: Daniel Parodi (Historiador)

En publicaciones anteriores he sostenido que la historia del Apra merece un análisis distinto de aquel que se caracteriza por el enfrentamiento entre apristas y antiapristas. Sin embargo, ni siquiera la revolución de Trujillo, que acaba de conmemorar sus 80 años, escapa al referido debate.

De esta manera, a la tradicional acusación que responsabiliza al partido aprista de la matanza de 17 oficiales del ejército durante la insurrección, se suman otras más novedosas que sostienen que la revolución no fue aprista sino trujillana y que, desde 1940, Haya de la Torre promovió el olvido de la gesta y su reemplazo por el Día de la Fraternidad, que conmemora su propio onomástico. Se señala que la revolución de Trujillo se convirtió en un acontecimiento incómodo para Haya, quien entonces ya realizaba su viraje a la derecha y negociaba con los partidos oligárquicos. Es así como la revolución de Trujillo abona la tesis de la traición del Apra a su ideología primigenia.

Crítico de la postura anterior es el destacado historiador Carlos Aguirre, quien en su reseña a Usted fue aprista, libro de Nelson Manrique, sostiene que “todo movimiento político tiene sus luces y sus sombras, pero en la visión de Manrique pocas luces asoman en el horizonte del aprismo. Análisis históricos del PRI o del peronismo (…) que solo se detuvieran en las traiciones, los virajes, la corrupción y el autoritarismo de sus dirigentes harían ciertamente muy difícil la comprensión de sus trayectorias y sus contribuciones a la vida política -y, por qué no, a la democratización- de sus respectivos países”

Pasando a los hechos, la revolución de Trujillo se ubica en el contexto de la Crisis Mundial de 1929. En dicha coyuntura las haciendas aledañas a la capital norteña fueron muy afectadas por la baja en la demanda del azúcar, la que generó drásticas reducciones de salarios, altos índices de desempleo y una cargada atmósfera de malestar social. A nivel interno la insurrección remite a la irrupción de las masas en la política, la que fue impulsada por el Apra. Ciertamente, la causa inmediata del levantamiento fue la implacable represión del gobierno de Sánchez Cerro, responsable de una serie de violentos ataques contra locales del PAP, de la deportación del pleno de la CPA y de la prisión de Haya de la Torre, quien fue arrestado el 6 de mayo de 1932. Estos acontecimientos fueron el detonante de la revolución aprista-popular del 7 de julio del mismo año, y la llamo así porque la cúpula del PAP se encontraba presa, incomunicada o exiliada, por lo que no participó directamente en la organización del levantamiento.

Por otro lado, el Día de la Fraternidad dista de ser una tradición inventada que se instaurase para promover el olvido de la revolución de Trujillo. Aquella conmemoración la instituyó el Apra para rendir homenaje a Haya por la persecución que sufrió casi ininterrumpidamente desde 1923 hasta 1945, y también como expresión del culto a la personalidad del líder-fundador, característico de la identidad aprista. Ciertamente, en el discurso de instauración del Día de la Fraternidad, en 1946, Manuel Seoane dedicó varios pasajes de su alocución a los mártires de Trujillo, por lo que ambas efemérides – la revolución del 32 y la Fraternidad- no parecen oponerse y, más bien enriquecen el repertorio simbólico del partido de la estrella.

Para estudiar la historia del Apra desde nuevos enfoques es necesario superar el antiaprismo historiográfico cuyos discursos, aunque revestidos de academicismo, parten todos de la trillada premisa de la claudicación ideológica. Si a pesar de todo el Apra permanece es porque existe mucho más que eso en su trayectoria, como lo demuestran sus mártires de Trujillo, quienes hace 80 años fueron ejecutados por millares, mientras oponían el ideal democrático al autoritarismo dictatorial de Sánchez Cerro.

Fuente: Diario 16 (Perú). 17-07-12

Artículo recomendado: 

Historia de la Rebelión Aprista de Trujillo (1932)

miércoles, 11 de julio de 2012

Balance entre la "historia revisionista de la independencia" y la escuela “estructuralista”, del énfasis en las clases sociales y los sectores populares como grandes sujetos históricos de la emancipación.


El nudo del imperio
Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)
Esta semana se presenta una nueva contribución de Carmen McEvoy a la historia del Perú. En esta oportunidad, junto a dos colegas, ella compila un conjunto de artículos que tratan sobre la independencia del Perú. Se trata de un buen balance de los avances de la “historia revisionista”, que desde los noventa se impuso sobre la vieja escuela “estructuralista”, que privilegiaba las clases sociales y los sectores populares como grandes sujetos históricos. Mientras que, ahora se ha vuelto al individuo, se ha centrado en el pensamiento y han reaparecido los criollos como grandes personajes de la emancipación.
Esta nueva forma de analizar la historia de América Latina tuvo un gran impulso con la obra del historiador francés Francois Xavier Guerra, que lamentablemente falleció bastante temprano. Según su planteamiento, para entender la independencia se requería situarla en el marco de las revoluciones del atlántico norte, especialmente la francesa y también la norteamericana.  
Cuando Napoleón invadió España, realmente se abrió la coyuntura de la emancipación, porque los reyes españoles legítimos fueron apresados y nombrado en su reemplazo el hermano mismo de Bonaparte. Ahí, España entró en guerra de resistencia nacional contra los franceses, en el curso de la cual se proclamaron “juntas” para gobernar las ciudades, a nombre del rey preso. Siguiendo el movimiento, los criollos de América proclamaron sus propias “juntas”, que evolucionaron de fidelistas al rey a independentistas, proclamando la libertad de Hispanoamérica. Así, la emancipación nacería del hundimiento del centro imperial, que se habría sumergido en crisis, abriendo oportunidades a los márgenes.
Esta tesis fue la base para el atractivo de la nueva interpretación, porque rompía con las dos ideas precedentes que estaban enfrascadas en una polémica que venía durando décadas. Por un lado la “historia tradicional”, que postulaba la maduración de la idea de patria entre los criollos, que habrían reclamado la mayoría de edad. La otra postura era la “nueva historia”, que buscaba posicionar a los sectores populares y hacía de las sublevaciones indígenas la llave de la explicación. En efecto, el verdadero precursor era Túpac Amaru y su movimiento habría definido los campos. De acuerdo a Heraclio Bonilla, los criollos del Perú habrían sido conservadores por temor al indio, a la repetición de una nueva rebelión indígena que subvierta el orden social.
En este nuevo libro de McEvoy, esa polémica está superada. Ni partidarios del alma nacional ni de las sublevaciones indígenas, la explicación que nos plantea parte de la historia cultural y aporta conceptos para entender el cambio de mentalidad que estaba en curso. Se estaba negando la distinción fundamental, que había fundado el orden colonial, separando a las personas en dos legislaciones distintas y se inauguraba el mundo de la igualdad ante la ley. Por más imperfecciones que tuviera, fue un cambio crucial en la mente de sus protagonistas, que fueron criollos, como Hipólito Unanue y la “Abeja Republicana”, entre otros, quienes reaparecen como forjadores de la ciudadanía.
Junto a los líderes indígenas también se empequeñecen los movimientos y luchas sociales. No se enfoca en Zela ni tampoco en los Angulo; el mismo Pumacahua se ha minimizado; 1780 y 1814 han dejado de ser fechas claves. Después de Sendero, pareciera que los levantamientos han perdido atractivo historiográfico.
Por el contrario, se recupera el esfuerzo de integración nacional. ¿Cómo hacer para construir nación, partiendo de un país tan heterogéneo? Los autores destacan esa pregunta y le dedican sus mejores páginas. Buscan la respuesta en los creativos de la época; aunque, su interrogante es contemporánea. Al explorar las fórmulas de los criollos de antaño, el libro revisa la sapiencia de las clases ilustradas para encarar el nudo del Perú, postulando ideas que conserven utilidad para el presente y futuro de nuestro país.
Fuente: Diario La República (Perú). 04 de julio del 2012.
Recomendado:

domingo, 17 de junio de 2012

Verdadera historia del Caso Watergate.

Últimas noticias de Watergate
En las primeras horas del 17 de junio de 1972, hace 40 años, un grupo de supuestos ladrones ingresó en la sede del Partido Demócrata en el edificio Watergate, cuando gobernaba el republicano Richard Nixon. Al día siguiente el periódico The Washington Post publicó un primer artículo en el que se vinculaba a los delincuentes con hombres del presidente  Nixon. Muchas mentiras se han relatado sobre el grave caso de corrupción y felonía, aquí se destaca lo que realmente sucedió.
Por: Ángel Páez (Periodista)
Los hechos verdaderos sobre Watergate son más fascinantes que los cuentos que se han fabricado sobre el caso que estalló hace cuarenta años y derrumbó al presidente más poderoso del mundo, Richard Nixon.
El reconocido escritor Thomas Mallon acaba de publicar la novela Watergate   (2012), un intento de reconstrucción de ese vergonzoso y dramático episodio en la historia de la Casa Blanca. Revisó miles de documentos, grabaciones y videos para darle veracidad a su historia. Pero Mallon no consigue captar la dimensión de lo que realmente ocurrió, por la sencilla razón de que no descubrió lo que encontraron los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein. Por eso la ficción literaria jamás superará al verdadero periodismo.

Se ha divulgado que desde el principio Woodward y Bernstein apuntaron a Richard Nixon. No es cierto. Cuando le encargaron a Woodward averiguar quiénes eran los cinco sujetos detenidos en la sede del Partido Demócrata, en el edificio Watergate, a las dos y treinta de la mañana del 17 de junio de 1972; y por qué llevaban entre sus pertenencias guantes de cirujano, micrófonos inalámbricos, radiotransmisores, microcámaras y billetes de cien dólares nuevos y de la misma serie; al reportero jamás se le cruzó por la mente que los individuos arrestados lo conducirían al Comité de Reelección del Presidente y de ahí al despacho del mismísimo Nixon.
Del mismo modo, Bernstein tampoco sospechó que al seguir la pista del dinero recién emitido que portaban los sujetos llegaría a los fondos de financiamiento de la campaña de reelección, que estaban bajo el control de los hombres de su más extrema confianza, dispuestos a inmolarse por él.
Mejor dicho, Woodward y Bernstein jamás planearon tirarse abajo al presidente, como sugieren los especuladores. Lo que sucedió fue que cada vez que encontraban algo que olía mal, siempre había alguien de la Casa Blanca que trabajaba bajo las órdenes directas de Nixon.
Una historia verdadera
El director del Washington Post, Bend Bradlee, lo recordó así en sus memorias, La vida de un periodista (1995): “Seis semanas después del allanamiento de las oficinas del Partido Demócrata en Watergate, seguíamos desgranando e investigando cualquier información que pudiera arrojar alguna luz sobre el caso, ignorando que nos encontrábamos ante un encubrimiento masivo orquestado por la Casa Blanca.
Escarbábamos en la historia, sabiendo que allí había algo, pero incapaces de describir ‘qué’ era ese algo; encontrando lo que parecían piezas de un rompecabezas, pero incapaces de ver dónde encajaban”.
También se ha difundido sin sustento que Woodward y Bernstein fueron un par de iluminados que desde el principio se hicieron cargo del caso porque sospechaban que detrás de la incursión de los cinco supuestos ladrones en la sede del Partido Republicano estaba la mano negra de Nixon. Mentira. Como lo recuerda Ben Bradlee, un abogado vinculado al Partido Demócrata, y que también asesoraba al Washigton Post, llamó por teléfono al subdirector Howard Simons para avisar que la policía había atrapado una buena presa en el edificio Watergate. De otro modo, el diario habría tardado en enterarse y dejado escapar la noticia del siglo.
Por eso, el primer artículo sobre el caso, que apareció el 18 de junio de 1972, no lo firmaban Woodward ni Bernstein, como muchos suponen equivocadamente, sino Alfred E. Lewis, un experimentado y notable reportero de policiales. Woodward y Bernstein aparecían al final del texto únicamente como colaboradores.
Felt entra en escena

Pero todo cambió de pronto cuando uno de los “ladrones” atrapados en Watergate dijo ante el juez que había trabajado para la CIA, la Agencia Central de Inteligencia. Woodward estuvo en el tribunal y lo que escuchó fue música celestial para sus oídos. Esto motivó una búsqueda frenética de los antecedentes de los cinco “ladrones” capturados en Watergate. Los resultados aparecieron el 19 de junio de 1979, esta vez en un artículo suscrito por Bob Woodward y Carl Bernstein. No eran delincuentes comunes y corrientes. Pertenecían o estaban relacionados con la organización anticastrista “Operation 40”, patrocinada por la CIA y vinculada con la frustrada invasión de la Bahía de Cochinos.
¿La pandilla descubierta en Watergate era un grupo aislado o respondía a órdenes superiores? Las pistas conducían a la Casa Blanca, pero faltaban más datos. Es entonces que Woodward recurrió a un viejo conocido del Buró Federal de Inteligencia, el FBI. Sobre este personaje se han elaborado numerosas falsedades. Para empezar, no es verdad que el confidente del FBI, a quien luego el subdirector Howard Simons bautizaría como “Garganta Profunda”, buscó a los periodistas del Washington Post. La verdad es que Woodward lo conoció mucho antes, incluso cuando no ejercía el periodismo. Era Mark Felt, el número dos del FBI.
En el Hombre secreto (2005), Woodward relató cómo lo conoció: “Prestaba servicio como teniente en la Marina, asignado al Pentágono como oficial de guardia para supervisar las comunicaciones por teletipo que se recibían de todas partes del mundo, bajo el mando del jefe de operaciones navales, el almirante Thomas H. Moore. A veces hacía de mensajero, llevando paquetes con mensajes u otros documentos a la Casa Blanca. Una tarde probablemente de la primera mitad de 1970 (cuando gobernaba Nixon), yo llevaba un rato esperando cuando apareció un hombre alto con el pelo gris perfectamente peinado. Se podía inferir que era un individuo con dotes de mando, una persona con el temple y la actitud de alguien acostumbrado a impartir órdenes y a que estas se cumplieran de inmediato sin ser cuestionadas. Al cabo de unos minutos me presenté: ‘Teniente Bob Woodward, señor’. A lo que me contestó: ‘Mark Felt’. Tenía una voz potente y segura”.
Nixon ordenó a los jefazos del FBI que averiguaran quién o quiénes del buró filtraban información a Woodward y Bernstein. Como consta en Watergate: The FBI Files (2010), entre los que debían acatar el mandato presidencial, irónicamente, se encontraba Mark Felt.
Paralelamente, Nixon presionó sobre la propietaria del Washington Post, Katherine Graham, para que enviara de vacaciones a los reporteros y dejaran de joder con Watergate, porque temía que las publicaciones minaran su candidatura a la reelección. “Yo me sentía asediada”, escribió Graham en sus memorias, Historia Personal (1998): “Las presiones para que abandonáramos el asunto eran insoportables, incluso muchos de mis amigos me empujaban a dejarlo. Pero lo mejor que podíamos hacer, en medio del asedio, era seguir investigando, buscar pruebas irrefutables, obtener los detalles e informar con exactitud de lo que averiguáramos”.
Para silenciar a los periodistas, Nixon puso en funcionamiento una maquinaria de la que era parte la prensa oficialista, que no informaba de las revelaciones del Washington Post, o las cuestionaba. “Aunque ahora cueste imaginarlo, durante unos meses el caso Watergate apenas produjo impacto en la conciencia del pueblo. Las encuestas Gallup estimaban que solo la mitad del electorado tenía conocimiento del caso. Aparte de Woodward y Bernstein, la mayor parte de los medios de comunicación seguía en la inopia”, relata Anthony Summers en la biografía Nixon: La arrogancia del poder (2003).
Nixon no amaba a los reporteros que lo investigaban. En una grabación de sus diálogos en su despacho en la Casa Blanca, se le oye decir: “Nunca ayudes a esos bastardos (los periodistas). Jamás. Ellos siempre van a tratar de clavarte un puñal en la entrepierna”. Quizás estaba en lo cierto, si era el caso de Nixon.
Woodward confía en que el tipo de periodismo con el que hizo historia junto a Bernstein no morirá. “Watergate demostró que valía la pena el esfuerzo de cavar profundamente y pasar el tiempo suficiente en la historia para asegurarse de publicar la verdad más completa y honesta posible. Esa es una lección que se mantiene vigente”, ha dicho. Eso es lo que no hace la mayoría de reporteros de hoy. “En cambio, las noticias por Internet y los informativos de 24 horas se limitan a dar cuenta de hechos de última hora, en lugar de proporcionar reportes detallados”. Ese tipo de periodismo jamás descubrirá un caso parecido a Watergate. Con el tiempo, ni siquiera merecerá un pie de página.

Fuente: Diario La República, Suplemento "Domingo". 17 de junio del 2012.

Recomendado:

miércoles, 30 de mayo de 2012

50 años de la ejecución del nazi Adolf Eichmann, principal organizador del exterminio de seis millones de judíos.


Eichmann en la horca

Se cumplen 50 años de la ejecución del nazi Adolf Eichmann, condenado a muerte en Israel por 15 crímenes contra la humanidad . La utopía, aún en construcción, de una justicia multinacional que persiga este tipo de delitos, se debe en buena parte al proceso de Jerusalén.


Por: Álvaro Abós. Escritor argentino, autor de Eichmann en Argentina (Edhasa).
La noche del jueves 31 de mayo de 1962, Otto Adolf Eichmann, nacido en Solingen, Alemania, de 56 años, subió al patíbulo en la prisión de Ramala, a 15 kilómetros de Jerusalén. Rechazó la capucha negra que quiso colocarle el verdugo y pronunció sus últimas palabras: “¡Larga vida a Austria, larga vida a Alemania, larga vida a Argentina, nunca los olvidaré!”.
Eran las 11.45 cuando la trampa de la horca se abrió.
Así terminaba, hace 50 años, el proceso contra Adolf Eichmann, principal organizador del exterminio de seis millones de judíos. Un juicio que apasionó al mundo y provocó airadas polémicas. La televisión israelí transmitía en directo las sesiones que, debido a la diferencia horaria, se veían en Estados Unidos a la hora de la cena. Todo había comenzado dos años antes, cuando Ben Gurión, creador del Estado de Israel y entonces primer ministro, ordenó a un comando del Mossad, o servicio secreto, secuestrar a Eichmann y llevarlo a Israel. El antiguo oberstandartenführer vivía en Argentina desde 1950, con identidad falsa. En noviembre de 1959, la Corte Suprema de Buenos Aires había rechazado la extradición, pedida por unland de Alemania, de otro nazi, el doctor Joseph Mengele, médico en Auschwitz, campo de exterminio donde realizaba crueles experimentos genéticos. Argumentó el máximo tribunal que la Constitución argentina vedaba la “extradición por causas políticas”. Ese fallo cancelaba toda posibilidad de extraditar a Eichmann. Pero Israel necesitaba juzgar al arquitecto del genocidio judío, porque los crímenes del nazismo se estaban olvidando y Estados Unidos por entonces se interesaba sobre todo en su enfrentamiento con la Unión Soviética.
El 11 de mayo de 1960, el Mossad secuestró a Eichmann en una calle del barrio de San Fernando, al noroeste de Buenos Aires, y lo transportó a Israel, eludiendo a la policía argentina. El secuestro provocó un gran debate, tanto en la prensa mundial como en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que finalmente emitió una inocua resolución exhortando a Israel a “indemnizar” a Argentina por la violación de su soberanía. Opinaron, entre otros, Bruno Bettelheim y Erich Fromm. Hannah Arendt, ensayista judía nacida y criada en Alemania, donde había sido alumna de Karl Jaspers, fue a Jerusalén como enviada especial de la revista The New Yorker. Debía escribir cinco artículos sobre el proceso. Tras presenciar las primeras sesiones, algo muy profundo se removió en la conciencia de la autora de Los orígenes del totalitarismo. Su memoria recreó la persecución padecida por tantos judíos, incluida su propia familia y ella misma, que había escapado de Alemania con la Gestapo pisándole los talones. Hannah Arendt volvió a Nueva York, donde vivía, pero cayó en una crisis personal y un bloqueo. Solo en 1963 consiguió reponerse, y entonces, además de los artículos prometidos a The New Yorker, escribió las casi 500 páginas de suEichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal, uno de los más importantes ensayos del siglo XX. Ese libro, que es también un vívido reportaje sobre el proceso de Jerusalén, introdujo una idea desde entonces instalada en el lenguaje del mundo. Sostiene Hannah Arendt que el mal no necesariamente encarna en psicópatas delirantes como Hitler. Puede también presentarse en envases “cotidianos”, por ejemplo bajo la forma de un señor normal como Adolf Eichmann, buen padre de familia, ciudadano ejemplar y funcionario cumplidor. Estos hombres banales quizás son los peores. ¿Cuántos asesinos de escritorio hemos visto desde 1962?
Comenzó el juicio. Fue reconstruido el exterminio planificado de los judíos y el papel que en la solución final desempeñó Eichmann. Algunos dijeron que el juicio era una farsa y que encubría un mero acto de venganza. Otros dijeron que no podía edificarse un proceso justo sobre un delito previo, ya que el secuestro de Eichmann en Argentina había violado leyes locales e internacionales. Se adujo que Israel no tenía jurisdicción para procesar a Eichmann, pues los crímenes que se le imputaban habían sido cometidos en Alemania u otros países europeos. En todo caso, como sostenía Karl Jaspers, ¿no debió Eichmann ser juzgado por un tribunal internacional, y no por un tribunal judío? Eichmann adujo que las acusaciones contra él habían prescrito.
El tribunal halló culpable a Eichmann de por lo menos 15 crímenes contra la humanidad. En el juicio comparecieron más de 100 testigos y se probó que Eichmann había sido el organizador de un operativo criminal minuciosamente preparado, cuya finalidad era el exterminio total de los judíos del mundo, según un modelo que Adolf Hitler ya había explicado y fundamentado en su libro Mi lucha (1925).
Eichmann pudo defenderse. Contrató a un reputado abogado criminalista, el suizo Robert Servatius, cuyos honorarios pagó el Estado de Israel. Eichmann, durante el proceso, desplegó varias líneas defensivas. Una de ellas fue la obediencia debida. Él, Eichmann, se había limitado a cumplir las órdenes que recibía, toda vez que no era sino un funcionario del Estado. Además de reclamar la prescripción, impugnó el proceso porque se pretendía aplicarle leyes que no regían al cometerse los hechos juzgados. Eichman negó las imputaciones. Negó los hechos. Negó la veracidad de cada uno de los testimonios.
Finalmente, el tribunal halló culpable a Eichmann de por lo menos 15 crímenes contra la humanidad y lo condenó a muerte. Fue la única vez que en Israel se aplicó esa pena, que no existe en la legislación del país. La ejecución de Eichmann también levantó polvareda. Hasta el último momento se esperó la gracia, que el presidente Ben-Zvi no concedió. Uno de los patriarcas del Israel moderno, el teólogo Martin Buber, quien desde 1939 vivía en Palestina, pidió que no mataran a Eichmann y que en cambio lo condenaran a labrar la tierra de Israel, en un kibutz, hasta que falleciera de forma natural.
El proceso de Jerusalén no es solo un hecho histórico. Aún incide en nuestras vidas. Sentó principios básicos. Por ejemplo, que la obediencia debida no es eximente cuando se juzgan crímenes de lesa humanidad. Los crímenes como los que se imputó a Eichmann no prescriben porque el olvido no puede lavar el horror. Los dictadores argentinos de los años setenta fueron sentados en el banquillo en 1985 —hoy siguen allí, tras anularse su amnistía— porque antes existió el proceso de Jerusalén. Otros sangrientos tiranos, como Augusto Pinochet o los asesinos de la Serbia de Milosevic, pudieron, con suerte varia, ser juzgados porque antes existió el proceso de Jerusalén. Los intentos de Baltasar Garzón para castigar crímenes del franquismo se basaban en aquel proceso. La utopía, aún en construcción, de una justicia multinacional que persiga los crímenes contra la humanidad, se debe en buena parte al proceso de Jerusalén. Es necesario recordarlo porque a pesar del medio siglo transcurrido, aún parte del mundo niega el Holocausto y una suerte de esvástica flamea nada menos que en el Parlamento de Grecia, la cuna de la civilización occidental.
Fuente: Diario El País (España). 31 de mayo del 2012.

Historia del Sindicalismo en el Perú.


El sindicalismo peruano
Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)
Hace unos días ha sido presentada una crónica de los despidos en empresas públicas al comenzar el gobierno de Fujimori. Su autor es Samuel Soplín, entonces sindicalista postal y trabajador de correos, quien nos devuelve a una época especialmente difícil para los trabajadores, cuando comenzó el ajuste neoliberal y masivamente perdieron derechos y puestos de trabajo.
Los sectores populares habían organizado sindicatos desde comienzo de siglo XX y paulatinamente fueron ganando protagonismo político. En lo fundamental, acompañaron al Apra hasta los años cincuenta, cuando el trabajo sindical del Partido Comunista fue ganando más adeptos. El viraje a la derecha consumado a través de la “convivencia” con Manuel Prado fue una oportunidad para los comunistas. Aprovechando esa ventana, para los años sesenta, los sindicatos estaban pasando masivamente a las izquierdas. Ese proceso fue estimulado por el auge de las revoluciones tercermundistas, después de la revolución china y el inicio del proceso de descolonización en el mundo entero. En América Latina, el triunfo de la revolución cubana generó un profundo giro hacia la izquierda de la política latinoamericana de los años sesenta, cuando todos los políticos se presentaban como partidarios del cambio social.
Así, los sindicatos ya eran izquierdistas cuando el general Velasco tomó el poder en octubre de 1968. Pero, durante su mandato los trabajadores lograron una conquista laboral muy importante. Se trata de la estabilidad laboral, que impedía despidos injustificados y obligaba a sustentarlos legalmente. Esa norma de Velasco permitió que los dirigentes sindicales puedan cumplir su trabajo sin mayores temores. Pero, la ley era tan drástica que introdujo elevada ineficiencia al sistema económico, puesto que el mismo efecto se hubiera podido lograr de otra manera.
Sin embargo, Velasco no se llevaba del todo bien con los sindicatos. Los consideraba comunistas y sospechosos de apoyar a una política extranjera, como era la Unión Soviética y Cuba. Velasco era muy nacionalista, tenía recelo de las posturas políticas que adherían a bloques extranjeros. Además, era autoritario y trataba a todo el país como cuartel, queriendo que se obedeciera “sin dudas ni murmuraciones”.
Por ello, no hubo luna de miel entre Velasco y los sindicatos. Por el contrario, en esta época se forjó el clasismo, una ideología que expresaba el esfuerzo por conservar autonomía con respecto al gobierno militar.
Ese movimiento clasista significó el punto más alto de la influencia política del sindicalismo durante la segunda parte del siglo XX. Se fortaleció gracias a Velasco, aunque logrando independencia para empujar un proyecto donde jugaba un importante papel, que fue la izquierda desunida de los 1970. Pero, desde los ochenta se inició el retroceso del sindicalismo. Sus protestas se gastaron, su discurso se quedó corto y perdió efectividad. Los cuadros políticos de las izquierdas ingresaron a la arena electoral y la competencia por cargos públicos. Nadie se quedó a trabajar junto a los sindicatos.
La hiperinflación del primer gobierno de García golpeó la organización sindical y los asesinatos de la violencia política tuvieron un efecto letal. De ese modo, se produjo la inversión del máximo logrado en los setenta. Al comenzar los noventa, con el gobierno de Fujimori, el sindicalismo retrocedió al nivel mínimo de influencia y su vigencia fue seriamente mellada. Desde entonces no se ha recuperado en forma significativa.
En su contra opera la transformación del mercado de trabajo, que ha tercerizado funciones e individualizado la producción. Estos cambios internacionales de la organización económica también llegaron al Perú al comenzar los noventa, con el gobierno Fujimori y el neoliberalismo, dando inicio -malo que bueno- al país contemporáneo que vivimos hasta hoy.
Pocas veces la perspectiva sindical de este proceso ha merecido una narrativa tan coherente y bien contada como en la reciente crónica de Samuel Soplín.
Fuente: Diario La República (Perú). 30 de mayo del 2012.