miércoles, 16 de mayo de 2012

Repensar el siglo XX. Enciclopedia B-S de José Emilio Burucúa, Radicales libre de José María Ridao y Pensar el siglo XX de Tony Judt.


En la maraña de la historia

Algunas de las mayores barbaries cometidas en el siglo XX se han contado como si fueran el resultado de una patología capaz de inspirar acciones criminales más que como el resultado de decisiones políticas concretas.


Por: José Andrés Rojo

Las ciudades rumanas de Ploiesti y Bucarest fueron bombardeadas durante la II Guerra Mundial por soviéticos, ingleses, estadounidenses y, después, por alemanes. “No una semana, tampoco un mes ni un año, sino años enteros”, escribe en sus memorias Raúl S-W Berg, el personaje que protagoniza la Enciclopedia B-S(Periférica), donde el historiador argentino José Emilio Burucúa reconstruye los avatares del siglo XX siguiendo los pasos de una familia judía centroeuropea. La Rumanía de Antonescu se situó desde el principio al lado del Eje. El 23 de agosto de 1944, sin embargo, el rey Miguel dio un golpe de Estado y su país empezó a combatir en el bando de los aliados. En el cielo cambiaron las banderas de los aviones, pero las bombas siguieron cayendo con puntualidad matemática y con más o menos puntería.
En uno de esos ataques los alemanes fueron particularmente certeros. Tras una acometida inicial se impuso la calma, así que Raúl abandonó el refugio y regresó a casa para recoger a Muqui, su perrita. Aprovechó entonces para afeitarse y en esas andaba cuando los aviones retomaron su rutina destructiva. Arrojaron nueve bombas en su calle, desde el número 1 al 17, y una de ellas cayó exactamente sobre el 11, su casa. Raúl y Muqui sobrevivieron sorprendentemente, pero la perrita quedó paralítica. Cuando regresó al refugio para dar noticias de que aún vivía, su mujer le puso un espejo delante: “Me miré; tenía todo el pelo blanco”.
“La brutalidad del comunismo rumano ocultó en gran medida la del nazismo anterior”, escribe José María Ridao en Radicales libres (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Se ha detenido ahí, en Bucarest, porque está contando lo que pasó con algunos de los grandes intelectuales de aquel país durante ese periodo. Mircea Elíade y Emile Cioran formaron parte de la Legión de Hierro, la sanguinaria organización que permitió a Antonescu imponer en su país medidas parecidas a las que aplicó Hitler en Alemania. Eugène Ionesco y Mihail Sebastian, en cambio, prefirieron distanciarse de sus excesos.
A Raúl se le quedó el pelo blanco de puro espanto. Y ese espanto es una de las marcas del siglo XX, que ocupa seguramente el lugar central de ese libro de Ridao en el que ha reunido una colección de piezas —notas de lectura, apuntes de viajes, reflexiones sobre episodios puntuales de la actualidad, referencias a películas o a encuentros personales— que no parecen tener entre sí conexión alguna pero que terminan, acopladas una detrás de otra de manera cronológica, por proponer una escalofriante panorámica de cuanto les ocurre a hombres y mujeres cuando son atrapados en el torbellino de la historia. Algunos son seducidos por los reclamos de los poderosos, otros padecen sus delirios. Lo que José María Ridao procura es iluminar la “otra cara”, aquella de la que queda apenas rastro, la que atraviesan esos “seres solitarios avanzando en dirección contraria a la multitud, radicales libres”.
El recorrido empieza en el Egito faraónico, se detiene en el teatro romano de Bosra, pasa por las confesiones de San Agustín o el martirio de Santa Juliana, asiste al tratado de Tordesillas de 1494 o a las Capitulaciones de 1491, observa las infames maniobras de los Médici en la Florencia de Lorenzo el Magnífico, da cuenta de los viajes de Gulliver que contó Jonathan Swift. De Balzac recoge su desafío, con el que pretendió emular a Napoleón: “Lo que él comenzó con la espada, yo lo alcanzaré con la pluma”. Luego entra en Tocqueville y en Richard Burton para constatar como la aventura colonial en África comparte buena parte de sus presupuestos ideológicos con los totalitarismos del siglo XX, y se detiene en La avenida Sydenham, el cuadro que Claude Pisarro pintó durante su forzada estancia en Londres cuando huía de la guerra francoprusiana de 1870. Dostoievski, Turguénev, Ibsen, la invención del cine por los Lumière, la fascinación por la ciencia de Julio Verne, las aventuras de Tarzán, el compendio de sabiduría que arman Bouvard y Pécuchet de la mano de Flaubert.
Ridao entra en el siglo XX de la mano de Kafka y su muralla china. De Italo Svevo recoge un diagnóstico sobre el clima que se vive cuando la Gran Guerra —18 millones de muertos— está a punto de estallar: “Un presente en que el miedo se ha adueñado de la vida cotidiana”. Cuando analiza la obra de Sebastian Haffner sobre la revolución alemana de 1918-1919 apunta que el nazismo se ha estudiado más como una patología capaz de inspirar acciones criminales que como el resultado de decisiones políticas concretas. El testimonio de un viaje de André Gide en el verano de 1936 le sirve para mostrar la deriva totalitaria de la revolución soviética: “Lo que se quiere y lo que se exige es la aprobación de cuanto hace la URSS”, escribió el escritor francés, “lo que se busca, que esta aprobación no obedezca a la resignación, sino a la sinceridad, incluso al entusiasmo. Lo más sorprendente es que se consigue”.
Es imposible sintetizar Radicales libres pues cada pieza tiene vida propia y agarra a su manera los sucesos y las experiencias de momentos muy concretos. Baste señalar, acaso, dos corrientes que fluyen por sus páginas. Una de ellas abunda en una inquietante paradoja: que las democracias debieran parte de su victoria sobre el totalitarismo en la Segunda Guerra Mundial a un régimen totalitario. La otra, que Ridao aborda cuando muestra que no todos los actos de la Resistencia fueron irreprochables o cuando se refiere a la matanza de 22.000 oficiales polacos por parte del Ejército soviético en los bosques de Katyn, le permite subrayar que “lo que importa es recordar que la victoria no puede ser una justificación retrospectiva de todas las acciones que la propiciaron, como la destrucción planificada de Alemania...”.
Avanzar en dirección contraria a la multitud, dice Ridao de su tarea, y por eso se ocupa de desmontar los mitos que consagran un mundo en blanco y negro y que esquivan la complejidad con buenas intenciones. Las piezas de su libro son una invitación a mirar con coraje la infamia a la que tantas veces conducen las grandes causas, pero también a celebrar la valentía de cuantos se negaron a aceptar la versión establecida y pelearon por acercarse a la verdad. Tras la II Guerra Mundial, Ridao avanza a lo largo del siglo, y se sumerge en el laberíntico conflicto de Oriente Próximo, recoge el final del Che Guevara en la selva boliviana, habla del terrorismo de la Baader Meinhof o analiza la guerra de Irak, entre otros asuntos.
La informe maraña de la pasada centuria que Burucúa ha atravesado siguiendo la vida de una familia judía y que Ridao, en una parte deRadicales libres, ha rastreado a través de sus lecturas, la aborda Tony Judt en una larga conversación con Timothy Snyder en Pensar el siglo XX (Taurus). En este caso, el historiador se niega a aceptar la versión oficial que de cuanto pasó fue solo “un lamentable historial de dictaduras, violencia, abuso autoritario del poder y supresión de los derechos individuales”. También hubo mejoras de la condición humana en general, dice. Así que se embarca, como Burucúa y Ridao, en la colosal empresa de volver a los hechos, a las vidas corrientes, a esas políticas concretas que se aplicaron en momentos concretos. “Lo primero es enseñar a la gente lo que son los árboles”, le dice Judt a Snyder. “La gente no debería aventurarse en los bosques, ni siquiera en bosques con las sendas marcadas, si no saben lo que es un árbol”.
Es necesario observar, por ejemplo, como hace Ridao, las distintas respuestas que dieron el general Paul Tibbets y el piloto Claude Eatherley a un experiencia que compartieron: arrojar sobre Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Tibbets estaba convencido de que la bomba había ahorrado muchas vidas humanas y proclamo que “en las mismas circunstancias, volvería a hacerlo”. Eatherly, en cambio, no pudo ya conciliar el sueño y en un momento de extremo pesar, “valiéndose de un listín telefónico, redactó centenares de cartas que dirigió a otros tantos habitantes de Hiroshima escogidos al azar, y en las que simple y angustiosamente solicitaba su perdón”.
Fuente: Diario El País (España). 16 de mayo del 2012.

La venganza de Moctezuma. La cultura Azteca frente a la cultura Occidental.


5 siglos de Moctezuma

Por. Isaac Bigio (Internacionalista)

Estamos a medio milenio desde que el imperio de la Triple Alianza (más conocido como azteca) estuvo en su cúspide bajo Moctezuma II, el último y posiblemente el más poderoso monarca que hayan tenido los amerindios del norte. Hace 5 siglos él regentaba a la única potencia del mundo con costas en los 2 mayores océanos del planeta (Atlántico y Pacífico).

En menos de una década se conmemorará el V centenario de su caída, la que fue la primera victoria de un imperio europeo fuera de su región o del Mediterráneo, algo que luego abriría paso a la conquista de los incas y de otras civilizaciones avanzadas en África y Asia.

Los aztecas fueron presentados como un pueblo que cayó debido a sus supersticiones y a la superioridad de la tecnología y de la ética de los españoles. Si bien los antiguos mesoamericanos sacrificaban a sus prisioneros de guerra y hasta ingerían partes de sus cuerpos, dicho 'salvajismo' no era inferior al de los europeos que entonces acostumbraban a exterminar pueblos enteros o deleitarse con torturas y ejecuciones públicas.

Los antiguos mexicanos educaban a sus hijos en escuelas y tenían una poesía, astronomía y agricultura tan o más avanzada que la europea. Los soberanos aztecas como Moctezuma no heredaban el trono como los europeos sino que eran electos por notables.

Hace 500 años la capital azteca era una ciudad varias veces más grande, limpia y hermosa que Londres, Madrid, Roma, París o cualquiera de Europa. Había sido edificada sobre un lago con canales más extensos y bellos que Venecia. Se sostenían con un sistema de chinampas (granjas sobre islotes artificiales) que producían más alimentos y diversidad de éstos que los feudos europeos. El maíz, el primer alimento del mundo y también en haber sido fabricado genéticamente, es, al igual que los tomates, vainillas, ajíes, tortillas, pavos, chocolates y cacaos, una contribución mesoamericana a la dieta mundial.

La caída de Moctezuma abrió toda una nueva época en el planeta. Fue la primera conquista europea fuera de su entorno, la cual dio paso a que el occidente europeo (históricamente rezagado ante la India, China y el mundo mahometano) acabase por dominar y remodelar al globo.

Los aztecas, al igual que los incas, no fueron vencidos debido al heroísmo de algunos pocos conquistadores ibéricos sino gracias a las primeras transatlánticas de la historia en las cuales Madrid se montó sobre una rebelión de etnias descontentas con los impuestos y abusos de sus dominadores, en tanto que las plagas que trajeron los blancos diezmaron hasta un 90% de los amerindios.

La 'venganza' de Moctezuma es que la ciudad en la que él vivió y murió ya es la más poblada de la historia y en un tercio de siglo apunta a ser la capital de una de las 5 mayores economías del globo.
Fuente: Diario Correo (Perú).  14-05-12.

lunes, 14 de mayo de 2012

Imaginario europeo sobre la historia de los gitanos.


El lado oscuro de la modernidad europea
Por: Nicole Muchnik. Periodista y escritora.
La historia de Europa, la de los pueblos, ha ignorado, incluso ocultado y tergiversado, si no siempre, al menos desde hace siglos, la de uno de sus componentes, el pueblo gitano. Gitanos, tsiganes, romanichels, zíngaros, gypsies, nómadas, el único nombre que los gitanos se dan a sí mismos es el de rom, que significa «hombre» en hindi. El término gitanoy el inglés gypsy proceden del siglo XIX, de la llegada de este pueblo a Grecia para establecerse al pie del Monte Gype. Todos estos nombres, con sus infinitas variantes en cada país, reflejan, más que la dificultad de asumir una identidad común, la voluntad más o menos consciente de ocultar esa identidad, de marginarlos. ¿Marginarlos de qué? De una Europa cuna de la civilización occidental, de la modernidad y el progreso. De una Europa en la que se construyen las naciones, con su corolario de ostracismo y rechazo. El problema es viejo, pero también actual. Recordemos la expulsión de los roma llevada a cabo en Francia a pesar de las leyes europeas sobre libre circulación de personas en Europa, los diversos atentados contra sus libertades y sus derechos, la degradante situación de los roma en Rumanía y los zíngaros en Hungría, la precariedad y la hostilidad que con frecuencia acompañan la vida de los gitanos en España.
El artículo publicado en la revista alemana Eurozine por Klaus-Michael Bogdal, profesor de Ciencia literaria en la Universidad de Bielfeld, que resume su libro Europa erfindet die Zigeuner. Die dunkle Seite der Moderne [Europa inventa los gitanos. El lado oscuro de la modernidad] (Suhrkamp, 2011), analiza las diferentes políticas por siglos y por regiones y los enfoques científicos, sociológicos, antropológicos y etnológicos del tema, que resume en el subtítulo de su libro: El lado oscuro de la modernidad.
El primer problema, al interesarse por la historia de los gitanos, es que se trata de una historia escrita por otros. Pasó a primer plano por el genocidio nazi, pero en realidad se extiende a lo largo de 600 años de historia europea. Los gitanos, la mayor parte del tiempo nómadas, sin literatura ni cultura escrita, no han escrito su propia historia. Su cultura y sus costumbres, sus identidades múltiples --más o menos cambiantes según los países--, incluso su propia pluralidad de nombres, son atributos descritos o incluso asignados por otros. «Inventados», dice el profesor Bogdal : «La invención del gypsy es la otra cara de la autoinvención del sujeto cultural europeo como agente del progreso civilizador en el mundo».
Llegados alrededor de 1400 a una Europa repartida entre los germanos, los galos, los sajones y los romanos, es decir, grupos relativamente definidos por su origen y sus mitos fundacionales, los roma no explicaron ni su origen territorial (¿tal vez Egipto, como parece evocar el nombre gypsy?) ni sus raíces lingüísticas, que fueron durante mucho tiempo un misterio, ni los motivos de su vida nómada. Su religión tampoco estaba clara: cristianos sin sacerdotes ni iglesias, con frecuencia se les acusó de duplicidad y de estar dispuestos, según Martín Lutero, a recibir varios bautismos distintos, en función de los intereses y la situación de cada momento. De ahí a acusarlos de magia, ritos satánicos e incluso canibalismo... Por otra parte, como nunca tuvieron un territorio definido, estos «vagabundos», estas gentes de ninguna parte, que llegaban de no se sabía dónde y desaparecían con el mismo misterio, turbaban y siguen turbando a los ciudadanos anclados en su tierra y sus sólidas convicciones.
Las mujeres, en especial, han suscitado numerosas fantasías sexuales en la cultura de los distintos países de acogida. El Romanticismo supo presentar una versión del erotismo y la sexualidad que fuera aceptable para la burguesía utilizando los rasgos de la mujer gitana y sus danzas desenfrenadas. La gitanilla de Cervantes, con sus cantos, sus bailes y su feminidad «salvaje», y la popular Carmen de Bizet, hechizan a los hombres y son objeto de brutal deseo. Pero las bellas gitanas nunca se casarán con los hombres del país. Y esa no es la mejor manera de contribuir a su integración. «Pronto predominó un romanticismo gitano pseudofolklórico, y sus iconos, el violinista húngaro y el flamenco andaluz, se convirtieron en un fructífero tema de investigación», escribe el autor.
Su imagen fue relativamente valorada por los antropólogos del Siglo de las Luces, para quienes su posible origen indio, es decir, indogermánico, era señal de que tenían raíces arias. Se intentó sedentarizarlos, por medios más o menos brutales, con intención de integrarlos, a costa de perder su lengua, que, conservada desde hacía siglos pero jamás escrita, siempre fue objeto de desprecio por ser una «hija degenerada del sánscrito», del mismo modo que se sospechaba que los roma procedían de una de las castas más bajas de la India, tal vez incluso la de los intocables. El fracaso del proyecto de integración y su consecuencia de ostracismo hizo que, siempre con esas mismas buenas intenciones, la sociedad de la Ilustración considerase que los gitanos eran incapaces de tener un auténtico desarrollo.
Con el ascenso de los nacionalismos en toda Europa en el siglo XIX, los etnólogos apasionados por la organización social abordaron esta sociedad oral más como una tribu que como un pueblo. «Una sociedad tribal, no ya pre-moderna sino pre-civilizacional, que vivía en un estado natural, como los indios y los afroamericanos». Empujados a la periferia de las ciudades y los pueblos, a menudo en descampados insalubres y carentes de agua, a los márgenes de las autopistas y bajo los puentes, perseguidos y rechazados, en general, por alcaldes y responsables regionales, sin autorización para trabajar dentro de la organización económica del país (todavía hoy, en Francia y algunos otros países europeos), estos nómadas no tienen ninguna posibilidad de integrarse en los lugares en los que viven. Las cifras son incontestables: solo el 40% de los hijos de los 10 millones de roma que viven en Europa está escolarizado (frente al 97% de media general).
La etnología de la época creó, pues, «un pueblo marginal en las periferias de la alta cultura europea». Es lo que el autor llama la «segunda deseuropeización de los roma», después de la primera, la de la antropología de la Ilustración. Fue la reducción definitiva del pueblo nómada a la condición de Otro. «La ciencia caracterizó la presencia física, el pensamiento y el comportamiento de los roma de tal manera que su ‘singularidad’ adquirió perfiles aterradores. En Europa no había sitio para ellos. La limpieza étnica empieza siempre sobre el papel», escribe Bogdal. Que es el paso que dieron los nazis. «No cabe la menor duda de que el destino de los gitanos en Europa cuadra con la definición de la ONU sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio».
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Fuente: Diario El País (España). 12 de mayo del 2012.
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jueves, 10 de mayo de 2012

El Perú y Chile frente a la Haya. Oportunidad de cerrar brechas históricas.


La Haya y las imágenes del otro

Por: Antonio Zapata Velasco (Historiador)


El juicio en la Corte Internacional de La Haya llega a finales; se ha programado para diciembre la fase oral y la jurisprudencia indica que unos seis meses después se emite la sentencia. Es decir, en un año tendremos el fallo; por ello, progresivamente ha de aumentar la ansiedad de ambos Estados por el resultado. Frente a esta situación, interesa mostrar cómo en ambos países existen imágenes negativas del otro, fundadas en una larga y conflictiva historia.
En Chile se escucha decir que el Perú es un país eternamente rencoroso, que sin cesar construye casos contra ellos. Nunca habríamos cerrado la herida de la Guerra del Pacífico y siempre estaríamos conspirando para confrontarlos. Nos retratan como un país de víctimas exigiendo venganza. Es más, de acuerdo a esta manera de pensar, el Perú es un país caótico y desordenado, que siempre está en conflicto interno. Los peruanos no nos respetaríamos entre nosotros y solo nos uniría el odio a Chile. En el país del Mapocho, expresan el temor a que La Haya no resuelva el último residual, sino que el Perú siempre estará buscando cinco pies al gato y pronto inventará otro caso.
Se recuerda que, en 1999, el Perú habría dicho lo mismo, “que era el último pendiente”, cuando se terminaron de implementar ciertas cláusulas del Tratado de 1929, que guardaban relación con propiedades peruanas en Arica: muelle, aduana, el terreno del Chinchorro, etc. Pero que, pocos años después, presentamos la demanda por el mar, evidenciando que en los noventa no les habríamos dicho la verdad. Así, temen que La Haya sea una etapa más de un conflicto permanente.
Por su parte, en el Perú se sostiene que Chile no respeta los acuerdos internacionales cuando no le conviene; temiéndose que el fallo de La Haya no sea aceptado por Santiago. La experiencia del plebiscito por Tacna y Arica alimenta esa suposición. En efecto, el artículo tercero del Tratado de Ancón, firmado en 1883, dando término a la guerra con Chile, decía que diez años después debía convocarse a un plebiscito para que los habitantes de esas dos provincias decidieran a cuál de los dos países querían pertenecer. Esa consulta popular nunca se llevó adelante porque Chile se opuso. Finalmente, después de 45 años de tensiones, el tema se resolvió, dividiendo las dos provincias y entregando una a cada país. Por ello, se piensa que será muy difícil que Chile acepte un fallo desfavorable.
Así, ambos países expresan temores sobre la conducta del otro. Esa angustia compartida deriva de la historia, no es una invención. Pero, el juicio de La Haya es una oportunidad para cerrar bien una de las heridas más dolorosas de la historia peruana, aquella proveniente de la guerra de 1879.
En principio, La Haya resuelve pensando en la reconciliación entre los países que están en el Tribunal. Nunca le da la razón completa a uno de los litigantes; por el contrario, busca que cada Estado pueda presentar la resolución ante su respectiva opinión pública como una victoria parcial. Además, es realmente concluyente, una sola vez un fallo de La Haya ha sido negado, habiendo sido contra los EEUU.
Por otro lado, el Perú no posee nada de lo que reclama. Toda esa porción de mar está ocupada por Chile y así el fallo nos otorgue menos de lo esperado, siempre será una ganancia. Mientras que, es exactamente al revés en Chile. Para evitar retroceder, tendrían que ganar al 100% y ello no va a ocurrir. Lo saben y asumen que cederán, pero piden un compromiso, afirmando que no volveremos a encausarlos por cuestiones de soberanía.
Para el Perú, el repliegue de Chile puede ser la prenda emocional necesaria para efectivamente voltear la página. Recordemos el ejemplo de Ecuador. Cuando cedimos Tiwinza, terminaron sus reclamaciones y se amistaron con el Perú. Después de los acuerdos de 1998, hemos multiplicado nuestra relación con amplio beneficio mutuo. Eso mismo podría ocurrir, si Chile retrocede después de La Haya y sentimos que hemos obtenido algo de justicia en el mar.
Fuente. Diario La República (Perú).  09 de mayo del 2012.
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miércoles, 2 de mayo de 2012

Historia de las primeras bibliotecas del mundo antiguo.


La prehistoria del libro
Por: Nora Bar
Con sus mesas atestadas y sus pasillos desbordados de paseantes, el espectáculo de la inabarcable Feria del Libro de Buenos Aires nos hace olvidar que esos volúmenes hoy tan al alcance de la mano alguna vez fueron preciados tesoros a los que sólo tenían acceso reyes, emperadores y otros poderosos.
Según cuenta Lionel Casson en Las bibliotecas del mundo antiguo, (Ediciones Bellaterra, 2003), los primeros ejemplos de escritura se encontraron en Egipto y Mesopotamia, y contenían anotaciones de asuntos prácticos, como cantidades de animales, ánforas o cestos, que se guardaban archivadas para facilitar su localización o consulta. Uno de estos hallazgos se produjo en los años ochenta, cuando arqueólogos que buscaban en el palacio real de Ebla dieron con su archivo principal: contenía unas dos mil tablillas de arcilla que aparentemente estaban depositadas allí cuando unos invasores incendiaron el palacio.
"Al parecer -escribe el profesor de la Universidad de Nueva York-, se guardaban en estantes de madera adosados a las paredes y, cuando los estantes se quemaron, las tablillas cayeron al suelo. La mayoría eran registros administrativos: casi un millar de piezas contenían listas de telas y metales distribuidos por las autoridades de palacio, mientras aproximadamente otro centenar tenía que ver con cereales, aceite de oliva, tierras de cultivo y la cría de animales (...) En unas sesenta había inscriptas listas de palabras en sumerio, nombres de profesiones, de lugares geográficos, de pájaros y peces. Veintiocho presentaban listas bilingües, en sumerio y en su traducción al eblita ". Estas últimas eran algo así como el archivo de los escribas.
La colección de Ebla podía consultarse de una ojeada, pero las posteriores la superarían ampliamente.
Por ejemplo, la del rey asirio Asurbanipal, él mismo muy culto y ducho en el "arte de escribir", no tendría igual durante tres siglos y medio, dice Casson. En la segunda mitad del siglo XIX, los arqueólogos británicos que trabajaban en Nínive, la sede real de Asurbanipal y sus antecesores, hallaron una enorme cantidad de tablillas entre las ruinas de sus dos palacios, y entre ellas, los textos de Gilgamesh, el mito de la Creación y la mayoría de las obras más famosas de la literatura del antiguo Oriente cercano conocidas hasta hoy.
La biblioteca, que era la colección privada del rey, había sido creada para su "real contemplación", pero al parecer tenía el mismo problema que muchas actuales: el robo. Para hacerse una idea del valor que se les asignaba, basta con mencionar que las tablillas de arcilla del "Rey del Mundo", contenían una maldición para quien se llevara alguna, que condenaba al ladrón a que se borrara "para siempre su nombre y su simiente de la tierra".
Más tarde, la biblioteca de Alejandría, de la que se dijo que era la depositaria de todos los libros del mundo antiguo, llegó a tener más de medio millón de obras catalogadas. Como su archivo se componía de obras escritas o copiadas a mano, el poeta Calímaco, ayudante del primer bibliotecario, Zenódoto, enviaba emisarios a comprar bibliotecas enteras a distintos lugares del mundo conocido o pedirlas en préstamo para hacer réplicas "editadas". Es más, según cuenta Simon Singh en El último teorema de Fermat (Editorial Norma, 1999), tanto los grandes barcos que llegaban al puerto de Alejandría como los turistas eran inspeccionados en busca de textos, y cuando se les encontraba algún libro, lo requisaban y lo enviaban a la biblioteca para que los amanuenses lo copiaran.
¡Pensar que, según las crónicas de la época, Marco Antonio le ofreció a Cleopatra, como ofrenda, 200.000 volúmenes traídos de la biblioteca de Pérgamo! A un promedio de 80 pesos el libro, de acuerdo con los precios actuales, aquél fue un regalo de unos ¡16 millones de pesos!, unos cuatro millones de dólares...
Fuente: Diario La Nación (Argentina). 02 de mayo del 2012.

martes, 1 de mayo de 2012

Libro "Economía de la primera centuria independiente", editado por Carlos Contreras. Coedición del Banco Central de Reserva y el Instituto de Estudios Peruanos.


Una historia económica

Por: Nelson Manrique (Historiador)


Esta semana se presentó el libro Economía de la primera centuria independiente, editado por Carlos Contreras y publicado en una pulcra coedición del Banco Central de Reserva y el Instituto de Estudios Peruanos. Este volumen constituye la cuarta entrega del Compendio de historia económica del Perú y aborda el periodo comprendido entre la independencia y la gran crisis capitalista de 1929. Ha sido organizado temáticamente partiendo de las actividades económicas predominantes durante el periodo, añadiendo dos ensayos dedicados a la población y el mercado laboral y a las finanzas públicas. El texto tiene más de 400 páginas y un excelente anexo estadístico de 120 páginas elaborado por Luis Miguel Espinoza.
Jesús Cosamalón dedica un excelente ensayo a la población y el mercado laboral. Fernando Armas Asín aborda el estudio del sector agrario, limitándose básicamente a la agricultura moderna de la costa, dejando grandes vacíos sobre la economía agropecuaria tradicional de la sierra, donde estaba encuadrada la amplia mayoría de la población. José Deustua estudia la minería metálica y no metálica, abordando, junto con la minería de la plata y el cobre, el estudio de las explotaciones guanera, petrolera y salitrera. Deustua es uno de los mejores especialistas sobre el tema y su mirada de conjunto es muy sugerente. Martín Monsalve presenta un panorama del desarrollo industrial en el Perú y sus dificultades, un proceso en que los lectores encontrarán más de una sorpresa. Alejandro Salinas aborda el estudio de las finanzas públicas en el ensayo más extenso del volumen, que aporta una mirada de conjunto muy ilustrativa.
Globalmente, lo que emerge del volumen es la imagen de un país donde terminaron imponiéndose los intereses de los grupos dominantes dedicados a las actividades primario exportadoras. Estos opinaban que el Perú debería dedicarse a la exportación de materias primas e importar los productos manufacturados que necesitaba. Los proteccionistas, sus adversarios, sostenían en cambio que este camino volvería al país totalmente dependiente de las vicisitudes de la economía mundial, arrastrándolo a la ruina cada vez que cayera el precio de las materias primas que exportaba; propiciaría además el crecimiento de la desigualdad, alimentando la conflictividad social. Como alternativa proponían promover el desarrollo del mercado interno. Que los términos del debate en el siglo XXI sigan siendo básicamente los mismos es una constatación que debiera mover a reflexión.
Un par de apuntes al paso. El estudio de Jesús Cosamalón muestra que al iniciarse la República la población peruana ascendía a millón y medio de habitantes y para 1940 había superado la barrera de los 7 millones, pero lo llamativo es su distribución. En 1940, con cerca de 850,000 habitantes el departamento de Lima superaba en apenas un 30% de población a Puno (646,000 habitantes). Tampoco estaba lejos de Cajamarca y Cusco, que tenían más de medio millón de pobladores cada uno, ni de Áncash, Ayacucho y Piura, que estaban por encima de los 400,000 habitantes. Hoy Lima concentra la tercera parte de la población nacional y supera a La Libertad, su más cercano competidor, en 5 veces, mientras que supera a Puno en 8 veces. El agobiante centralismo demográfico limeño es pues cosa de las últimas 7 décadas. Analizando el tema de la raza, categoría utilizada en el censo de 1940, Cosamalón muestra cómo en la ejecución de ese censo, que se esperaba disipara los prejuicios raciales, éstos terminaron infiltrándose en la propia mirada de los encargados de realizarlo.
Alejandro Salinas muestra que el cobro de impuestos indirectos (que gravan el consumo popular, a diferencia de los directos, que gravan la riqueza, las rentas y las utilidades de los sectores acomodados) fue creado recién a fines del siglo XIX y sirvió para defender de los intereses de los sectores extractivistas, los mismos que hoy defienden este modelo. Es especialmente valioso su análisis de las vicisitudes del debate entre librecambistas y proteccionistas y sus consecuencias en la política fiscal. Son apuntes muy útiles para entender por qué un siglo después seguimos apostando al modelo primario exportador.
Fuente: Diario La República (Perú). 01 de mayo del 2012.
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domingo, 29 de abril de 2012

Cartas de Roger Casement sobre las atrocidades del Putumayo. Las etnias uitoto, andoque y bora, esclavizadas por la Peruvian Amazon Company de Julio César Arana.

TROPA DE ASEDIO. Grupo de nativos liderado por un capataz barbadense (con gorra, al frente). Armados con rifles Winchester, su labor era perseguir a los uitotos.

Guardianes del infierno. Los abusos en el Putumayo.


Por lo menos 30 mil peruanos fueron asesinados durante el boom del caucho a inicios del siglo pasado. Eran nativos de las etnias uitoto, andoque y bora, entre otras. Todos fueron esclavizados por la Peruvian Amazon Company. El Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica, en coedición con la ONG IWGIA, ha publicado por primera vez en español la versión completa de las cartas de Roger Casement sobre las atrocidades del Putumayo. Aquí la recreación de un episodio oscuro de nuestra historia.
Por: Ghiovani Hinojosa
Cuatro jóvenes nativos cuelgan de la rama de un árbol. Tienen los brazos amarrados por la espalda y la mirada gacha, casi como en posición fetal. Los mosquitos, el calor y la humedad acompañan este doloroso cuadro. Los indígenas, probablemente miembros de la etnia uitoto, han sido castigados por haberse escapado de la estación Abisinia, en los alrededores del río Putumayo. Huyeron de este lugar aterrorizados por los latigazos que recibían cada vez que no conseguían los kilos de caucho requeridos por los dueños. Los flagelaban con tiras de piel de tapir. Muchas veces lo hacían capataces negros venidos de Barbados. Ni bien los atraparon, los trajeron de vuelta a empujones y los subieron al árbol. Allí estarán, quejándose en su lengua materna, por cerca de tres horas.
Alrededor de ellos, unos capataces conversan distendidos, como si estuvieran en una festiva reunión de amigos. Mantienen buenas relaciones con sus superiores, los directivos de la Peruvian Amazon Company. De pronto, un barbadense llamado Hilary Quales se separa del grupo y camina lentamente hacia donde están los nativos suspendidos en el aire. Lleva colgado en el hombro su lustroso rifle Winchester. Observa atentamente los cuerpos. Abre la palma de su mano y la acerca poco a poco a la pantorrilla de uno de los uitotos. En este momento, podría pedir a sus colegas que traigan hojas secas del bosque, amontonarlas al pie del árbol del castigo, prenderlas con un fósforo y esperar a que los indios retuerzan desesperados las plantas de sus pies. Ya ha pasado. Y los capataces lo han disfrutado. Podría, si quiere algo más rápido, cargar su Winchester con la munición que lleva en el bolsillo y destripar a todos los indígenas de un solo disparo. También ha pasado. Pero Hilary tiene hoy ganas de joder. De perpetuar hasta el infinito el dolor de su prójimo.
El capataz toma la pantorrilla del nativo con las manos. La presiona tan fuerte como puede. Luego de voltear a mirar a sus compañeros, como anticipándoles el espectáculo que se viene (y que nadie puede perderse), le da un empujoncito al cuerpo del uitoto. La víctima se balancea de un lado a otro, como un columpio oxidado que está por venirse abajo. El movimiento tensiona al máximo los músculos del nativo. Hilary Quales, de unos 24 años, repite el juego con el resto de indígenas. Les da empujoncitos en las piernas, y estos se deshacen de dolor. Exacerbado por la hilaridad que empieza a reinar en el ambiente, el capataz da un paso adelante y acerca sus labios a la piel sudada de una de sus víctimas.
Hilary Quales muerde con ferocidad la carne de los nativos. Clava sus dientes en pies, pantorrillas y nalgas. Los atacados responden con gritos guturales. El capataz voltea como para obtener la aprobación de sus amigos. Se la dan. La fiesta estalla. Hilos de sangre. Gritos. Risas. Humedad. Calor. Súplicas. Burlas. Y, súbitamente, el silencio. Un indígena no soportó las vejaciones y le pateó la cara a Hilary. Este tiene el rostro desencajado y la mirada furiosa. No lo va a perdonar. Se apresura en apretar con las manos los pies del rebelde y vuelve a embestir con los dientes. De una sola mordida le arranca el dedo meñique. A lo lejos, Abelardo Agüero, jefe de la estación Abisinia, celebra el hecho con una sonrisa. Ya está bueno. Ordena bajar a los rehenes. Pero no para darles un instante de sosiego, sino para seguir reprimiendo su falta de sumisión. Ahora les toca ir al cepo, ese bloque de maderas superpuestas que inmoviliza a las personas por días, semanas e, incluso, meses. El capataz Quales se limpia la sangre con las mangas de su polera.
“Monstruo total”. Este fue el calificativo que el funcionario británico Roger Casement le dio a Armando Normand en uno de sus informes sobre los abusos de los caucheros en la zona del Putumayo. Normand era jefe de la estación de Matanzas (una de las nueve secciones anexas a la central de recolección de La Chorrera) y el hombre blanco más temido por nativos y barbadenses. Era boliviano y apenas bordeaba los veintidós años. Todo indica que era pequeño, flaco y muy feo. Según Casement, su cara era “perfectamente diabólica” y “la más repulsiva que yo haya visto en mi vida”. De acuerdo con el testimonio del capataz Joshua Dyall, su mirada era la de una víbora y podía hacer retroceder a cualquier persona. Normand ordenaba un asesinato o una tortura en los momentos más impensados; y si era posible, lo hacía él mismo.
Dyall le contó a Casement que un día Armando le ordenó asesinar a cinco indígenas andoques que no habían cumplido con sus cuotas de caucho. El capataz, rifle en mano, ya había matado a los dos primeros, cuando su jefe le pidió que a los dos siguientes les aplastara primero los testículos con una piedra para chancar yuca y luego los “durmiera” a garrotazos. Y así lo hizo. Al último tuvo que estrangularlo con las manos. Mientras tanto, Normand estaba bajo la sombra de un árbol, fumando y observando la operación con rostro impávido.
Algunas de las formas preferidas por este asesino para reducir a sus víctimas eran enterrarlas vivas, echarles kerosene y prenderles fuego, y mandar a su perro mastín a comerse sus extremidades. Una de las “excentricidades” del “monstruo total” consistía en castigar al nativo secuestrando a sus hijos y ahogándolos en el río. “El cerebro de Normand era como un volcán en constante actividad, de cuyo fondo lóbrego fluían ideas siniestras que ponía en inmediata ejecución en su loco afán de exterminar a los indios”, escribió sobre él el ex empleado colombiano de la Casa Arana Ricardo A. Gómez. Otro ex empleado, Idelfonso Fachín, ha contado en el libro de Carlos Valcárcel El proceso del Putumayo y sus secretos inauditos, de 1915, que vio muchas veces a Armando almorzar en su casa mientras azotaban a los uitotos frente a él. A veces, la sangre de los indígenas salpicaba a su plato.

“El indio es tan humilde que, apenas ve que la aguja de la balanza no marca los 10 kilogramos, él mismo extiende las manos y se tira en el suelo para recibir su castigo. Entonces, el jefe o su subordinado se acercan, se agachan, agarran al indio por el cabello y lo golpean, levantan su cabeza, la sueltan con el rostro hacia el suelo y después de golpear y patearle el rostro y cubrirlo de sangre, el indio es flagelado”. Así se lo contó un azotador a Roger Casement. Muchas veces, las víctimas quedaban con heridas abiertas que no cicatrizaban por días y que empezaban a agusanarse. Entonces, la solución era matarlas a balazos para evitar más infecciones. Pero no siempre los perjudicados fueron los uitotos, sino a veces los propios capataces negros.
Una vez, el barbadense Augustus Walcott vio que sacaron a un nativo viejo al patio de la estación de Matanzas. Lo empezaron a golpear con una espada en varias partes del cuerpo. Le pusieron una soga en el cuello y lo colgaron de un palo hasta desangrarse. Era el castigo que recibía por haber planeado un intento de fuga con su hijo. Walcott gritó en voz alta que esta no era una manera de tratar a la gente. Agregó, indignado, que era un acto brutal. Normand lo escuchó y ordenó que le ataran los brazos por la espalda y lo colgaran de un palo en forma de cruz. Walcott quedó inconsciente. En los informes de Casement, él deja sentado que muchos barbadenses fueron obligados a abusar de los indígenas so pena de tortura. Los auténticos responsables de esta vorágine esclavista e inhumana fueron Julio César Arana y sus socios de la Peruvian Amazon Company. Sus hombros cargaron las columnas de este infierno.
 ARANA, AUTOR INTELECTUAL
Julio César Arana ha sido el más grande empresario peruano del caucho, y, además, el responsable intelectual de muchas de las atrocidades del Putumayo. Nació en Rioja (San Martín) y fue hijo del fabricante de sombreros Martín Arana. Desde adolescente ayudó a su padre en la comercialización de estos productos. Ya a fines del siglo XIX, los caucheros colombianos adquirían los sombreros de los Arana y les pagaban con caucho. Julio César Arana se convirtió rápidamente en comprador de esta goma y, luego, en el principal productor. La fortuna que amasó fue cuantiosa. Su empresa, la Casa Arana, se convirtió en la década de 1910 en la Peruvian Amazon Company, debido al ingreso de capitales ingleses. A raíz de los informes de Roger Casement sobre el genocidio en el límite entre Perú y Colombia, Arana fue procesado judicialmente, pero el inicio de la Primera Guerra Mundial frustró la investigación. Llegó a ser senador por Loreto y presidente de la Cámara de Comercio de esa región. Murió en Lima, en 1952.
Fuente: Diario La República, revista "Domingo". 29 de abril del 20012.

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