lunes, 19 de marzo de 2012

Historia de la relación del Ejecutivo y el Legislativo entre 1985 y 2006 en el Perú. Libro "Power in the Balance. Presidents, parties and legislatures in Peru and Beyond".

1990-2000: La década del Congreso sometido

Un libro del politólogo norteamericano Barry Levitt examina la relación del Ejecutivo con el Legislativo entre 1985 y 2006 y explica el papel del Parlamento durante el hipo autoritario de los noventa.

Por: Enrique Patriau

En los noventa, con Fujimori en el poder, las reuniones de coordinación entre el Ejecutivo y la mayoría oficialista en el Congreso se desarrollaban así: “Algunos temas… los más importantes, se discutían en el plenito, o nos reuníamos con el presidente… Él ya se había hecho una idea del tema y te decía: ‘El problema es este; ahora yo sugiero que hagamos esto’. No es como, ‘de acuerdo, tenemos este problema; ¿ustedes qué piensan?’ y entonces todos opinan y una conclusión llega por consenso. No, el sistema es el otro camino. Vas, escuchas cuál es la opinión del presidente, y de ahí la respaldas”.

La declaración, grabada el 9 de agosto de 1999, le pertenece al entonces legislador de Cambio 90-Nueva Mayoría (y posterior dirigente de Perú Posible) Carlos Ferrero Costa y figura en el libro Power in the Balance. Presidents, parties and legislatures in Peru and Beyond, escrito por Barry S. Levitt, profesor de la Universidad Internacional de Florida, y editado por la Universidad de Notre Dame.

La entrevista a Ferrero es una de las que Levitt hizo durante su investigación en el Perú. Con el testimonio de un involucrado, muestra quién tenía “el poder real” en la relación entre el Ejecutivo fujimorista y sus legisladores.

En un sistema presidencial es común esperar que la iniciativa política nazca desde el Ejecutivo. Si el Legislativo juega un rol de comparsa, el primero estará en plena libertad de aplicar medidas que no necesariamente se ajustan a las necesidades de la población. El Congreso debe –tiene que– ser un contrapeso en su condición de representante de los ciudadanos. Cómo y por qué se inclinó la balanza entre ambos poderes, Ejecutivo y el Legislativo, entre 1985 y 2006, es lo que intenta responder Levitt.

Las relaciones de poder entre el Ejecutivo y el Legislativo se sustentan sobre reglas formales. La Constitución le concede al Ejecutivo prerrogativas, como la capacidad de legislar por decreto. Pero el grado de utilización de esas facultades varía entre un régimen y otro. En el fujimorismo el gobierno por decreto, pasando por encima del Congreso, resultó un estilo de gobernar que detrás de su presunto carácter expeditivo escondía la intención de debilitar un poder del Estado y dejarlo al límite de la inoperancia.

Si uno revisa la producción legislativa de los últimos 30 años en el Perú hallará que la emisión de decretos de urgencia fue la herramienta legislativa más empleada en la segunda mitad de los ochenta (primer gobierno de AGP), pero que la tendencia se exacerba en los noventa. Es a partir de la caída del fujimorismo que el Congreso recupera, en parte, su autonomía y su capacidad de sanción legislativa (otra cosa es hablar de la importancia de las leyes que los congresistas proponen y aprueban).

¿Cómo se explica el declive que experimentó el Congreso durante el fujimorismo? Levitt dice que la desintegración de los partidos (con la irrupción de “movimientos electorales”, sin mayor visión de largo plazo) combinada con una débil adherencia entre las élites políticas a las “reglas de juego”, multiplicó la concentración de poder en el Ejecutivo y deterioró el poder del Legislativo.

Según el autor, con la anuencia de la mayoría fujimorista, el Congreso pasó de ser un foco de debate y centro de decisión política a una “caja de resonancia” de los dictados del gobierno, con sus mecanismos de vigilancia política debilitados. Resulta sintomático el escaso porcentaje de mociones aprobadas para la formación de comisiones investigadoras durante el fujimorismo –apenas el 2,3% sobre 263 mociones presentadas entre 1995 y 2000– en comparación con el quinquenio 2001-2006 –25,8% de mociones aprobadas sobre 256 presentadas–. “El fortalecimiento del Ejecutivo y el declive del Legislativo empieza en 1990 (…). Este declive se aceleró por el autogolpe y la demonización de los partidos y las instituciones, que impactó en un público agotado por la crisis política y económica”, señala Levitt.

Tras la caída del fujimorismo, el Congreso experimenta un fortalecimiento en su labor legislativa y en su autonomía institucional. Las élites políticas se adhieren nuevamente a las “reglas de juego” y los partidos más organizados, como el Apra, protagonizan un “retorno parcial”. Como señala Levitt, el principal opositor al gobierno de Alejandro Toledo era justamente el Apra, principalmente a través de su bancada.

Lo que demuestra Power in the Balance es que el “hiperpresidencialismo” de Fujimori fue más una excepción en nuestra reciente historia, y que incluso en gobiernos con presidentes con debilidades autoritarias (García 85-90), el Legislativo fue capaz de establecer una relación más horizontal con el Ejecutivo y de participar en el debate político, en comparación con lo que vendría después. La supervivencia política del fujimorismo pasaba por la virtual desaparición del Congreso. Y así ocurrió.

Fuente: Diario La República, Revista "Domingo". 18 de marzo de 2012.

Breve historia de la Constitución liberal de Cádiz (1812)

LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ cumple 200 años

La madre de la Independencia

Por: Víctor Arrambide Cruz (Historiador)

El mundo hispanoamericano celebra hoy 200 años de la promulgación de "La Pepa", nombre coloquial dado a la Constitución española de 1812, producto de las Cortes instaladas en la ciudad de Cádiz.

Este peculiar nombre proviene de la festividad católica de San José, que se celebra cada 19 de marzo. Pero ¿por qué es importante este bicentenario de la Constitución de 1812? ¿Y qué relación tenemos con ella?

En 1808, la abdicación de los monarcas Carlos IV y su hijo Fernando VII en Bayona ante Napoleón Bonaparte, y la invasión de las tropas francesas a España produjeron el rechazo general de la sociedad española.

Este rechazo devino en una lucha –que la historiografía de ese país denomina "Guerra de Independencia"– y en la formación de juntas de gobierno, tanto en la metrópoli como en las colonias –excepto en el Perú–, que serían las depositarias del poder que legítimamente le pertenecía a Fernando VII, a quien se le empezó a llamar el Deseado, por su situación en cautiverio.

La Junta Central, mientras se enfrentaba al avance de las tropas francesas, convocó a las Cortes Extraordinarias y Constituyentes, donde debería haber representantes no solo de España, sino también de las colonias. Para ello se llamó a elecciones para los representantes.

Por primera vez en muchos territorios, como en el Perú, se realizaba este tipo de elecciones, obviamente restringidas, era un sufragio universal masculino indirecto, basándose en la circunscripción parroquial. Finalmente, las Cortes se instalaron en Cádiz, ciudad sitiada por las tropas francesas, pero protegida por la Armada británica.

No todos los diputados elegidos llegarían a tiempo a la instalación de las Cortes, por el apremio de la situación política muchos representantes de las colonias fueron reemplazados provisionalmente por diputados residentes en España, tal es el caso de Dionisio Inca Yupanqui, representante del Perú en las Cortes, quien abogó por la abolición del tributo indígena.
El representante peruano más destacado sería el jurisconsulto Vicente Morales Duárez, quien sería presidente de las Cortes desde el 24 de marzo hasta el 2 de abril de 1812, fecha en que falleció.

Las Cortes y la Constitución de 1812 significarían un cambio radical en los territorios españoles. Influenciado por las ideas liberales de la Revolución francesa, las Cortes no solo abolirían tributo indígena, proclamarían derechos individuales como la libertad de imprenta, el cierre del Tribunal de la Inquisición, la monarquía constitucional, el tratamiento de "españoles" a todos los habitantes de los territorios de la Corona –exceptuando a la población negra, la creación de un gran mercado nacional entre la metrópoli y las colonias en América y Filipinas.

El impacto de la Constitución, sobre todo, en América sería tan importante porque rompe con el viejo esquema estamental absolutista. El poder no estaría copado por un grupo afín a la Corona, sino que debía compartirlo con las autoridades elegidas por los ciudadanos. En el caso del Perú, a pesar de las objeciones del virrey Fernando de Abascal, la Constitución sería juramentada en octubre de 1812.

La vigencia de la Constitución fue muy corta. Finalmente, después de la derrota de Bonaparte en Europa, Fernando VII regresaría al trono en 1814, y abolió las Cortes y la Constitución para retornar a un régimen absolutista.

Esta decisión desencadenaría en un descontento general en las colonias americanas que pedían el retorno de los derechos contemplados en la Constitución. Este descontento alimentaría el deseo de ser independientes a la metrópoli española. Una vez constituidas estas viejas colonias en repúblicas, el espíritu liberal de la Constitución gaditana de1812 se reflejó en sus primeras constituciones, como en el Perú, en nuestra primera Constitución de 1823. ¡Viva La Pepa!

Fuente: Diario El Peruano. Lunes, 19 de marzo de 2012.

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El legado de las Cortes de Cádiz (1810-1814).

CELEBRACIÓN DEL ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN DE LAS CORTES DE CÁDIZ “LA PEPA” EN 1812.

sábado, 17 de marzo de 2012

Libro "La primera guerra de Hitler" del historiador alemán Thomas Weber.


¿Qué hiciste en la guerra, Adolf?

Ni cabo ni soldado de primera línea: el historiador Thomas Weber desmonta los lugares comunes sobre la participación de Hitler en la I Guerra Mundial.

Por: Jacinto Antón
Ese anodino hombre gris de uniforme que cruza una calle adoquinada fusil al hombro, embutido en un largo abrigo militar y tocado con el pickelhaube, el característico casco alemán de la Gran Guerra coronado por un pincho, será con el tiempo el causante de la mayor hecatombe de la historia. Se llama Adolf Hitler. El joven historiador alemán Thomas Weber (1974), doctorado en Oxford y profesor de Historia de Europa e Internacional en la Universidad de Aberdeen (Escocia), se ha asomado a la vieja fotografía desenfocada en la que destaca, cómo no, un bigote, para investigar cuál fue en realidad la experiencia bélica del futuro líder nazi en la I Guerra Mundial, y si fue tan decisiva (opina que no).

El resultado es un libro revelador y apasionante, La primera guerra de Hitler (Taurus, 2012), en la que Weber, mediante un concienzudo estudio de los registros del regimiento en el que luchó —el 16 º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva, RIR 16 o Regimiento List, por su comandante— desmonta lugares comunes, tópicos y clichés. De entrada, y esto sorprenderá a muchos, apunta que en realidad Hitler no fue cabo.

"No, no es que yo lo haya degradado. Su único ascenso fue a Gefreiter, soldado de primera. Nunca tuvo mando de tropa, ni de un solo soldado. No se de dónde viene lo de atribuirle el rango de cabo. En Alemania se conoce perfectamente el término, probablemente es un problema de traducción a otras lenguas que ha persistido a lo largo del tiempo". Tampoco fue su experiencia la de un soldado de primera línea, como el propio Hitler sostuvo luego, sino que se mantuvo casi toda la guerra en un servicio menos arriesgado. Vamos que desde luego no fue un Jünger. Once días después de su llegada al frente y tras participar el 29 de octubre de 1914 en la primera batalla de Yprés, bautismo de fuego de su regimiento, Hitler fue nombrado correo y destinado al puesto de mando de la unidad, un destino mucho más cómodo y menos peligroso que las trincheras. "Me han acusado de sugerir que Hitler fue un cobarde, lo que ha provocado que se irriten mucho conmigo los neonazis y que en alguna conferencia en Alemania tuviera que estar presente la policía, pero yo no digo eso. Fue un buen soldado, diligente, concienzudo. Hizo lo que le mandaron, lo que se esperaba, y lo hizo bien. Sin embargo, lo que hizo no fue lo que luego contó. Es un hecho que mintió sobre su experiencia bélica sobredimensionándola, que se reinventó por razones políticas".

Weber es taxativo al asegurar que Hitler no fue desde luego ningún héroe. "No hizo nada excepcional, el heroísmo requiere más iniciativa, riesgo. ¿Valiente? Eso es más difícil de decir. Yo creo que sí. Mostró valor en su cometido. Pero había una distancia entre el hombre de las trincheras y él. No era el típico producto del regimiento, de hecho sus camaradas del frente lo evitaban, le veían como un Etappenschweine, un cerdo de la retaguardia. Pensaban que hacía un trabajo fácil, en la plana mayor. Hitler no es un soldado típico de la I Guerra Mundial, no conocía la vida de las trincheras, ni la hermandad de las armas como luego trató de hacer creer. Muchos viejos camaradas le criticaron luego por eso, por haber dicho que era uno de ellos".

Weber no discute que Hitler ganó la Cruz de Hierro de Primera Clase. "Es cierto, y era algo muy raro para un soldado. No obstante, se la concedieron en un momento en que se abrió la mano para hacerla más accesible a la tropa y subir la moral. Se benefició de esa nueva política. Y en su caso fue decisiva su sumisa intimidad con los oficiales, sus conexiones; como enlace estaba cerca de la gente que era la que proponía a los candidatos para las condecoraciones. Es verdad que solo cuatro o cinco soldados del regimiento lograron la Cruz de Hierro de Primera Clase, pero significativamente solo uno era soldado de primera línea".

Para Weber lo esencial es desmontar la idea de que el Hitler que conocemos es resultado de la I Guerra Mundial, que aquella experiencia fue lo que creó a Hitler, lo que hizo que un pintor de postales se convirtiera en el mayor criminal de la historia. "No fue la deshumanización de la guerra lo que lo radicalizó, fue después cuando vemos surgir al Hitler de las convicciones".

Se ha dicho que el momento fundacional de Hitler fue una visión histérica tras ser víctima de un ataque con gas mostaza en el río Lys en octubre de 1918. "Su ceguera no era física sino psicosomática y se le trató de histeria de guerra en psiquiatría y no en oftalmología, pero no está claro que ese trauma cambiara a Hitler, modificara su personalidad. Su antisemitismo, por ejemplo, no va entonces más allá de los clichés religiosos, no es para nada todavía el antisemitismo racial y radical nazi".

Lo que si es seguro para Weber es que la idea de las cámaras de gas no procede de las vivencias deI viejo enlace en la I Guerra Mundial. "Hitler no decidió exterminar a los judíos hasta entrada la II Guerra Mundial, cuando echarlos ya no era posible. Y gasearlos es una idea que vino de otras instancias y él aprobó, claro; a Hitler probablemente no se le hubiera ocurrido, precisamente por conocer el tema. De hecho nunca quiso usar armas químicas en la II Guerra Mundial".

¿Mató Hitler a alguien en la guerra? "Los más probable es que no; sería raro. Excepto en esos días del principio en Yprés no tuvo oportunidad. No podemos excluir la posibilidad pero nunca lo reivindicó y dada su absoluta falta de preparación al llegar al frente y la entidad profesional del enemigo al que se enfrentó aquella única vez —regimientos británicos como los Highlanders— es extremadamente improbable. Durante el resto de la guerra se movía en patrullas que precisamente debían evitar al enemigo".

Es curioso pensar que el hombre que causó la muerte de tantos millones de personas pudiera no haber matado con su propia mano a nadie. Excepto a sí mismo. "Después de la guerra también parece difícil que haya matado a nadie. En el putsch no disparó. Se ha dicho que pudo haber matado él a su sobrina Geli Raubal, pero lo dudo".

Lo que sí hizo la I Guerra Mundial fue influir en el comportamiento y las decisiones de Hitler en la Segunda. "Trató de aprender de aquella experiencia. Su desconfianza de los generales, por ejemplo. Y el mencionado descarte de las armar químicas".

Al acabar la conversación, le digo a Thomas Weber que no hemos hablado de sexo. "Siempre hay tiempo para eso", dice tomando asiento otra vez. Del de Hitler. "Es difícil decir. Sus camaradas lo consideraban asexuado. Tenía un bajo nivel de actividad, en todo caso. O alternaba etapas de mucha libido con otras de inapetencia. Era un obseso de la higiene y temía mucho contraer la sífilis, lo que no es coherente con el no practicar el sexo, si bien se piensa". El historiador desmiente que Hitler perdiera un testículo cuando lo hirieron en el Somme y que, como se ha sugerido, hubiera procreado un vástago durante la guerra en Francia.

Fuente: Diario El País (España). 14/03/12.

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Hitler, contexto y semblanza.

jueves, 15 de marzo de 2012

La Rusia soviética frente a la Alemania nazi. El fracaso de la propuesta de la Rusia soviética a Francia e Inglaterra, para una alianza militar defensiva contra Hitler.

Otro aspecto desatendido de la historia del siglo XX

Occidente nunca tomo en consideración la propuesta de la URSS de formar un frente defensivo frente al nazismo.

Por: Gabriel Jackson. Historiador norteamericano

En el texto que publiqué en estas páginas el pasado 11 de febrero sobre los dilemas a los que se ha enfrentado la izquierda democrática en sus relaciones con los partidos comunistas, prometí abordar en mi siguiente artículo una iniciativa comunista con la que estuve profundamente de acuerdo: a saber, la intención que desde finales de 1934 hasta el Pacto de Múnich de septiembre de 1938 mostró la URSS de convencer a las principales potencias occidentales de la necesidad de aceptar una alianza meramente defensiva, que plantara cara a las amenazas militares constantemente expresadas por la Alemania nazi y la Italia fascista (las dos potencias que estaban garantizando la victoria final de Franco en la Guerra Civil española).

Para la gran mayoría de los libros dedicados a la historia del siglo XX, el periodo que va desde 1917 a 1991 se caracteriza por la incesante rivalidad entre el comunismo soviético y la democracia capitalista occidental, una rivalidad que la necesidad de defenderse frente a la agresión militar nazi-fascista-japonesa que tenían ambas partes interrumpió desde mediados de 1941 a mediados de 1945. Poco dicen o lo hacen en tono desdeñoso, de la iniciativa soviética que, en nombre de la “seguridad colectiva”, pretendió constituir una alianza militar defensiva entre el este y el oeste, entre la Rusia soviética y las potencias democráticas capitalistas, es decir, Gran Bretaña y Francia.

La ausencia de la revolución mundial con la que tanto habían soñado y la aparición de regímenes autoritarios profundamente nacionalistas en gran parte de Europa entre 1923 (Mussolini) y 1933 (Hitler) había llevado a los soviéticos a reconsiderar su actitud hacia el mundo capitalista. En lugar de tacharlo simplemente de enemigo al que había que destruir, distinguieron, por una parte, entre regímenes autoritarios y racistas, y, por otra, aquellos que tenían parlamentos dignos de tal nombre y elecciones libres, con clases medias dispuestas a reconocer los derechos de los sindicatos y los partidos marxistas. Iosif Stalin, que en 1930 ya se había afianzado como líder supremo del régimen soviético, anunció la fórmula del “socialismo en un solo país” (la URSS) y el deseo de cooperar diplomática y militarmente con las democracias europeas.

En 1933 la rápida consolidación de la dictadura nazi en Alemania y el hecho de que Hitler no dejara de amenazar con destruir a la URSS, indujeron todavía más a Stalin a buscar un entendimiento con las potencias democráticas. Desde finales de 1934 su ministro de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov, casado con una inglesa y él mismo admirador tanto de esta cultura como de la francesa, intentó en repetidas ocasiones, en la Sociedad de Naciones con sede en Ginebra y en conversaciones privadas con diplomáticos ingleses y franceses, convencer a los occidentales de la necesidad de establecer una alianza militar defensiva que protegiera, tanto a la Unión Soviética como a las potencias capitalistas democráticas de la amenaza de una guerra de conquista nazi.

¿Por qué Occidente nunca se tomó en serio la oferta de Stalin y Litvinov? En primer lugar, hay que comprender que las actitudes británicas determinaron la respuesta a las exigencias de Hitler. Francia seguía padeciendo un miedo mortal a una Alemania que la había derrotado durante la guerra franco-prusiana de 1870-1871 y que había estado a punto de llegar a París durante la de 1914-1918. Por su parte, Estados Unidos, durante el periodo de entreguerras, aceptó totalmente el liderazgo diplomático británico. El Tratado de Versalles había obligado a Alemania a encajar grandes pérdidas territoriales y a abonar ingentes reparaciones, cuyo objetivo era que el país sufragara totalmente la reconstrucción material de Francia y Bélgica. Llegado el año 1933, gran parte de los británicos, entre ellos miembros de los partidos Liberal y Laborista, estaban convencidos de que había sido un grave error atribuir toda la responsabilidad política y moral de la guerra a la Alemania imperial.

A esto había que añadir que las clases dirigentes británicas compartían, de forma más “respetable”, los prejuicios raciales nazis. No les parecían bien los campos de concentración ni que se rompieran los escaparates de las tiendas judías, pero estaba claro que pensaban que el mundo estaría mucho mejor si los elementos “arios” y “nórdicos” de los países de habla inglesa, y también de Alemania y Escandinavia, ejercían el liderazgo político del “mundo civilizado”. En consecuencia, estaban psicológicamente preparados para aceptar las exigencias de Hitler, no sólo en cuanto a la reocupación de Renania (1936) y la anexión de Austria (1938), sino respecto a la reconstrucción del poderío militar germano.

Si a los Gobiernos británicos del periodo 1936-1938 les hubiera preocupado realmente la defensa de la democracia política en el continente europeo, la Guerra Civil española les habría proporcionado una oportunidad clara de poner coto a las ambiciones militares de Hitler. Sin embargo, desde el mismo inicio de esa contienda los Gobiernos, primeros de Baldwin y después de Chamberlain, otorgaron ayuda económica y diplomática encubierta a los generales sublevados, advirtiendo a los sucesivos Ejecutivos republicanos franceses de que no concedieran ayuda ni militar ni económica a una República que los conservadores británicos consideraban dominada por comunistas y anarquistas. Por su parte, los soviéticos ayudaron esporádicamente a la República española entre septiembre de 1936 y marzo de 1939, y el carácter esporádico de su contribución se debió en gran medida a la inquietud que sentían ante las incursiones militares de Japón en la frontera siberiana y a la frialdad con la que los británicos acogían la idea de la seguridad colectiva en Europa.

Después de la invasión y anexión de Austria, que no suscitó resistencia diplomática o militar alguna, Hitler acusó estridentemente a la república democrática de Checoslovaquia de maltratar a su minoría alemana, exigiendo que las partes de territorio checo en las que por lo menos el 50% de la población fuera de “raza” alemana pasaran inmediatamente a soberanía del Reich. Esta exigencia no era tan aceptable para el Gobierno británico como las anteriores. Hitler contuvo a la minoría nazi de Checoslovaquia en los infrecuentes momentos en los que parecía que los británicos podían oponerse a la anexión. Pero a comienzos de septiembre el primer ministro británico organizó la “Conferencia de Múnich” (con asistencia del Reino Unido, Francia, Alemania e Italia), que en realidad puso el destino de Checoslovaquia en manos de Hitler, sin consultar ni al propio Gobierno checoslovaco ni a la Unión Soviética, que había firmado con los checos un tratado defensivo parecido al que Rusia esperaba negociar con franceses y británicos.

Por su combinación de estupidez política y cobardía moral, esta política se conoce con el nombre de “apaciguamiento”. Fue la misma que, al ofender a la Unión Soviética, hizo que Stalin buscara su propio acuerdo con Alemania, concediendo así a Hitler la oportunidad de iniciar la Segunda Guerra Mundial sin tener que luchar en dos frentes, algo que había ocasionado la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Y la única fuerza militar que consiguió finalmente salvar a la Europa democrática fue la alianza defensiva que, formada por Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética entre junio de 1941 y mediados de 1945, los soviéticos habían perseguido entre finales de 1934 y septiembre de 1938.

Lo que en este artículo califico de aspecto desatendido de la historia del siglo XX son esos cinco años de iniciativas soviéticas. Cuando Hitler se traicionó a sí mismo al ocupar Praga, capital del Estado checoslovaco, el 15 de abril de 1939, después de haber firmado el Pacto de Múnich, el Foreign Office británico comenzó a buscar aliados en el este, en previsión de que el Führer decidiera pronto lanzarse a una generalizada guerra de conquista. Después de infructuosas conversaciones con los Estados del sureste de Europa y con Turquía, los británicos decidieron finalmente acercarse a los soviéticos. Pero, para entonces, a finales de mayo y en junio, la Alemania nazi y la Rusia soviética ya estaban negociando el tratado de alianza que anunciaron el 22 de agosto de 1939.

Fuente: Diario El País (España). 13/03/2012.

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Un aspecto desatendido de la historia del siglo XX. Gabriel Jackson.

lunes, 12 de marzo de 2012

¿Para qué sirve la historia?. Respuesta a artículo de Fernando De Trazegnies.

Fernando De Trazegnies frente a la historia

Por: Eddy W. Romero Meza. Profesor de Historia.

En un artículo reciente el ex-canciller, Fernando De Trazegnies, refiere su postura frente al quehacer histórico. Pontifica sobre la necesidad de una historia objetiva, distanciada de toda distorsión política al pasado (lamenta cualquier juicio histórico al pasado). Convenientemente se libra así de emitir juicio sobre la historia política reciente. Nos referimos a la década del fujimorismo, régimen del que fue parte y que no admite sea interpretado por supuestas subjetividades políticas del presente.

La aproximación al pasado que propone De Trazegnies, solo tiene dos explicaciones, o es ingenua o directamente malintencionada. Francamente es desechable la idea de creerlo ingenuo. Su afán de exaltar una “historia neutral”, se pierde contra una ética y época actual de no tomar distancia cómplice frente a lo acaecido. De aproximarnos crítica y rigurosamente al pasado, sin dejar de lado nuestros valores humanos.
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Hacer historia es también hacer política por canales intelectuales. De Trazegnies astutamente trata de “advertirnos” del peligro de una historia que pueda ser “falseada por razones políticas”. Sin embargo estos buenos deseos por “desideologizar” la historia, encierra la agenda política de quien promueve el silencio frente a lo cuestionable en nuestro pasado reciente.

Entre una historia aséptica y una historia deliberativa, es preferible la segunda. Esto porque, mientras la primera no existe, la segunda es la que reconstruye un pasado más dinámico y sujeto a crítica. Los historiadores y expertos en historia son sujetos de origen y postura ideológica diversa. Y si bien las propuestas de aproximación al pasado serán múltiples (inteligentes o dogmáticas), siempre será preferible una historia abierta y no una historia sujeta a silencios perniciosos.

Eric Hobsbawm, uno de los historiadores vivos más importantes del mundo, es un historiador marxista. Francamente seria improbable una de sus grandes obras, sin su sincera postura política, además de su integridad intelectual.

Finalmente, hacer historia es también advertir los peligros de aquellos que quieren despojarla de su real valor como ciencia y actividad que ubica al hombre en el tiempo. Pero no en un tiempo cronológico de “contexto objetivo”, sino en un “tiempo histórico”, un tiempo dialógico y sujeto a cuestionamientos, propio de una sociedad democrática.

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miércoles, 7 de marzo de 2012

Materiales desclasificados de la CIA sobre el Perú en la década del 60´.

El Perú de los 60, según la CIA

Por: Nelson Manrique (Historiador y sociólogo)

Se ha venido difundiendo una visión de la historia peruana según la cual la revolución militar de Juan Velasco Alvarado de 1968 fue un fenómeno exótico, inexplicable, que vino a interrumpir el recto camino del Perú hacia el progreso. ¿Es eso cierto?

No lo era para la CIA, que desde comienzos de la década del 60 mostraba una viva preocupación por el potencial revolucionario que, según ellos, portaba la situación peruana. Revisando los materiales desclasificados de la agencia de inteligencia norteamericana llama la atención la precisión de algunos de sus diagnósticos, que contrastan con la miope visión de la mayoría de los políticos peruanos de entonces.

El 1º/5/63 se realizó en Washington una reunión de la comunidad de la inteligencia norteamericana, el estado mayor conjunto y la CIA, para evaluar la situación peruana. La mayor preocupación era que pudiera llegar al poder un gobierno radical en el Perú, como había sucedido en Cuba en 1959. Se discutió según un diagnóstico preparado por la CIA (Case Number: EO-1993-00006. Release Decision: RIFPUB. “Political Prospects in Peru”, 5/1/63).

El diagnóstico de la CIA partía señalando que en el Perú no existía una efectiva unidad nacional, “entendida como un lenguaje y una cultura común”. Según el protocolo de la reunión, el Perú estaba dirigido por una oligarquía, principalmente blanca, que habitaba en Lima y el área costera, que ejercía el poder respaldada por las FFAA y por la Iglesia. Más de la mitad de los 11 millones de habitantes eran indios analfabetos, pauperizados, que hablaban sus propias lenguas y vivían en una economía de subsistencia bajo un sistema de dominio semifeudal, apartados de la sociedad moderna. La mayoría de los mestizos, que constituían aproximadamente la tercera parte de la población, no vivían mucho mejor que los indios, aunque formaban parte de la gran fuerza de trabajo urbana.

La presencia de la cordillera de los Andes hacía muy difícil el transporte y las comunicaciones. El sector moderno de la economía estaba confinado a la costa, donde se concentraba alrededor del 30% de la población, la agricultura comercial, la producción petrolera, manufacturera y el comercio, y se producía más de la mitad del Producto Bruto Interno. La sierra representaba el 27% del total del territorio, pero albergaba al 55% de la población nacional. Proveía de minerales y algunos productos agrícolas, pero más de cinco millones de indígenas vivían en “condiciones primitivas”, al margen de la economía monetaria. La selva estaba completamente aislada del resto del país.

La situación macroeconómica era buena; se creía que la tasa de crecimiento del 4 o 5% anual de las dos décadas anteriores se incrementaría a 5.5%. Era improbable, sin embargo, que el progreso económico fuera compartido. El ingreso per cápita en la sierra era semejante al de la estancada Bolivia y la pobreza en la selva podría compararse con la de Haití. En la costa el ingreso era semejante al promedio de América Latina, pero había grandes disparidades de riqueza y bienestar: “En Lima y otras ciudades el consumo ostentoso coexiste con la pobreza más abyecta”.

Los gobiernos peruanos, concluía el documento, no habían estado dispuestos a hacer los sacrificios necesarios ni a afrontar los riesgos para producir los profundos cambios sociales y económicos que requería el país. La estabilidad política del Perú dependería decisivamente de la habilidad y la decisión del gobierno para responder a las demandas populares de bienestar económico y seguridad. “Esta situación –concluía el cónclave de la inteligencia norteamericana– augura una desintegración de la estructura social y económica peruana. A menos que las fuerzas moderadas logren realizar un cambio ordenado probablemente los liderazgos radicales conseguirán la oportunidad para ensayar sus métodos” (National Intelligence Estimate. NIE 97-63. Washington, May 1, 1963. CIA Files, Job 79-R01012A, ODDI Registry. Secret). Dos años después estallaron las guerrillas del MIR y el ELN y el 68 Velasco Alvarado tomó el poder.

Medio siglo después, ciertas cosas no cambian.

http://www.nelsonmanrique.com/

Fuente: Diario La República (Perú). Martes, 06 de marzo de 2012.

Visión islámica sobre la religión cristiana.

"El cristianismo del Islam"

Por: Isaac Bigio (Historiador)

El título de esta nota puede parecer una contradicción en sí misma, pues la religión que más ha rivalizado y guerreado contra el cristianismo es, precisamente, el Islam.

Los mahometanos fueron quienes arrinconaron para siempre a las iglesias en todas las tierras bíblicas, en la mitad sur del antiguo mar cristiano del Mediterráneo y en la segunda Roma (Bizancio, hoy Estambul) y con quienes libraron tantas guerras en las cruzadas o en las 2 penínsulas que sirven de entrada a Europa (la ibérica y la balcánica).

Por más que parezca extraño a los cristianos, los musulmanes sí creen en Jesucristo, a quien no veneran los judíos pese a que Jesús nació, vivió y murió como su correligionario (en todas las cruces aparece la sigla INRI que en latín significa Jesús de Nazaret Rey de los Judíos).

Al igual que las iglesias, el Islam profesa que Jesús emergió del vientre de una virgen, que hizo milagros, que su evangelio y enseñanzas deben ser seguidos y que él va a retornar antes del juicio final.
Sin embargo, los musulmanes creen que Dios ve todo, pero nadie le ha visto, pues éste jamás ha aparecido en forma humana. Para ellos Jesús siempre predicó el monoteísmo y no que él fuese un Dios, por lo que él debe ser considerado un profeta tan igual como Abraham, Moisés o Mahoma.

Para el Islam en la cruz no murió Jesús (sino tal vez alguien parecido a él), pues Dios lo elevó a él al cielo antes de que sus enemigos lo ejecutasen. El Islam rechaza la trinidad a la que considera politeísmo, pues según su doctrina solo hay un Dios, Jesús fue un mortal que fue un mensajero suyo y el espíritu santo son ángeles como Gabriel subordinados a Dios.
El Corán se jacta de ser más monoteísta que Roma que cree en la Trinidad, la Virgen María y los Santos y reivindica a Abraham y a los profetas de los 2 testamentos, pero considera que éstos han sido corrompidos por malas traducciones, por lo que el único libro sagrado que aceptan es el dictado por Mahoma en su original en árabe, idioma en el cual todos sus fieles deben rezar.

Esta forma de interpretar a Jesús ayudó al Islam a avanzar en los primeros reductos del cristianismo en el Medio Oriente y ahora les da esperanzas en seguir progresando dentro del continente que ha sido sinónimo del cristianismo (Europa) donde pronto esperan ser el 10% de su población.

Diversas iglesias han logrado avanzar en China, Corea y otros bastiones del budismo, pero sus progresos dentro del Islam aún son limitados. La única región del mundo donde Roma derrotó a la Meca fue Iberia, la misma que pasó a convertirse en el principal difusor mundial del catolicismo, aunque ello se logró con muchas guerras, persecuciones e inquisiciones.

Fuente: Diario Correo (Perú). 29/02/12.