viernes, 30 de diciembre de 2011

La historia del presente: buen periodismo, rigor historiográfico y atractiva narrativa. Cinco libros de Historia para entender el presente.

Historia del presente

Ramón González Férriz, director de Letras Libres, arma su Lista de Eñe con libros de Tony Judt, Francis Fukuyama, Jonathan D. Spence, Niall Ferguson y Timothy Garton Ash.

En la introducción a su Historia del presente, Timothy Garton Ash escribe una de las más sencillas y brillantes reflexiones que se hayan hecho sobre el trabajo del periodista y del historiador, y sobre la relación que hay entre ambos y el trabajo del escritor de narrativa de ficción.

Garton Ash, que estudió Historia Contemporánea en Oxford y que antes de la publicación de ese libro había trabajado como reportero en los países del antiguo bloque soviético, fue tal vez el primero en recibir el calificativo de «historiador del presente», acuñado por el estadounidense George Kennan y entendido como «ese campo del trabajo literario, pequeño y poco visitado, en el que el periodismo, la Historia y la literatura [...] se unen».

¿Historia del presente?, se pregunta el autor. ¿No se supone que la Historia, por definición, se encarga de los asuntos del pasado? «No siempre fue así. Como ha observado el erudito historiador alemán Reinhart Koselleck, desde la época de Tucídides hasta bien entrado el siglo XVIII, haber sido testigo ocular de los hechos descritos o, mejor aun, haber intervenido directamente en ellos, se consideraba una ventaja fundamental a la hora de escribir historia».

Para Garton Ash, el buen periodismo y la buena historiografía tienen en común con la buena narrativa de ficción el poder de la imaginación para empatizar con las personas que aparecen como personajes en un relato y poderes literarios de selección, descripción y evocación. «El reportaje o la narración histórica es siempre un relato escrito por un autor concreto, impregnado por su percepción individual y su estilo propio al colocar las palabras sobre la página. Exige un esfuerzo, no sólo de investigación, sino de imaginación, para introducirse en la experiencia de las personas sobre las que se escribe. En ese sentido, el historiador y el periodista trabajan como los novelistas. Y así lo reconocemos cuando hablamos del “Napoleón de Michelet”, y lo distinguimos del “Napoleón de Taine” o el “Napoleón de Carlyle”».

La frontera con la literatura de ficción, sin embargo, es una sola y muy clara: el compromiso no solo con la verdad, sino muy en particular con los hechos y los datos. ¿Qué hizo o dijo exactamente tal o cual persona, y en qué momento lo hizo, antes o después de que ocurriera tal o cual hecho? Garton Ash cita a Eric Hobsbwm cuando recuerda que la materia prima del historiador, y también del periodista e «historiador del presente», la componen datos verificables.

La frontera entre periodismo e Historia, en cambio, es la más discutida. «En periodismo, decir que un relato es “academicista” —con lo que se pretende decir aburrido, lleno de jerga e ilegible— es la forma más segura de acabar con él. En el mundo académico, decir que el trabajo de alguien es “periodístico” —es decir, superficial, frívolo y, en general, nada riguroso— es menospreciarlo. “¿Historia del presente?”, me dijo con desdén un profesor cuando regresé a mi departamento de Oxford después de trabajar como periodista a finales de los años ochenta, “¿Quiere decir periodismo con notas a pie de página?”».

Todo esto viene a cuento porque le pedimos a Ramón González Férriz, director de Letras Libres, que nos enviara su Lista de Eñe, y su respuesta fueron estos «cinco libros de Historia para comprender el presente». Incluido el ya clásico título de Timothy Garton Ash, por supuesto.

Las listas de eñe

Ramón González Férriz. (Barcelona, 1977) es editor de la revista Letras Libres.

Cinco libros de Historia para entender el presente


1. Postguerra, de Tony Judt (Taurus)


2. El fin de la Historia y el último hombre, de Francis Fukuyama (Ediciones B)


3. Historia del presente, de Timothy Garton Ash (Tusquets)


4. En busca de la China moderna, de Jonathan D. Spence (Tusquets)


5. El triunfo del dinero, de Niall Ferguson (Debate)


1.'Postguerra', de Tony Judt (Taurus)

¿Cómo pudo ser que, después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, Europa se pusiera en pie en unas pocas décadas y sus ciudadanos alcanzaran unas cotas de bienestar inéditas en la historia? Pues porque, como explica Judt, los políticos europeos tomaron buenas decisiones, la ciudadanía asumió al fin la democracia y, bueno, también hubo algo de suerte. Naturalmente, esto no fue del todo así en España, pero esta historia es también la de nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros mismos.

2.'El fin de la Historia y el último hombre', de Francis Fukuyama (Ediciones B)

Nunca entenderé por qué este libro es considerado el epítome del derechismo. No lo es. Se trata, más bien, de una brillante historia de cómo en las últimas décadas cada vez más países han desechado los regímenes teocráticos, han derrocado a las dictaduras y han adoptado la democracia como sistema político. Un extraordinario recordatorio de que los humanos solemos desear libertad, y de que cuando queremos cosas distintas, acabamos mal.

3.'Historia del presente', de Timothy Garton Ash (Tusquets)

A medio camino entre la historia y el reportaje, este libro es una crónica del derrumbe del imperio soviético. Después de décadas de opresión, millones de ciudadanos de la Europa del Este lucharon por la democracia y consiguieron algo que se le parecía. Sin embargo, como documenta Garton Ash, no todo salió bien: el peso del pasado, la inexperiencia en manejarse en democracia y un capitalismo de matones hizo que las cosas siguieran siendo tremendamente duras en la región.

4.'En busca de la China moderna', de Jonathan D. Spence (Tusquets)

Esta historia de China arranca en el siglo XVIII y termina en 1999, de modo que no contempla el fabuloso auge de China en la última década y pico. Sin embargo, para comprender precisamente este último período —en el que finalmente el país se ha abierto un poco al mundo—, nada mejor que esta historia de un imperio tradicionalmente cerrado en sí mismo, cuyos mandatarios no viajaban al extranjero y que no consideraba que debiera aprender nada de los demás, excepto su talento para fabricar armas.

5.'El triunfo del dinero', de Niall Ferguson (Debate)

Para bien y para mal, la historia de los humanos es en buena medida la historia de su manejo del dinero. Como cuenta Ferguson, a medida que la complejidad de los sistemas bancarios y financieros aumentaba, también lo hacía la riqueza y el número de personas que salían de la miseria. Sin embargo, esos sistemas podían provocar grandes y confusas crisis, como ha sucedido reiteradamente a lo largo de los siglos cuando los países, las empresas y los individuos se han endeudado más de lo que debían. Aunque ahora nos parezca que todo esto es nuevo, es tan viejo como la civilización.

Fuente: Revista Eñe (España) (28.12.11)

Debate sobre el libre acceso a la información. Controversia entre la Universidad de Illinois y The Chicago Tribune.

"Derechos en conflicto: información versus privacidad"

Por: León Trahtemberg (Educador)

Está en curso una importante controversia entre la Universidad de Illinois y The Chicago Tribune. Todo empezó con un conjunto de notas periodísticas del Tribune - "Clout Goes to College" 2009- en el que exponía la existencia de una lista de cientos de privilegiados que durante cinco años habían tenido admisiones facilitadas por tratarse de estudiantes de familias bien conectadas. Eso condujo a la renuncia del presidente de la Universidad y varias otras autoridades.

The Chicago Tribune planteó una demanda judicial exigiendo que se hagan públicos los nombres y direcciones de los auspiciadores de estos estudiantes favorecidos y los resultados de las pruebas de admisión que dieron al postular, apelando a la ley estatal que avala el derecho a la libertad de acceso a la información. Esta demanda fue rechazada por la Universidad apelando a la ley federal que ampara la privacidad de los registros educacionales de los estudiantes -publicarlos los podría perjudicar- (federal Family Educational Rights and Privacy Act), bajo pena de perder los fondos federales si la violan (quien recibe fondos federales no puede hacer privilegios).

Sin embargo, el Tribune, respaldado por medios como The New York Times, argumenta que esos no son registros de récords educacionales, sino de conductas cuestionables y por lo tanto no están protegidas por la ley de privacidad sino amparadas por el derecho del público a conocer actos irregulares. Se trata de una investigación sobre las decisiones irregulares y discriminatorias de los funcionarios públicos.

El mismo argumento de defensa de Illinois ha sido utilizado antes por otras universidades, como la estatal de Florida, para no revelar datos de la admisión y conducta de sus atletas estrellas.

No está claro cómo terminará este debate judicial, aunque los entendidos se inclinan por respetar el derecho del público a estar informado (Tamar Levi, "Privacy and Press Freedom Collide in University Case", NYT 20/10/2011).

Es un debate que nos atañe, a la luz de la legislación del control de la difusión de grabaciones propuesta por el PPC en el Congreso y los resentimientos sociales producto de la histórica inequidad y resentimientos entre peruanos por arreglos discriminatorios usando influencias.

Fuente: Diario Correo (Perú). 30-12-11

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El fin de la vieja izquierda peruana y el surgimiento de un nuevo progresismo.

La utopía progresista

Por: Antonio Zapata (Historiador)

Al dividirse Izquierda Unida en 1989, sus integrantes perdieron presencia y nunca más se recuperaron. A primera vista se trataba de un castigo del electorado a la división; la ciudadanía izquierdista premiaba la unidad porque sabía que dividida no avanzaba mucho. Algo de esto es cierto, pero no es el único factor, porque en más de 20 años se habría resuelto y tendríamos un nuevo frente izquierdista disputando el escenario.

En 1989 también se derrumbó el Muro de Berlín y llegó la hora final de la Unión Soviética y del bloque denominado “socialismo real”; clausurando el período abierto por la revolución bolchevique de 1917.

Durante ese lapso, las izquierdas se habían identificado con el comunismo ruso, participando de sus valores. La disidencia trotskista y otras posteriores carecieron de fuerza para modificar el paradigma.

Así, la URSS fue el horizonte utópico de las izquierdas del siglo XX. Quienes se apartaron tuvieron grandes dificultades para mantenerse en el campo popular y normalmente fueron atraídos por la democracia norteamericana, habiendo acabado como aliados de EEUU, como fue el caso del APRA.

Por ello, 1989 fue un año doblemente crucial para la izquierda. Al dividirse IU, perdió capacidad operativa anulando su fuerza propia. En segundo lugar, la desaparición del socialismo real le restó referente ideológico. A partir de entonces ha carecido de audacia para volver a pensar y proponer un ideal. Por consiguiente, se encerró en la oposición al neoliberalismo de los noventa y supo denunciar pero no solucionar. Su capacidad de condena fue elevada, pero limitada su disposición a imaginar una nueva utopía. Por ello, tampoco pudo atraer una generación de reemplazo.

Mientras que los años noventa plantearon nuevamente la vieja y crucial relación entre igualdad y libertad. Los izquierdistas habíamos escogido la justicia y creíamos que la libertad sería consecuencia suya. Pero, la URSS y sus satélites caían ante nuestros ojos como entes autoritarios sin alma ni pasión revolucionaria. Hubo que recuperar el equilibrio entre estos dos viejos principios que provienen de la Revolución Francesa. Esa nueva ponderación generó un tipo progresista distinto e independiente, que tomó camino propio.

Las actitudes progresistas se hallan en constante renovación, pero desde los 1990, los nuevos progres han ido rompiendo su identificación con la vieja generación. La recuperación de la libertad y el rechazo al burocratismo fueron esenciales para un nuevo pensamiento.

Luego vino la desconfianza en el Estado y la preferencia por la sociedad civil. Este concepto decimonónico cobró gran vigencia al finalizar el siglo XX. Desengañados con el Estado soviético y los estatismos populistas, los nuevos progres elevaron las instituciones sociales como motores del verdadero cambio y garantes de un rumbo más inclusivo, pero abierto y competitivo.

El último componente que han traído las recientes décadas ha sido la cuestión ambiental. En efecto, el enfoque verde es parte del nuevo progresismo, aunque no exclusivamente, como lo demuestra el ejemplo de El Comercio, que posee una línea verde conservadora y autoritaria. Así, aunque transversal al espectro político, la conservación del planeta pertenece al nuevo paradigma de la persona progresista contemporánea.

El efecto de esta evolución ha sido alejar las aspiraciones principales del nuevo progresismo del modelo izquierdista setentero. La desairada participación de estos últimos en el gobierno de Ollanta Humala ha profundizado esa brecha. Hace unos seis años se cobijaron debajo de una figura política emergente, un militar nacionalista al que conocían poco y que ha mostrado que no los tomaba en cuenta seriamente.

Por ello, las izquierdas han perdido numerosas ocasiones para reaparecer en la escena y ahora parece que ni siquiera dejarán herederos. El nuevo progresismo ha ido formulando una utopía propia que progresivamente se aleja del viejo personal político.

Fuente: Diario La República (Perú). 28 de diciembre de 2011.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Carlos Franco. Libro “Acerca del Modo de Pensar la Democracia en América Latina” (1998).

Carlos Franco (1939-2011)

Por: Eduardo Dargent (Politólogo)

Un día del 2009 Alberto Vergara me llamó emocionado para decirme que había leído un “librazo”: “Acerca del Modo de Pensar la Democracia en América Latina” (1998) de Carlos Franco. Sabiendo que mi amigo es poco dado a exagerar, lo leí y confirmé su veredicto. “Acerca…” es un libro mayor, tal vez el mejor libro de ciencia política escrito en el Perú: desarrolla un argumento en forma coherente, lo defiende de gran manera, hace justicia a sus rivales teóricos y reconoce las consecuencias de sus conclusiones sin edulcorarlas. ¿Por qué un libro tan poco común en nuestro país había pasado desapercibido? Recién hace poco Alberto junto a Carlos Meléndez, así como Alberto Adrianzén y Nicolás Lynch, lo han rescatado y discutido.

En el libro Franco sostiene que en los ochenta y los noventa la discusión sobre la democracia en América Latina se había empobrecido. Al concentrarse la ciencia política en factores políticos, sean actores o instituciones, al estudiar la democracia se ha perdido la riqueza de una perspectiva más profunda vinculada al desarrollo, donde la posición de nuestros Estados en la economía mundial determina nuestro régimen político. Si bien considera que las teorías estructuralistas del pasado debían ser revisadas, sostiene que no ganamos nada y perdemos mucho si desvinculamos nuestro estudio de la democracia de estos factores profundos.

Su conclusión es demoledora: en la región no existen las condiciones para que se consolide un régimen que respete y garantice la igualdad de los ciudadanos. Para probar su punto Franco estudia el desarrollo de la democracia en Europa, discute la vieja teoría de la dependencia latinoamericana y critica recientes trabajos sobre las transiciones a la democracia. El argumento es denso y difícil de describir en un párrafo. Pero la moraleja es clara: las elecciones no bastan para que las condiciones negativas que impiden la democracia cambien en la región.

Las consecuencias prácticas de esta conclusión son una cachetada fatalista. Tras los fracasos de las revoluciones estatistas, el colapso de los modelos de industrialización por substitución de importaciones y sin confianza en las reformas de mercado, no quedan muchas posibilidades de lograr cambios sociales profundos que sostengan la democracia. El activista, sea un revolucionario Leninista o un demócrata liberal, terminará frustrado.

¿Por qué el libro no atrajo la atención que merece? Por un lado, por la ausencia de interlocutores académicos en el Perú interesados en el régimen político y ajenos a un debate que Franco sí estaba siguiendo. Pero sospecho que también porque fue publicado en el momento más duro del Fujimorismo. La izquierda académica, probablemente la más atraída por un argumento que reiteraba los límites de esa “democracia burguesa” que criticaron durante los ochenta, andaba peleando contra el Fujimorismo. Decir que democracia o Fujimorismo eran casi lo mismo resultaba una herejía.

Aunque discrepo de su exagerado fatalismo, es muy triste que un libro que, de haber sido publicado en México o Argentina, ni que decir EE.UU. o Europa, hubiese sido un referente para la ciencia política, sea en el Perú una edición limitada, agotada y poco discutida. Por lo demás, en los años que han pasado desde que se publicó la ciencia política ha hecho críticas similares a los estudios sobre la democracia. Sin duda otros de sus trabajos merecen igual discusión, pero creo que los politólogos seguimos en deuda con Franco, el académico, y la mejor forma de pagarla tras su partida es discutiendo su libro en profundidad.

Fuente: Diario 16 (Perú). 25-12-2011

Recomendados:

Romeo Grompone: Los debates propuestos por Carlos Franco.

De la naturalización y universalización del formato demoliberal del régimen (Texto de Carlos Franco). 
 
Carlos Franco: apuesta por la modernidad popular y desconfianza frente a la democracia como régimen.

Carlos Franco y su aporte intelectual al Perú.

Historia del primer presidente de la república postsocialista checa Václav Havel. Muerte de Václav Havel y Kim Jong-il.

"Havel y Kim"

Por: Isaac Bigio (Historiador)

El 18 de diciembre pereció el primer presidente de la república postsocialista checa Václav Havel y al día siguiente se anunció la muerte de Kim Jong-il, líder de la república socialista de Corea. Ambos tenían edades similares (el primero 75 años y el segundo un lustro menos) pero encarnaban procesos antagónicos.

Havel fue uno de los principales intelectuales disidentes anticomunistas de Europa del Este y el hombre que encarnó la 'revolución de terciopelo' de 1989 que produjo el reemplazo del partido comunista checo por un régimen liberal y privatizador. El fin de la economía estatizada y planificada también condujo a la división entre checos y eslovacos. Havel aceptó ese divorcio pacífico mientras que fue uno de los líderes orientales que más luchó por que su país y región entrasen a la Unión Europea.

A inicios de los noventas tuve la oportunidad de ver a Havel en una plaza de Praga, capital que estaba llena de banderas estadounidenses, algo impensable en América Latina, en donde el liberalismo no era un movimiento popular de masas y, más bien, generaba rechazos sindicales. Vargas Llosa, quien compartía con Havel similar vocación literaria y orientación política, entonces había perdido las presidenciales peruanas.

Desde hace 2 décadas todas las veintitantas repúblicas euro-orientales son promercado y la gran mayoría tiene regímenes anticomunistas, proOTAN y proUE, tal y cual lo quería Havel. Kim, por el contrario, encarnaba al principal reducto del stalinismo en el planeta. Mientras que Alemania, Vietnam y Yemen se reunificaron y todos hoy son promercado, Corea mantiene su división obtenida con millones de víctimas. Mientras el sur emula al capitalismo japonés, el norte tiene mayores restricciones al capital que Cuba, China o Vietnam.

La Corea del Norte posee poco más área que la del Sur (la cual, sin embargo, le duplica en población y tiene un ingreso per cápita 20 veces mayor), pero su régimen autárquico y autocrático se precia de tener una sociedad menos desigual y más distributiva.

Norcorea posee armas nucleares y el cuarto ejército en tamaño del mundo (el cual festeja haber propinado varias derrotas a EEUU). China y Rusia le cubren las espaldas, aunque Norcorea no ha querido hacer muchas reformas prooccidentales como las de sus 2 colosales vecinos.

Ésta también es el único Estado no monárquico donde el poder pasa de padre a hijo, algo que parece que se repetirá con el tercer hijo de Kim, pese a tener solo 28 a 29 años de edad.

Fuente: Diario Correo (Perú). 22/12/11

Carlos Franco: apuesta por la modernidad popular y desconfianza frente a la democracia como régimen.

Imagen: Diario La Primera
Un realista desencantado

Por: Martín Tanaka (Politólogo)

En alguna conferencia hace algunos años, Carlos Franco decía que su vida había sido regida por dos grandes máximas: “un fracaso más qué importa” y “persistir en el error”. En alguno de sus últimos escritos, se refería a su “larga militancia en la internacional de los perdedores”, de la que deducía su posición política, que caracterizaba como un “realismo desencantado”. Esta mirada irónica consigo mismo se entiende a la luz de las apuestas políticas de Franco: apoyó las reformas “participativas” del gobierno de Velasco, luego el populismo tardío del primer gobierno de Alan García, luego pensó que el populismo peruano alumbraría a una modernidad popular verdaderamente nacional; finalmente, se mostraría crítico frente a la democracia como régimen, precisamente porque la configuración “criollo-occidental” del Estado le impediría superar el desafío de representar a ese mundo popular cholo-plebeyo.

Sin embargo, con el tiempo aprendimos que ninguna dictadura puede justificarse, por más progresista que se presente, que el puro voluntarismo político termina en el desastre económico, que la apuesta por la modernidad popular desembocó en la anomia y terminó siendo cooptada por el fujimorismo, cuyo carácter autoritario llevó precisamente a una revalorización de la democracia como régimen político.

Vistas así las cosas, podría pensarse que lo notable de Franco fue su integridad y honestidad política e intelectual; nunca renegó de sus apuestas, se mantuvo fiel a las mismas y asumió sus consecuencias, actitud poco común en un medio más bien habituado a las constantes mudanzas sin mayores justificaciones. Sin embargo, este criterio deja de lado sus importantes aportes intelectuales. Y es que la apuesta por Velasco es consecuencia de una mirada desencarnada de los límites de los intentos de transformación política que parten de lo social o de los actores políticos y de las instituciones convencionales en un país como el nuestro.

Su apuesta por el APRA y por el primer Alan García se fundamentó en una original lectura del marxismo y de su implantación en América Latina, y del papel de Haya y Mariátegui en la construcción de un proyecto nacional y popular, así como en una mirada crítica de la izquierda peruana, sin proyecto propio y siempre a la sombra de la acción de los caudillos (¿no suena familiar y de gran actualidad?). Finalmente, su apuesta por la modernidad popular y su desconfianza frente a la democracia como régimen no hicieron sino llamar tempranamente la atención sobre lo que hoy calificamos de “problemas de inclusión social”, y los déficits de legitimidad de nuestra precaria democracia.

De este modo, si bien las apuestas políticas de Franco terminaron en fracasos, los diagnósticos que las fundamentaron tienen absoluta vigencia y dan cuenta de una personalidad de una originalidad y agudeza excepcionales, una voz crítica muy necesaria en estos tiempos. La extrañaremos.

Fuente: Diario La República (Perú). 25 de diciembre de 2011.

Recomendado: Carlos Franco y su aporte intelectual al Perú.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Historia reciente de los gobiernos de coalición en el Perú.

Coaliciones y partidos

Por: Antonio Zapata (Historiador)

La década de 1980 fue la última de pleno dominio de los partidos políticos. Comenzó Acción Popular y luego el APRA, ambos gobernando con mayoría parlamentaria. Esos años fueron fatales; se desenvolvieron entre el terrorismo y la hiperinflación y la ciudadanía se desilusionó de la democracia. Los males peruanos eran enormes y despertaban tal ansiedad que muchos deseaban mano dura para encontrar un rumbo salvador.

Gracias a ese ánimo se impuso Fujimori. Aunque, al comenzar su gobierno, introdujo una novedad que no se había experimentado en años, un gobierno de coalición. En efecto, en su primer gabinete hubo neoliberales, izquierdistas y varios independientes. Abrió la era de las coaliciones. Aunque duró poco; la profundidad de la crisis derivó en autoritarismo. A Fujimori la ortodoxia neoliberal le otorgó respetabilidad, porque le brindó coherencia gubernamental.

Al pretender perennizarse el 2000, el autoritarismo dio paso a los gobiernos de coalición que nos gobiernan hasta hoy. Tanto Toledo como García y ahora Humala han necesitado alianzas. Los une la común carencia de mayoría parlamentaria; necesitan construirla y ello impulsa entendimientos, a veces poco explícitos, pero imperiosamente requieren una relación positiva entre Ejecutivo y Legislativo, que se ha constituido en un eje de la gobernabilidad.

Otro rasgo que comparten Toledo, García y Humala es la redoblada importancia del líder carismático, en desmedro de las estructuras. Los tres pertenecen a una época de descrédito avanzado de los partidos. Al finalizar el fujimorismo, estos volvieron a su dinámica anterior. No realizaron una autocrítica ni adecuaron sus estructuras a la nueva escena social y política. La pérdida de peso de los partidos es global, se manifiesta a nivel internacional y no es exclusivamente un asunto peruano. Pero nosotros lo vivimos intensamente. Nuestro sistema conserva escasa capacidad de representación.

La democracia actual también sufre a causa de la brecha entre partidos nacionales y movimientos locales. En las bases se han impuesto cacicazgos y funcionan alianzas entre caudillos. Su influencia es estrecha y muchas veces expresan fragmentación, antes que aspiraciones a sumar fuerzas. A nivel local actúan políticos con movimientos propios, que no participan de partidos inscritos y cuyos liderazgos son precarios. Ni siquiera levantaron el paro de Cajamarca cuando Yanacocha ya había cedido.

Pero la ley de partidos no permite que estos movimientos regionales presenten candidatos al Ejecutivo ni al Legislativo. Ese terreno es exclusivo de los partidos nacionales. Como consecuencia se registra un peligroso divorcio entre gobierno nacional y poderes locales.

Toledo tuvo numerosos gabinetes y el bamboleo debilitó su gobierno. Mientras que García sabía que su alianza básica era con el fujimorismo e incluyó a Giampietri en su propia plancha. Ante esta comparación, Humala resulta más cerca de Toledo que de García. Se anuncia cambiando aliados muy temprano en el recorrido.

Pero, si se observa a Humala con los ojos puestos en el Fujimori de 1990, el resultado es perturbador. Ambos gobiernos carecen de mayoría parlamentaria, comparten un poder militar en rápida organización y el poder económico propicia la ruptura con sus partidarios iniciales. Fujimori llevó este proceso al autoritarismo porque la crisis era muy honda y el país ansiaba un salvador. Hoy la situación es distinta. Ni terrorismo ni hiperinflación nos amenazan.

Así, la comparación se cae. Aunque varios elementos están presentes, falta el componente esencial. Lo único estable es la responsabilidad del líder, puesto que el poder del mandatario es clave. Por ejemplo, Toledo pudo sufrir cierta deriva, pero estaba comprometido con la democracia, mientras que Fujimori quería derribarla para imponer su cleptocracia.

Finalmente, Humala gobierna bastante solitario, ni partido ni alianzas le importan demasiado, el poder reside en el círculo alrededor suyo. El 2012 traerá definiciones.

Fuente: Diario La República (Perú). 21 de diciembre de 2011.