lunes, 5 de enero de 2009

Historia peruana y los ciclos Kondratiev

Kondratiev y la pachamanca

Nelson Manrique (Historiador)

La historia puede ayudar a comprender la crisis económica mundial y cómo nos va a afectar. Las crisis económicas no son un accidente en el capitalismo industrial sino son parte de su funcionamiento “normal”, que alterna cíclicamente periodos de expansión y de contracción. Existen crisis de corta, mediana y larga duración; estas últimas –como la actual– son las más severas y su lógica fue explicada por su descubridor, el economista ruso Nicolai Kondratiev. Las crisis de larga duración se inscriben en ciclos de entre 48 y 60 años (la primera mitad de subida y la segunda de bajada) conocidos como ciclos Kondratiev. Es notable la estrecha relación que existe entre estos y el derrotero de la economía peruana.

Examinemos los datos. La primera gran crisis se desató en Londres, medio siglo después del inicio de la revolución industrial, el mismo año cuando en Junín y Ayacucho ganamos nuestra independencia: 1824. El flamante Estado peruano comenzó su vida independiente en medio de una terrible crisis, y tuvo que declararse en bancarrota y cesar unilateralmente el pago de su deuda externa.

Esta primera gran depresión se extendió por unos 25 años y hacia 1849, mientras la economía mundial empezaba su fase de expansión, cambió dramáticamente nuestra suerte. Vivimos entonces el boom del guano (la “prosperidad falaz”, según Jorge Basadre). Esta era dorada –que vio nuestra reinserción en la economía mundial y las obras de Ramón Castilla– terminó con otra gran crisis –no en vano la denominaron la “Gran Depresión”– en 1873. Acabó la prosperidad guanera y colapsó la economía peruana. En 1876 el Perú volvió a declararse en bancarrota y dejó de pagar su deuda externa. Sobrevino la guerra con Chile (1879), nuestro hundimiento y el sombrío periodo del Segundo Militarismo.

El nuevo ciclo de expansión mundial se inició hacia 1895, y coincidió en el Perú con el fin del Segundo Militarismo y el inicio de una alegre fase de prosperidad que se prolongó a través de la República Aristocrática (versión peruana de la Belle Epoque europea) y la modernización leguiísta. Sobrevino entonces el crash de 1929 y el Perú volvió a hundirse en la depresión. La recuperación mundial sobrevino hacia la década del 50, luego de la Segunda Guerra Mundial. Aquí fue el periodo de Odría, la expansión del Estado de bienestar, grandes obras estatales, una educación pública de calidad superior a la privada, etc.

La siguiente crisis mundial debió sobrevenir hacia la década del 80 y falta explicar por qué ha estallado recién el año 2008. Una hipótesis fuerte podría ser que esto se debió a las políticas anticíclicas keynesianas y el Wellfare State de la postguerra, que se implementaron en todo Occidente. Cuando el neoliberalismo consiguió el desmantelamiento de los mecanismos de control estatal en la década del 90 el retorno a la crisis se hizo inevitable, con las consecuencias que estamos viendo. Nuestra terrible dependencia con relación a los ciclos de crisis mundial se debe al carácter primario exportador de nuestro sistema productivo. Este ha sido profundizado por el gobierno aprista y nos ha colocado en la posición más vulnerable ante la crisis que se inicia.
Fuente: Diario La Repùblica. 31/12/08

domingo, 4 de enero de 2009

La Cuestiòn Palestina y la indiferencia mundial.

Invasión extra y terrestre

Cèsar Hildebrandt (Periodista)

Ya están, por tierra también, los que han venido a salvar, en la Franja de Gaza, la civilización occidental que supuró a Bush y encarna la Unión Europea.

Por aire, mar y tierra las fuerzas que documentan a Dios ensanchan a plomo limpio la tierra prometida, esa patria viva que nació por decisión de la ONU y su resolución 181, esa patria exigente que todo lo pide y que, a cambio, sólo exige el exterminio de quienes se interponen.

La estrategia es, como lo subraya Jennifer Loewenstein, directora asociada del Programa de Estudios sobre Oriente Medio en la Universidad de Wisconsin, sepultar el sueño de un Estado palestino.

Israel, en efecto, jamás lo quiso y ahora, con Obama bancado por el lobby israelí que encabeza el radical Steven Spielberg, puede estar más seguro que nunca de que ese sueño-pesadilla (sueño para los palestinos y pesadilla para la derecha israelí) no se cumplirá.

Ayer las fuerzas terrestres del ejército israelí han entrado a no dejar vivo nada que se mueva de modo hostil en la Gaza que tampoco les pertenece, como no les pertenece la Cisjordania que ocupan y donde han construido miles de asentamientos que confirman su imparable expansión, como no le pertenecen el Valle del Jordán ni el Jerusalén Este que detentan a fuego de fusil.

Buena cosecha para ser el primer día: el fuego de artillería de Israel ha volado una mezquita en Beit Lahija, al norte de la Franja, con todos los que estaban rezando adentro. Catorce muertos y 30 heridos, todas víctimas civiles.

Hay decenas de muertos (por lo menos otros 30) que la propaganda israelí describe como “terroristas caídos en acción”. Es imposible creerle a un ejército de criminales. Sería como creerle a Hitler cuando juraba que los sudetes serían la última reivindicación que demandaría a Europa.

Y ya no hablemos de esta Europa, que ayer, a través del checo presidente semestral que padece, justificó la invasión terrestre de Israel diciendo que “es defensiva”.

¿Para esto se apartaron los checos del comunismo de los tanques? ¿Para que un pobre diablo disfrazado de idiota justificara los tanques de Israel y dijera que quien invade se defiende?

Ya son cerca de 490 los muertos y más de 2,500 los heridos. Pero son palestinos. Son muertos consentidos, casi deseados, del todo prescindibles. Son los judíos de 1936, los armenios de 1915, los fusilados de Madrid del 39.

El drama de los palestinos es que su sufrimiento no tiene fin. No hay fecha límite para lo que Israel decida hacer con ellos. Si eligen a Fatah, Abbás los termina traicionando. Si eligen a Hamás, como lo hicieron con el 60 por ciento de los votos en elecciones supervisadas internacionalmente, Israel los ahoga, primero, y los aplasta después.

Si miran a Europa, hallarán el cinismo de siglos. Si miran para el mundo árabe, encontrarán al sórdido Egipto y a las monarquías putrefactas del petróleo y al rey jordano cuyo padre estaba en la planilla de la CIA.

Entonces miran a Siria y por eso son terroristas. Entonces miran a Irán y por eso son terroristas. Y lo dicen, sin rubor alguno, quienes han hecho del terrorismo una doctrina de Estado, una ciencia asistida por las divinas providencias.

La situación de Gaza queda retratada por la descripción hecha ayer por Raji Sourani, voluntario del humanitarismo palestino:

“Los heridos ya no pueden atenderse. Estamos sitiados. A la lista de los muertos hay que añadir noventa cadáveres que no han podido identificarse dado el estado de destrozo en que se encuentran”.

Hamás es fuerte porque surgió en 1987, de la ira acribillada de la segunda Intifada. Y es fuerte porque no se ha vendido ni se ha dejado amaestrar como lo han hecho los herederos indignos de Arafat. Por eso es que Israel está en Gaza: para exterminar a Hamás, el único movimiento que puede hablarle a Israel con el lenguaje que Israel entiende como humano: el de la convicción y el de la fuerza.

Apenas meses después del triunfo de Hamás en las elecciones de enero del 2006, Israel declaró que Gaza era “una entidad hostil”. El plomo y la muerte que hoy caen como una maldición sobre la Franja sólo son la aplicación de una política de Estado: la liquidación de un movimiento y, si es necesario, del pueblo gazauí que lo acompaña.

A eso han llegado Bush, la mediocridad irremediable de Europa y la indiferencia del mundo: a tolerar que la política del medio oriente se haga a costa de montañas de cadáveres y a permitirle a Israel todos los desmanes que el fascismo armado puede cometer.

Y, sin embargo, es posible que Israel fracase. No por debilidad, desde luego, sino por las mismas razones que lo llevaron a la derrota ante Hizbolá en el sur de Líbano. La resistencia de Gaza está por verse y su capacidad de sacrificio también.

“Si el objetivo de la ofensiva es destruir a Hamás, la pregunta más importante es si esto es una meta alcanzable. Si no, los bombardeos no son sólo crueles, bárbaros y reprensibles, sino también absurdos”, ha escrito el famoso pianista y director de orquesta judío Daniel Barenboim, un hombre lúcido que parece avergonzarse de la simpleza asesina de quienes hoy mandan en su país.

“Si, por otro lado, es realmente posible destruir a Hamás con operaciones militares, ¿cómo imagina Israel la reacción de Gaza después de ello? Un millón y medio de residentes de la Franja no se arrodillarán reverencialmente ante el poderío del ejército israelí. No debemos olvidar que antes de que los palestinos eligieran a Hamás, Israel los apoyaba en una táctica para debilitar a Arafat...”, ha reflexionado Barenboim, que fuera esposo de esa celista inigualable llamada Jacqueline Du Pré.

Frente a Barenboim y el heroico pacifismo judío están, claro, los halcones que dominan la escena.

“Patria Judía” es un sitio del Internet que se difunde en todos los idiomas, empezando por el hebreo, desde Buenos Aires. Allí se expresa, sin pudores, el “patriotismo israelí”.

¿Qué decía ayer “Patria Judía”?

Después de llamar terrorista al subcomandante zapatista Marcos por denunciar la masacre de Gaza, “Patria Judía” describía así la matanza de la mezquita en Beit Lahiya:

“Ayer volaron una mezquita que contenía misiles y bombas, mandando a otros diez genocidas palestinos al séptimo cielo del pedófilo... Flor de paliza se les viene encima”.

El pedófilo es Mahoma. Los “palestinos genocidas” eran civiles que estaban rezando.

¿Y cómo trata “Patria Judía” el asesinato del dirigente de Hamás Nizar Rayan en un bombardeo aéreo que mató a su esposa y a sus ocho hijos?

Lo trata de esta manera:

“Otra rata gorda fue a visitar a Mahoma. Israel mata a uno de los principales líderes de Hamás en la Franja de Gaza”.

Debajo de la foto de Nizar Rayan aparece la siguiente leyenda:

“Chau basura, saludos al pederasta de tu profeta”.

Y bajo la foto de la casa destruida del líder de Hamás, la frase siguiente:

“Así quedó la casita de Rayan”.

La gracia de “Patria Judía” es que expresa, sin hipocresías ni antifaces, el discurso de la derecha fascista israelí. La que hoy gobierna ese país nacido como contestación mundial al genocidio nazi.
Fuente: Diario La Primera. 04/01/09

Israel, Hamas y la Franja de Gaza.

El daño colateral

Farid Kahhat (Internacionalista)

Entre el 2000 y el 2005 (con sus tropas aún afincadas en Gaza), Israel intentó destruir a Hamas por medios militares. Al fracasar en ese intento, el Estado Israelí optó por una alternativa intermedia entre la victoria militar y la negociación política: el retiro unilateral de sus tropas y colonos de Gaza en el 2005, pero preservando el control sobre su espacio aéreo y sus fronteras terrestres y marítimas. Entre tanto, proseguía con la construcción de asentamientos judíos y del muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en el resto de los territorios palestinos bajo su ocupación.

Desde entonces, las Fuerzas Armadas de Israel causaron la muerte de unos 40 palestinos por cada israelí fallecido por los cohetes lanzados por Hamas desde la franja de Gaza, además de someter a ese territorio a un embargo económico que, según la ONU y el Banco Mundial, ha causado una crisis humanitaria. Unos seis meses atrás, Israel negoció a través de la mediación egipcia un cese al fuego con Hamas. Al no ser este producto de una negociación directa ni constar en un documento escrito, surgieron diferencias sobre sus implicancias: Hamas exigía que el cese al fuego incluyera todos los territorios ocupados y no solo la franja de Gaza, y que Israel permitiera el acceso irrestricto de los contingentes de ayuda humanitaria. Israel, por su parte, asumía que el cese al fuego no comprendía los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén oriental, y que los suministros de ayuda humanitaria no volverían a los niveles del 2005 mientras se produjesen violaciones al cese al fuego desde Gaza.

Si bien el número de cohetes que caían sobre territorio israelí se redujo de más de 300 en mayo del 2008 a entre 10 y 20 en julio del mismo año (dependiendo de la fuente), es cierto que jamás se detuvieron por completo. También es cierto que en más de seis meses (incluyendo la semana que medió entre la finalización del acuerdo y el inicio de los bombardeos israelíes), esos cohetes no causaron ninguna muerte en Israel. Y es cierto, además, que las violaciones al acuerdo de cese al fuego se produjeron por ambas partes (por ejemplo, una acción militar israelí causó a inicios de noviembre pasado la muerte de seis integrantes de Hamas). Los bombardeos israelíes, en cambio, ocasionaron 230 muertes tan solo en las primeras horas. Y, según fuentes médicas de Gaza, un tercio de esas bajas eran civiles.

Este último dato es importante porque Israel siempre alegó que, mientras las acciones de Hamas son absolutamente indiscriminadas, las suyas intentan evitar el daño a civiles. Sin embargo, cuando se analizan las circunstancias previas al inicio de los bombardeos, ese alegato se torna inverosímil. Por ejemplo, "The New York Times" sostiene que, pese a las advertencias israelíes, "los ataques del sábado causaron una gran conmoción, pues se iniciaron a plena luz del día, mientras los cadetes de la policía se graduaban, las mujeres hacían compras en mercados al aire libre y los niños salían del colegio".

La razón por la que el inicio de los bombardeos habría tomado por sorpresa a la mayoría de palestinos es, según la revista "The Economist", que el ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, "había anunciado antes del fin de semana que se reabrirían los pasos fronterizos para permitir el ingreso a Gaza de alimentos, entre otros bienes. A los soldados afincados en la frontera se les permitió ir a casa por el fin de semana. Y los ministros hicieron pública su decisión de fijar una reunión para el domingo en la cual discutirían el tema". Según las agencias de noticias, ese anuncio realizado el viernes 26 incluyó un ultimátum de 48 horas para que Hamas suspendiera el lanzamiento de cohetes sobre territorio de Israel: menos de 24 horas después se iniciaban los bombardeos.

Lo insinuado hasta aquí fue confirmado luego por el diario israelí "Yediot Ahronot": permitir el ingreso de ayuda humanitaria era una medida, entre otras, destinada a proveer a Hamas de un "falso sentido de seguridad". Esa información fue a su vez corroborada por un alto funcionario de seguridad de Israel citado por "The New York Times": "Queríamos atacar blancos militares mientras los terroristas se encontraban dentro de las instalaciones y antes de que Hamas tuviese la oportunidad de remover sus cohetes almacenados en algunos blancos". La mayoría de esos blancos, sin embargo, eran estaciones de policía, las que, como en todas partes del mundo, se ubican dentro de zonas urbanas.

La contraparte de la negligencia con la que actúan las fuerzas israelíes es la impunidad: un mes antes de estos ataques, Yesh Din, una organización israelí defensora de los derechos humanos, publicó un informe sobre la materia. Según este, entre el 2001 y el 2007 unos dos mil civiles palestinos murieron a manos del Ejército de Israel. Sin embargo, esas dos mil muertes produjeron únicamente 78 cargos contra soldados israelíes, y solo cinco de ellos fueron condenados. Aun en esos casos, las penas fueron sensiblemente menores a aquellas que permitía la legislación israelí.
Fuente: Diario El Comercio. 04/01/12

Ideas bàsicas de Samuel Huntington.

El legado de Huntington

Fernando Rospigliosi (Analista polìtico)

El 24 de diciembre murió Samuel P. Huntington, uno de los más destacados cientistas políticos de nuestro tiempo y probablemente el más influyente del último medio siglo. Sus ideas seguirán inspirando políticas y, por supuesto, suscitando debates.

En 1957, a los treinta años, Huntington publicó su primer gran libro, El Soldado y el Estado. Teoría y política de las relaciones cívico – militares. Allí sostiene que “el aspecto esencial y primordial de cualquier sistema de control civil es la minimización del poder militar. El control civil objetivo logra esa reducción profesionalizando a los militares, haciéndolos políticamente estériles y neutrales.”

CON Y SIN GOBIERNO

En 1968, Huntington publicó un libro extraordinario, El orden político en las sociedades en cambio. El texto analiza los países del tercer mundo y las causas de los problemas que generan inestabilidad, desorden y atraso.

La clasificación más importante de los países, dice Huntington, no es que sean capitalistas o comunistas, democracias o dictaduras, sino países que tienen gobierno y países que no tienen gobierno:

“La diferencia política más importante entre los países se refiere, no a su forma de gobierno, sino al grado de gobierno con que cuentan”.

Las causas de la inestabilidad y el desorden, de la falta de gobierno en América Latina, África y Asia son la modernización social y económica, que quebrantan las antiguas pautas de autoridad, destruyen las instituciones políticas tradicionales y no las reemplazan con otras.

La urbanización, la educación, la industrialización, la expansión de los medios de comunicación “amplían la conciencia política, multiplican sus demandas, ensanchan su participación. (…) Los ritmos de movilización social y el auge de la participación política son elevados; los de organización e institucionalización políticas, bajos. El resultado es la inestabilidad y el desorden. El principal problema de la política es el atraso en el desarrollo de las instituciones políticas que deben respaldar los cambios económicos y sociales”.

En suma, la tesis de Huntington es que la organización y la institucionalización son la “base de la estabilidad política”.

GOBERNABILIDAD

En 1975 se publicó La Crisis de la Democracia. Reporte sobre la Gobernabilidad de las democracias de la Comisión Trilateral, un texto de Samuel Huntington, Michel Crozier (francés) y Joji Watanuki (japonés) que tendría perdurable influencia en el pensamiento político posterior.

La idea básica es que existe una sobrecarga de demandas que los gobiernos no pueden atender y eso produce ingobernabilidad.

FRONTERAS SANGRIENTAS

En 1991, Huntington escribió otro libro notable, La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX. Y poco después, en 1993, luego del derrumbe del comunismo, un artículo premonitorio, “El choque de civilizaciones”, que luego desarrolló y convirtió en libro en 1996, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial.

La idea central es que “la dimensión fundamental y más peligrosa de la política global que está surgiendo, sería entre grupos de civilizaciones diferentes”.

Como siempre, Huntington tiene afirmaciones rotundas y provocadoras que suscitaron escándalos. La más llamativa: “las fronteras del Islam son sangrientas, y también lo son sus áreas y territorios internos”.

Las causas de la propensión de los musulmanes a la violencia, dice Huntington, son históricas, culturales, políticas, económicas y demográficas. Él le da mucha importancia a este último aspecto. El crecimiento poblacional y, sobre todo, la existencia de un gran número de jóvenes educados y sin empleo, es una de las condiciones de la violencia.

Por eso, pronostica, el envejecimiento de la población y el desarrollo económico podría reducir de manera importante la propensión musulmana a la violencia en la tercera década del siglo XXI.

La conclusión del libro es que “en la época que está surgiendo, los choques de civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial, y un orden internacional basado en las civilizaciones es la protección más segura contra la guerra mundial”.

IDENTIDAD EN PELIGRO

El último gran libro de Huntington, ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense (2004), hirió la susceptibilidad de los hispanos en los Estados Unidos.

La tesis de Huntington es que los EE.UU. no son simplemente un crisol de razas, un país de inmigrantes. Sostiene que la identidad norteamericana está definida por la cultura angloprotestante de los primeros inmigrantes del siglo XVII, que ha sido la columna vertebral alrededor de la cual se han ido integrando los diferentes grupos que hoy constituyen los EE.UU.

Pero esa identidad está hoy amenazada por la fuerte inmigración latinoamericana, sobre todo mexicana, que es reacia a integrarse.

Huntington combinó la profundidad del análisis, la sólida fundamentación de sus conclusiones asentada en datos de la realidad, con una exposición clara y directa. Su estilo y sus ideas marcarán la ciencia política por mucho tiempo.

Fuente: Diario La Repùblica. 04/01/09

viernes, 2 de enero de 2009

Leopoldo II y El Colonialismo Belga.


La aventura colonial

Mario Vargas Llosa (Escritor)

Durante muchos siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.

El descubrimiento y conquista de América por los europeos introduce una importante variante. Por primera vez y por razones religiosas el colonizador se interroga a sí mismo sobre la justicia de la empresa colonizadora y, en acalorados debates de juristas y teólogos, se arma de razones, humanas y divinas, para justificar sus conquistas. Desde entonces, sin dejar de ser lo que fue siempre, es decir, un acto de fuerza y de rapiña, la colonización se atribuye a sí misma una misión evangelizadora y civilizadora: desanimalizar a quienes viven en estado feral y humanizarlos gracias al cristianismo y a la cultura occidental que aquel inspira. Para que este objetivo tenga algún viso de realidad es imprescindible establecer como un hecho indiscutible, científico, que el colonizado carece de los conocimientos y luces indispensables para juzgar por sí mismo lo que más le conviene, pues se trata de un ser desvalido y primario cuyos intereses y conveniencias son mejor percibidos por la potencia que a partir de ahora ejercerá sobre él la tutela colonial, una forma de autoridad benévola.

Sin embargo, en el siglo XIX, las empresas coloniales europeas en el África y el Asia olvidan casi este prurito de justificación religiosa y moral e invaden y ocupan territorios, que empiezan a explotar de inmediato, sin otra explicación que la necesidad de proveerse de materias primas, ampliar sus mercados o contrarrestar el crecimiento y poderío de los imperios rivales. Cuando Hitler, en "Mi lucha", explica que en el programa del Partido Nacional Socialista figura en lugar prominente la adquisición, por las buenas o las malas, de colonias para instalar los excedentes demográficos del pueblo alemán, no hace más que poner sobre papel lo que casi todas las grandes potencias europeas habían venido haciendo, cierto que sin decirlo con tanta claridad, desde el siglo XV.

La excepción era la pequeña Bélgica, país más bien reciente y, ay, sin colonias. Esta condición entristecía y desmoralizaba a su soberano, Leopoldo II, cuya energía, ambiciones y sobresaliente inteligencia desbordaban por los cuatro costados las fronteras del diminuto reino que le había asignado la providencia. Entonces, él, sin amilanarse, se dio maña para conseguir mediante la astucia, la paciencia, la intriga y la diplomacia lo que los grandes países colonizadores habían logrado a través de los ejércitos y la matanza. Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.

Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de Estados Unidos. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata, y peroró sin tregua, en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las grandes potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra indigna que era el comercio de carne humana en los mares del mundo.

La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, a través de la asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas ochenta veces el tamaño de Bélgica, para que "abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes". No había un solo africano presente en aquel congreso y no hay un solo indicio de que alguien en Europa o Estados Unidos --político, periodista o intelectual-- se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese inmenso país fuera decidida de este modo, por catorce naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.

Seguro de lo que iba a ocurrir en el congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio. Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico. En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo "firmar" contratos --los llamaban "tratados"-- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera --caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-- , cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. De manera que cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 "tratados" en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.

A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo prácticamente no hubo resistencia. Los congoleses no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos --una miríada de culturas y pueblos desconectados entre sí-- como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las veinticuatro horas del día, hasta su extinción. Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales. Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies --a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores-- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como estos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos --de misioneros, viajeros, aventureros o de los propios colonos sobre estos años del Congo-- y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado. Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias .

Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror solo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no solo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial. La verdad es que detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de veinte años aniquilar a por lo menos diez millones de sus súbditos africanos.

Fuente: Diario El Comercio. 28/12/08

domingo, 28 de diciembre de 2008

Napoleòn, Adam Smith y los modelos econòmicos.

Napoleón y el proteccionismo econòmico

Lector de Adam Smith. El hallazgo de unas notas del emperador cambia la historia económica.

"El águila y la pluma", una exposición inaugurada recientemente en el Museo del Ejército de París, en el Palacio de los Inválidos, ha despejado la incógnita de si Napoleón conoció o no la obra de Adam Smith. El tema era motivo de constantes controversias entre los economistas franceses desde hace décadas.

Pues bien, entre los objetos exhibidos se encuentran 13 notas escritas de puño y letra por Napoleón con anotaciones y opiniones sobre la obra cumbre de Smith: "Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones".

El hallazgo resulta de sumo interés para el devenir del pensamiento económico y ha caído como un baldazo de agua fría a los neoliberales franceses quienes aseguraban que Napoleón había sido uno de los principales promotores del estatismo en el siglo XIX por simple y llana ignorancia. Uno de los que así lo sostenía era el ultraliberal Jacques Marseille. Todo demuestra que estaba equivocado. Napoleón no solo estudió la obra de Smith sino que la comentó y discrepó de la mayoría de sus recomendaciones, anotando aquello con lo que sí parecía estar de acuerdo: la teoría de la división del trabajo como factor multiplicador de la producción, por ejemplo.

"Pese a imponer impuestos suplementarios, nadie se quejaba. El pueblo nunca se levantó contra él. Todo lo que hacía era popular", escribió De Tocqueville.

Bonaparte llegó a conclusiones diametralmente opuestas a las de Smith en relación a la moneda como medio de intercambio. Implantó, además, el intervencionismo estatal y una administración eficiente; logró sanear las cuentas públicas, industrializó a Francia al tiempo que impulsó las labores agrícolas e incrementó en 30% el salario de los jornaleros agrícolas, sector que concentraba a la gran masa trabajadora. Para ello, se valió de medios cuestionables como la guerra y el bloqueo comercial, pero también de la promoción de la agricultura y la defensa de la tierra, del proteccionismo progresista y de la estabilidad de la moneda.
Fuente: El Dominical. 28/12/08

sábado, 27 de diciembre de 2008

Crisis del capitalismo neoliberal.

La izquierda y el fin del siglo XX

Alberto Adrianzén M. (Analista polìtico)

El hecho más importante de este año (y de las últimas décadas) ha sido –y sigue siendo– la crisis de la economía capitalista mundial. En estos días, países como EEUU, Japón, Alemania y otros han anunciando que han entrado en recesión. Sin embargo, el dato de esta crisis, la más grave junto con la de los años 30, no radica solamente en su profundidad y extensión sino también en que pone fin al ciclo neoliberal que se inició hace más de dos décadas con la crisis de los Estados de Bienestar y con los triunfos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y de Ronald Reagan en EEUU, que convirtieron al capitalismo, sobre todo luego de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, en una fuerza aparentemente indiscutible e invencible. Fueron los años de la arrogancia neoliberal y neoconservadora que los llevó a decretar el “Fin de la Historia”.

Y si bien para el historiador inglés Eric Hobsbawn el siglo XX se acabó en 1989 con la caída del Muro de Berlín, hoy podemos afirmar que con el desplome del capitalismo realmente existente, como bien dice mi amigo Juan Enrique Vega (socialista chileno), ahora sí estamos, en realidad, frente al fin del largo siglo XX.

Joseph Stiglitz en un reciente artículo, “Capitalistas estúpidos”, afirma que esta crisis se ha producido no por las fallas del sistema económico sino más bien por una sucesión de políticas, de intereses y de personajes que creían (codiciosamente) que los mercados al ajustarse solos no debían ser regulados: “La filosofía de la desregulación pagó dividendos indeseados durante años. En noviembre de 1999, el Congreso revocó la Ley Glass-Steagall

–culminación de un esfuerzo de cabildeo de US$ 300 millones por las industrias bancarias y de servicios financieros, y liderado en el Congreso por el senador Phil Gramm. Glass-Steagall había separado desde hace tiempo a los bancos comerciales (que prestan dinero) y a los bancos de inversiones (que organizan la venta de bonos y valores); había sido promulgada como consecuencia de la Gran Depresión y debía limitar los excesos de esa era, incluidos los conflictos de intereses”.

Si el socialismo realmente existente fracasó por proteger los intereses de un puñado de burócratas que se había apropiado del Estado y adueñado de la voluntad popular, con el capitalismo realmente existente sucede lo mismo: es una minoría que se apropió del Estado y de la economía para enriquecerse. Por ello no es extraño que luego de la crisis se haya descubierto la estafa de Bernard Madoff, uno de los hombres más famosos y prestigiosos de Wall Street y que ha embaucado a bancos, fundaciones, millonarios, etc., por más de US$ 50,000 millones.

Y si bien la estafa Madoff es la fresa de la torta capitalista que cada vez más es solo para unos cuantos, es también una gran metáfora sobre cómo funciona un capitalismo que se basa en la búsqueda del dinero fácil y en la codicia, y que, al no encontrar barreras ni controles, termina por convertirse en una actividad mafiosa. Vuelvo a citar a Franklin Roosevelt: “Ahora sabemos que un gobierno en manos del capital organizado es igual de peligroso que un gobierno en manos del crimen organizado”.

Podríamos decir, en este contexto, que, finalmente, la izquierda ha sido liberada de una de sus últimas rémoras o cargas: la hegemonía que ejerció el neoliberalismo sobre una parte de ella. Si con la caída del Muro un sector de la izquierda se aproximó al neoliberalismo, como lo demuestra la famosa Tercera Vía construida por un laborismo y una socialdemocracia agotados históricamente, hoy, con la crisis mundial del capitalismo, ya no existen paradigmas a los cuales acudir. Ni el socialismo autoritario ni el neoliberalismo son alternativas para imaginar un mundo distinto. El siglo XX llega a su fin con el fracaso de las dos opciones que definieron todo este largo periodo.

Sin embargo caben dos precisiones: a) cuando se habla de fracaso, ello no implica que estos modelos de sociedad y desarrollo no sigan funcionando. Lo que se quiere decir es que ya no son alternativas para imaginar un mundo distinto; y b) no sería nada extraño que entremos a lo que Thomas Kuhn llama el movimiento circular de paradigmas luego de una gran crisis, es decir, al empleo de viejos paradigmas para explicar las actuales anomalías o, dicho de otra forma, a la supervivencia del dogmatismo tanto de izquierda como de derecha.

Si con la caída del Muro de Berlín la izquierda quedó desarmada, hoy con la crisis del capitalismo neoliberal y la caída de Wall Street (otro muro), esa misma izquierda se podría rearmar. Lo que se debe hacer, por lo tanto, es un debate abierto sobre la necesidad de un nuevo pensamiento original, capaz de aprender de sus errores históricos y de explicar y transformar la realidad. Por eso, a aquellos que decretaron el llamado “Fin de la Historia”, hay que decirles que ella goza de buena salud, señal que avanzamos.

Fuente: Diario La Repùblica. 20/12/08